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David Foster Wallace: cuando la felicidad es una trampa

Por: Joe Iljimae

Mientras redactaba la última parte de su relato periodístico Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, David Foster Wallace le escribió a su hermana Amy una carta en donde le exigía una opinión “veraz” sobre el primer borrador de esta nueva crónica. Amy, quizá algo preocupada, le contestó: “Exactamente, ¿a cuántos lectores quieres fastidiar aquí, Dave?”. Aunque parezca mentira, esta pregunta nos revela de golpe la gestación de uno de los libros más irreverentes y mordaces escritos en inglés a finales del siglo pasado.

Era 1995, cuando el editor Colin Harrison le pidió a David Foster Wallace hacer un crucero por el Caribe y escribir su experiencia de siete noches a bordo del buque Zenith de la empresa de viajes Celebrity Cruises Inc. Este encargo de la revista Harper´s (no confundir con Harper´s Bazaar) cayó como una boya salvadora en la vida de Wallace. Por aquella época había roto con su novia de entonces (Kymberly Harris) y temía las fatales consecuencias de las siempre aburridas vacaciones de invierno en la universidad. Así las cosas, treparse en un crucero le daba la oportunidad de huir del frío, de Kymberly, de la seducción por el suicidio y de las inacabables galeradas de La broma infinita. Aceptó casi sin dudarlo.

Antes de abordar el barco y presa ya de su conocido temperamento obsesivo, Foster Wallace llamó por teléfono a Harrison y le preguntó qué era exactamente lo que quería de su viaje, ya que él, “ignorando todo mecanismo periodístico”, no sabía por dónde empezar. Entonces Harrison le contestó, dejándolo más desorientado que al principio: “Sé tú mismo. Diviértete. Ya encontrarás una historia”.       

La felicidad como metáfora de la tristeza

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer es el relato periodístico de aquel paranoico viaje en crucero escrito por David Foster Wallace. En cierto modo, esta crónica cargada de una contagiosa alegría pop, podría considerarse un ejercicio de periodismo gonzo en forma de libro de viajes. Aunque si reflexionamos con mayor cuidado, el uso de la palabra “viajes” es totalmente engañoso. Muy al contrario de un documento de “viajes”, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer  es un libro de antiviajes, del no-viaje, del antiturismo. Si algo te queda al final de la lectura es la sensación de no treparte, bajo ninguna circunstancia, a un crucero de lujo por el Caribe. Menos aún, de espiar a la mucama del barco o ingerir grandes cantidades de refresco así nos estemos muriendo de sed.  

En este relato, nos enfrentamos a una insolente radiografía de la cultura americana y de la idea de la felicidad como quintaescencia humana. Foster Wallace consigue transmitir con profundidad reflexiva y con brillante sentido del humor la vacuidad de nuestra sociedad moderna. La felicidad, piensa, es una trampa. De este modo, el libro se presenta como una indagación sobre el horror que puede traer consigo una sociedad diseñada para que absolutamente todo sea perfecto, feliz y armonioso. 

Pero más que una radiografía o un diagnostico humano, este libro es un muestrario de la tristeza del autor. Recordemos que él calificó su obra como un artefacto “profundamente triste”. Su biógrafo, D.T. Max, dice en Todas las historias de amor son historias de fantasmas que “<<Triste>> se convirtió en la voz de alarma presente en todo el texto [Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer], una tristeza que es consecuencia de la plenitud excesiva”. De modo que, para Foster Wallace, el abuso de felicidad se convertía en la metáfora más vibrante de las tristezas.

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La invención de una crónica 

Como tantos otros libros, este también cuenta con una leyenda. Se dice que Foster Wallace salió una sola vez de su camarote para visitar la biblioteca del barco y que se inventó toda la historia de esta crónica. Es posible. Su conocida fobia a las multitudes nos obliga a consignar esta versión. Pensemos también en sus otras fobias: los tiburones, el sudor (si en la casa de Mark Costello y Jonathan Franzen se bañaba ocho o nueve veces en tan solo mediodía, entonces ¿cuántas veces se habrá duchado en el crucero por causa del sudor?), el mar, los insectos, etcétera. La suma de estos miedos podría haber impulsado a una posible invención total de los hechos del libro. Agreguémosle también la abundancia de alcohol en el barco, cosa problemática, pues Foster Wallace se encontraba en un proceso de limpieza como solía decir a sus amigos. Y para redondear la situación, no había grupos de rehabilitación (Foster Wallace se volvió adicto a estas cofradías con reuniones semanales) en los que desplegara las quejas de su paranoia. Teniendo en cuenta los antecedentes agorafóbicos de Wallace y su manía a mentir, la “crónica” del crucero podría etiquetarse tranquilamente de “relato periodístico” o, como diría Javier Cercas, de “relato real”.      

