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2016: Algunos libros de poesía peruana

 

Por: Julio Isla Jiménez

 Este no es un recuento. Para que un recuento poético pueda preciarse de tal, su autor tendría que haber leído todos los libros de poesía publicados en 2016 en Perú o, al menos, todos los que llegaron a librerías o a presentarse públicamente, lo que supone una labor en extremo complicada si tomamos en cuenta el divorcio existente entre la enorme producción literaria a nivel nacional y la limitada circulación –casi de contrabando– de algunos poemarios publicados por editoriales realmente independientes dentro y fuera de Lima. No sabemos si los autores de recuentos tienen en cuenta esta mínima exigencia, pero ante nuestra imposibilidad material de conocer todo lo publicado a nivel nacional, nos abstenemos de dar a este texto el nombre de «recuento» o la forma de un ranking de «lo mejor» o «lo peor» del año. Nos resulta igualmente inadmisible e irrespetuoso para los lectores que se elaboren y difundan listas de preferencias literarias que no cuenten con algún tipo de sustento, por sucinto que sea, porque la sola mención de los títulos no constituye un aval suficiente para justificar su elección ni, mucho menos, invitarnos a su lectura.

Por ello, preferimos pensar en este texto como un puñado de lecturas que un aficionado a la poesía quiere compartir con otros lectores curiosos e inconformistas. Cualquier omisión de este texto deberá ser atribuida a la escasez de mis fuerzas para abarcar todo el ámbito poético nacional y no a factores extraliterarios de baja ralea como la necesidad de apuntalar las reputaciones del momento o hacer propaganda a una estética o poética afín a mis intereses. Porque, como veremos a continuación, son diversos los caminos que viene recorriendo la poesía peruana y no hay uno solo que, sin recurrir al autobombo o al cabildeo generacional, pueda erigirse como hegemónico. He excluido de este comentario tres publicaciones poéticas que me parecen de excepción y que por su amplitud y carácter abarcador, merecen un análisis más detenido y extenso de lo que permiten estas breves líneas. Me refiero a los cinco tomos de las Obras completas de César Moro –los tres primeros dedicados a su obra poética—, la Poesía reunida (1949-2000) de Blanca Varela y a la reedición ampliada –y estimo que definitiva– del Libro Primero de los Opúsculos de Pedro Cabrera (1946-1992), un autor de verbo poderoso que merece ser más y mejor leído de lo que es actualmente. Hechas estas exclusiones, estos son algunos de los libros de 2016 que he disfrutado leer.

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Hay poetas de gran talento con magníficos libros, pero pocos con una obra tan amplia, sólida y coherente como José Morales Saravia, quien en los últimos años ha publicado con regularidad trabajos poéticos de cierta envergadura, el último de los cuales es Transilvanos (Paracaídas Editores). En este libro, Morales Saravia retoma, tras los poemas en verso de Pencas (2014), la prosa de Légamos (2013). No es fácil aproximarse a un libro como Transilvanos. Una clave de acceso nos la proporciona el propio poeta en una entrevista reciente en la cual señala enfáticamente: «Mi poesía es elogio del mundo», y añade que la suya no es una poesía del lenguaje, sino de «la fruición, del plasmar y llevar los objetos a la luz para que sean vistos una nueva vez». Esta celebración de los objetos es lo que encontramos en las diversas secciones de Transilvanos, en las que no hay un yo que nos guíe a través de esta «fruición», sino que son los propios objetos quienes parecen cantar su esplendor y celebrar la infinita multiplicidad de sus accidentes y relaciones. Y en vista de que el lenguaje poético corriente se muestra insuficiente para poder expresar las realidades de mundo tan rico y animado como este, el poeta debe echar mano de una gran variedad de recursos lingüísticos para poder dar cuenta de semejante exuberancia. El universo poético de Transilvanos exige la completa asunción de sus reglas y demanda la total entrega del lector para seguir de cerca las circunvoluciones de los seres y objetos que pueblan su mundo, ya que esta poesía expansiva actúa en el lector, no a través de efectos poéticos aislados, sino de manera cumulativa, es decir, sumando elementos en los que todos contribuyen en la misma medida a la creación del clima poético único de este libro.

