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Un lugar sagrado

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Por: Stuart Flores

No hay nada tan maravilloso como encontrar un par de zapatos que te calcen a la perfección. De pronto te ves un poco más alto o guapo, y hasta disfrutas del olvidado acto de caminar. En literatura, encontrar tu género es lo mismo. No precisamente has nacido para ser un autor total y, a partir de allí, parir novelas y poemas y piezas teatrales, todas geniales y con igual número de posibilidades de perdurar en el tiempo. O quizá sí, pero aún no lo sabes. A Paulo César Peña, no obstante, le basta con saber que ha encontrado en el ensayo ese par de perfectos zapatos.

Peregrinación a Santa Beatriz (Río Hablador, 2016) expone, en principio, la historia de esta urbanización ligada a los artistas e intelectuales que la recorrieron y vivieron en ella (Varela, Szyszlo, Eielson, entre otros). Se trata de un viaje urbano en el que el lector participa de manera activa, puesto que, durante el reconocimiento de sus calles, no deja de asombrarse ante un espacio que cobijó a los representantes más insignes de la generación del 50.

El recorrido que nos propone Peña es un viaje hacia el pasado. Y aquí la sombra de Sebald se proyecta indeleble. Esa conciencia que va de un lado a otro buscando reconocerse en algún vestigio, intentando conectarlos para darle sentido a los recuerdos. Hay un placer en la observación y también en el hallazgo de las tramas o lazos que han permanecido ocultos. Esta conciencia puede escuchar el inaudible ruido del tiempo. Un tiempo que, mientras arrastra los pesados pies, va destruyendo todo lo tangible. O desfigurándolo. Y es allí cuando el ensayo se potencia. Las reflexiones del autor, a este respecto, son intensas y luminosas, enmarcadas en una prosa que jamás se desborda, y en donde podemos advertir el lenguaje bien urdido, el adjetivo exacto.

Pero Peregrinación a Santa Beatriz es también un libro de denuncia. Se concibe esta urbanización como un lugar sagrado. Peña propone entonces una urgente puesta en valor de los lugares que alguna vez cobijaron a nuestros creadores más eminentes. Esto ante la pérdida constante de espacios públicos que solo tiene como objetivo el aprovechamiento económico de los gobiernos locales.

Quizá lo que más resalta en esta nueva entrega de Peña es la inserción de situaciones personales dentro de la libertad que le brinda el género. Estas no son accidentales, por supuesto. Fuera de la cansina moda denominada «autoficción», el autor devela información de su ámbito familiar que nutre y favorece al texto. Porque en esa búsqueda sobre el pasado de Lima y el rastro de sus artistas, las circunstancias lo han hecho tropezar con el pasado propio. Y de este modo, al tono solemne del libro, se impone de manera eficaz uno de corte más confesional.

No son pocos los méritos de este pequeño libro. Sin embargo, si hemos seguido atentos la evolución de este autor en sus textos anteriores, podemos notar una creciente urgencia por retorcer las formas del ensayo, que ahora se tornan más evidentes. Solo es cuestión de atrevimiento, en última instancia. Y esperamos que Peña, en algún momento, pueda tener el arrojo de emprender tal hazaña. Los zapatos, pulcros e inmejorables, ya los tiene puestos.

 

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