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Enrique Vila-Matas: “Escribo para saber de qué quiero escribir”

Una novela. Una novela que es una obra maestra de la novelística contemporánea escrita en español. Una novela que es también un viaje por la poética de su autor. Una novela con narrador personaje y algunos personajes más que recordaremos. Una novela muy divertida. Una novela trágica. Una novela que no es una novela. Una novela plástica en su estructura. Una novela que es un diario. Una novela que acrisola la historia narrativa del cuento. Una novela que nos habla de la tradición de la novela. Una novela en donde hay amor. Una novela en la que nos encontramos con las hilarantes dimensiones de los celos. Una novela con crimen. Una novela con poesía. Una novela sobre la escritura. Una novela que deseamos no acabe jamás. 

Mac y su contratiempo (Seix Barral, 2017) de Enrique Vila-Matas.

G. Ruiz Ortega

 

En tu obra tienes más de un título que los lectores y la crítica han calificado de obras maestras. Y creo que tarde o temprano ese será también el destino de Mac y su contratiempo. Si bien es cierto que el humor y la ironía son algunas características de tu poética, esta novela es, al menos para mí, la más divertida que has escrito

Es tan divertida que me ha divertido incluso a mí. Cuando tuve que releerla para corregir las pruebas de imprenta, había partes del final que no recordaba –hacía casi un año que había entregado el libro y no había vuelto para nada sobre él– y conocí por primera vez la experiencia de ser un lector de mis libros. Recuerdo que estuve un buen rato leyendo intrigado, asombrado, y riéndome en ocasiones con gran felicidad, como confirmando aquello que dijo Einstein: que la  creatividad es la inteligencia divirtiéndose. 

Al terminar la lectura de la novela, recordé el documental sobre tu vida y obra Extraña forma de vida, en cuya escena final dices: “lo correcto, pase lo que pase, lo correcto es marcharse.” Esa parece ser la aspiración de tu narrador protagonista Mac, desaparecer o marcharse en la experiencia de la escritura. 

Es la cita de James Joyce que encabeza Fuera de aquí, mi libro de entrevistas con André Gabastou. Ahí concretamente se lee: “Pase lo que pase, lo correcto es largarse”. Pero no es de Joyce la frase, sino de otro irlandés, de John William Wilkinson, un amigo de Barcelona. Lo que no sé es si John recuerda haberla dicho. En fin, en el documental digo la frase en la plaza de Fürstenberg de París, que para mí es un lugar fundamental en mi vida. Tanto es así que tengo auténtica fe en ese espacio, la tengo desde que en febrero de 1974 supe que los surrealistas la consideraban uno de los puntos mágicos de la ciudad. Es un buen lugar para despedirse, pero también para entrar en otra dimensión. En cuanto a Mac, parece que lo suyo es más rastrero. Y es que en realidad  no tiene más remedio que huir porque ha matado al sastre del barrio, pero lo recubre todo con su impostura de viajero poético.

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En una reseña de la novela indiqué que esta podría ser vista como una postura política de tu parte en cuanto a la manera en que asumes tu oficio de escritor. Claro, hablamos de un personaje de ficción, pero el discurso empleado lo podemos percibir en anteriores entregas, como los ensayos Perder teorías y Marienbad eléctrico. Y también en Kassel no invita a la lógica. 

Lo político no suele tener una presencia muy explícita en mis textos, pero está siempre de fondo y también en el punto de vista que adopta el autor a través del narrador correspondiente. En Kassel no invita a la lógica, por ejemplo, el punto político es muy visible: se alude a Europa como un relato de fantasmas, y ese acorde de fondo atraviesa el libro y le da a este su verdadera profundidad de campo. En Marienbad eléctrico se propone situar al arte en el centro de todo, en el centro de una sociedad no tan utópica como se piensa a veces. Y en Mac nos encontramos con un autor que simula estar improvisando y nos sorprende cuando descubrimos que ha trabado las historias del libro con una perfección que raya casi la locura, es decir, que ha trabajado a fondo la novela en un tiempo en el que esto ya casi no se tiene en cuenta. En ese trabajo a fondo está el gesto político del autor, que residiría en su convicción de que en una obra bien hecha hay algo moral, una búsqueda ética en la lucha por crear nuevas formas y sentidos, en su intento de tratar de ampliar –aunque fracase– las fronteras de lo humano. 

