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13 razones para no creer en el café Monet´s

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Por: Joe Iljimae

Al parecer, todas las críticas son unánimes: 13 Reasons Why es una serie “intensa”, “imperdible”, “desgarradora”, “adictiva”, “verdadera”, “única”, “esplendorosa”, “comprometida”. Sí, existe un consenso general, la misma que por momentos sorprende y crea, cómo no, un poco de espanto y desconfianza.       

En principio, 13 Reasons Why es una serie original del catálogo de Netflix, producida por la estrella Disney, Selena Gómez, y dirigida por Thomas McCarthy, director de las películas Spotlight y The Visitor. Es una serie que está basada en la novela de título homónimo del escritor de libros de autoayuda para adolescentes, Jay Asher. Es una serie que vendió de golpe sus derechos cinematográficos a Universal Studios. Es una serie que pertenece al universo de Anonymous Content y Paramount Televisión. Es una serie que ha sido alabada por la crítica y aplaudida por la audiencia. Es una serie que “ha cambiado la vida de miles de personas”.

Hasta ahí todo bien. Sin embargo, ¿eso es suficiente para hacerla una buena serie?

Sigamos: 13 Reasons Why es una historia que denuncia y enfrenta temas como el bullying, el chantaje, la violación, el suicidio, el machismo, el engaño y el desamor. Es una historia que se atreve a hablar de cuestiones que afectan directamente a los adolescentes. Es una historia que trata sobre los problemas juveniles en la escuela, cuyas dimensiones los adultos son incapaces de advertir y remediar. Es una historia que “todos hemos vivido una vez”. Es una historia que intenta mostrar el lado crudo de la realidad pubescente para hacer un llamado de atención a los padres. Es una historia que muestra cómo los adolescentes no son capaces de confiar ni en su propia madre, amplificando su hermetismo gracias a los malabares de la era digital.   

Agreguemos algo más: la narración audiovisual juega con cierta estructura (a estas alturas de la historia) cavernaria. Saltos temporales de adelante hacia atrás y viceversa. Algunos personajes que brincan al primer plano o al plano de fondo según la necesidad de la historia o al mero capricho del director. Todo ello entrampado en una narración hilvanada por casetes de audio que describen relatos en pasado y que, poco a poco, van obsesionando a los adolescentes que los escuchan.    

Ahora, ¿esto es suficiente? La respuesta es no. Y no lo es por varias razones. La primera, 13 Reasons Why es una serie edulcorada en sus tópicos y excesivamente pretenciosa en su verdad moralizante. En otras palabras, estamos frente a una película Disney con ambiciones de hacerse pasar por una serie de intriga y de misterio. No. No nos engañemos, 13 Reasons Why es una especie de High School Musical con una sobrecargada hilera de tintes oscuros y severos que se falsea a sí misma, intentando, además, de engañar al espectador de la manera más vil y maniquea posible. ¿Cuándo el buen arte ha destacado por ser demasiado explícito y moralizante?

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La segunda razón: estamos ante una serie que hierve en tópicos y en hilarante lugar común. Bueno, esto no sorprende. La industria Disney y el negocio editorial de la autoayuda se basan en el cliché de agradar a un público sin mayor pretensión intelectual. Cuanto más insano sea el cliché, mejor. Y 13 Reasons Why no se queda atrás. Allí tenemos al eterno nerd (el adolescente de buenos sentimientos y enamorado de la femme fatale), los chicos guapos y malos de la escuela, la niña bonita pero rara, las chicas populares (porristas, ¡cómo no!), el adolescente duro al que respetan los chicos guapos y malos, los niños buenos que andan en bicicleta, los niños malos que andan en autos, la chica gótica con tatuajes y piercing, los profesores inocentes, el chico con dinero que hace lo que quiere, la escuela como el infierno tan temido…

La tercera razón: existe una composición fotográfica nula. Hay un facilismo exacerbado, casi intencionado, al presentar la imagen visual. La serie se deja ver. Sí, es verdad. Pero por medio de una endeblez técnica en la imagen que se asemeja a leer un libro repleto de páginas en blanco.  

La cuarta razón: ¿fue problema del escritor Jay Asher o de los guionistas caer en tanta perogrullada? Frases como las siguientes: “la amistad es complicada”, “las relaciones empiezan y luego acaban”, “¿cuánto importa realmente las cosas de la escuela?”, “un hombre debe hacer las cosas por sí solo”, “los chicos son unos idiotas”, “la gente no cambia”, abundan como moscas en la serie. ¿Qué significa “para terminar con una historia hay que comenzar por el principio”?

