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Erri De Luca: más allá de la anécdota

Erri de Luca (c) Paola Porrini-2

Por: Jorge Cuba Luque

Desde que en 1989 publicó su primera novela, Una vez, un día, hasta la más reciente, La naturaleza expuesta (2016), queda claro que Erri De Luca (Nápoles 1950), es uno de los escritores más solventes y serios en el panorama de la novelística mundial: solvente porque es dueño de los recursos narrativos que le han permitido elaborar un corpus irreprochable desde el punto de vista formal y estilístico; serio porque sus historias constituyen ficciones desprovistas de ripio, de esos condimentos prescindibles y que el consenso los acepta cuando no los estimula. Estos rasgos de su obra de ficción se encuentran también en sus artículos periodísticos, muy particularmente en Alzaia (1997).

La excelente acogida que tuvo Una vez, un día, primero en su Italia natal y luego en todos los países en los que fue difundido en traducción, presentó a De Luca como un autor a contra-corriente de toda moda, tanto por la historia contada como por la opción narrativa: un hombre que empieza a deslizarse en la ancianidad evoca sus años de infancia. Pero ¿qué es lo que realmente evoca de aquellos años infantiles? Pues rememora su necesidad de hablar, de hablar sin tartamudear, y esa evocación es hoy, en el momento del relato, un delicado monólogo dirigido a su madre, cuando esta era una joven mujer de treinta años. Lo que sorprende en Una vez, un día no son tanto los recuerdos en sí mismos sino los sentimientos que configuran al narrador, como el de la muerte de su amigo Massimo, quien perdió la vida ahogado durante una excursión campestre, hecho del que el narrador fue testigo de excepción. A lo largo del libro le habla a su madre, y en este discurso aflora el pudor, en especial cuando cuenta que nadie en la familia aludía a los años de pobreza en una casa humilde cuando vino el tiempo de la prosperidad; la imágenes del padre y de la hermana refuerzan el sentimiento de lo perdido, como la foto en la que aparece con los suyos, en la que se percibe la Italia de la posguerra. Erri De Luca no se queda en la anécdota, ni en la forma de las cosas, pues el ritmo armonioso de su prosa dota a la narración de un calor humano y también de una sensación de desamparo asumida con serenidad.

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En cuanto al centenar de artículos que conforman Alzaia, todos ellos son más de lo que parecen puesto que el tema anunciado en cada título conduce a reflexiones diversas, en especial aquellos que abordan el tema religioso: Caín, En nombre de Dios o Exvoto, en los que conduce su rechazo a la pena de muerte, la intolerancia y la desesperanza. Ateo convicto y confeso, como lo declara en el prefacio del volumen, Erri De Luca se ha servido de las anotaciones tomadas en no pocos cuadernos guardados, casi olvidados, hasta el momento en que el diario Avvenire le solicita una serie de textos para una columna cotidiana. Aquí, la reflexión sobre el arte, la política y la religión parece hecha a la ligera, pero no, es profunda y, sobre todo, llena de un humanismo vivo, concreto, como en Emigrantes, donde habla tanto del rechazo de los millones de emigrantes en Italia, como el uso que podrían hacer los escritores italianos emigrados para difundir su lengua. En Alzaia  encontramos al autor que, como en sus novelas, le da a su escritura cadencia, claridad, y también humor como en Expediente, que empieza preguntando al lector “¿Qué ocurrió entre el 4 y el 15 de octubre de 1582?”, pregunta que él mismo responde: “Nada”, porque debido a la reforma del calendario gregoriano se saltaron todos esos días y se pasó directamente al 15 de octubre, concluyendo que el tiempo es un sistema para contar las puestas inolvidables de sol. 

La naturaleza expuesta es un libro de tema audaz, y la audacia le viene a su talante libre: el narrador protagonista, un pasador de migrantes clandestinos, tiene que abandonar su “oficio”: no porque las autoridades lo acechen sino porque lo hace gratuitamente, lo que es una competencia desleal para los otros pasadores que cobran a los migrantes por ingresar a Italia. Vuelve así, a su antiguo oficio: restaurador de estatuas. Un cura de origen latinoamericano lo contrata para restaurar una imagen de Cristo en la Cruz, a la que el escultor que la creó añadió alrededor del talle una capa de mármol. Tanto el sacerdote como el restaurador saben perfectamente que los crucificados eran izados desnudos a la cruz, y que Jesús de Nazareth no pudo haber evitado el inicio de una erección en el instante previo a la muerte. El narrador nos cuenta sus conversaciones con el sacerdote y con el obispo —otro latinoamericano—, con un anciano musulmán, con un rabí, con una misteriosa mujer, oscilando entre gravedad y ligereza, con una parsimonia curiosamente cautivante. Aquí las acciones, los gestos, las palabras, los paisajes descritos y las conversaciones sobre la Biblia se ubican en la ambigüedad que refleja el desconcierto del narrador, que se empecinará en buscar cómo reproducir lo más fielmente posible la erección de Cristo desnudo en la cruz. En las líneas finales se dará cuenta de que para lograrlo tendrá que hacer un gesto de humildad total, gesto que el lector descubrirá sorprendido.

Erri De Luca es autor de una obra vasta. Ha explorado géneros literarios como la narrativa, la poesía y el teatro. En sus novelas suelen encontrase rasgos biográficos e intereses intelectuales relacionados a su curiosidad por la Biblia, a pesar no de no ser creyente, tal y como señalamos líneas atrás. Sin embargo, la presencia de lo biográfico en su poética, antes que vanidad o egolatría, es un pretexto para la reflexión sobre la sociedad y sobre la condición humana. Nos encontramos ante un estilista, para quien la creación literaria tiene que ir más allá de la anécdota, más allá del yo aunque la anécdota y el yo estén presentes. Es un autor mayor.

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