Creación

“Un cuentito nazi”

Por: Joe Iljimae

Cuando abrió sus ojos después de la paliza, las sombras lo estaban observando, hambrientas, desde las esquinas. Agazapadas en las paredes y en el techo de uralita, lamían el aire y soltaban borborigmos que se confundían con el crepitar de la lluvia de Wolfsburgo. Parecían arañas inquietas, informes criaturas que se encrespaban al rozarse las unas con las otras. Hans von Kluge, primer oficial de La Gestapo, las conocía muy bien desde su infancia, sin embargo, nunca en toda su vida había estado tan cerca de ellas. Ahora sentía su aliento pútrido y severo que le castigaba el rostro y su olor a roña que reptaba por las fosas de su nariz. Podía ver sus perfiles moverse y brincar por todo aquel sótano gracias a un riso de luz que ingresaba por la rendija que daba con el descampado. Una costra de luna hería fuertemente el cielo. Un búho graznaba desde un pequeño matorral. ¡Auxilio!, gritó Hans al verse solo con las sombras, ¡Auxilio! Siempre las había visto aparecer en los espacios cerrados y oscuros, en las covachas o subterráneos donde se escondían los judíos que cazaba, en los grandes eriales al despuntar la noche. Durante su niñez y pubertad, estas criaturas lo habían aterrado hasta el punto de arrastrarlo al borde del suicidio en un despeñadero de Mittenwald. Pero en su adolescencia, mientras formaba parte de las Juventudes Hitlerianas, aprendió a ignorarlas y a escapar de ellas entregándose de lleno a la disciplina militar y al ejercicio. Después, al ingresar a las SS como soldado de élite bajo el mando del general Kurt Meyer, casi las había extirpado de su vida, aunque muy de vez en cuando las veía aparecer en la oscuridad haciendo sus horribles visajes. Por lo general, Hans trataba de evadirlas y jamás se desplazaba solo por las zonas con escaso alumbrado público. Dormía con la luz prendida y huía de los parques y arboledas en las noches. Se transformaba entonces en un militar débil, inseguro, en un simple yerbajo que podía ser desgarrado como un pez. Sin embargo, en sus incursiones a los guetos judíos o en las cazas de negros por los bajos fondos de Alemania, cobraba una extraña superioridad espiritual y física que hacía que las sombras desaparecieran por completo de su campo de visión. Al principio no se percató de este efecto, pero con el tiempo descubrió que la brutalidad y el salvajismo eran buen remedio contra la debilidad mental. Entonces se entregó de lleno a la carnicería. Dentro del cuerpo de suboficiales de las SS violó, cazó, humilló y mató a patadas a negros y judíos y homosexuales de todas las edades. También hizo otro tanto con alemanes desvalidos e indigentes tan arios como él. No hacía concesiones. No perdonaba nunca. Todo ser más débil que cayera en sus manos iba directo al hoyo.

En 1942, tras encabezar la deportación de noventa y dos niños judíos del gueto de Lodz al campo de exterminio Chelmno, fue ascendido a Oficial Superior y se tatuó, en honor al Führer, una esvástica en el plexo izquierdo. Con este rango demostró sus dotes organizativas, su fidelidad inquebrantable hacia Hitler y al nacionalismo, su tremenda disposición para asesinar sin pudor y su genio en el combate cuerpo a cuerpo. Se dedicó a torturar soldados aliados y a perseguir, encarcelar y desaparecer adversarios comunistas. Al poco tiempo, el comandante en jefe Heinrich Himmler, lo integró a un oscuro núcleo ultrasecreto que infiltraba redes de espionaje en todos los órganos de seguridad del Reich. Allí cumplió todas sus misiones con éxito brillante y sus trabajos criminales fueron saludados en secreto por los altos mandos del ejército alemán. En sus ratos libres comenzó a boxear y a cargar pesas de doscientas libras; a correr y a hacer ejercicios con desesperación febril. Hacía flexiones y abdominales al levantarse y antes de meterse a la cama. Saltaba la soga tres veces al día, sin descansos ni interrupciones. Su apetito se volvió voraz, casi animal. Como era de esperarse, terminó hecho un mastodonte destructor y abyecto que pasmaba a la gente en las calles. Lo más inusual de todo este proceso fue que comenzó a perder, de manera muy lenta, el apetito sexual por las mujeres y empezó a fijarse en los muchachos de culito rebosante y de brazos tostados por el sol de las Juventudes Hitlerianas. Esta nueva sensación lo llenó de asombro pero no le preocupó, o al menos, no le preocupó demasiado. Cada vez que sentía la presencia de las sombras salía de su casa en busca de judíos para asesinarlos y, de ese modo, espantar a los espectros que se retiraban serpenteando por los muros de los guetos. Había aprendido a convivir con esas cosas negras que ahora lo observaban desde lejos (prendidos de los postes, colgados de los techos) con cierto respeto.

