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“Epitafios”: Todas las historias de asesinos son siempre historias de amor

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Por: Joe Iljimae

Desde hace poco más de seis años, se habla mucho acerca del boom de las series de televisión. Se cuecen ensayos, debates, polémicas o leyendas en torno a ellas. En este preclaro panorama audiovisual, casi todo país lucha por forjar su propia tradición y por concebir un título que resuma su estado artístico frente a otras producciones extranjeras. Sin embargo, la mirada de la audiencia aún se mantiene clavada en la industria norteamericana que parece haber monopolizado brutalmente este universo. Tal vez exista cierto prejuicio que nos hace olvidar de que nuestro continente también goza de un listado de series que no envidian en nada a lo mejor de la producción gringa. Lo mejor de aquel listado sería, sin duda, Epitafios. Pero a pesar de su brillante calidad y de tener más de diez años de existencia, Epitafios es una serie muy poco conocida y ubicada por los telespectadores latinoamericanos. Además, es casi imposible dar con ella a través de discos, canales de cable o descargas electrónicas. Y para colmar el asunto, la crítica “especializada” ni la menciona. Es una pena. Por eso, en este artículo queremos acercarnos un poco más a ella y brindar algunos datos sobre esta obra que merece mayor atención.

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Ante todo, Epitafios (2004) es una serie engañosamente latinoamericana. Fue creada por la productora argentina Pol-Ka Producciones para la cadena americana de cable y satélite HBO. A juzgar por su lenguaje narrativo y audiovisual, esta serie escapa de cualquier convencionalismo patriotero (por lo demás comunes en los show televisivos de Latinoamérica) y se arraiga en la enorme tradición americana del relato policial, aunque también absorbe y adapta la manera estadounidense de contar una historia de crímenes por televisión. Pensemos rápidamente en algunas de sus influencias inmediatas: The shield, CSI: Miami, The Rockford Files o la insufrible serie policial/comedia/drama Monk. En principio, estas series se distinguen por sostener una trama laberíntica, plástica, preñada en pistas ambivalentes, giros inesperados y puntos de quiebre. Si consignamos todas estas características podríamos decir con tranquilidad que Epitafios pertenece a la vieja escuela del thriller norteamericano. Sin embargo, esta pertenencia no es gratuita o premeditada. Es sabido que HBO exige creaciones con técnicas cinematográficas y con un desligue casi total del folclorismo y de las zarandajas nacionales para estandarizar sus producciones. Un claro ejemplo de esto –en Epitafios– fue la polémica eliminación de argentinismos como “ché”, “vos”, “boludo” o “quilombo” del original de los guiones. Nadie puede culparlos. El resultado fue exitoso. La dirección de este proyecto narrativo estuvo en manos de dos cineastas argentinos: Alberto Lecchi, director de la película Secretos compartidos (1998) y Jorge Nisco, director de las series Por el nombre de Dios, Mujeres asesinas, 009 Central, entre otras. Es conocida la noticia de que ambos directores se alternaban cada dos capítulos de Epitafios para brindar diferentes miradas a la historia. Lo mismo hicieron los guionistas de la serie, los hermanos Walter y Marcelo Slavich, de quienes se cuenta que cuando su madre vio los primeros capítulos, les dijo: “¿Qué les hice yo para que ustedes resultaran escribiendo esto?”

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Parece un poco exagerada la pregunta de la matriarca de los Slavich, pero, francamente, no era para menos. En los tres primeros capítulos de Epitafios los guionistas nos muestran una galería de escenas cruentas y, a veces, desmesuradas: cuatro adolescentes calcinados en un liceo argentino, un hombre asesinado por dos furibundos perros rottweiler, las piezas de un cuerpo humano regadas por todo un inmueble, el cadáver de una mujer con la boca repleta de monedas, un asesino que va tejiendo sus crímenes escuchando música clásica, un detective que no puede dormir, etcétera. Durante trece delirantes capítulos, Epitafios sigue los pasos de un expolicía y una psicóloga (enamorados los dos) quienes intentan atrapar a un asesino en serie que ha planeado una venganza contra ellos tras cinco años de silencio. Lo curioso de este guion es que el espectador conoce el rostro del asesino desde el principio. En términos generales, resultaría difícil mantener la atención en una serie de varios capítulos cuando ya se sabe quién-es-el-tipo-que-está-matando-a-todos. La consigna del relato negro se basa prácticamente en lo contrario: tratar de averiguar quién es el asesino, quién es aquel individuo tan escurridizo como inteligente que rompe el cerebro del detective. Sin embargo, Epitafios esquiva este modelo narrativo. En la serie no se caza una sombra, se caza un rostro. Y lo mejor es que, casi siempre, ese “rostro” llega a ser el cazador. Por lo demás, Epitafios llega cargado de un alto contenido dramático, resultado ingenioso de una trama cuyo misterio principal se va desarrollando a cuentagotas hasta llegar a un explosivo y trágico final. Ahora bien, todo espectador se pregunta por el título del show: ¿Por qué Epitafios? Bastará decir que el asesino utiliza epitafios con pistas (versículos, salmos, frases, dichos, poemitas) para anunciar quién será su próxima víctima. Este modus operandi no se agota en el sexto o séptimo capítulo, sino acompaña al televidente hasta el cierre de la serie.

