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Coincidencias en la novela europea del XIX

Por: Jorge Cuba Luque

En literatura es una frase proverbial decir “El siglo XIX es el siglo de la novela”; para aceptarla basta invocar el corpus novelístico de Inglaterra, Francia o Rusia, por citar los tres países en los que, en aquel periodo, el género alcanzó su mayor solidez y ejerció mayor influencia a nivel mundial. Si la novela decimonónica se caracteriza esencialmente por ser una representación de las contradicciones y conflictos humanos que el entorno social suscita, es evidente  que la Europa del  siglo XIX era un crisol más que favorable para la prosa de ficción: la vida en grandes centros urbanos como Londres o París, con sus cientos de miles de individuos viviendo el día a día en un mundo cambiante, las guerras napoleónicas o la industrialización naciente, no podían escapar a visionarios como Charles Dickens, León Tolstoi, Victor Hugo u Honoré de Balzac.

Gran parte de las novelas que conforman la Comedia humana balzaciana está situada en el París de los años 1810 – 1840, en otras palabras, en la Francia resultante de la Revolución Francesa, la que acabó con el estratificado sistema social de l’ancien régime para ir dejando el lugar a una multitud de comerciantes (La maison du chat- qui-pelote), prestamistas (Gobseck), notarios (César Biroteau, Eugenia Grandet), militares (El coronel Chabert), arribistas (el Rastignac de Le Père Goriot), delincuentes (Ferragus), periodistas (Ilusiones perdidas), etc., es decir: la pequeña burguesía en formación. En dos de las novelas más emblemáticas escritas en Inglaterra ese mismo siglo, Grandes esperanzas y Oliver Twist, ambas de Dickens, los desajustes sociales de la capital inglesa ocupan, implícitamente, un lugar clave que sirve al autor para elaborar el perfil moral de sus personajes y desarrollar sus peripecias. Tanto Dickens como Balzac van del entorno social al perfil humano de sus personajes, aproximándose entre sí, como lo harían los novelistas de la época victoriana (1837-1901): las hermanas Brontë (Jane Eyre de Charlotte; Cumbres  borrascosas de Emily; La inquilina de Wildfell Hall, de Anne), William Thackeray (La feria de las vanidades), Thomas Hardy (Tess d’Urvevillies), Elizabeth Gaskell (Norte y Sur), e incluso Arthur Conan Doyle (la saga de Sherlock Holmes), con algunos autores franceses como Emile Zola (El vientre de París, Nana, etc.), Gustave Flaubert (La eduación sentimental, Madame Bovary), o Guy de Maupassant (Bel Ami, Una vida), cuyas obras, sin renunciar a las referencias sociales (sobre todo Zola, que las subraya), se adentran en la psicología de los personajes.

Feodor Dostoyevsky

F. Dostoievski

Por su parte, en la Rusia de los zares, la novela alcanzó también niveles altísimos de modernidad, y hasta cuando el sistema político era el de un absolutismo superado ya en Francia y en Inglaterra, había una impresionante vida cultural que tuvo en la prosa de ficción una de sus mayores expresiones con escritores de primerísimo orden: Gogol (sus relatos Diario de un loco y La nariz), Turguénev (Padres e hijos), Anton Chéjov (cuentista eximio), León Tolstói (Ana Karenina), Dostoievski (Los endemoniados, El jugador, Los hermanos Karamazov, sus títulos más saludados). La novela y el cuento rusos no pueden disociarse del formidable siglo creativo que en música, teatro y poesía alcanzaron un nivel de esplendor. A despecho de que el inmenso país era, en términos sociales, menos desarrollado que Francia o Inglaterra, la creación artística rusa era una de las más sólidas del mundo.

victorhugo

V. Hugo

Si con Guerra y Paz Tolstói se ubica como el magistral autor de una novela totalizadora, me atrevo aquí a señalar que Crimen y castigo de Dostoievski es una de las dos novelas europeas que, en el siglo XIX, más caló en los tormentos del alma de cuanto personaje romanesco haya dado la época: Raskólnikov. La otra es Los miserables (1862) de Victor Hugo, que nos presenta a Jean Valjean. En estas dos obras aparece, a manera de hilo conductor de una trayectoria desgarradora, la caída al infierno personal, la destrucción del alma. Hugo y Dostoievski  nos enfrentan, en medio de historias que nos descubren un cuerpo social —el francés y el ruso, respectivamente— implacable, la búsqueda de la redención. Es esta la coincidencia mayor de estas dos grandes novelas: Jean Valjean y Raskólnikov son victimarios y víctimas, de antihéroes devienen en héroes, tristes héroes de sí mismos. De individuos moralmente condenables, logran reconciliare con la condición humana, con los humanos. ¿Qué quiere decir esto en la novela del siglo XIX, cuya vocación es el realismo? ¿Qué significa esa salvación en los pasajes culminantes de las dos novelas? Cada lector tiene su respuesta, la mía es que se trata de victorias ante la maldad humana, la maldad intrínseca, pero también ante la enajenación de la sociedad moderna, aquella condicionada por los modelos de relaciones propuestos por el Estado (ya antes, en 1834, Victor Hugo había dado un anticipo en el largo relato Caude Gueux).

Quizá a Valjean y Raskólnikov habría que agregar un tercer personaje, el señor Jekyll, de la corta pero remarcable novela El extraño caso de del doctor Jekyll  y el señor Hyde (1886), de R.L Stevenson: el bien y el mal pueden estar reunidos en un misma persona aunque aquí no hubo redención sino liberación, la sola posible, la de la muerte con mano propia. Así, las tres grandes novelísticas del siglo XIX europeo coinciden, ya no solo en los cuadros sociales que representan sino, además, en los laberintos del alma.

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