Rescate

Miguel Gutiérrez: César Vallejo, una lectura permanente

A medida que nos acercamos al 16 de marzo, fecha en que se cumplen 125 años del nacimiento de César Vallejo, pluma mayor de la poesía peruana y una de las más importantes de la tradición poética en español y mundial, se anuncian homenajes, charlas y conferencias sobre la vigencia de la poética Vallejiana.

En tal motivo, queremos compartir con nuestros lectores, vía la sección Rescate, este ensayo de Miguel Gutiérrez (1940 – 2016), César Vallejo: una lectura permanente. Miguel, como amigo de la casa, tuvo a bien compartir con nosotros hace ya mucho tiempo, en setiembre del 2007.

Sugerencia: grabar el texto. Gutiérrez no solo fue un tremendo escritor, también uno de los lectores más voraces y analíticos que hayamos podido conocer.

Por: Miguel Gutiérrez

La columna maestra

Hace muchos años, cuando en una de mis relecturas de Vallejo yo buscaba en su poesía un epígrafe para mi novela La violencia del tiempo y me encontré con este verso: “Los pilares que vi me están oyendo”, entonces sentí, como me ha ocurrido en más de una oportunidad con la poesía vallejiana, un estremecimiento jubiloso. Recuerdo que haciendo una interpretación libre del verso me pregunté sobre cuáles habían sido entre los escritores peruanos los pilares que determinaron mi vocación literaria y me señalaron una línea de conducta que debía seguir en mis relaciones con el mundo. Hoy, tantos años después, quiero empezar este testimonio sobre mi relación con Vallejo y su obra, retomando las reflexiones que me suscitó aquel verso del libro Poemas humanos. La pregunta que me había hecho entonces era esta: ¿Qué autores peruanos que leí en la secundaria terminaron convirtiéndose en fundamentos de mi existencia como escritor? Y entonces, como ahora, no tuve que pensarlo demasiado. Fueron Ciro Alegría, el Inca Garcilaso de la Vega y César Vallejo.

Como he escrito ya en otro texto, Alegría me reveló el arte y el placer de contar una historia, pero además leyendo sus novelas descubrí que el Perú era una realidad increíblemente más amplia y compleja que Piura, mi ciudad natal, y que, cosa misteriosa, también en mi tierra piurana existían poblaciones indígenas pero que hasta entonces habían permanecido invisibles a mi vista. La figura de Garcilaso me interesó más que por la parca selección de episodios de Los comentarios reales que leí en mi libro de literatura del quinto año, por un estudio del historiador Raúl Porras Barrenechea en torno a la personalidad y significación histórica de Garcilaso de la Vega.

Nadie ignora que las preguntas que nos hacemos de manera no siempre racional sobre quiénes somos y qué hacemos en el mundo nacen o más bien se van imponiendo a nuestra conciencia desde muy temprana edad. En plena crisis de la adolescencia, el ensayo de Porras (que a fin de cuentas, a propósito del Inca, trataba sobre la condición mestiza y los problemas del mestizaje en el Perú), me llevó a reformular aquellas interrogantes sobre bases más concretas: ¿quién de verdad era yo y cuál era mi ubicación en la realidad en que había nacido? Aunque siempre hubo un saber latente, oscuro y vergonzante, guardado bajo siete llaves, ahora por primera vez de manera consciente, de manera frontal y descarnada, la sociedad piurana se me apareció como una sociedad racista, un racismo, es verdad, fariseo pero que —para decirlo a la manera de Garcilaso—, bebíamos en el pecho materno e impregnaba, de arriba a abajo, todos los órdenes de la vida social y cotidiana, incluyendo el humor y la algarabía que suscitan las interminables bromas sobre pigmentaciones epidérmicas, pelos y cerdas y ancestros faciales, que infligía entre la muchachada pequeñas o grandes heridas y secretas humillaciones con sus secuelas de desprecio y rencor. Recuerdo que por esos días, volvió a mi memoria una conversación que tuve con un buen amigo cuando tendríamos 10 o 12 años. Mi amigo —en otro sentido un excelente chico— era hijo de un suizo alemán y de una criolla piurana hija de terratenientes. Era un entusiasta de Eric el Rojo, que —afirmaba— había llegado a América mucho antes de Colón, y de lo distinto que hubiera sido nuestro continente si lo hubiesen poblado aquellos rubios navegantes nórdicos. Con mirada ardiente y convicción sin fisuras, me explicó: “Ahora no habría indios ni cholos, primito. Sobre todo cholos que son peores porque tienen sangre revuelta. ¿No has olido a los cholos? ¡Apestan, primo! ¡Huélelos, verás que no te miento! Tienen un pellejo curtido que suda un sudor fétido. Si no me crees, ¡compruébalo tú mismo!”. Nunca he podido olvidar que al regresar a mi casa, me encerré en el baño y con otros ojos en el espejo examiné cada tramo de mi rostro y como un animal olfateé mi piel. Por eso, fue casi fatal que el primer artículo que escribí en mi vida para la revista escolar versara sobre Garcilaso de la Vega y las turbulencias en el circuito de sus dos sangres. Lo más significativo de este artículo —escrito, no me cabe duda, con exaltada torpeza y tierno candor— es que abordaba el problema del mestizaje en el Perú a partir de mi propia condición de mestizo, tema que con diferentes variantes he desarrollado en algunas de mis novelas.

