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Furia ochentera

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Si hablamos de una de las décadas más complicadas y riesgosas de la historia peruana contemporánea, tendríamos que referirnos, sin duda alguna, a la del ochenta del siglo pasado. A las pruebas nos remitimos: dos gobiernos desastrosos, uno que peor que el otro; una crisis económica que hacía perder la percepción de la moneda para comprar adminículos de primera necesidad (a saber, 3 millones de Intis para un cuarto de kilo de azúcar); un éxodo de peruanos a la busca de un mejor futuro; y la tragedia mayor, como para coronar esta sinfonía de espanto: el azote del MRTA y Sendero Luminoso, grupos terroristas que originaron una masacre de decenas de miles de peruanos.

Este contexto resintió la producción artística. Por ejemplo, pensemos en lo complicado que era publicar un libro, y quienes lograban hacerlo no tenían la más mínima seguridad de poder continuar un proyecto literario. Haber sido joven en los ochenta fue una desgracia, pero esta reforzaba su dimensión con los hombres y las mujeres que sí tenían algo que decir, sea desde la literatura, el arte y la música.

Por ello, la publicación Desborde subterráneo 1983 -1992 (MAC, 2017) de Fabiola Bazo, es una justa radiografía de época y también una cirugía emocional de los entonces protagonistas que vivieron en su justo derecho su verano de la anarquía. Dicho esto, subrayemos el carácter de gueto que signa a toda la movida cultural subterránea, puesto que esta no irradió en la mayoría de jóvenes peruanos ochenteros (afirmar tal cosa, es mentir con descaro, y es menester decirlo porque de la nada vienen apareciendo remedos de subtes que jamás asistieron a un concierto subte), pero a la pequeña gran minoría que influyó, esta supo hacer sentir su voz, pergeñando una postura vital y un discurso de libertad ausentes en la mayoría de jóvenes que al menos compartieron un rasgo común con los verdaderos subtes: sobrevivir.

En este sentido, el libro de Bazo nos acerca a los discursos mayores e íntimos de los protagonistas de la movida subterránea. Para tal fin, la autora hace uso de una lograda mezcla de registros como el ensayo, la crónica, el reportaje y la crónica. Gracias a la bastardía del registro textual, Bazo cumple con el objetivo implícito de su publicación: la difusión. Pero no hablamos de una difusión amable, la autora sabe que lo suyo no es la idealización, sino la representación de una moral rebelde, la puesta al  día de una ética creativa contra un sistema opresor.

Por este motivo, y yendo más allá de lo discutible que puede ser el legado musical de esta movida, DS se yergue como un documento imprescindible para entender esos años de horror por medio de la sensibilidad de sus protagonistas, que supieron hacer sentir su postura crítica y anárquica, no solo en la identificación y proyección de las letras de las canciones de las bandas de la movida, también en una estética visual (extraordinario trabajo gráfico que acompaña al texto de Bazo) que reflejó el sentimiento de agitación hasta de sus actores de reparto. Un par de aspectos, de entre varios, que nos hacen partícipes de una actitud vital y coherente con una furia interna nada contenida.

Los subtes fueron minoría, pero hicieron mucho más que la mayoría de jóvenes que los miraban por encima del hombro. La realidad de su legado cultural y artístico la vemos periódicamente en publicaciones que seducen a las nuevas generaciones. Pensemos en las novelas, cuentos, ensayos y crónicas que inspira. Y claro, pensemos en un librazo como este.

G. Ruiz Ortega

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