En 1945, pese a la tenaz oposición del general Erwin Rommel, llegó a convertirse en primer oficial de La Gestapo y a partir de allí tuvo carta blanca para quebrantar la vida de la gente sin ningún impedimento. Dirigió el campo de concentración de Belzec y, junto al inefable Aribert Heim, realizó experimentos biológicos con cientos de reclusos. Gracias a su ayuda en el plan de inteligencia para bombardear la capital del Reino Unido, su carrera militar despegó y se convirtió en el engreído, en el perro salvaje, en la puta del Führer. Sin embargo, como todo cohete que despega, detona y muere, su inmunidad fue deshilvanándose a medida que los aliados se iban acercando, por todos los frentes, hacia el corazón de Alemania. Con el bombardeo de aviones norteamericanos a Berlín y la destrucción de la Cancillería del Reich y el edificio del Partido Nazi, el Cuartel General de la Gestapo comenzó a quemar archivos y documentos secretos para evitar que cayeran en manos enemigas. También empezó a expatriar a generales y oficiales de valía. Los sacó a todos, o a casi todos. A las buenas o a patadas. Pero a Hans ni lo miraron. Así, en el último asalto de la División de fusileros soviéticos al Cuartel General, Hans aprovechó la confusión para huir cambiando su uniforme militar por ropa de paisano. En el camino asesinó a dos soldados franceses y a un cabo ruso que intentaron cerrarle el paso. De Berlín llegó a salir ileso físicamente, pero con el alma y el nacionalismo destruidos por completo.

Al final de la Segunda Guerra Mundial pasó sus días vagando por los bajos fondos de su patria sobreviviendo a base de robos e insignificantes trapicheos. Algunas veces se masturbaba pensando en el garbo de los oficiales norteamericanos o pagaba a los golfillos para podérselos mamar en plena oscuridad. Sin ninguna otra esperanza en su vida, se entregó a los brazos del alcohol buscando una señal; cualquiera que fuera. Entonces las criaturas aparecieron nuevamente. Comenzaron a acecharlo y a salir de los escombros de la gran ciudad. Cada noche se le iban acercando un poco más, reproduciendo horribles sonidos en una lengua de inframundo. A veces lo sorprendían en una esquina o lo cercaban como a una rata en cualquier rincón. La intangibilidad de estas cosas fue cobrando forma, sellándose. De este modo, se vio obligado a convivir con aquellas sombras y espectros infernales. Por más de dos años se ocultó en los entresijos de Berlín, saltando de suburbio en suburbio, huyendo de la cacería de los monstruos y del acecho del ejército aliado, dejándose crecer la barba y el pelo, transformándose a diario en otro ser, en otro monstruo. Resistió todo lo que pudo, es cierto, pero finalmente lo atraparon. Fue emboscado por dos mercenarios norteamericanos contratados por la organización extremista del poeta israelí, Abba Kovner. Ambos habían estudiado las idas y venidas de Hans por los bajos fondos de Wolfsburgo y se alegraron al descubrir que su presa se había convertido en un miserable y dudoso ser humano. Lo cazaron al salir de una taberna y le dieron la paliza de su vida. Un infausto golpe en el cráneo le apagó todos los sentidos y los mercenarios, maldiciendo en inglés, lo llevaron hasta un hangar abandonado en las afueras de la urbe. En este sitio lo arrojaron a un sótano y, jugando a las cartas y fumando cigarrillos, esperaron la llegada de los caza nazi sionistas para la ejecución.