La revelación esencial que me transmitió mi primera lectura de César Vallejo fue sobre el asombroso poder de la palabra poética. En aquellos primeros encuentros con la poesía de Vallejo, por supuesto me interesaron aun en su oscuridad los contenidos de los poemas, pero sobre todo me desconcertaron, hasta donde yo podía percibir, ciertas formas de decir, ciertas palabras, ciertas imágenes y metáforas. Por ejemplo, desde sus versos iniciales: Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios… El poema “Los heraldos negros” me resultó incitante, porque yo mismo me sentía lleno de confusión con relación a Dios, con toda suerte de dudas y los llamados a la rebeldía. Sin embargo, fueron los versos 11 y 12 los que más me sorprendieron: “Esos golpes sangrientos son las crepitaciones / de algún pan que en la puerta del horno se nos quema”. En “Los pasos lejanos”, por su sabor coloquial mi estrofa preferida era esta: “Y mi madre pasea allá en los huertos, / saboreando un sabor ya sin sabor. / Está ahora tan suave, / tan ala, tan salida, tan amor”. De manera equivalente, en el poema XXVIII de Trilce me resultaron sugestivos y lancinantes, los versos siguientes: “y con cubiertos francos de alegres tiroriros, / porque estánse en su casa. Así, qué gracia! / Y me han dolido los cuchillos / de esta mesa en todo el paladar”.

Aunque por el tiempo de mi niñez y pubertad no apreciaba el género poético, por los pocos poemas que había leído o escuchado recitar en las efemérides escolares y celebraciones familiares, yo creía que el objeto de la poesía era la expresión de la belleza, a la cual se accedía mediante el uso de palabras que en sí mismas eran poéticas, pues debían ser palabras que por su sonoridad y color y carga semántica aludiesen a realidades nobles, sublimes y bellas. En cambio, en la poesía de Vallejo me encontré con innumerables palabras no solo carentes de prestigio sino con palabras escandalosamente prosaicas, “feas” incluso y a fin de cuentas antipoéticas: “esqueleto”, “huesos”, “dedos metacarpos”, “yeyuno”, “intestino grueso”, “colmillos”, “sarros”, “uñas”, “axilas”, “retretes”, “potos”, “compañones”, “cojos”, “mancos”, “tuerto”, “pujando”, “atollado”, “encebollo”, “roncar”, “rascarse”, “chinches”, “pulgas”, “piojos”, “gusanos”… Pero que al fusionarse con palabras de otros linajes y con adjetivos insólitos creaban disonancias de áspera belleza y metáforas e imágenes cargadas de hermetismo a veces impenetrables y por ello mismo dotadas de connotaciones inabarcables: “Hitos vagorosos enamoran, desde el minuto montuoso que obstetriza y fecha los amotinados nichos de la aurora; estas son mis sagradas escrituras, / estos mis alarmados compañones; ¡Amado sea aquel que tiene chinches / el que lleva zapato roto bajo la lluvia / el que vela un pan con dos cerillas; mi ombligo en que maté mis piojos natos; y, un pedazo de queso con gusanos hembras / gusanos machos y gusanos muertos; Por entre mis propios dientes, salgo humeando, / dando voces, pujando, / bajándome los pantalones…; Roncan aún… ¡Qué universo se lleva este ronquido!; y, aunque sangres, alimentas a tu híbrido colmillo, / a tu vela tristona y a tus partes; lavad vuestro esqueleto cada día; te he de esperar allá, / en la confluencia del soplo y el hueso…”

