artículos/ensayos

El estallido de Roth

philip-roth

Por: Marco Zanelli Berríos

Hubo un tiempo en el que atacar y celebrar a Philip Roth pareció convertirse en un deporte estadounidense. 1969 no era un año cualquiera: Estados Unidos vivía el impacto de la guerra de Vietnam, inmerso en un ámbito cuestionador de los preceptos conservadores y tradicionales de la época. La vida forjada al interior del sueño americano se despojaba de todo idealismo. Proliferaban los movimientos sociales, y el sexo, hasta entonces un tema espinoso, comenzaba a explorarse de una manera impensada para los celadores de las “buenas formas”.

No es casual que en aquel periodo de turbulentos cambios culturales y sociales un narrador de espíritu polémico como Roth cobrara gran relevancia: políticamente incorrecto, a contracorriente de la narrativa descriptiva y agudo observador de una realidad que pretendía ser maquillada. En este contexto, el escritor de New Jersey había dado punto final aquel año al cuarto de sus libros, uno en el que había logrado despojarse “del escritor que había empezado a ser en mis tres primeros libros”. Él ya lo sabía: el cuestionamiento siempre empieza por casa.

De esta manera, se publica El mal de Portnoy y, con ello, un nuevo camino se abre para su autor: el estallido de su fama. Su perfil respetable y mesurado se vio torpedeado por una serie de detracciones y especulaciones sobre su vida privada, mientras que el libro generó una legión de lectores que llegaron a elevarlo a la condición de bestseller. Si antes lo catalogaron de misógino por su novela Cuando ella era buena, esta vez se ganaría dos nuevos señalamientos: pornógrafo y antisemita. Hoy, después de 48 años, uno puede preguntarse: ¿qué había en ese libro capaz de alborotar tanto a una sociedad ya inclinada a criticar su hegemónico conservadurismo?

Pues nada menos que las confesiones de un personaje sicalíptico y lenguaraz como Alexander Portnoy. Sus testimonios de diván bastaron para encender la polémica en el corral literario y extraliterario, desde terrenos tan distintos como el feminismo y, ante todo, la comunidad judía. El caso es que, transcurridos los años, los ataques no dejan de traslucir cierto patetismo, mientras la novela continúa viva y fresca pese a que el autor haya decretado en el 2014 la muerte de su personaje. Cosas del tiempo.

El nacimiento de Portnoy

Antes de que la familia Portnoy sea inventada, Philip Roth había intentado escribir dos proyectos unidos por la presencia de un muchacho judío. El primero era una novela de 200 páginas llamada El muchacho judío en la que el protagonista evocaba las circunstancias de crecer en el barrio de Newark y se enamoraba de una mujer gentil (no judía) que lo llevaba al sacrificio; el segundo, una obra de teatro también titulada El buen muchacho judío donde insistía en el mismo ambiente familiar y las mismas situaciones afectivas. Aunque ambas tentativas fracasaron, a Roth le quedó el buen sabor de ciertos pasajes jocosos y no desechó del todo sus propósitos.

Más adelante, a la par que terminaba Cuando ella era buena, empezó a darle cuerda a un ejercicio de estilo derivado de sus experiencias como paciente del psicoanálisis: un diálogo en el que un hombre, judío por supuesto, presentaba a través de diapositivas todo tipo de obscenidades y manías escabrosas. En el fondo, Roth buscaba contar un “chiste judío”, una paradoja en la que un sujeto virtuoso, criado bajo los mandatos del judaísmo y miembro de una sociedad consagrada, sea a la vez un pervertido inescrupuloso, un onanista consumado. Su fin era derribar ese lugar común fijado por otros escritores judíos sobre lo que representaba “ser judío” en Norteamérica.

Al respecto, su ensayo Algunos estereotipos judíos nuevos ilumina sus intenciones. Allí relata su experiencia como profesor de un curso de escritura creativa dirigido a un grupo de noveles escritores judíos. Los relatos que recibió de sus alumnos le confirmaron algo valioso: no toda representación literaria sobre el judío en Estados Unidos debía estar orientada a configurar la imagen del “buen chico judío” (estudioso, noble y luchador), sino a mostrar sus ángulos más incómodos: los conflictos con su religión, su psicología problemática, su violencia interna, su aliento corruptible y su trato con un mundo que ya no lo miraba de manera condescendiente.

