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Rodrigo Fresán: “Para mí la escritura no es un deporte”

Si hay una obra que genera adicción en la literatura hispanoamericana contemporánea, esa es la del escritor argentino Rodrigo Fresán. Sus cuentos, novelas, artículos y ensayos componen la tarjeta dorada de sus lectores ya ganados y fungen también como ideal puerta de entrada para aquellos que aún no lo leen. Estamos ante una poética narrativa alimentada por la voracidad libresca y el fetichismo pop. Fresán seduce por sus temas, pero más por su estilo, peculiar y lisérgicamente digresivo.

Su narrativa de ficción parte de una pregunta: ¿qué es la memoria en el mundo del escritor? En la ramificación de la respuesta ha sabido construir no solo su originalidad en la escritura, sino también cuestionar, bajo el conocimiento de causa, la tradición de la novela.

Escritor para escritores. Escritor para lectores entrenados. Entre sus títulos más destacados, La velocidad de las cosas, Historia argentina, Jardines de Kensington, El fondo del cielo y Mantra. En 2014, publicó La parte inventada, la primera novela de una trilogía que aspira a ser su proyecto narrativo mayor. LPI recibió los mejores saludos de la crítica y las expectativas se elevan en la contundencia de la segunda novela del proyecto, La parte soñada. En estas páginas encontramos un Fresán coherente con su mundo creativo y muchísimo más visceral en el tratamiento de sus personajes, pero ante todo, somos partícipes de un manifiesto crítico sobre lo que debería importar en la experiencia literaria: escribir y no ser escritor.

 G. Ruiz Ortega

Luego de La parte inventada, tenemos ahora la segunda entrega de la trilogía que anuncias. Nos queda claro que la presente novela, La parte soñada, no solo es un testimonio más de tu estilo, sino que en esta oportunidad te sumerges en los elementos con los que trabaja alguien que escribe, o, en todo caso, un escritor. La asumo como un viaje sobre las fobias y las filiaciones que determinan a una sensibilidad creativa.

Lo cierto es que con el correr de los libros me pregunto cada vez menos qué son mis libros. Tal vez sea fatiga de materiales o tal vez una tarea que caballerosamente delego en lectores puros o lectores estudiosos de lo mío (incluyendo a seguidores y a críticos). Supongo, sí, que cada vez me interesa más escribir y el cómo se escribe (por el camino van no quedando pero sí contemplados ya desde un espejo retrovisor) otros entusiasmos como el cine y la música. También, claro, hay/queda menos tiempo y el barco comienza a hundirse y hay que salvar a los seres más queridos. Que, claro, son escritores.

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Por otra parte, a diferencia de la novela anterior, en estas páginas te percibo mucho más crítico, más visceral en cuanto a lo que rodea el ejercicio de la escritura, o llámalo también mundo literario. Lo llevas a cabo mediante una multitud de voces protagónicas. En La parte inventada teníamos una voz conducente, y en La parte soñada la voz que guía la narración se abre en ramas. Es precisamente mediante esta voz ramificada que somos testigos de una furia entre líneas.

No es una furia o una amargura o un rencor míos. Es la del personaje protagónico. Estallando en tercera persona, además. Pero todos siguen leyéndolo como en primera persona y lo considero un logro técnico. Insisto: no soy yo. O él es un yo elevado a la millonésima potencia. Un Fresán de un Mundo Bizarro. Y MUY exagerado. Alguien que comparte filias, alguna que otra fobia, pero con un pasado (idiota sentimental, hermana alucinada, padres desaparecidos, terror a la paternidad) que no es el mío ni lo quiere ser. Pero que me divierte tanto poner por escrito. Y —advertencia— lo que pasó y le pasó no es nada en comparación con lo que ya estoy dedicándole en La parte recordada, a la que imagino, si todo va bien, fuera de mi cabeza y dentro de las vuestras, hacia finales de 2019, crucemos los dedos y toquemos madera. 

Como en su momento conversamos, tu poética se nutre de Historia argentina. De alguna manera, y te hablo desde mi experiencia de la lectura de tus libros, lo que has publicado nos lleva a dicho cuentario, pero lo que siento con La parte soñada es un lazo no muy oculto con Jardines de Kensington. 

Penguin Random reeditará Historia argentina el próximo octubre y en un principio me tentó la idea (de hecho llegué a escribirlo) enlazar con un nuevo texto a Historia argentina las dos Partes publicadas hasta la fecha. Pero no funcionó al intentar injertar este presente en mi pasado. El paciente rechazó el órgano y todas esas páginas son ahora parte de la futura La parte recordada. De hecho, Historia argentina aparece mutada pero reconocible en La parte soñada como Industria nacional. En lo que hace a Jardines de Kensington, es posible. Supongo que es mi otro libro que más se ocupa del leer/escribir y del modo como vivir/morir acaba confirmando un cierto estilo, ¿no?

Del mismo modo, y quizá esté llevando a una tensión la interpretación de la lectura de la novela, me pareció estar ante una postura contra la realidad, o la narrativa mimética. Sin embargo, y no solo por la ambición que identifica a este proyecto, las referencias literarias nos remontan precisamente al siglo de la novela, el XIX.

Así es. Lo de la realidad (con una ayudita de Vladimir Nabokov) está más que subrayado a lo largo del libro. Poco y nada me interesa que escribir sea una especie de deporte en el que los premios y la gloria pasan por reflejar lo más fielmente posible (lo que es imposible) la realidad. En especial cierta realidad social-política. En lo estrictamente literario, insisto: William S. Burroughs es mucho más realista que Tolstoi, amiguitos.

