Creación

“Los animales domésticos”

Por: Miluska Benavides

El árbol creció sin avisar. Primero fue un tallo confundido con la mala hierba que acostumbraba a acumularse alrededor de los tomates: una hojarasca inservible para el consumo. El anciano tiró de una rama seca que creía era el armazón vegetal de un tomate, pero a diferencia de otras veces, el tallo se resistió, simulando la rugosidad de la piel vieja. La planta se había encaramado tanto que después de dos intentos de deshacerse de ella, la palma del anciano se tornó rojiza. Se agachó con dificultad para observar bien la maleza y separó el resto de brotes del tallo creciente. Vio que no estaba desnudo: albergaba pequeños brotes en sus paredes, de un verde cristalino que daba cuenta de un reciente nacimiento. Decidió esperar dos días para ver el resultado del brote, si es que por un golpe de suerte se trataba de una planta de la que podría cosechar o finalmente desecharía.

Le comentó a su mujer que un árbol de molle había germinado en el huerto, pero ella le insistió que en la quebrada no crecían molles. No la contradijo porque sabía que el terreno de Santa Lucía, aunque cerca de un río, nunca fue ideal para grandes árboles. Acostumbrados a la ausencia de estos, mantenían un huerto detrás de la casa para no perder la costumbre de valerse de lo que sembraban: hierbas aromáticas y digestivas, plantas que por accidente habían germinado pero maduraban y se las empleaba en las fogatas, y flores blancas y amarillas con las que decoraban el comedor.

Durante las siguientes semanas el tallo comenzó a hacerse un lugar y, poco a poco, la maleza y todas las plantas que se encontraban en la cama del brote fueron desapareciendo, como si el nuevo tallo obligara a morir a los otros cultivos. Algunos brotes de manzanilla y otros productos para el consumo personal de su esposa, fueron la razón de que ella insistiera en deshacerse de la planta cada vez que se sentaban en el comedor y observaban obligadamente el huerto trasero. El árbol no podría crecer en ese terreno tan estrecho. Primero él respondía que no lo cuidaba, que debía alimentarse de alguna fuente subterránea de agua, que por más de cincuenta años debía haber estado trajinando por debajo y alimentaba la quebrada. Él se ocupaba de las plantas que producían fruto, sembradas en la cerca posterior, donde se cerraba el área cultivable. No pensaba confesarle que todavía no se deshacía del brote.

En los tres meses siguientes la corteza grisácea del nuevo tallo fue transformándose en madera y adquiriendo un grosor fino y calloso. Ante esta transformación, se animó a regarlo rutinariamente con el poco suministro de agua del racionamiento del pueblo, llegando incluso a negarle el riego a otras plantas. Para la llegada del verano, en junio, cuando el sol cuarteaba el huerto y los alrededores de la casa, quedaba solamente un tallo mediano, casi desnudo, y algunas plantas medicinales que brotaban sin orden. El tallo lucía poco saludable, no parecía haber echado raíces gruesas, e incluso crecía hacia un lado. Él le ató un listón de madera que incrustó en la base para intentar enderezarlo y domesticarlo.

Para la llegada de su cumpleaños, en diciembre, su mujer se había resignado a su presencia, e incluso se había quejado con los hijos, cuando los visitaron, de que lo único interesante que tenía su padre para contar era la presencia de un árbol deforme. Casi al partir, luego de la cena de cumpleaños y los abrazos, los hijos comentaban entre ellos que a pesar de que creían que su padre se resistía a las excentricidades, era preocupante cómo no solo había envejecido tanto después de la última vez que lo vieron, sino que incluso ya ni podía hablar bien. «Está medio ido», coincidieron en decir. Discutieron sobre qué dijo exactamente en la cena antes de abrir los regalos. Los hijos le pidieron que dé unas palabras para la ocasión, pero él, que antes había dado largos y emotivos discursos sobre su vida pasada y narrado sus esfuerzos para sacar adelante su familia, dio un atropellado agradecimiento: dijo que sólo podía expresar la alegría de ver reunidos a todos sus hijos.

En febrero, los vecinos más importantes encargaban la tala de árboles para los carnavales. Vio pasar en los últimos fines de semana saludables ejemplares atados a las cajas de las camionetas. Solo entonces aceptó la anormalidad del árbol. Crecía sin mostrarse como sus semejantes: eucaliptos o molles que poblaban apenas los alrededores. Incluso los vecinos de su edad manifestaban sorpresa. Nunca se había visto un árbol parecido por la quebrada. Había crecido casi un metro y sus ramas quebradizas empezaban a invadir el horizonte del huerto como una neblina. En las frías tardes del falso verano, al notar la sombra creciente del árbol, él sacaría una silla y se pondría a leer el periódico: había encontrado un lugar solo para él, y quizá por ello llegó a creerlo una bendición.