La quinta razón: nos encontramos con una serie naif por sus cuatro costados. Según el psiquiatra y escritor español Juan Antonio Vallejo-Nágera, la denominación naif es aplicable al arte ingenuo, inspirado muchas veces en la espontaneidad y memez infantil. En la serie se sufre pues de esta ingenuidad de principio a fin, aunque lo intenta ocultar por medio de argucias efectistas y simplistas como el llanto a moco tendido o las peleas a puñetes de sus personajes. Hay, además, un esfuerzo sobrehumano por intentar agradar a los adolescentes a base de sobornos naif y melodramáticos. ¿Realmente las personas siguen pensando como adolescentes presumidos o ignotos?

La sexta razón: tiene demasiados capítulos. Hay momentos en que los guionistas estiran demasiado la historia, llevando el lugar común a fronteras insospechadas. Tal vez, solo tal vez, 13 Reasons Why se habría podido salvar con trece capítulos menos.  

La séptima razón: como ya se sabe, nos hallamos frente al boom de las series de televisión. Y al igual que pasó con la novela y con el cine en su momento, nunca falta una cuota de confusión en cuanto a calidad y diversión. A veces la calidad puede ser divertida. Pero no siempre lo divertido puede ser sinónimo de calidad. Si pensamos en esto, 13 Reasons Why se justifica para pasar el rato y para automoralizarse a como dé lugar.    

La octava razón: este edulcorante emocional juega con el engaño mal elaborado. A menudo, toda gran ficción utiliza algún tipo de argucia para engañar al receptor. Lo sabemos: sin la mentira la ficción no funcionaría. Sin embargo, este “engaño” no debe ser percibido por el receptor. Pensemos rápidamente en dos ficciones. Millennium de Stieg Larsson y Homeland de Howard Gordon. ¿Quién podría creer que la flacucha e introspectiva Lisbeth Salander derroque banqueros, pelee contra asesinos profesionales, descubra asesinatos desde su computadora, saliendo casi siempre indemne y victoriosa? Parece imposible, inverosímil, pero lo creemos. Lo mismo con Carrie Mathison. ¿Una agente bipolar que trabaja en la CIA y se enfrenta a terroristas suicidas, a los que descubre y derrota casi siempre sin fallar? Aunque parezca mentira, asumimos sus engaños. Y los asumimos por su estructura psicológica y punzante que no se deja ver en ningún momento, aunque siempre esté allí, frente a nosotros como la punta de un inmenso iceberg. No obstante, en 13 Reasons Why pasa todo lo contrario. Aquí no se ve la punta, sino todo el armazón. Dicho de otro modo, engaña. Y engaña mal.      

La novena razón: la serie al principio se vale de un misterio. ¿Por qué se suicidó Hanna Baker? No obstante, este misterio se va alargando tanto que de pronto se convierte en puro morbo. Al llegar al octavo o noveno capítulo uno se hace la siguiente pregunta: ¿lo estoy viendo por su calidad o por el morbo? La respuesta es obvia.  

La décima razón: ¿por qué los guionistas dejan abiertos tantos huecos o misterios que al final nunca llegan a rellenar o, si lo hacen, lo hacen a la fuerza? ¿Acaso se valen de estas argucias tan evidentes para obligar a la audiencia a terminar la temporada sí o sí? Recursos tan manipuladores como este solo restan calidad y verdad a la serie. 

La undécima razón: episodios apresurados, diálogos casi injustificados, perfiles poco delimitados, personajes llanos y subordinados, estampas visuales, frases obvias. En suma: buenos actores, pésimo guión. 

La duodécima razón: personajes que no traspasan el prototipo de adolescente. Hasta los adultos arrastran actitudes adolescentes. Las casas, los autos, los parques, el vecindario, los empinados, el aire, las aves, todo está sobrecargado de una adolescencia malsana.  

La decimotercera razón: El juego “macabro” que intenta expresar 13 Reasons Why cae en el absurdo y en el mal gusto al intentar hacer demasiado agradables a sus protagonistas, solo para crear un impacto “pavoroso” en el espectador cuando estos sufran o se quiten la vida. De hecho, el efectismo es la divisa y la estrategia de la serie.

Cabe señalar que 13 Reasons Why fue originalmente planeada para ser una película protagonizada por Selena Gómez, trabajo que ella rechazó para producir la adaptación en formato de televisión para el catálogo de Netflix. Aunque todavía no hay noticia de una segunda temporada, el final de la serie deja abierta la puerta de esta enorme posibilidad. Por el bien de los jóvenes actores, esperemos la puerta se vuelva a cerrar.    

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