Ahora estaba allí, resistiendo un despiadado dolor en la cabeza y en distintas zonas del cuerpo, encerrado en un sótano con olor a mierda y observando a las sombras serpentear, escurrirse, por los zócalos y cantos de las paredes. ¡Auxilio!, volvió a gritar, ¡Auxilio! ¡Sáquenme de aquí! Desorientado por la oscuridad y el horror, se sintió enterrado en húmedos y alveolares abismos, en cavernas con pozos de aguas fecales, en algún tipo de desplazamiento dimensional. Las tinieblas lo enfundaban de manera casi audible y el miedo le subió a trompicones hacia la garganta. Con sus dedos advirtió diminutas muescas y pequeños huesos anónimos que vibraban en el suelo. Valiéndose del único haz de luz que ingresaba al sótano, logró moverse y llegar hasta el punto donde aterrizaba el chorro de iluminación. Aunque esta era solo una insignificante luz, servía como una sonda fresca e impoluta en el desorden de su mente. ¡Auxilio!, gritó de nuevo, ¡Ayuda! Desde su esquina, protegido por esta brizna de luz, vio nuevos seres que surgían de las emanaciones y las grietas, una masa informe y manchada de carbón  temblando como un flan. Oyó correr la sangre en su propio cuerpo y oyó trabajar su corazón y sus pulmones. Una cosa fofa y casi transparente se le acercó rápidamente al rostro y luego retrocedió, como jalada por garras invisibles, hacia la negrura. Hans dio un brusco respingo. Reflejos negros iban y venían por el torniquete de luz tanteando a ciegas entre las paredes. De pronto, un ser viscoso empezó a devorar las sombras y a crecer y desarrollarse a medida que canibalizaba a sus hermanos. Cada segundo se iba haciendo más brutal y gigantesco. Una gran úvula colgaba como una trompa de su pecho. Hans vio que de sus cavidades rezumaba un líquido ambarino y pestilente. ¡Auxilio!, exclamó aterrado. Una docena de ojos le empezaron a mirar, aparejados y quietos, en medio de la oscuridad. Trató de identificar las formas que había más allá, pero solo vio canicas refulgentes en el aire. Ojos que se abrían y cerraban en parpadeos, eclipsándose y reapareciendo según se movían los espectros. La sombra que se tragaba a los otros seres volvió a desintegrarse y brincó, de un lado a otro, soltando sordos graznidos. ¡Auxilio!, gritó Hans una vez más, ¡Auxilio! Sabía que había gente en alguna parte de ese sitio, un ser humano como él que, con su sola presencia, o su voz, espantaría a las criaturas. Recordaba vagamente a un tipo (¿o eran dos?) arrastrándolo por un erial. Voces y formas humanas que oscilaban en su memoria: una maldición, una risa, un espinazo brutal. ¿Asesinos a sueldo que habían ido por él? Sí, por supuesto que sí. Alguien le había dado caza y ahora, como era natural, lo estaba custodiando desde algún punto de ese antro. Tendría que llamar su atención, atraerlo hacia él para que espantara a las sombras y lo salvara. Sí, lo salvara. Entonces siguió gritando y golpeando las paredes. ¡Auxilio! ¡Ayuda!  Un minuto entero. Dos. Tres.

-¡Cierra el culo! –respondió al fin una voz desde el otro lado de la puerta. Hans dio un brinco y observó, entre sorprendido y feliz, como las sombras desaparecían de su vista.

-¡Hey!–gritó intentando localizar la dirección de la voz- ¡Hola! ¡Hola!

Silencio.

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-¡Prendan la luz! ¡La luz, por favor!

-No hay luz –contestó la voz.

-¡Entonces sácame de aquí! ¡Te lo ruego!

-Eso es imposible.

-Yo no hice nada –dijo.

-Mientes.

Ubicó la dirección de la voz a su izquierda, de cara al norte, y trató de acercarse hacia la puerta, tanteando. Las sombras se habían ido.

-¡Te lo ruego! –exclamó–. ¡Esas cosas me quieren devorar!       

-¿Qué cosas?

-Los monstruos, las criaturas… 

Escuchó una risa.

-Estás loco.

-¡Por favor! ¡Llévame arriba! Me estaré quieto. Lo juro.