García Márquez cuenta que cuando leyó por primera vez a Kafka, exclamó: “¡O sea que así también se puede escribir!”. Guardando las distancias, los poemas de Vallejo en mis primeras lecturas me asombraron porque podían estar construidos con las palabras más humildes y otras como astilladas, guijonosas, que a menudo incluían expresiones tomadas de la vida cotidiana y de los dialectos familiares y que pese a la extrañeza y hermetismo de sus metáforas e imágenes trasmitían emociones y formas del saber sobre la experiencia humana. ¿Qué enseñanzas adquirí de mis primeras lecturas de la poesía vallejiana? En primer lugar, entendí que la poesía era una forma literaria noble y superior; en segundo lugar, que solo los poetas (los auténticos poetas) tenían poder para hacer desplegar todas las potencialidades del lenguaje. Y lo que me resultó más maravilloso: leer la poesía de Vallejo me preparó para gustar de la poesía de poetas de otras estirpes estéticas, digamos de Darío y Eguren, Whitman y Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé, Martín Adán y Eielson, Machado y Cernuda y por cierto de los grandes poetas de los Siglos de Oro de España, en especial, Garcilaso, el toledano, San Juan de la Cruz y Quevedo. (Para ser justo debo añadir que la lectura de estos poetas en cuarto de secundaria preparó mi sensibilidad para aproximarme a la poesía de Vallejo). Más adelante comprendería que para un novelista resulta muy estimulante para su imaginación verbal leer a sus poetas preferidos y a los poetas de su propio tiempo antes de entregarse a la escritura de sus ficciones narrativas.

Diferentes son las formas en que los escritores mayores influyen en los escritores de épocas posteriores; pero, en general, creo que existen dos maneras fundamentales. Hay los escritores de los cuales se aprenden los aspectos formales como ser el uso del lenguaje, las líneas temáticas, las formas de composición, la estrategia y las técnicas narrativas. En este sentido he aprendido mucho (para referirme solo a algunos de los clásicos contemporáneos) de Joyce, Thomas Mann, Faulkner, Borges, Calvino. Los otros escritores son aquellos cuya influencia trasciende los límites mismos de la literatura y con los cuales sentimos afinidades temperamentales y espirituales en su percepción del mundo y en sus relaciones con la totalidad de la existencia humana. En mi caso, estos escritores son Dostoievski (sobre todo Dostoievski), Proust, Kafka y Beckett. Grandes e intensas, pero parciales fueron las influencias que ejercieron en mí Alegría y el Inca Garcilaso, si bien mi relación con la vida y la obra de este último ha sido más prolongada y ha tenido un carácter contencioso en torno a su pensamiento histórico y su idea del Perú mestizo, tan aprovechados por la derecha intelectual de nuestro país, como con un registro lúdico he mostrado en mi novela corta Poderes secretos. En cuanto a César Vallejo lo considero como la columna maestra en mi formación como escritor, y su influencia (a la que me referiré más adelante) abarca los planos del arte y la vida, como unos años antes me había ocurrido con las novelas de Dostoievski.

Por cierto, la importancia y grandeza de César Vallejo, su sitial como el clásico mayor de la literatura peruana y uno de los grandes poetas de la lengua española, se me fue imponiendo mediante las sucesivas lecturas que a lo largo de los años hice de su obra no solo poética. Al concluir mis estudios universitarios ejercí la docencia durante muchos años, y en calidad de tal dicté en numerosas ocasiones cursos y seminarios sobre Vallejo, lo cual me obligaba a frecuentar la cada vez más amplia bibliografía vallejiana. Sin embargo, en este testimonio quiero dejar hablar al lector permanente que soy de Vallejo en mi calidad de creador de ficciones narrativas.