A finales de marzo el árbol hizo advertir súbitamente su crecimiento. Él y su esposa se despertaron en la madrugada al sentir humedad y frío y se encontraron con el avance de una inundación. Todos los objetos que habían dejado la noche anterior sobre el suelo flotaban parsimoniosamente en la gran laguna en que se había convertido la casa. Las raíces del árbol habían rajado parte del desaguadero subterráneo que atravesaba el pueblo hasta un canal que desembocaba en un río. Se estropearon los zapatos, se enmohecieron las bases de madera de muchos muebles, las bases de las cortinas y algunos tapices recibidos como obsequios. El piso de granito se tornó poroso por el agua acumulada durante las siete horas que tardaron él y sus vecinos en secar la casa. Con los pantalones arremangados hasta las rodillas hicieron una fila para sacar el agua con baldes, mangueras y ollas. El agua estancada estropeó los matorrales medianos y el cedrón, y ahogó los tomates imprescindibles en las cenas. Pero lo que no destrozó fueron las ramas del árbol, lo único vivo en los siete metros cuadrados de barro que dejó la filtración subterránea. Él difundió la versión del colapso de la tubería por su antigüedad, que fue creída a medias. En las tardes de ocio la gente no le diría que quizá las raíces del árbol habrían estropeado los tubos. Algunas mujeres le sugerirían a su esposa que quizá el árbol llegaría a ser tan grande que desmantelaría silenciosamente la casa. Después de la inundación empezó un hostigamiento sistemático a la hora de las comidas, pero él no escuchaba. Los hijos abordaban el tema, y él evadía la respuesta sobre cómo y cuándo se desharía del árbol. Esperó que el barro de la inundación se secara para volver a colocar la silla debajo de la sombra del huerto y así disfrutar del aire seco de la primavera.

Cierta tarde se tropezó con algunas formas ovaladas y marrones, una especie de pequeñas piñas secas y resquebrajadas. El árbol empezaba a desprenderse de sus frutos, que invitaban a los insectos. No tardó en formarse un nido de mosquitos, como una enredadera, en la base del árbol. Las abejas también habían colonizado sus diminutas flores naranjas, así que ya no podía pasar las tardes como acostumbraba. Los amigos apenas lo frecuentaban porque no podían pasar más de cinco minutos sin sentir alguna molestia por los insectos instalados en el huerto, que invadieron hasta el interior de la casa. La esposa aprovechó su ensimismamiento y le dejó de hablar. Partió adonde sus hijos para descansar de lo que llamaba sus «obsesiones». Y él, un día, antes de acostarse, se dio cuenta de que había pasado días sin hablar con nadie.

Después de algún tiempo, limpiando el huerto, descubrió que ciertas pisadas habían estropeado unas flores violetas que rodeaban la parte posterior de la cerca. Sus pétalos romboides se habían apelmazado en el barro de la tierra recién regada y los tallos grises se habían quebrado, como si algún cuerpo hubiese permanecido sobre ellos. Eran huellas poco profundas, con cuatro secciones desiguales. Creyó que algún perro pudo haber entrado por un espacio abierto. Protegió la cerca de madera que rodeaba el huerto y trazó múltiples planes de entrada. Luego, insatisfecho, contrató a dos peones para que renovaran la cerca, y cuando estuvo completamente reparada, pudo por fin dormir tranquilo, convencido de que su casa y el árbol estaban protegidos.