-No.

-¡Te lo ruego!

-No.

-Van a venir de nuevo, ¡van a llevarme! ¡Son muchos!

-¡Nazi de mierda! Todos ustedes están locos. ¡Locos! –dijo la voz escupiendo a un costado. Luego, desapareció como una lámina de esquisto desplomándose en la oscuridad.

-¿Qué quería? –preguntó Billy John al ver regresar a su compañero. Barajaba las cartas fumando un cigarrillo que pendía de su boca. 

-Que lo saque.

-¿Qué lo saques?

-Sí –dijo Joël acercándose a la mesa–, ese cabrón quería que lo saque de allí.

Billy John movió la cabeza y escupió.  Acto seguido, comenzó a repartir las cartas.
-¿La doblas?

-Imposible –contestó Joël realizando un gesto con las manos–. A este ritmo me dejarás en la quiebra.

-¿Tres dólares entonces?

-Sí, tres dólares.

Revisaron sus cartas y Billy John sonrió satisfecho. Joël, por su parte, hizo una mueca de disgusto y escupió.

-Mierda –dijo.

-¿Qué?

-Nada. 

Mientras ordenaban sus cartas nuevamente, escucharon la voz de Hans llamándolos a gritos.

-Qué molestia –dijo Billy John.

-¿Y si lo desmayamos de nuevo?

-No es mala idea, pero…

-¿Pero qué?

-Se nos puede ir la mano y Los Nakam no nos pagarían un centavo. Lo quieren entero.

-¿A qué hora llegan?

-Me dijeron que a primera hora. Seis o siete. No sé.

-¿Crees que venga Abba Kovner? –preguntó Joël.

-¿Abba Kovner? No, no creo.

-¿Por qué?

-Porque ese tipo solo sirve para salir en los periódicos.

-Y para escribir poesía también.

-No sé. Nunca he leído nada de él. Además, no me gusta la poesía.

-Me gustaría conocerlo.

-¿Ah sí? ¿Para qué?     

-Para enseñarle mis poemas.

-¿Tu escribes poemas? –preguntó Billy John, sorprendido.

-Sí, de vez en cuando.

-Pensé que los asesinos no escribían poesía.

-Yo no soy asesino –contestó Joël–. Soy poeta.

-Ya.

-Soy un poeta que hace de soldado.

-De mercenario.

-Es lo mismo.

-¿Yo también podría ser poeta? –preguntó Billy John con sorna.

-Claro. Todo asesino podría ser un buen poeta.

-¿Te sabes algún poema de Abba Kovner?

-Unos versos –dijo y repitió:

<<Recordemos los montículos de cenizas debajo de los jardines florecientes / Recordemos al vivo sus muertos / Porque solo estos muertos al final nos enfrentarán / en su mediodía / dentro del sangriento altar>>.

-¿Y qué quiere decir con eso? –preguntó Billy John.

-¿No te das cuenta? –dijo Joël sorprendido–. Está exigiendo levantarse en armas.

Billy John se rió y, arrojando sus cartas sobre la mesa, dijo:

-Pura palabrería. 

Cuando la voz desapareció, Hans sintió que las sombras volvían a salir. Sí, allí estaban de nuevo, royendo el espacio hasta la materia negra de su cerebro. Lleno de miedo, se arrojó con violencia hacia el haz de luz y trató de protegerse a través de esa débil claridad. Desde allí vio garras monstruosas tejer imágenes en el aire y fauces abrirse y cerrarse a gran velocidad. Un penetrante olor a almizcle invadió el ambiente. Un espectro explotó y volvió a recomponerse. De pronto, una de esas cosas negras comenzó a moverse rápidamente, tragándose a las sombras, buscándolo a él. Se incorporó para esquivarla pero sus piernas le fallaron. Cayó al suelo y entonces sintió, en medio del horror, que algo fofo rozaba  su cabeza. Hans se sacudió y saltó hacia un costado. ¡Ayuda!, gritó desesperado, ¡Ayuda! Una lengua desmembrada le acarició el rostro y luego desapareció, soltando quejiditos, hacia el techo. Desde las esquinas oyó una suerte de risita que salía de esos cuerpos amorfos ¿Se burlaban de él? ¿Acaso se estaban riendo de él? “Jijiji” “Jijiji”. Al cabo de un rato, ya no pudo soportarlo más. Sintió que esas cosas se reían y danzaban en su cara. Comprendió, envuelto en una extraña telaraña de lucidez, que así lo habían hecho desde siempre y que él no era una presa para ellas, sino más bien una especie de bufón o de animalillo asustadizo. ¿Por qué no se había dado cuenta de eso antes? ¿Alguna vez las sombras le habían hecho daño? No, claro que no. Solo se mofaban de él, gozaban haciéndolo sufrir, humillándolo. Harto de toda esa comedia, decidió enfrentarse con los monstruos. Eso tenía que acabar de una puta vez. Se transformó de golpe, como en los viejos tiempos, en un hombre reducido a un solo instinto: asesinar. Si muero, pensó, si muero que sea en el camino de la furia. Entonces se puso de pie y avanzó, sin miedo, hacia las sombras.  