Así, la suma de todo este material terminaría por moldear al protagonista de El mal de Portnoy y la atmósfera que lo alimenta y rodea. Entre ensayos y fracasos, surge un método errático, intuitivo y racional que caracteriza el Work in progress de Roth, el cual ha calificado como desagradable y extenuante en una entrevista a The Paris Review: “A menudo he de escribir un centenar de páginas, o más, antes de conseguir un párrafo que tenga vida”. Ya vemos que le costó algo más de cien.

00001579

Monólogo de un hombre repulsivo

El protagonista de El mal de Portnoy es un abogado judío de éxito, socialmente prestigioso (es subdelegado del área Igualdad de Oportunidades del Ayuntamiento de Nueva York), que se somete a varias horas de psicoanálisis con el doctor Spielvogel: sesiones en las que este le exige a su paciente no guardarse nada en el tintero y relatar todas sus obsesiones al detalle.

De modo que Alexander Portnoy, sin censura, libre de las investiduras sociales propias de su figura de hombre de leyes, lejos de cualquier convención cultural, de imposturas familiares, tan incorrecto que en buenos tramos provoca repulsión, deja correr en su monólogo un sinfín de experiencias sexuales ligadas íntimamente a su crecimiento en un hogar judío. No hay nada de sublime en lo que cuenta ni una búsqueda por romantizar el sexo: lo suyo es la crudeza, la franqueza carnal, una queja explosiva.

Su voz es la de un neurótico. Un registro íntimo, casi azaroso, construido a manera de bloques narrativos, en el que nos expone las entrañas de su familia disfuncional (una madre asfixiante, una hermana torpe y comprensiva, y un padre ausente, atado a su trabajo), su barrio de clase media en Newark (habitado por familias muy parecidas a la suya y por chicos judíos con el mismo apetito sexual), su rechazo visceral a una religión con la cual no siente ningún tipo de conexión y sus insatisfactorias relaciones con novias gentiles (algunas excesivamente perfectas, otras sexualmente peligrosas).

En su estilo vitriólico abundan los términos yiddish. La inclusión de este vocabulario refuerza la procedencia del narrador, mostrándolo en más de un tramo como si fuera un sujeto exótico. A este tono burlesco, además, le debemos parte del logro estético de El mal de Portnoy. Y es que si algún riesgo corría la novela era precisamente su exceso de aventuras erotomaníacas: en ellas, la configuración moral del personaje podía perderse en un pantanoso alarde pornográfico. Sin embargo, la farsa de lo desaforado, las digresiones y los matices con el mundo gentil le permiten a Roth dibujar un protagonista complejo y memorable.

Mal y lamento

¿De qué se lamenta tanto Portnoy? ¿Qué lo acecha tanto como para sentir la urgencia de psicoanalizarse? ¿Cuál es su padecimiento? Como los grandes novelistas, Roth no esboza ninguna respuesta y, más bien, nos retrata un panorama tan subjetivo que, al terminar las páginas, podemos hacer el enriquecedor ejercicio de interpretar o especular las supuestas causas de por qué el personaje se queja tanto. Interpretaciones inagotables, claro, que resiste no pocas lecturas.

Está, por ejemplo, la certeza de que el mal de su protagonista radica en una insatisfacción implacable que se refleja en un bucle de relaciones fracasadas y lo convierte en un ser desagradable y resentido. Otra: su incapacidad para mantener una vida afectiva estable proviene de una crianza sofocante, un entorno en el que las obligaciones religiosas reprimen la explosión sexual. Portnoy es un rebelde incomprendido por sus semejantes; su disidencia consiste en ir contra los valores morales que la sociedad pequeñoburguesa de la posguerra cree que son inherentes a los judíos. Y otra más: haber tenido una madre represiva le ha marcado tanto que intenta combatir la tenencia de una esposa judía (una proyección maternal) vinculándose compulsivamente con shiksas (chicas gentiles).

En todo caso, con El mal de Portnoy (en otras traducciones, titulado El lamento de Portnoy), Roth consigue radiografiar los recovecos más oscuros de la consciencia. Elegir a un judío como personaje principal significó algo más que una provocación: es una posición ante la tradición literaria de la que su obra bebe. Como contó en una columna por los 45 años de la novela: “Uno escribe un libro repulsivo (y muchos consideraban que El mal de Portnoy era únicamente eso) no para ser repulsivo, sino para representar lo repulsivo, para airear lo repulsivo, para exponerlo, para revelar a qué se parece y qué es”. De este tipo de intenciones está hecho el arte.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s