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Pedro Juan Gutiérrez y La Habana sucia

Por: Joe Iljimae 

Trilogía sucia de La Habana no es un libro que se lee: es un libro que se vive. Un libro que se goza. Con este conjunto de relatos, Pedro Juan Gutiérrez (Cuba, 1950) rompe el criterio de lo que en Latinoamérica se suele llamar escribir correctamente. Desde hace más de dos décadas, un puñado de libros publicados por diversos autores –tanto peruanos como extranjeros–, se destacan por dejarse leer y “no por dejarse vivir y gozar”. Y es que al parecer se ha perdido toda magia, toda aspiración abarcadora de lo que antes consistía en proyectar una historia. Hoy por hoy nacen libros correctos, bien intencionados; textos que no tienen baches y que gozan de una prosa limpia y decorosa. Sus creadores, por lo general, son los reyes de la gramática y los patronos del intelecto. Sin embargo, frente a ese aparente cuidado doctoral, erudito (cosa para nada desdeñable), su trabajo creativo no comunica nada, no conmueve, no añade. A diferencia de un Borges, de un Ricardo Piglia o de un Macedonio Fernández –quienes practicaban la erudición por naturaleza y necesidad–, su obra no tiene un fondo tangible.

Ante este panorama, Trilogía sucia de La Habana se mueve en otra dirección. Estamos pues ante un artefacto incorrecto, malvado, sucio, insolente, grosero, donde el autor no tiene miedo de romper la línea correcta de la prosa para incrustar, intempestivamente, una frase o una reflexión lacerante; donde se ven diálogos duros, incómodos, matizados con la natural voz de los negros que vagabundean por la isla; donde en medio de una historia de amor siempre una mujer termina jineteando en el malecón; donde los hombres no se echan a llorar en su rincón por ser desdichados, sino por el contrario, salen a prostituirse mostrando la verga a la mejor postora; donde en vez de luz, perfumes y cafecitos opulentos, hay noche, mierda y edificios con un solo baño para más de cincuenta inquilinos… Eso es Trilogía sucia de La Habana, un mar de desesperanza y caos, la perfecta metáfora de la sociedad cubana de las postrimerías del siglo XX.

Pedro Juan Gutiérrez presenta tres libros que conforman una sola unidad. Anclados en tierra de nadie, Nada que hacer y Sabor a mí, se agrupan para erigir la potente Trilogía… Este escritor cubano, quien se vio prácticamente en la calle después de trabajar por más de veinte años como periodista, organizó, desde la terraza de un viejo edificio en Centro Habana, la obra maestra que lo catapultaría como una de las voces más duras y frescas de la narrativa a nivel mundial.

Pedro-Juan-Gutierrez-LAvana-Cuba-copia

A golpe de ron, sexo, pequeños latrocinios, música latina y un sentido elevado de la supervivencia, Pedro Juan –el protagonista de esta ópera descarnada y visceral– se mueve como un pez en el agua (aunque no siempre, recordemos su cuento Mi culo en peligro) dentro de una Cuba abyecta, criminal y a veces, solo a veces, dulce. Todos los relatos, sin distinción de género, encarnan el rostro antagónico y marginal de un país con serios problemas económicos y sociales. Por eso, la retórica callejera (sin llegar a la caricatura o a la parodia) se impone con fuerte aliento en todo el libro. Y no estamos hablando de una banalización o un endurecimiento del lenguaje al momento de narrar, sino de un trabajo más cuidadoso, más acertado y muy bien aplicado en los momentos del diálogo; esto, tal vez, por el brutal trabajo periodístico que Gutiérrez ejerció en radios, periódicos y calles de Cuba. Aquí un ejemplo:

“–¿Hasta dónde me vas a llevar, mamita?

–¿Yo? Yo voy en lo mío. No sé tú.

–Los dos vamos en lo mismo.

–¿Eh, y eso?

–Oye, ¿tu marido es tan fiera como se hace?

–Es alardoso, pero no te creas, a veces manda y se bota de salao.

–Yo no quiero líos.

–¿Le tienes miedo? Él no se come a nadie.

–Na´. Yo me tengo miedo a mí mismo (…) Bueno ya, no me interesa tu marido. ¿Qué volá contigo?

–¿Qué volá de qué?

–Tú y yo, titi, ¿qué hacemos?

–Ah, no sé.

–Mira cómo estoy. Na´más que de estar al lado tuyo.

Se me marcaba la pinga gorda, endureciéndose debajo de la tela del pantalón. Me la miró y se echó a reír a carcajadas:

–¡Coño papi, tú eres un loco! Y eso que no has visto nada. Si ves y tocas te vienes solo.”

O:

“–¿Qué volá, acere?

–Ná, aquí.

–Oye, estoy en alza. Vamos a darnos unos buches.”

En cada uno de los cuentos, el lenguaje es tratado de una manera escrupulosa para no crear o caer en el terreno de la oralidad. Sin embargo, a lo largo de los textos, se encuentran cubanismos y localismos que validan y enriquecen los relatos. Por eso, el lector podrá identificarse de una manera más activa cuando halle en los diálogos las palabras: jinetear, templar, volá, aceré, buche, jama, singao, etc.