Poco después un olor desagradable invadió su casa. No podía ubicarlo en el recorrido usual de la puerta trasera de la casa hacia el huerto. Tanteó con la mirada y no vio nada. Durante los días siguientes el olor aumentó, mezclándose con el de la tierra mojada. Era un olor extraño, una mezcla de orines con un olor ácido. Un día se volvió insoportable y buscó la fuente con cuidado. Repasó la casa y huerto palmo tras palmo y ubicó, debajo de una mata pastosa, casi seca, una extensa mancha ocre que se mezclaba con las plantas aplastadas, restos de lo que podría ser un animal muerto. Comprobó que solo se trataba de antiguos tomates reventados por la putrefacción. Por algún motivo, una explicación simple como esa no lo satisfizo. Se agachó, levantó las hojas secas y apelmazadas. Descubrió un túnel disimulado por la tierra negra, recién revuelta, que se extendía a menos de un metro de donde él se encontraba y terminaba por debajo de la cerca, hacia afuera del huerto. En los días siguientes dio vueltas por la casa y rayó papeles haciendo el ademán de un plan para impedir que aquel animal volviese a entrar. Desde entonces el huerto empezó a oler fuertemente a orines y heces y se dijo que esa naturaleza nauseabunda, de una textura pastosa y maloliente, no podría ser la de un animal doméstico sino definitivamente la de uno acostumbrado a alimentarse de desechos.

Aunque rellenó con cemento los puntos críticos del cerco, la infranqueabilidad duró pocos días. Una mañana se detuvo ante otro hoyo en una esquina de la casa. Empezó la persecución de cualquier pisada por todo el huerto, en busca del menor resto orgánico de su presencia. Metió su cuerpo en el hoyo tratando de reconstruir la entrada del animal. Sacó las flores descabezadas, el cedrón quebrado en dos y la tierra removida en las esquinas del cerco. La que fuera una persecución inicial se convirtió en la determinación de exterminar lo que fuera que pugnaba por entrar todas las noches al huerto. Todos los esfuerzos por cerrar las posibles entradas parecían imposibles, el suelo y los exteriores poseían una textura arenosa, fácil de deshacer incluso con el arma más delicada.

Aunque el frío empezaba a ser intenso y podría provocarle una neumonía, decidió montar guardia en las noches. Tomaba siempre una frazada pesada y preparaba una linterna para vigilar la llegada del extraño, que ya había empezado a ensañarse con la base del árbol. Enterraba la silla en la tierra del huerto, al lado de la puerta, y se sentaba con la linterna en la mano y un palo de madera. Alguna vez se quedó dormido y no pudo saber si había aparecido o no el animal. Se descubrió a sí mismo roncando, o con el cuerpo suspendido, salvado por algún mecanismo misterioso que le impedía caerse. Preocupado por atraparlo, descuidó las plantas del huerto, incluso el árbol mismo. Se percató tarde que la base del tronco estaba rasguñada; la corteza se abría poco a poco, y se veía los filamentos verdes y amarillos, las láminas transparentes de la planta. La corteza había sido varias veces atacada y se había dejado al descubierto el núcleo del árbol, junto a algunas raíces que se contorneaban sobre la superficie.

Temía que la obsesión del animal desconocido fuera acabar con el árbol y desgarrar sus raíces. Su mujer dejó de llamar para no sentir remordimiento de encontrarse lejos, mientras él permanecía atento a cada movimiento del huerto en caso el animal —aprovechando que caía dormido— burlara el control que le pretendía imponer. Del árbol habían dejado de brotar los frutos habituales y sus ramas estaban escampando: poseía la apariencia de una planta marchita. Era difícil saber si esta apariencia mortuoria se debía a la presencia de un animal, o si era parte natural de su ciclo.

Por esos días le dijo a su esposa haber visto al animal.

—Estaba regresando —le cuenta— por la calle empedrada, la más antigua, y salí de la esquina para la parte con tierra, descampada, porque me había equivocado de camino, había pensado que la calle empedrada era la que termina en la plaza, y no la que sale para San Mateo. Ahí vi que los colectivos de San Mateo estaban llamando pasajeros y me di cuenta que me había desviado; pensé en cortar camino para la casa cruzando por el canchón de Salazar. Por ahí hay una subida a la colina de los eucaliptos, ¿te acuerdas? Vi un perro subir, corrí tras él, y resulta que no era un perro. Caminaba agachado y estaba llevando algo en el hocico. Fui corriendo pero el animal siguió y se fue por detrás de los árboles. Era de color plomo y rojizo, con la cola pomposa, y un poco de blanco por atrás. Luego subí un poco hacia a los árboles y entonces ahí me di cuenta que no era un perro. El animal ha volteado y me ha mirado fijamente un rato: creo que era un zorro que tenía un animal vivo en su hocico, retorciéndose, con la pequeña cabeza caída, manchada de sangre. Lo he perseguido, subiendo por el camino de los árboles de arriba, pero ya se había metido por el fondo del cerro.

Ella lo interrumpió:

—Seguro has estado caminando borracho.