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Vallejo como clásico

De las 14 acepciones que propone Ítalo Calvino de los libros clásicos, las 14 pueden aplicarse a los libros de César Vallejo. Me refiero a Trilce y sobre todo (es lo que pienso yo) a Poemas humanos, si consideramos como parte de este último Poemas en prosa y España, aparta de mí este cáliz. (Por ser un libro desigual, incipiente, con algunos poemas de gusto dudoso, no consideraría a Los heraldos negros, pero haciendo la advertencia que ya en esa colección hay por lo menos unos 10 o 12 poemas memorables que podrían figurar aún en las antologías más estrictas y hasta mezquinas de Vallejo). Tomemos algunas de las definiciones de libro clásico que da el admirable autor de El barón rampante: “Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento”; “Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura”; “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene”. En realidad, un libro clásico es inagotable, como seguramente tantos otros que aman la poesía, yo le he comprobado una vez más en esta relectura que hice de la poesía vallejiana para preparar este texto. Como era de esperarse esta nueva lectura me ha permitido descubrir otras nuevas y fascinantes connotaciones en las que antes no había reparado, pero al mismo tiempo acabó con mi secreta esperanza de hacer “la lectura definitiva”, la última, de los poemas de César: en verdad se trata de una poesía insondable, con muchos versos, metáforas y símbolos que me siguen resultando herméticos. También en estas otras definiciones de Calvino sobre el libro clásico convienen a Poemas humanos (o Trilce): “Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo crítico, pero que la obra se sacude continuamente de encima”: o “Tú clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizá en contraste con él”. Se han hecho diversas lecturas, muchas veces radicalmente opuestas (digamos la lectura mística de Larrea con la lectura materialista de Sobejano), pero todas, en mayor o menor medida, resultan parciales y lo que es peor unilaterales. De otro lado, leer la poesía vallejiana obliga a preguntarse por la identidad y el sentido de la vida de cada uno de los lectores. Vallejo, más allá de sus convicciones políticas o morales y de su humanismo revolucionario, puede convocar lectores de todos los estratos sociales, sean conservadores, liberales o socialistas: pues todos ellos encontraran palabras humanas sobre sus respectivas existencias y de su paso por la tierra. Salvo para los fascistas (aquellos que, como Goering, sacan el revólver cuando escuchan hablar de libros o de cultura), la poesía de César puede enriquecer la sensibilidad de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Hay una última propuesta del gran narrador italiano que no quiero dejar de comentar. “Llámase clásico —dice Calvino— a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes”. Como se sabe, Mallarmé soñó con la idea del libro total, y Borges en “El Aleph” ensayó una representación del universo con la descripción de “esa esfera de casi intolerable fulgor” en la que pudo recuperar la imagen de Beatriz Viterbo. Es un texto inolvidable, bello e ilusorio, como un universo que ha sido despojado de sus agujeros negros. Por mi parte creo que César con Poemas humanos ha compuesto el libro más cercano (por lo menos hasta donde llegan mis lecturas) a un libro total donde, como he querido mostrar, el hombre —los hombres, los seres humanos— está concebidos y representados con todas sus dimensiones, contradicciones y posibilidades de realización plena.

Ahora me voy a referir a lo nación de clásico, no en relación a los libros, sino a los autores de los libros. Existen, según he averiguado, dos planteamientos sobre este problema. De acuerdo al primer planteamiento, un creador —bardo, poeta o novelista— es realmente grande cuando sus obras están vinculadas a una lengua, a una nación o conjunto de naciones o comunidades más vasta que implican a la humanidad, como sucede con Homero, Virgilio, Dante, Shakeaspeare, Cervantes… Sus obras, enriquecidas por la lectura de incontables generaciones, se convierten en obras ejemplares que incluso en tiempos de guerras simbolizan la patria. Antes que Garcilaso de la Vega, que en el tiempo es nuestro primer clásico, César Vallejo ha alcanzado la jerarquía del clásico mayor de la literatura peruana, por la originalidad, intensidad y excelencia formal de sus obras, en las cuales confluyen lo individual y lo social, lo nacional y lo universal, como lo dice, por ejemplo, en estos versos: “¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo / y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!” Asimismo, con toda justicia, Vallejo es ya un clásico de la lengua española por los aportes que ha hecho al desarrollo mismo del idioma, al incorporar el español andino y el habla coloquial peruano y porque, siendo un gran conocedor de la poesía de los siglos de oro, su creación poética se inserta en toda la tradición de la poesía hispánica e hispanoamericana. De otro lado, por las innovaciones que ha hecho a la poesía de vanguardia y en general a la poesía contemporánea y por haber representado el drama o los dramas de los hombres en las urbes capitalista en la era del imperialismo, Vallejo es también —como Pessoa, Yeats, Elliot, Pound, Neruda— un clásico de la poesía en cualquier lengua del siglo XX. Todas estas distinciones habrían gratificado, sin duda, a César, pero le hubiera resultado particularmente honroso el que se le considerase (como creo yo) un clásico de la literatura proletaria y socialista por sus aportes a la constitución de una literatura socialista en el tiempo de las grandes revoluciones proletarias.