Trilogía sucia de La Habana hace alarde también de una realidad que se desvanece en el yugo del hambre (ciudadanos que venden hígados humanos a gente desesperada), de la miseria (exuberantes mujeres que jinetean para tener un poco marihuana y ron en el día), de la demencia (un loco con una monstruosa verga que se masturba delante de todas las trabajadoras de una fábrica de zapatos), de la política de estado (basureros que levantan locos y mendigos para desaparecerlos por orden de los militares), del sexo (hombres y mujeres que templan al aire libre, ajenos a las miradas de sujetos sin suerte que se masturban al contemplarlos), del amor (una mujer que jinetea por mantener a Pedro Juan y darle sus caprichos), etc. Pedro Juan Gutiérrez no se limita a la mera acción narrativa, a la tensión de la historia, a la constante búsqueda del personaje, sino también, añade epifanías, pequeñas indirectas, paréntesis o digresiones que derrumban (muy pocas veces) o elevan al relato.

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También es importante anotar que estos relatos no tienen ningún carácter o predisposición intelectual, no tienen voluntad de trascendencia, de elevarse al plano del universo letrado o elitista. No son textos pretenciosos ni engolados, aunque tampoco están exentos de cierta retórica y poesía que conmueven al lector. La prosa está equilibrada y macerada con lo mejor de Hemingway, Fante, Miller, Bukowski, Grace Paley, Saint–Exupéry, Thor Heyerdhal, Hermann Hesse. Una escritura directa, sin mucho rodeo, con poco herbaje y con visos de un parricidio total hacia los escritores canónicos de su país.

La mayor parte del libro está escrita en primera persona, lo que conlleva al lector a un mayor grado de acercamiento e intimidad con el personaje narrador. De esta manera, Pedro Juan Gutiérrez logra trabajar con mayor comodidad la psicología de su alter ego para hacerlo actuar según sus necesidades más urgentes. Cada movimiento está justificado por una acción previa o por un pensamiento que atormenta y retuerce. Al utilizar este procedimiento psicológico, el lector no se encuentra con meros caracteres o títeres que se mueven al antojo del escritor, sino todo lo contrario, uno colisiona con personajes tan vívidos y tan independientes que se desligan de las manos de su artífice. En este ámbito vemos la escuela rusa en todo su esplendor. Maestros de la talla de Dostoievski, Gorki, Dudíntsev y Gogol, parecen haber influido en Gutiérrez en la anatomía psicológica de sus personajes.

Pero eso no es todo. También hay relatos en tercera persona (casi los últimos cuentos del libro) que son escritos de esta manera, y no por una cuestión caprichosa  o antojadiza, sino por necesidad de distanciamiento. Pues en estos cuentos, el escritor se aparta un poco (aunque no tanto) del tópico “realista”, para pasar al plano de lo fantástico. De esta forma, Pedro Juan Gutiérrez toma una postura mucho más objetiva de lo que está narrando y se despoja del “yo” para recrear una atmósfera ilusoria.

Pensemos, por ejemplo, en relatos como Los hierros del muerto La vida misteriosa de Kate Smith, tejidos con maestría y oficio. Pequeñas piezas que se han ganado un espacio importante dentro del género fantástico.

En la justificación de su esencia, Trilogía sucia de La Habana no es más que un libro catártico, un eterno deambular de un sitio a otro en la mente atormentada del escritor, un texto de memoria exagerada que recorre lo más sórdido del centro de La Habana. Gutiérrez escarba las entrañas de su país, lo revuelve todo, sin el menor viso de respeto, para hacerse de él. Y eso está muy bien, pues Gutiérrez no es un ser monárquico ni se lleva bien con la oligarquía. Este es un escritor que ha roto con todo aburguesamiento para poder salvar su literatura. Él mismo lo señala en una entrevista:

Tengo dinero suficiente para tener carro o departamento en un buen lugar, pero no me da la gana. Me parece muy estupidizante andar en un carro siempre, vivir en un reparto residencial alejado de la gente, de la realidad indolente… Pues yo creo que la vida es un juego, la vida es una aventura, y es preferible jugar un poco todos los días; jugar con la gente; tener esa aventura de no saber qué puede pasar mañana. Aquí en el centro de la ciudad, lo bueno es que puedes salir a las once de la noche y te pueden pasar muchas cosas. Regresas a la casa a las dos de la mañana, a las tres de la mañana, y nadie sabe lo que tú hiciste. Puedes llevar una vida juguetona, fascinante, como un perro de la calle, que está dando vueltas y divirtiéndose hasta que le toque morirse.”

Pedro Juan Gutiérrez es un escritor duro, avispado, con el ímpetu de un macho cabrío. Sus más de sesenta años no le impiden moverse y deambular por los parajes más inhóspitos y lóbregos de Cuba. Es un individuo que constantemente aprende, capta, anota, todas las acciones sórdidas del alma humana. Él dice en uno de sus relatos: 

“No me interesa lo decorativo, ni lo hermoso, ni lo dulce, ni lo delicioso. Por eso siempre he dudado de una escultura que fue mi mujer. Había demasiada paz en su obra para ser buena. El arte solo sirve para algo si es irreverente, atormentado, lleno de pesadillas y desespero. Solo un arte irritado, indecente, violento, puede mostrarnos la otra cara del mundo, la que nunca vemos o nunca queremos ver, para evitarle molestias a nuestra conciencia”. En otras palabras, para Pedro Juan Gutiérrez absolutamente todo atisbo de maldad es gran literatura.

 

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