Detrás de tus novelas, y en especial esta que apela a la condición irracional que acrisola el sueño, está la narrativa, pero también la poesía, mas no precisamente en como la asumimos cuando se nos habla de ella. Tengamos en cuenta que la poesía y los sueños tienen un elemento compartido, una magia común. Por ello, la poesía presente en La parte soñada son sus referencias musicales.

Así es. Soy un muy esporádico y endeble lector de poesía (lo que no quita que haya tanta poesía en Denis Johnson). La poesía es para mí un misterio. Lo que no me impide disfrutar —menciono a estos porque son  los poetas que más sigo en los últimos tiempos— de gente como Louise Glück o Charles Simic o Donald Justice y de manadas y jaurías de cantautores que ya saben quiénes son. Sí, son esos.

Especulo: esta novela exhibe un vértigo, quizá mayor al de tus anteriores novelas. Este vértigo obedece a la característica innata de los sueños, a su esencia de narración contenida en la que se cuenta todo. Como bien señalas, “hay mucho material allí / hay muchos actores invitados.” En los sueños, los personajes no son normales. Ello nos explica la serie de sensibilidades que vemos en estas páginas.

La idea es que los tres libros —si bien escritos en español— respondan en diferentes idiomas: el de la invención, el de los sueños, el de los recuerdos. En lo que hace a La parte soñada, celebro que su edición haya coincidido con el retorno a nuestras vidas de Twin Peaks de David Lynch: seguramente el mejor artista a la hora de contar sueños despierto. O en trance.

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Ahora que mencionas a Lynch, ya sea en tus textos de ficción como en tus artículos y ensayos, el cine y las series son columnas temáticas en las que te apoyas. Eres un declarado lector de Philip K. Dick, por ello, imposible no preguntarte por la adaptación en serie de El hombre en el castillo y lo que ocurrirá en un tiempo: la secuela de Blade Runner a cargo de Denis Villeneuve.

No he visto la serie. Supongo que la veré cuando haya terminado. Completa y a mi ritmo. Al ritmo que todavía me ofrecen los libros: mi ritmo. En lo que hace a la secuela de Blade Runner, allí estaré, el día del estreno. O al día siguiente. Lo que vi en los avances me gustó del mismo modo que me está gustando el nuevo disco de Roger Waters que escucho por primera vez mientras respondo esta pregunta: la sensación de pasearme por un museo del presente con elementos del pasado y ganas de futuro. Pero, tal vez sea la edad, cada vez me interesan más las cosas que caminan hacia delante mirando hacia atrás. 

Pero también La parte soñada es un tributo a la autenticidad creativa. En este punto, y creo que lo puedes intuir, estamos ante una obra política, que manifiesta una postura de tu parte. Me resulta imposible no pensar en la seguridad discursiva que signa a muchas novelas contemporáneas. Hay pues en esta novela una gran cantidad de personajes y argumentos, condensados pero a la vez desbordantes, que en sus muchos caminos nos dirigen a uno: a la fuerza genérica de la novela.

Gracias, gracias. Si tú lo dices… En lo que hace a “muchas novelas contemporáneas”, la verdad sea dicha: puedo disfrutarlas —y mucho— como lector. Pero —si te refieres a esas novelas contemporáneas— lo cierto es que cada vez me interesan menos como escritor. Estoy casi seguro de que “ellas” piensan lo mismo de mí y de lo mío. Lo que, por supuesto, me parece perfectamente perfecto.

Y claro, La parte soñada, al igual que no pocas de tus novelas, nos remite a la época del sueño, el mundo como paraíso: la infancia. En varias entrevistas has señalado que desde niño sabías que querías ser escritor, pero ahora, terminada la lectura, estoy convencido de que lo lúdico, asociado a la niñez, inspira la estructura de la novela.

Es que yo sigo ahí,  jugando. 

A lo mejor ya te lo dijeron: en más de un tramo sentí que estaba ante un ensayo disfrazado de novela, lo que me habla también de la transparencia de los registros que has utilizado. No estamos ante un híbrido, pero sí ante un aparato narrativo que yace en la filosofía de la tradición de la novela, por decirlo de alguna manera.

De nuevo, no pienso demasiado en sistemas o mecanismos: pienso, luego escribo. Y yo pienso así. Y no soy el único. Varios de mis mejores amigos (que, además, son escritores) se mueven más o menos con este tipo de movimientos, pienso. Pero, en mi caso, son movimientos reflejos: como cuando primero aplastas a un mosquito en tu brazo y luego piensas “ah, un mosquito”.

Algo que muchos de tus lectores se preguntan es cómo lees. Es decir, cuántas horas al día le dedicas a la lectura y en qué condiciones lo haces. Imagino que eres un lector en movimiento.

Leo siempre que puedo. En casa. En medios de transporte. En salas de espera. En parques y paseos. En baños y en cocinas. Esperando a que mi hijo salga del colegio. Me gusta llevar siempre un libro en la mano del mismo modo que a tantos otros les gusta llevar un Rolex en la muñeca, supongo.

Hace un tiempo trabajamos una entrevista, en la que dijiste que te interesa “más escribir que ser escritor”. Aunque la pregunta parezca sencilla, ¿qué es para ti escribir?

Tantas cosas, tantas respuestas posibles, tantas variantes con las que podría sonar más o menos ingenioso. Así que intentaré ser absolutamente sincero: es lo que más y mejor sé hacer después de leer. Y el resto del tiempo es la vida privada e inventada y soñada y recordada. Y, en ella, los seres queridos a los que nunca podré hacerles suficiente justicia o agradecerles todo lo que les toca por escrito. Así que —mejor, por suerte— mejor que estén ahí fuera, ayudándote a volver a la orilla cuando el día de trabajo terminó.

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