La grandeza de un autor —y este es el segundo criterio al que quiero referirme— puede ser estimada por la variedad de registros que revela su obra. Cervantes —además de ser uno de los fundadores de la novela moderna— dominó todas las especies del género novelesco de su tiempo: la novela pastoril, la nouvelle italiana (recuérdese la historia El curioso impertinente), la novela de caballería, la picaresca, la novela bizantina, las novelas ejemplares, sin contar los otros géneros que exploró. Shakeaspeare, el primero entre los grandes creadores del teatro isabelino en sus diferentes modalidades, es asimismo uno de los grandes poetas en lengua inglesa y no solo por sus famosos Sonetos. Goethe, el más universal entre los autores de lengua alemana, además de practicar todos los géneros e inventar otros, como el de la novela formativa con Los años de aprendizaje de Wilhem Meister (que ha tenido una gran influencia en el desarrollo de la novela contemporánea) y consolidó la modalidad de la novela confesional con Las confesiones del joven Wherter, conmovedora novela que sigue aún vigente en nuestros días. En el siglo XIX, la gran figura es Tolstoi; como Cervantes, dominó todas las formas del arte de la novela, en el arte del cuento practicó con éxito sus diferentes manifestaciones, incluyendo los cuentos populares y los cuentos para niños; pero además escribió piezas notables de teatro y fue un ensayista y pensador polémico y controversial. Aunque para mí En busca del tiempo perdido es la gran novela del siglo XX, el nombre mayor corresponde a Joyce en la medida que con un trabajo de exploración permanente revolucionó el género que creó Cervantes.

Mariátegui hizo dos observaciones definitivas sobre César. Dijo que con Vallejo empezaba una nueva etapa de la poesía peruana y señaló que caracterizaba su creación la continua búsqueda de nuevas formas y técnicas. Este afán permanente de búsqueda y renovación se puede advertir en su primer libro LHN donde podemos hallar poemas postrománticos o premodernistas, modernistas y postmodernistas que anuncian ya el lenguaje de Tr. Pero como ha señalado la crítica vallejiana, la hazaña de César es haber creado con Tr y PH dos sistemas poéticos distintos. Si con Tr Vallejo escribió el libro más radical de la vanguardia en lengua española, con PH encontró un nuevo lenguaje que correspondió a su adhesión al marxismo en los planos del pensamiento dialéctico y de la ideología y política. Con resultados nada desdeñables incursionó en la ficción narrativa y teatral, en el reportaje y en el pensamiento estético con libros como Contra el secreto profesional y El arte y la revolución y sus propuestas (en la línea de Brecht) sobre un nuevo lenguaje teatral.

