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Alberto Salcedo Ramos: “El efecto de la naturalidad de la prosa es producto de un trabajo muy duro”

A la fecha, el colombiano Alberto Salcedo Ramos está considerado como uno de los más importantes cronistas en español. No solo hablamos de un escritor que conoce como pocos los entresijos del registro de la crónica, sino de uno que ha sabido construir un estilo que lo diferencia de sus colegas de oficio. Ya lo dijo Vladimir Nabokov: la biografía de todo escritor es la biografía de su estilo. En este sentido, Salcedo Ramos puede sentirse no menos que satisfecho. Más allá del rigor documental que exhiben sus crónicas, es su estilo lo que eleva a las mismas a las parcelas de la experiencia literaria, tal y como lo podemos apreciar en sus dos últimas publicaciones, como la reedición de Un hombre obligado a levantarse con el pie derecho (Aguilar, 2015) y Viaje al Macondo real (Pepitas de Calabaza, 2016).

 G. Ruiz Ortega

Seguramente ya te lo han dicho, pero ya sea por el estilo de tu escritura, como por la estructura que empleas en tus crónicas, hay mucho de narrativa de ficción, debido al aliento oral del que se nutre tu estilo.

En el aspecto formal, una crónica se parece a un cuento. Pero en el fondo difieren porque el cuento es ficción y la crónica es la recreación de un hecho real. García Márquez decía que la crónica es un cuento que es verdad. Bonita definición, ¿verdad? El propio Gabo decía algo más inteligente aún: cuando una crónica es buena, parece ficción; cuando un cuento es bueno, parece que estuviera contando algo que realmente sucedió.

Pienso en la crónica Viaje al Macondo real. Desde su título se anuncia una suerte de desmitificación del lugar que inspiró a Cien años de soledad de Garcías Márquez, Aracataca. Son varias las impresiones que trae su lectura, pero me quedo con el triunfo de la oralidad, no la que crea sino la que inventa.

En Aracataca la gente parece vivir en estado de ficción permanente. El éxito de su paisano más ilustre ha hecho que los demás se hayan inventado una especie de turismo literario que los lleva a ficcionar su propia realidad. A mí eso me pareció atractivo como historia.

Las crónicas de Viaje… siguen, en cuanto a la distancia, el mismo sendero que De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho… En este sentido, y lo que evidencia Viaje…, y de ello sé que lo sabes, es que el lenguaje te permite licencias que aprovechas muy bien. Te hablo del lenguaje como identidad del autor. Tus lectores te leen y sin duda piensan: al diablo el lenguaje funcional.

El lenguaje es una construcción. El estilo se forja a través de una búsqueda sostenida. Yo un día dije que en los libros oigo voces que me ayudan a oír mejor mi propia voz. Lo que soy es producto de lo que me ha quedado de los otros.

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Alberto Salcedo Ramos. Foto: José Marenco

Si algo también me dejan las crónicas de Viaje… es que has perennizado sensibilidades, ya sean olvidadas, o a las que has abordado desde sus márgenes.

Yo creo que la gracia de la crónica no es sólo ampliar los datos que las noticias presentaron antes en forma escueta, sino también encontrar eso que Marc Weingarten llama “una verdad filosófica dotada de contenido emotivo.”

Una crónica como La mujer que apagó el volcán del volumen Un hombre obligado a levantarse con el pie derecho no puede ser abordada bajo una mirada curiosa o festiva. Te lo comento porque tengo la impresión de que esta fue una de las crónicas que más te costó escribir.

Bueno, esa crónica fue en su momento un parteaguas para mí. No es fácil contar, a través de una sola sobreviviente, el drama de un pueblo sepultado por la erupción de un volcán. Me costó muchos esfuerzos y duré varios días en eso.

¿Cómo fluye en ti el proceso de escritura?

Yo sufro mucho durante la fase de escritura. Desconfío, borro, vuelvo a borrar, y por eso tengo jornadas en las que a pesar del esfuerzo escribo poco. El efecto de naturalidad en la prosa es producto de un trabajo muy duro. Por eso siempre cito la famosa frase de Dorothy Parker: “odio escribir, pero amo haber escrito.”

En el prólogo de De un hombre… señalas que todo aquel interesado en escribir crónicas tiene que ser un testarudo.

Testarudo porque es difícil que los medios publiquen crónicas, y sobre todo que se las publiquen a alguien que recién empieza a ejercer el oficio. En Colombia hubo el caso de un cronista estupendo, Juan José Hoyos, que publicaba sus crónicas los viernes. No era porque en el periódico le hubieran asignado ese día, sino porque los jueves los directores del diario se iban a jugar golf, y entonces nadie atajaba la publicación de las crónicas. El editor que no quiere publicar crónicas es como el deudor que no quiere pagar: siempre encuentra una excusa.

En la crónica que titula la homónima publicación, y en otras como El gol que costó un muerto, La mujer que apagó el volcán, Un colombiano suelto en la Casa Blanca, Cruzando el río en busca de los apodos y Un poeta moribundo que se burla de la muerte dejas en claro una “falsa distancia” con tus personajes. Es decir, estás cerca de ellos y a la vez no.

En aquella época –te estoy hablando de hace veinte años– tenía un pudor que me impedía usar el yo con la frente en alto. Titubeaba, o lo cambiaba por la expresión “el periodista”. Después comprendí que el yo, aunque disguste a los puristas, es conveniente en muchas historias.

¿Y criticas su uso efectista?

Yo lo critico cuando es simplemente un alarde de vanidad de parte del autor, pero cuando se usa para transmitir una información que sin ese recurso no sería creíble, vale la pena. En los últimos tiempos se ha expandido la idea perniciosa de que la crónica es un género para contar las aventuras personales. El periodista que lo filtra todo a través de su percepción, corre el riesgo de olvidar lo que hay allá afuera por estar concentrado en sí mismo. Hay una gran diferencia entre usarse como parte del relato cuando eso se necesita, y hacerlo de manera forzada, por mera vanidad, cuando es innecesario. El poeta Juan Manuel Roca se burla de quienes hacen esto último diciendo que se la pasan escribiendo “Yo y Platero”. No siempre lo que a uno le sucede es de interés para los demás. Malraux se hizo esta pregunta pertinente: “¿qué importa lo que sólo me importa a mí?”

Con todos los años que tienes escribiendo crónicas y siendo un referente para muchísimos cronistas en ciernes, ¿qué les podrías decir a ellos, ahora cuando la publicación de crónicas pareciera que solo está reservada para las plumas reconocidas?

Que se preocupen más por amar el oficio que por publicar. He visto muchachos que no disfrutan lo que hacen porque para ellos el gusto no está en escribir, ni en leer, sino en ser reconocidos. Algunos son capaces de cualquier iniquidad con tal de figurar. Insultan, se declaran genios incomprendidos, pero vas a ver lo que escriben y no hay nada más allá del gesto altanero. Piensan en la pose antes que en dejar una gran obra. Dicen que quieren pintar pero lo primero que compran no es el lienzo ni el pincel, sino la boina con la que posarán en la fotografía. Por eso es tan abundante ahora esa especie que Cortázar llamaba ‘escritores de café’: les queda más fácil ir al bar a montarla de genios que ponerse a trabajar.

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