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Nunca es tarde

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Por: Stuart Flores

En pleno trámite de divorcio, una pareja sostiene una larga conversación. Es lo único que hace en la hora y veinte minutos que dura la película. Pasear por las calles de Lima, subirse a un taxi, tomarse un café. Casi no hay acciones. Todo es un caminar por aquí y hablar de esto y aquello y por qué me dejaste. No. Por qué huiste.

Laura y Ramón, base cuarenta. Ambos antiguos militantes de la izquierda más radical.

Novelistas, dramaturgos y cineastas han explorado el tema del conflicto armado innumerables veces, quizá hasta lograr que se deforme la memoria sobre nuestra guerra interna por efecto de saturación. La última tarde —y eso es lo que fascina de esta película— es en cambio una aproximación tácita sobre este asunto.

Laura y Ramón deben esperar el regreso del juez que ha de sellar su separación. Desde este punto en adelante, el filme se va estructurando en base a lo que ambos van contándose de sus respectivas vidas. Han pasado diecinueve años desde la última vez que se vieron y, claro, hay mucho por hablar.

En su juventud, ellos fueron pareja y participaron de la lucha armada. Punto. A partir de aquí solo importan las cuestiones que cada uno plantea en torno a una relación ya extinta. Pero tocar el pasado tiene sus consecuencias, como aquella en donde el narrador de Vértigo, de Sebald, nos refiere la historia de una mujer que no se resiste a entrar a un colegio de su infancia y observa a la misma maestra que tenía hace treinta años. Luego, en soledad, no logra reprimir un profundo llanto y «toda la tarde no pudo serenarse de la impresión sufrida por la vuelta imprevista del pasado».

¿Por qué tomaste tal o cuál decisión? Y, a estas alturas, ¿qué importa? El tiempo, burócrata y puntual sepulturero, hace su trabajo, pero a veces no consigue enterrar aquella memoria personal, esas dudas que uno va rumiando y que con los años adquieren la condición de verdaderas y únicas preguntas existenciales, esos interrogantes para los que nunca es tarde buscar respuestas. («No te estoy preguntando por qué dejaste la militancia, Laura. Te estoy preguntando por qué me dejaste a mí».)

Los planos cerrados obligan a que los protagonistas, Lucho Cáceres y Katerina D’Onofrio, muestren su enorme capacidad actoral. De esta forma, el espectador valora el gesto puro: la mirada, el movimiento de cejas, la línea de los labios, el silencio mismo. Si hay acción, digamos que toda esta ocurre en los rostros. Allí uno observa el impacto de las cosas que se van revelando, de la reconstrucción que cada uno hizo de sí. Y todo montado sobre un diálogo fino y de espontaneidad casi perfecta, que va soltando por allí alguna pista delicada que luego tomará fuerza.

Tiene mucho mérito una película que se sostiene exclusivamente en los diálogos. Tal vez no sea fácil de apreciar en primera instancia, pero lo de Joel Calero es una proeza dentro de un escenario local con enorme seducción por el blockbuster (efecto Tondero) y representa, qué duda cabe, un gran aporte al cine nacional.

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