Hace algunos meses me llenó de alegría leer en Juventud, la autobiografía novelada de J.M Coetzee, sobre su admiración y familiaridad con la poesía de Vallejo. Algunos años antes otro Premio Nobel, el poeta caribeño de habla inglesa, Derek Walcott, manifestó en una entrevista lo que había significado para su propia formación la poesía vallejiana. En su libro Poesía y poéticas del siglo XX en Hispanoamérica, Gustav Siebenmann, según una investigación que hace entre las antologías de poesía hispanoamericana, afirma que Vallejo ocupa el primer lugar entre los mejores poetas de nuestro continente. En el libro Centuria, 100 años de poesía en español, de la editorial Visor en 2003, figura el resultado de en una encuesta a 140 autores para que señalaran el mejor poema que habían leído en su vida, numerosos escritores pusieron poemas de Vallejo entre sus preferidos; por ejemplo, Mario Benedetti, declaró su preferencia por “Intensidad y altura”, Roberto Fernández Retamar hizo lo propio con “Masa” y entre los poetas peruanos Blanca Varela señaló “La rueda del hambriento” como el mejor poema que habían leído. Han pasado cerca de 80 años de la muerte de César, pero huellas o ecos de la poesía vallejiana, sea de la línea de Tr o de PH se pueden percibir (sin que esto les reste originalidad) en numerosos poetas peruanos, hispanoamericanos y españoles. Hace unos quince años el recordado José Watanabe, poeta sapiente y exquisito, me confesó que cuando convalecía en Berlín Oriental de una operación de cáncer al pulmón halló en la poesía materialista —somática, de “corporeidad dolorosa”—, de César no solo un humano consuelo sino un gran estímulo para escribir El huso de la palabra, libro con el cual Pepe alcanzó su madurez como poeta. Que yo recuerde, Hinostroza, el poeta de mi generación que más he leído, nunca mostró entusiasmo por la poesía de Vallejo, sin embargo no desmerece en absoluto la calidad de un poema como “Los huesos de mi padre”, del más reciente libro de Rodolfo —y para mí uno de los más notables poemas que he leído en los últimos años—, si afirmo que el mismo parece recorrido por un leve aire vallejiano.

De otro lado la obra, la vida dura, el compromiso político e ideológico de Vallejo ha inspirado a poetas, músicos, autores de teatro, artistas plásticos y a narradores (para referirme a los de fecha más reciente, Roberto Bolaño, Eduardo González Viaña y Eduardo Freire han escrito novelas de distinto registro sobre Vallejo). Sería tarea ardua hacer un recuento de los libros de poesía, narrativa o ensayo que llevan algún verso de César como epígrafe. ¿Cuántos grupos literarios y artísticos de Lima, provincias y pueblos jóvenes de las grandes ciudades tienen el nombre de César Vallejo o de alguno de sus libros, Trilce, en particular? Por último: aquí en mi mesa de trabajo tengo tres publicaciones de filiación vallejiana: Hueso húmero (revista), La letra en que nació la pena (antología) y Estruendo mudo (editorial), cuyos editores son intelectuales y escritores que pertenecen a generaciones bastante distanciadas en el tiempo; pero el número de publicaciones de este tipo se incrementaría de manera asombrosa si se hiciera un recorrido por todas las regiones del país. Y todo esto es así porque como todo clásico —y sobre todo un clásico de filiación popular— Vallejo es capaz de convocar a las elites más exigentes como las poblaciones mayoritarias de una sociedad.

Ofrendas en la tumba de Vallejo

Hacia fines de la década del setenta visité dos veces en el cementerio de Montparnasse la tumba de César Vallejo, y en las dos ocasiones encontré esparcidas flores sobre la lápida; recuerdo que la primera vez las flores eran recientes, casi frescas, mientras que el ramo dejado la segunda vez, aunque más abundante en flores, parecía haber sido colocado allí algo más de una semana. No era, pues, una tumba olvidada la de César, como me lo confirmaron los empleados del cementerio. Y por lo que me ha escrito mi hijo, a quien pedí que echara una mirada al lugar, la tumba de Vallejo sobresale entre los escritores y artistas que se hallan sepultados en ese sector del Montparnasse por ser la más visitada y por las ofrendas que allí se depositan: además de las flores —rojas sobre todo— había pequeños objetos artesanales, piedras, talismanes, dos choclos, inscripciones con versos suyos, lo cual hace pensar que, aparte de los visitantes que proceden de distinto países (mi hijo, por ejemplo, se encontró con un joven español que como él buscaba la tumba de César), son frecuentes las visitas de personas que proceden del mundo andino.