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Son trece capítulos de una temporada en la que sus personajes se encargan de transformar la ciudad en un horrible cementerio. Aparecen el exasperante y maniaco expolicía, Renzo Márquez (tremendo papel de Julio Chávez), la cándida y, a veces, estúpida, Laura Santini (Paola Krum), el detallista y sanguinario Bruno Costas (Antonio Birabenet), la perspicaz y siempre kamikaze detective Marina Segal (Cecilia Roth) y el policía retirado, y padre de Renzo, Marcos Márquez (el consagrado Villanueva Cosse). En su primera temporada, Epitafios hace gala de un manejo incisivo en la fisonomía moral de sus personajes. Como en las mejores novelas, cada uno de ellos arrastra una complejidad psicológica que determina cada uno de sus movimientos y, para gusto del espectador, da sentido y coherencia a sus extrañas manías. De este modo (y solo cito dos ejemplos), los afanes de venganza del vesánico Bruno Costas y las compulsiones tanáticas de Marina Segal por jugar a la ruleta rusa se justifican y se aceptan sin ningún tipo de reparo. Todo en ellos está fríamente calibrado. Hasta los sarcasmos pueblerinos de Bruno perfilan su estado de ánimo y direccionan su conducta. En este sentido, Epitafios no cuenta solamente con un tremendo reparto, sino también con personajes de ficción tan vivos y reales como sus propios creadores.

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La producción de Epitafios no ha escatimado el apoyo de algunas técnicas digitales. En esta serie los efectos especiales tienen un rol muy importante. Según Alberto Lecchi, se usó la computadora para la reconstrucción de escenas de crimen en 3D y para mostrar, por ejemplo, el recorrido de una bala dentro del estómago de una de las víctimas. Además, un extraordinario maquillaje ha permitido sostener el tenor efectista de la serie sin llegar nunca a la exageración o al morbo. Es importante anotar también que cada episodio de Epitafios ha durado entre dos y tres semanas de rodaje, un aplazamiento inusual en el medio televisivo, donde usualmente se graba en cuatro o cinco días por entrega. Esto podría significar dos cosas: la meticulosidad narrativa de los directores o, en el peor de los casos, la inmensa duda y el titubeo fílmico frente a un gran monstruo como HBO. Tal vez uno de los componentes del éxito de Epitafios se deba a la extraordinaria música de fondo. El compositor Iván Wyzogrod fue el encargado de crear la polifonía dentro de la serie. Wyzogrod es reconocido por sus trabajos en las bandas sonoras de las películas Territorio Comanche, El hijo de la novia, entre otras. Quizá su mejor acierto en la serie sea el tema que acompaña al asesino mientras destripa, inyecta o disecciona. Wyzogrod escoge la ópera Carmen de Georges Bizet: “L’amour est un oiseau rebelle.”

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Es sabido que el thriller psicológico/policial no es un género muy transitado dentro de los terrenos de la televisión latinoamericana. No obstante, existen algunos antecedentes lejanos como Poliladron o Criminal, series menores y sin punto de comparación con Epitafios. No sería demasiado exagerado decir que la creación de los hermanos Slavich se encuentra a la altura –salvando diferencias argumentales y formales– de otras series policiales como The wire o CSI: Miami. En este contexto, podríamos ponderar a Epitafios como un monumento epigonal de estas grandes series gringas y como un precursor indiscutible del género en América latina. Y es que, sobre todo, Epitafios guarda una calidad discreta pero al mismo tiempo estruendosa. Al final de la serie queda el efecto de que toda historia de crímenes guarda dentro de ella una historia de amor. Así, el asesino de Epitafios se mueve por amor, sufre por amor y actúa por amor. Quizá por eso, Bruno Costas dice en algún momento de la serie: “mis crímenes son un canto al pasado, consecuencias sinceras de mis arrebatos de amor”. Y precisamente en ello se desliza el argumento central de Epitafios. Bien por los guionistas, supieron aguijonear y no lo hicieron nada mal.

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