En una de sus tantas cartas a Jonathan Franzen, se quejó de la imposibilidad de escribir sobre el crucero desde la realidad. Dijo: “las perspectivas de un ensayo esteticista agudo y real sobre cruceros en el 95 parecen desalentadoras. Todo está restringido menos la pista de tejo”. Mediante este dato, cada quien puede sacar sus propias conclusiones.

Sin embargo, aquello no quita el impecable y feroz diagnostico que hizo acerca de la soledad y el espejismo de las relaciones humanas en pleno siglo XX. La bonhomía engañosa y el cinismo del narrador de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer mapean la condición gregaria y arquetípica del hombre americano dispuesto a “seguir a la manada” así se dirija al matadero. En este sentido, Foster Wallace se crea otra fobia: el miedo mórbido a ser un “bovino” que se mueve en grupo hacia una atracción turística. Él lo llama graciosamente “boviscopofofia”.

Con el eco de su personalidad contradictoria, entre tranquila y titubeante, aunque siempre preñada de un insano humor negro, Foster Wallace nos presenta una galería de personajes dudosos como el capitán Dermatitis, el hipnotizador Nigel Ellery, el director de crucero Scott Peterson (“hombre siempre listo para una fotografía”), la adolescente Alice, la odiosa Mona y otros sujetos que van cobrando vida a lo largo del relato. Esta red de personajes se consolida gracias a su envidiable mirada como reportero raso. A pesar de no tener formación periodística, poseía una gran fijación por los detalles más superfluos e invisibles, y, además, una manía por parodiar a ciertas personas a partir de sus defectos. Desde este saliente, Foster Wallace se aprovecha para humanizar hasta el rompeolas del crucero o “al tipo que nunca deja de tomar fotos como quien nunca deja de mear”. 

Fidelidad poética y fetiches narrativos

A juzgar por su obsesión de contarlo todo, comprendemos su minuciosidad quirúrgica y paranoide sobre los ambientes del barco, las sensaciones, las restricciones, los bailes, las exageraciones y hasta de algunos episodios tan parecidos a los de Twin Peaks de su amado David Lynch. Un ejemplo de esta minuciosidad lo vemos en el décimo capítulo, en donde se pone a medir el tamaño de su litera con sus zapatillas deportivas Keds talla 44. 

Por momentos nos topamos con frases de una verborrea desatada que se retuercen en una gramática erudita y altisonante y, por otros instantes, frases que parecieran haber sido escritas por un adolescente querendón que juega con su cabello frente a las corrientes de aire del ventilador y la secadora de pelo antes de echarse a espiar a la mucama del crucero. Esa prosa henchida y fluvial combinada con oraciones breves y, a veces, cortantes, ya había sido experimentada anteriormente en libros como La escoba del sistema y La niña del pelo raro.

Como sello de Foster Wallace, las notas a pie de página son la otra protagonista del texto, y fiel a su poética, no renuncia a su fetiche narrativo por crear neologismos: “gastropedante”, “boviscopofobia”, “nadirista” y demás. Cabe resaltar que su estructura inicial se rompe por una serie de anotaciones en forma de diario personal (fechados y subtitulados)  y se lanza a narrar cuestiones más bien precisas, aunque bastante sacadas de los pelos. Pensemos por ejemplo en el concurso Mister Piernas (en el que Foster Wallace pierde tras recibir un jab en el ojo) y en la desternillante actuación del mago Nigel Ellery durante la última noche del crucero.    

Con todo, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer es un libro terroríficamente divertido y brillante, un muestrario voluble de la sensibilidad hiperbólica y paranoide del autor más icónico y depresivo de su generación.   

 Escribía David Foster Wallace sobre la redacción de este relato periodístico: “El quid, para mí, está en cómo conseguir amar al lector sin creer que mi obra o mi valor dependa de que él (ella) me ame a su vez. En abstracto es así de simple. En la práctica, una puta guerra diaria”. Al parecer, no se equivocaba.

 

 

 

 

 

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