El otro encargo que le hice a mi hijo es que averiguara qué escritores fallecidos en los últimos años se hallaban sepultados en las cercanías de los restos de César Vallejo. Cioran, el filósofo rumano, un solitario radical, era el de muerte más reciente, lo seguía Samuel Beckett, muerto en 1989 y el más antiguo era Cortázar que murió en 1984, mientras que el crítico Saúl Yurkievich reposaba a pocos pasos del autor de Trilce que él estudió con profundidad y lucidez. No es improbable que Cioran conociera algo de la poesía de Vallejo, y en un texto de hace algunos años yo fantaseé un poco sobre una posible lectura del autor de Molloy del autor de Poemas humanos. Me atreví a formular esta conjetura porque encontré una cierta afinidad entre los parias de la poesía urbana de Vallejo y los parias del universo beckettiano. Pobres, sin hogar, casi siempre hambrientos, vagabundean por las calles de la urbe cosmopolita, sin otros bienes que los harapos que llevan puestos. Los parias vallejianos están rodeados de objetos insignificantes: un boleto, una cerilla, un peine, un reloj, una cuchara en el chaleco… Malone, el sarcástico antihéroe de Malone, muere solo con un orinal, un bastón, un paraguas, un pedazo de lápiz con el que escribe aventuras desatinadas y grotescas. Asimismo, las estéticas de Vallejo y Beckett comparten algunos rasgos: un antihedonismo radical, abolición del sensualismo del color y de los paisajes consolatorios, de modo que es el imperio del acromatismo, de la adjetivación neutra, gris, lívida. Como los de Beckett, los de Vallejo son personajes cómicos, grotescos y algo chaplinescos. Sin embargo, existen diferencias esenciales entre los parias vallejianos y los parias beckettianos, la más importante de las cuales es la dimensión de la esperanza humana. En uno de las pocas entrevistas que concedió Beckett dijo, parafraseando a Calderón de la Barca, “que el mayor dolor es el haber nacido”, por lo tanto como el dolor y el absurdo de la existencia humana son anteriores a toda historia social tampoco existe salida para la desgracia humana, de modo que no queda más que el hundimiento, la destrucción, empezando por la destrucción misma del lenguaje y de las formas literarias como la novela y el teatro. Vallejo, que en lo personal se sintió definitivamente condenado, apuesta por una esperanza interhumana, colectiva, capaz de abolir la muerte.

Cortázar, creo yo, procede de la tradición simbolista-surrealista, de la novela artística, de la literatura fantástica, de una literatura lúdica basada en la imaginación lingüística e imagino que su ideal poético estaría más cerca de la poesía nerudiana, o más precisamente de Octavio Paz. Por los años 50, de un cierto esteticismo Cortázar evoluciona hacia un existencialismo, a partir del cual, ya en los años del Boom, fundamentará su apuesta por las revoluciones socialistas en Latinoamérica, posición que mantendrá hasta su muerte. ¿Qué rasgos estéticos o temáticos comparten Vallejo y Cortázar? Aunque proceden de tradiciones literarias distintas y de distintas líneas de pensamiento, existen algunos rasgos comunes que deben tener su fundamento en la universalidad de la literatura y la condición humana. Como lo demostró en Escalas y Fabla salvaje, a César no le es ajeno el territorio de lo fantástico cuando surge de estados alucinatorios o demenciales. Mucho antes que Cortázar, en Tr y Contra el secreto profesional Vallejo compuso textos memorables que revelan una asombrosa imaginación lingüística y un gusto por el humor, la ironía y las licencias lúdicas, como lo hizo después con sello propio Cortázar en tantos relatos, como en su delicioso Historia de cronopios y famas. ¿Compartieron César y Julio alguna obsesión? Se me ocurre que ambos estuvieron obsesionados por el reino de lo animal y ambos tienen sus propios bestiarios, de naturaleza más bien realista el de Vallejo, fantástico y pesadillesco el de Cortázar. Y me gusta pensar que a César le fascinaría el Axolotl, ese extraño pez prehistórico del cuento del mismo nombre de Cortázar, y creo que Julio no permanecería indiferente ante la pena de aquel megaterio que aparece en aquella miniatura vallejiana a la que ya me he referido en este texto. Ciertamente el París de Rayuela no es el París de PH, pero hay una línea en que ambos orbes se encuentran, me refiero a los capítulos en que Horacio Oliveira, después de la desaparición de la Maga, se adentra en la gran noche parisina de los parias, de los mendigos, de los clochards. Por último, aunque llegaron por caminos distintos Vallejo y Cortázar abrazaron el socialismo al que permanecieron fieles hasta la muerte.

No sé si tendré la oportunidad de visitar una vez más la tumba de Vallejo. Pero si esa ocasión llegase, buscaré para echarles una mirada a las tumbas de Beckett, Cortázar y Cioran.

 

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