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Cuando leemos una obra maestra: “Stoner”

Por: Jorge Cuba Luque

Una ley no escrita parece regir a la sociedad estadounidense con más rigor que su Constitución, la ley que impone la búsqueda del éxito, acaso el afán considerado como el rasgo más distintivo de la identidad nacional.

País de triunfadores, estos no pueden existir sin los perdedores, y ambos conforman las dos caras de la misma moneda. Winners y Losers son héroes que triunfan o mueren en el intento, como en muchas de las creaciones de Ernest Hemingway. En su novela Stoner (1965; Fiordo, 2016), John Williams (1922-1994) nos presenta a William Stoner, que no es ni lo uno ni lo otro, y, por eso mismo, uno de los personajes más originales de la novelística norteamericana del siglo XX. Stoner es un individuo cuya existencia, de comienzo a fin, está signada por un gris profundo que ha de acompañarlo hasta su muerte, preso de una tristeza insondable pocas veces vista en la prosa de ficción norteamericana.

Hijo de una pareja de campesinos pobres de Missouri, un día se le presenta la oportunidad de matricularse en una universidad del Estado para seguir cursos de Agronomía y poder ulteriormente ayudar a sus padres en la árida granja familiar. Sin embargo, a las pocas semanas de iniciadas las clases, Stoner se ve cautivado por la literatura gracias a Archer Sloane, el anciano maestro que dicta un cursillo de Literatura Inglesa. Estimulado por Sloane, Stoner no dudará cambiar la Agronomía por los estudios de Letras.  A partir de ese momento, John Williams situará el desarrollo de la novela en el campus universitario y será en este espacio donde el protagonista verá marchitarse progresivamente sus sueños, su interés por la literatura y su carrera como profesor universitario. Uno de sus dos mejores amigos y colega cae muerto en Europa durante la guerra de 1914-1918, el otro vuelve ileso, al que tratará siempre de apoyarlo hasta fatigarse de su pasividad. En dos oportunidades el amor ilumina el alma de Stoner: primero con Edith, con quien se casa y tiene una hija, y, años después, con una colega, Katherine, pero ambas relaciones terminan en el abandono.

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La existencia de Stoner es un desierto afectivo que John Williams presenta con sobriedad, incluso con una clara distancia, lo que permite no juzgar a su personaje por su falta de voluntad para afrontar los escollos que se le presentan en la vida. Es este uno de los mayores aciertos del libro, pues logra que el lector sea, desde las primeras páginas, empático con Stoner. A saber, en el párrafo inicial de la novela el narrador omnisciente nos cuenta que Stoner ha muerto tras largos años de labor como profesor universitario en una carrera de la que nadie recuerda un aporte académico notable. Esa empatía surge tras el homenaje que le rinden sus colegas, que no es más que una mera formalidad carente de admiración y de afecto.

En este sentido, el lector sabe de la muerte del protagonista, del mismo modo de su opacidad existencial y fracaso sin heroísmo. Pero el lector sabrá también que Stoner es mucho más, puesto que la pluma de John Williams nos radiografía su interioridad en la que hay idealismo y bondad, amor por la literatura, cariño y admiración por sus amigos. He ahí su originalidad, su valía como personaje, con mayor razón si tenemos en cuenta que por esa misma época aparecieron Herzog (1964) de Saul Bellow e In Cold Blood de Truman Capote (1966). El primero, de corte intelectual e irónico; el segundo, la crónica dramática de un homicidio múltiple. Además, otros notales novelistas de esa década destacaron por representar las tensiones y traumas que por entonces estremecían a la sociedad estadounidense, algunos: Harper Lee, James Baldwin, John Updike, Kurt Vonnegut y Norman Mailer. Entre todos ellos, John Williams es un autor a contracorriente a razón del perfil de William Stoner, que trata de enfrentar las constantes asperezas que lo acechan y le impiden ser feliz.  Pero ante todo, Stoner es una novela elaborada en tono menor, y es precisamente este tono el que articula la grandeza de sus páginas, iluminadas de humanismo, pudor, fineza y tristeza. Por ejemplo, leemos en uno de los párrafos finales, cuando el protagonista sabe que la muerte está próxima y toma consciencia de lo que ha sido su existencia: “El sentido de su propia identidad le llegó con fuerza repentina y sintió su poder. Era él mismo y sabía lo que había sido.” Por su atinada carencia de aspavientos verbales, por su intimismo sincero, por la insularidad del personaje, Stoner es una obra maestra, una historia entrañable. Es un clásico.

 

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