Como ya te comenté, esta es una novela divertida, pero a la vez muy crítica. Esa libertad discursiva con la que Mac escribe su diario le permite mostrarse sumamente crítico sobre cómo se viene asumiendo el ejercicio literario. Por ejemplo, Mac arremete contra la vanidad del escritor contemporáneo, más preocupado en sentirse escritor a cuenta de una silla que no le destroce la espalda y un eficiente procesador de textos. 

Ahí está muy lúcido el discreto Mac, a quien recuerdo que le llama la atención que haya tantos jóvenes narradores que se crean preparados para escribir una novela y se sientan tan increíblemente preparados que en su inagotable vanidad estén convencidos de que la harán y la harán muy bien, porque para ello se han instruido durante años, son inteligentes y leídos, han estudiado la literatura contemporánea y, como han detectado dónde fallaron los otros novelistas, se sienten preparados para todo, especialmente desde que compraron tanto una buena silla que no les destroce la espalda como un perfecto procesador de textos… Pero  después, ya se sabe, ¿no? Cuando a pesar de saber tanto y de conocer los errores de los mejores escritores no logran llevar a cabo la grandísima novela que creían que iban a escribir, les pasa como a muchos que he conocido (cada año descubro a alguno de ellos en editoriales barcelonesas):  continúan siendo presumidos, pero no pueden presumir de novela. 

Y lo curioso es que Mac, habiendo perdido su trabajo, ve la posibilidad de escribir, pero lo que escribe no es un proyecto narrativo, sino un dietario, lo que le brinda la posibilidad de sentirse libre en la escritura, pero a la vez, y ahora en una lectura simbólica, la ausencia de un proyecto es un logro, una suerte de mensaje de que lo importante es precisamente escribir. 

Bueno, al principio del libro, de su dietario, Mac dice que ha comenzado a escribir su diario sin un plan previo, pero no desconociendo que en literatura “uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello, sino que el proceso de escribir propiamente dicho es el que permite al autor descubrir lo que quiere decir”. Queda claro que Mac escribe para saber de qué quiere escribir. Yo también obro así: me fascina ese proceso a través del cual voy descubriendo de qué diablos en realidad quería hablar. Quizás sea mejor –aunque depende de quién hablemos–  atreverse a escribir que lo contrario. Y es que desconfío de los callados, de los ágrafos con aire de misterio, de los reacios a dejarse llevar por las palabras para descubrir qué querían decir. “Aunque no habla, se sabe que piensa tonterías”, decía Jules Renard. 

Me resultó imposible no pensar en las novelas de aprendizaje. Por lo general, estas novelas tienen personajes jóvenes que descubren la vocación creativa, pero Mac es una persona mayor, que se encuentra en el dietario, pero también es un hombre amparado en sus lecturas. Sus disertaciones sobre el cuento son condensadas clases magistrales sobre su tradición. 

El diario de Mac se ve invadido por las cosas que le suceden y que parecen querer convertir su vida en una novela. Mac se resiste a esa transformación del relato de su cotidianidad y se produce una tensión entre diario y novela, por donde asoma su cabeza el cuento. Nada extraño si –se va viendo a medida que leemos- pensamos que todo el libro es un tratado sobre la historia del cuento. En realidad, el tema del libro es el arte de contar. Y un personaje muy secundario pero en el fondo principal es ese cuento que en un relato de Ana María Matute adopta la  forma de un vagabundo, y llega a los lugares y narra su historia y luego se va como buen nómada, aunque siempre deja sus huellas y recuerdos imborrables…

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Mac y su contratiempo tiene poco más de 300 páginas. Y te comento que previa a su lectura pensé que me toparía con una galería relativamente numerosa de personajes, algo no común en tu poética. Pero no, siguen siendo contados, tenemos a la esposa de Mac, Carmen, a su vecino el famoso escritor Ander Sánchez, la librera Ana Turner, y en menor medida a Julio y el sobrino odiador de Sánchez. Cada uno de ellos representa los contratiempos de Mac, obviamente en el sentido vital. 