-Por fin se calló –dijo Billy John encendiendo un cigarrillo.

-Siempre lo hacen.

-No, no siempre.

-Bueno, casi siempre –dijo Joël ajustándose las tiras de las botas.

-¿Qué harás cuando se acaben todos los nazis? – preguntó Billy John.

-Nunca se acabarán todos los nazis.

-Pero supongo que un día dejarás de cazarlos.

-Tal vez.

-¿Qué harás entonces?

-No lo sé.

-¿No escribirás poesía?

-Siempre escribo poesía.

-Me refiero profesionalmente.

-Cuando se escribe profesionalmente la poesía se va a la mierda –dijo Joël.

Billy John escupió al piso y empezó a sacarse conejos de la nuca. Luego, se estiró soltando un largo bostezo.

-Me gustaría tener una buena cama –dijo.

-A mí me gustaría tener un buen culo.

-No eres nada poético para ser poeta.

-La poesía no necesita de poesía para vivir.  

Billy John se encogió de hombros.

-¿Te gusta cazar nazis? –preguntó después de unos segundos.

-Sí. Todos son unos malditos hijos perra.  

-A mí también me gusta cazarlos.

-¿Sabías que Nakam quiere desaparecer seis millones de alemanes sin importar edad, condición o sexo?

-No. Yo pensé que solo cazaban nazis.

-Esos judíos quieren borrarlos a todos. Quieren voltear la tortilla.

-Mierda.

El primer espectro empezó a moverse y a soltar fuertes graznidos. Rodeó a Hans y pasó cerca de su rostro a gran velocidad, sin tocarlo. Hans intentó cogerlo en el aire, pero no pudo. Las otras sombras aguardaban colgadas del techo de uralita y parecían esperar su turno para atacar. Eran imágenes desarmadas y oscuras. Un azul de acetileno dominando el ambiente. ¡Putos!, gritó Hans y se lanzó hacia una de las sombras. La cogió de la cola e intentó domarla mientras la cosa se ondulaba, violenta, en el piso. Un monstruo, excitado por la lucha, se arrojó directo al pecho de Hans y lo volcó. Las sombras se encresparon simultáneamente, ansiosas.

-¿Sabías que Goebbels se suicidó la semana pasada?

-No. ¿Quién es ese? –preguntó Billy John estirando sus piernas. De inmediato, Joël lo miró sorprendido: ¡A esas alturas todo el mundo conocía a Goebbels! 

-Josef Goebbels -dijo finalmente-, el exministro de Propaganda de Hitler. Un antisemita consumado y brutal.

-¿Ah sí?

-Sí. Un hijo de puta que orquestó un proceso de limpieza étnica y política y que deseaba implementar una religión basada en las antiguas leyendas de la raza aria.

Billy John se rió.

-Además, quería ser escritor –continuó Joël.

-¡Joder! Ahora todo el mundo quiere ser escritor.

-Por eso el mundo está yéndose a la mierda.

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-Ya lo creo.

-Mira, este Goebbels compartió algunos textos con Knut Hamsum.

-¿Y quién es Hamsum?

-Un escritor que recibió el Premio Nobel y que admiraba a Hitler.

-Ah –dijo Billy John sin intereses– ¿Y qué tal escribe ese cabrón?