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Algunas noches, cuando lo vencía el cansancio, se iba a dormir temprano. Cuando conciliaba el sueño, creía escuchar un canto como un lamento. Salía rápidamente a ver si el animal había entrado a la casa y estaba haciendo un ritual silencioso, aplastando las plantas u orinando en el perímetro. Siempre era el mismo resultado. Se aproximaba al huerto y escuchaba los restos de un ulular agudo, pero cuando abría la puerta que conectaba el pasadizo con el huerto, el sonido desaparecía dejando solo el crepitar de las hojas, que revelaba una presencia extinta. Se trataba de convencer luego que quizá no se trataba de un animal, sino de una persona que había decidido hostigarlo por alguna ofensa del pasado. Se sentaba largas horas recordando los impases con los vecinos, las veces que había discutido con algún amigo cercano, pero no llegaba a una conclusión definitiva. Y los destrozos persistían de diferentes formas. De este modo, poco a poco, el huerto fue perdiendo el antiguo esplendor cultivado en sus días de ocio.

Una noche, poco antes del regreso de su mujer, lo despertó un crepitar dentro de sus sueños; un olor amargo llenaba sus pulmones. Su cuarto estaba sumergido en una neblina densa que no lo dejaba respirar y lo obligó a salir de su habitación. Desesperado, pensó en todas las posibilidades del origen del humo por el que avanzaba a tientas. Fue rápido hacia la cocina pero el horno estaba apagado, las estufas frías. El espesor del humo había disminuido y su respiración mejorado. En su cuarto sintió con más intensidad el calor del fuego. Se paseó por la sala y desde la ventana más amplia, que daba hacia la parte trasera, vio un gran fuego en el huerto. Las flamas onduladas se desprendían de las ramas del único árbol. Se abrasaba sin calcinarse y las ramas secas eran iluminadas por un fuego dorado, despidiendo un ardor percibible desde lejos. Parado en el umbral de la puerta, observó el crepitar del fuego y atendió al susurro que despedían las fibras del árbol consumiéndose: pequeños destellos que salpicaban hacia la tierra. En la oscuridad de esa noche sin estrellas el árbol ofrecía la visión del ciclo del fuego, pequeños relámpagos que ocultaban los límites de su nacimiento y extinción.

Quiso moverse pero permaneció allí, observando.

Despertó de su contemplación cuando sintió el fuego cerca de la cara, amenazando llegar a la casa. Juntó en un balde cúmulos de tierra para amainar el incendio. Las ramas encendidas lo espantaban como si lo rechazaran tentáculos o brazos. Tras varios minutos de batalla con el fuego que consumía el árbol, se redujo la intensidad, y pudo regresar a su habitación, resignado por el cansancio. Abrió las ventanas y trató de internarse en el sueño en medio de las tinieblas que poco a poco habrían de disiparse por el aire de la madrugada.

Al día siguiente lo despertó una picazón intensa en la garganta. Miró a los costados y hacia arriba, y se preguntó si había soñado. Abrió la palma de su mano derecha, bruñida por el hollín. Luego se levantó y dirigió al jardín. No había sido una ilusión ni había soñado. En medio, rodeado de ramas secas y cenizas negras salpicadas de blanco, encontró un palo negro, rayado por el fuego. Durante los días siguientes trató de arreglar el lugar del siniestro. Los vecinos no dijeron nada sobre el humo, como si el árbol hubiese sido consumido por una combustión repentina y transparente. Nunca mencionó la posible responsabilidad de sus vecinos ni sospechó de ellos. «A lo mejor», le dijo a su mujer por teléfono, «ni siquiera se dieron cuenta del fuego». «A lo mejor», ella respondió.

En los días siguientes dejó el palo negro sin tocarlo, incluso un par de veces le echó agua con la esperanza de que reviviera algún brote, pero el árbol no manifestó vida. Se quedó inerte en medio de las cenizas grises que cubrían la que en otro tiempo fuera tierra oscura y fértil. Dos semanas después, luego de intentar sin éxito con abono y tierra nueva, sacó una lampa y dibujó un círculo en torno al palo. Cavó con pesadez por dos horas, hasta que vio que las raíces gruesas se abrían a la superficie; luego las destazó con el pico, deshaciendo poco a poco su soporte. Lentamente, el árbol se vino abajo, y él lo dejó ahí.