Quizás el contratiempo de Mac es tan sólo aquello que él necesita para dejar inconcluso el libro y al mismo tiempo poder darlo por terminado. Ese contratiempo a él sólo puede llegarle en forma de muerte, suicidio o desaparición. En cuanto a personajes, hay también los diferentes pedigüeños que van invadiendo el barrio (reflejo de la crisis económica española), así como la gente habitual del barrio del Coyote. Pero nunca han sido mi fuerte los personajes. Creo que es sabido que lo que se escenifica en mis libros no es una trama con personajes o una serie de ideas o una batalla contra el lenguaje, sino a mí mismo tramando, pensando o escribiendo bajo el avatar de un narrador. En este caso, le ha tocado a Mac, un hombre que sabe menos que yo y que en ocasiones parece una parodia de mí mismo. Por ahí también va el humor del libro… Mac se equivoca cuando cita frases de otros autores, Mac es un celoso enfermizo, Mac da risa, Mac da pena, Mac es un pobre principiante, Mac es un asesino. Me he encariñado de Mac, pero al mismo tiempo doy gracias de no parecerme demasiado a él. ¿Estás ahí, Mac? A veces tengo la impresión de que quiere decirme algo. 

Ya se ha indicado que el ensayo es el género literario que dirige tu poética. El dietario de Mac podría ser visto como un ensayo en toda la dimensión de su impresionismo, además, mediante este registro, en el que analiza y reescribe la novela episódica de juventud de Sánchez, Walter y su contratiempo, eclosiona en una multitud de voces. Mac como metáfora de la caja china, que asumimos como un tributo no solo al cuento, sino también a la tradición de la novela. A saber, la referencia que hace de William Gaddis, entre otras, no es para nada caprichosa.

Dice Mac que a lo largo de su vida, con más intensidad en ciertos periodos que en otros, ha sentido empatía por la ya vieja Escuela norteamericana de la Dificultad a la que perteneció Gaddis, esa vieja escuela que jamás ha negado que la posibilidad de escribir grandes novelas sigue existiendo, pero no ha querido ignorar que el problema que tienen los novelistas –no los de ahora solamente, sino ya también los de hace un siglo– es simplemente no seguir con el género tal y como se formó en el XIX y buscarle otras posibilidades. 

En cierta ocasión me comentaste que algunas novelas te costaban una barbaridad escribirlas. Eres un autor que tiene un estilo definido pero sabemos que eres ajeno de la repetición. Y especulo sobre el proceso de escritura de Mac, relacionado con el ánimo cuando escribiste Bartleby y compañía. Me refiero pues a un proceso divertido, pero tampoco vamos a negar que en otro nivel de lectura, Mac es también una novela trágica. 

Recuerdo que, habiendo ya escrito más de la mitad de Mac, decidí que perfeccionaría hasta el delirio la maquinaria de su estructura. Dicho de otro modo: me propuse estar lo máximo posible a la altura de las circunstancias por si aquella novela, por algún contratiempo real, acababa convirtiéndose de verdad en mi legado póstumo. Eso significó que, como mínimo, se dobló mi trabajo y también, no voy a negarlo, mi alegría, y el libro se benefició de ello.  

No deja de sorprenderme tu capacidad para reinventarte en cada libro. Siento que cuando muchos van de ida, tú estás de vuelta y en ese tránsito no reclamas paternidades sobre tendencias narrativas. En Mac está todo lo que se escribe hoy en día, pero tampoco es algo nuevo, porque lo “nuevo” en estas páginas está precisamente en una mirada paralela a la tradición literaria. 

En Mac está también todo aquello sobre lo que he escrito hasta hoy en día. En Mac está todo, que diría un dadaísta de los que escribió el manifiesto dadaísta. Mac es brutal y puede ser el gasómetro de los sentimientos en bolas. Mac es Mac.

Mac, como indiqué, es un gran lector. Conoce la tradición narrativa, pero ante todo es un amante de la poesía. La poesía es pues la protagonista silenciosa en la novela

Está claro que las últimas páginas, dominadas por un cierto sentido poético, son las mejores. Pero también las más repugnantes moralmente, pues no olvidemos que se escriben con poesía para distraer la atención sobre un crimen. Ahora bien, que tengan ese componente horrible facilita que a esas páginas no les falte nada y por tanto el libro, a pesar de los intentos por evitarlo del pobre Mac, sea, entre otras cosas, una novela.

 

 

 

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