-Muy bien.  

-¿Y cómo se conoció con Goebbels?

-No lo sé. Pero tengo información que Hamsum le envió su medalla del Premio Nobel como regalo. Creo que deseaba conseguir una audiencia con Hitler.

-Mierda.

Hans sintió que iba perdiendo. Las sombras lo envolvían y le arañaban la cara y la espalda y el pecho y los brazos. Un espectro abrió sus fauces y se lo tragó, pero Hans logró salir a punta de sendos puñetazos. Se dio cuenta de que esas cosas volaban. Brincaban. Y herían sus costados. De cuando en cuando cogía a una de su cola o su lomo y las destrozaba por completo. A veces lo tumbaban a él y la lucha se volvía demencial.

-También había una puta –dijo Joël.

-Siempre hay más de una.

-Esta era única. Te lo aseguro.

-¿Quién?

-Ilse Koch.

-¿La perra de Buchenwald?

-Esa misma.

-He escuchado de ella.

-Era una maldita loca. Estaba casada con otro nazi tan malvado como ella.

-Dicen que le gustaba vagar desnuda por los campos de concentración con un látigo, y si algún interno la miraba, era fusilado en el acto. ¿Habrá sido verdad?

-No lo sé. Pero también cuentan que escogía presos con tatuajes para crear, con sus pieles, pantallas para las lámparas de su casa…

Súbitamente, Hans se dio cuenta de que las sombras se retiraban. Por primera vez en toda su vida sintió que tenía poder de decisión sobre ellas. Empezaban a huir cuándo él se acercaba. Les gritó y pudo ver como se deformaban y perdían entre las grietas del sótano. Algunas se difuminaron en el aire y otras comenzaron a evaporarse.

-¿Qué hora es?

-Las cinco menos cuarto.

-Me duelen los huesos…  

-Ya no falta nada para que lleguen.

-Quiero mi dinero para largarme. Me muero de hambre. Te juro que sería capaz de tragarme una vaca entera.

-No lo dudo.

Vio cómo sus colas y sus cuerpos amorfos se metían debajo de la tierra y se deslizaban hacia las esquinas. ¡Putos!, les gritó amagando una nueva embestida y las cosas huyeron despavoridas por los cantos de las paredes. Sentía su corazón vivo y golpeándole furioso la parte izquierda del pecho. Un gozo insólito y mordaz reactivaba todos sus sentidos. Escupió.

-Echaré una siesta –dijo Billy John y se acomodó sobre un viejo jergón. Llovía sin hacer frío. Algunos chuzos de punta se colaban por entre los agujeros del techo mojando el macadán. Joël sacó un papel arrugado de su bolsillo y con un cabo de lápiz comenzó a escribir. ¿Un poema? ¿Una idea? ¿Un arranque de novela? Nada de eso. Escribió una docena de chistes sobre borrachos y mujerzuelas.    

Hans permaneció alerta. Esperaba a que volvieran de un momento a otro. Las conocía muy bien y sabía de sus artimañas. Tal y como lo esperaba: al amanecer realizaron un nuevo ataque y las enfrentó con toda su energía. Esta vez las derrotó por completo, barriendo el piso con ellas. De momento oscilaba entre el pánico y la euforia. Esas cosas ahora le temían y él tenía todo el control sobre ellas. Se había vuelto poderoso, se había vuelto un dios. Sonreía.

-Despierta –dijo Joël pateando a Billy John una hora después de escribir sus chistes rojos sin parar–. Ya llegaron.

Seis hombres bajaron de una camioneta enfundados en gruesos impermeables. El tiempo había escampado y un pedazo de sol se asomaba entre las nubes tiñendo el ambiente de una opacidad color orina. Ingresaron al hangar y el jefe de la comitiva se plantó frente a los mercenarios.

-¿Dónde está? –preguntó.   

-En el sótano.

-¿Seguro que es él? –dijo mostrando una foto.

-Lo es –contestó Joël, asintiendo. Luego sacó una llave del bolsillo y fue hacia la puerta del sótano.     

-Un momento -dijo Billy John.

Los judíos miraron a Joël. Este les hizo un movimiento con las manos señalando a su compañero.

-Necesitamos nuestro dinero –dijo.