***

Al salir de su casa, Don Manuel usa siempre un terno gris claro, cuando hace sol, y un terno oscuro cuando está nublado. Las tardes de verano en Santa Lucía son luminosas, sobre todo si en las montañas se ha acumulado nieve en la estación anterior y ésta refleja su brillo por toda la ciudad. Luego de almorzar se sienta en una de las bancas de madera de la plaza y mira pasar a los transeúntes. Observa atentamente a la gente que se acumula en torno a la pileta: niños con pantalón corto que juegan con objetos invisibles para él o se lanzan pequeñas piedras, mujeres de su edad en grupos pequeños que cuchichean. Se pierde tanto en lo que ve que incluso puede advertir el polvo brillante de la tarde que el poco gentío levanta como olas invisibles. Su sombrero le cubre apenas la cara pero, a pesar del calor, no se lo quita. Dos jóvenes pasan detrás de su banca y lo saludan. Son los peones que lo ayudaron a refaccionar la cerca. Se le acercan y lo saludan con un palmotazo en la espalda.

—¿Cómo está, don Manuel? A los años que aparece por la plaza.

—Bien, acá, tomando sol. Aprovechando que hace días no llueve y está caliente —su voz es apagada, quizá poco dada a conversar; ellos se acercan, él entiende el gesto y les hace un espacio en la banca.

—¿Y qué tal don Manuel? ¿Qué novedades?

—Ahí, bien. No mucho. Mi mujer ha regresado de ver a mis hijos. He salido un ratito de la casa para tomar aire, aprovechando el sol. Un rato me despejo mirando a la gente que pasea. ¿Y ustedes, qué hacen acá tan temprano?

—Hemos salido también por el calor que hace adentro. Toda la mañana hemos estado trabajando arriba en San Damián durante la lluvia, y hemos bajado porque ya terminamos. Si tiene algún trabajito en su casa, pásenos la voz. Es mejor estar acá abajo que subir.

—Ah, sí —se acuerda—. Me acuerdo que te llamé para que arreglaras mi jardín hace tiempo. Pero hace tiempo fue. Te aviso, cualquier cosa, porque ya mi jardín lo cerré.

—¿Cómo? ¿Lo cerró?

—Sí, lo cerré recién. Primero pasó que mi mujer me fastidiaba que gastábamos mucha agua y las plantas se habían empezado a morir del calor. Tenía que estar regando y regando.

—Pero eso, don Manuel, se arregla rápido. En tres, cuatro días se deja listo. Un día para remover toda la tierra que no sirve y después se siembra tierra nueva de San Damián. En tres días nomás.

—No, tú no entiendes. Dos días, tres días, ¿y cuánto me cuesta? ¿Cuánto me he gastado con esa cerca que le he puesto al jardín, que no me sirve para nada? Todo el esfuerzo para que al final se queme la cerca de mi casa por unos cables que se habían pelado cerca de la toma de agua. Uno de esos muchachos que llamé para que me ayudara dejó todo tirado.

—¿Se quemó? ¿Su casa también?

—No, mi casa no se ha quemado, una parte de madera cerca de los cables descuidados se ha prendido un poco. Menos mal me despertó el humo en la noche y pude apagarlo rápido.

Le siguen preguntando, pero apenas escucha: «¿Qué había hecho usted antes de eso? ¿Había movido los cables de luz, algo? Don Manuel, seguro algo ha movido usted ahí en su jardín…». Los dos jóvenes hablan, levantan la voz, gesticulan. Pero él parece no escuchar. Sostiene una mirada fija en su puño en el bastón de madera. Piensa que es placentero estar bajo el sol descansando, como si el tiempo se paralizara para olvidar qué pasará después. Sus extremidades se entregaban al descanso en el calor, cuando lo aborda un recuerdo que deja su mente en suspenso. Siente un hormigueo extraño en los pies, como si hubiese descifrado un acertijo o encontrado un objeto por mucho tiempo buscado. El rumor de la conversación de los muchachos es cada vez más lejano. Se acuerda de la violencia de las crepitaciones del fuego en la noche del incendio y se pregunta en qué momento exacto habría empezado. Le llega una suerte de certeza, pero no sabe si se trata de una revelación o una invención. Se pregunta si no fue salvado por el árbol en esa noche sin testigos: si ese fuego, como sea que se haya iniciado, acaso lo estuviese buscando o dando caza. No importa si esta ocurrencia no se acerca a la verdad. Cierra lentamente los ojos y con interna serenidad, apaga el oído al rumor de la conversación de al lado.

Cuento de La caza espiritual (Celacanto, 2015).

 

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