Uno de los hombres se llevó de inmediato la mano al cinto. El jefe le cogió el brazo y le dijo <<no>> con la cabeza. Acto seguido, entregó una maleta a los dos mercenarios norteamericanos.  

-Un placer hacer negocios con ustedes –dijo Billy John contando los billetes. Fuera del hangar, como objetos de papel o jirones de alquitrán, seis golondrinas se dejaban llevar ingrávidas por las corrientes ascendentes de aire. Se balanceaban sobre el inmenso vacío de Wolfsburgo, chillando.

Hans jadeaba en su rincón apretándose el pecho. Había ganado su batalla en plena negrura, espantando a las sombras de sus propios dominios. Esas cosas que tanto lo habían hostigado desde niño ya eran historia. No tenían ni principio ni fin. Las había exterminado por completo. Estaba cansado, pero feliz. La guerra, los judíos, su próxima muerte o su vida misma ya no tenían importancia. Si el Führer o su madre habrían aparecido en ese instante frente a sus narices, les habría lanzado un escupitajo al rostro. Ya no necesitaba de nadie. Él era Dios. El Superhombre. ¿Qué más podía pedir?

-Hans von Kluge –dijo Joël con voz solemne y dio vuelta a la manija. El jefe de los judíos se acercó quitando el seguro a su arma. Apuntó.

Cuando sintió la puerta abrirse, se puso de pie y observó cómo cientos de virutas de luz iluminaban sus contornos. Luego, alzó la vista y, para su asombro, vio a las sombras nuevamente proyectadas en su mente. Maldición, allí estaban otra vez. Desde el otro lado, Joël y el judío creyeron ver acero en los ojos del preso. ¿Debían disparar? ¿Un balazo en la cabeza acabaría con esa mirada de hierro? El rostro lo sentía desencajado y brutal, la boca cayéndose hacia un lado. ¿Cómo es que habían regresado esas cosas de nuevo? Hans las contempló maravillado. Eran sombras con formas humanas, monstruos de carne y hueso inmunes a la luz, espectros superiores a los que ya había vencido. Ahora estaban delante de él, erectos, tangibles. Una de esas cosas habló y Hans supo que eran formas desarrolladas, monstruos con habilidades especiales. Entonces, algo muy al fondo de él, se quebró. Vio en esas cosas vivas todos los rostros de judíos y de negros que había asesinado. Vio sus muecas de horror y súplica. Vio los trozos de sus cuerpos regados en el Rin. Y en medio de ese amasijo de recuerdos, asumió una segunda y última batalla. Un enfrentamiento cara a cara, a plena luz. Fue como si todo aquello que lo había estado atormentando durante tanto tiempo de pronto se convirtiera en una suerte de invulnerabilidad, como si de golpe estuviera batiéndose a duelo solo con la memoria como arma. Sus pensamientos flotaban en una especie de neblina y no fue capaz de mantenerlos unidos. Lo invadió una oscuridad mental como oleadas largas y pesadas con cientos de rostros judíos yendo y viniendo. Se dio cuenta, contra su pesar, que se encontraba al borde de una estrecha grieta de un hondón del que no veía el fondo. ¿Iba a tirarse adentro? Sí, tenía que ir a lo más profundo para eliminar a esas sombras que lo esperaban, hambrientas, desde hace mucho tiempo. Sin pensarlo dos veces, reunió fuerzas y se lanzó a trompicones por las gradas. Eran ocho espectros que aguardaban, ocho cosas casi humanas que se burlaban de él. ¡Putos!, exclamó en el penúltimo escalón al sentir que ahora la sombras atacaban a balazos y que él, pese a todos sus esfuerzos, pese a todo ese odio que sentía por sí mismo, ya no sería nunca más el nazi vencedor…Una mano oscura le arrebató el espíritu de su pecho. Algo que no le era conocido se apoderó de él, un súbito entendimiento de la certeza matemática de la muerte lo invadió. Y antes de caer, sintió los latidos de su corazón bajo la palma de su mano…   

-Un nazi valiente, eh –dijo Billy John al cabo de un rato.

-O un imbécil –opinó Joël y, ante su asombro, se sintió más poeta que nunca. Luego, escupió feliz.

 

 

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