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En abril, el sello Hipocampo publicó Apostrophe, primer libro del poeta trujillano Gino Roldán. El epígrafe de Francis Ponge que sirve de pórtico al libro nos da una primera pista acerca del programa poético en el que este se inscribe. Digamos, brevemente, que una de las preocupaciones centrales de la obra de Ponge es la interacción entre el universo exterior, el de los objetos y el universo de los signos, el de la palabra, que se logra a través de la mediación del hombre, el poeta. Apostrophe adhiere a este proyecto poético, pero no de manera epidérmica o derivativa, como cierta metapoesía que solo habla de sí misma porque es incapaz de ver más allá de sus narices, sino con lineamientos conceptuales claros y definidos. En algunos pasajes de sus poemas encontramos variantes de este credo poético; por ejemplo, en «Celebración»: «Muestre el Objeto su esplendor primero, el fuego originario en que ha sido / labrado. El Objeto totalmente desprendido del Ser —el reposo del aire en una idea—» (p. 25). Pero Apostrophe no sería el original libro que es si se limitara a versificar concepciones filosófico-poéticas. Lejos de ello, estos poemas logran transmitirnos la angustia producida por la irreconciliable tensión entre el objeto y el signo que intenta nombrarlo, o el hastío y el sopor que se producen tras la nominación, lo que se pone de manifiesto, por ejemplo, en un poema como «Cotidiana». Estamos, pues, ante un libro que, aunque debe echar mano de abstracciones para llevar a cabo la indagación que se propone, las insufla de vida al admitir, no sin cierta zozobra, que «El signo no es suficiente» y es necesario mostrar «ahíto de esplendores el Objeto» (p.46). Porque la poesía de Roldán, lejos de sucumbir a la aridez conceptual, sabe cantar con gran vibración, las vicisitudes del Objeto y del Deseo.

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La lectura de un libro como Un bosque ardiendo bajo un mar desnudo de José Agustín Haya de la Torre, publicado en junio por la editorial española Amargord, nos trae a la mente aquella apasionada profesión de fe poética esgrimida por Vallejo ante la fría recepción inicial de Trilce: «Me doy en la forma más libre que puedo y ésta es mi mayor cosecha artística. ¡Dios sabe hasta dónde es cierta y verdadera mi libertad!» La autoafirmación vallejiana viene a cuento, no porque insinuemos un posible parangón entre ambos libros –ejercicio ocioso donde los haya–, sino porque Un bosque ardiendo bajo un mar desnudo parece concebido bajo el signo de la más irrestricta libertad compositiva, una que no para mientes ni siquiera en la que podría considerarse un requisito ineludible de todo hacer poético: la búsqueda de la unidad y la coherencia estilísticas o estructurales. No es que no existan factores que unifiquen el libro, solo que incluso esta exigencia, que podría considerarse insoslayable en toda obra poética, se torna prescindible cuando las necesidades expresivas así lo demandan, pues una libertad creativa asumida de manera radical no puede verse constreñida por concepciones poéticas particulares, por más sofisticadas que fueran, sino que debe vislumbrar y aventurarse hacia un más allá poético desconocido, como hizo Trilce en su momento y lo hace ahora este libro. Naturalmente, una libertad sin cortapisas no es suficiente para crear poesía de valor. Hacen falta muchas otras cosas, que pueden estar todas juntas o en diversa medida en un poema y, sin embargo, no producirse la alquimia necesaria. Por ello, antes que enumerar qué necesita un poema para ser tal –asunto en extremo peliagudo–, digamos, siguiendo una idea de Paul Valéry, cuál es uno de los efectos que no pueden faltar en la poesía. Dice el poeta que cualesquiera sean los elementos que se combinan en un poema, este debe contribuir a generar en nosotros un «mundo» o un «modo de existencia» totalmente armónico. Y esto es precisamente lo que sentimos que ha creado en nosotros un libro como Un bosque ardiendo bajo un mar desnudo, aunque, en principio, no nos resulte tan evidente en qué consiste este nuevo «modo de existencia», ya que, como reza el fragmento de Heráclito, la armonía no manifiesta siempre será más rica que la manifiesta.

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En julio, Willy Gómez Migliaro publicó Pintura roja (Paracaídas Editores). Los retorcimientos léxicos y las discontinuidades temporales que abundan en Construcción civil, y se extreman y acentúan en Pintura roja, no deben llevarnos a pensar que la mera exploración lingüística constituye uno de los principales objetivos de su poesía. Antes bien, en ambos libros se puede percibir un consistente interés por las siempre difíciles relaciones entre poesía e historia, interés que, no obstante, nunca se expresará de manera discursiva, sino que debe rastrearse y reconstruirse a partir del vertiginoso torrente de fragmentos que componen los poemas. Para mostrar su imbricación con el contexto histórico, Pintura roja no necesita apelar a recursos manidos como la inserción y yuxtaposición de discursos provenientes de las ciencias sociales, ya sea en la forma de citas, notas a pie de página o bibliografía, para tratar de dar consistencia o profundidad a su discurso poético. Su poetizar inconexo y dislocado refleja con mayor eficacia la esencial inestabilidad y precariedad de nuestra imagen de lo real. Esta preocupación por las conflictivas relaciones entre lo poético y lo que no lo es, se manifiesta de manera inequívoca en algunos versos del poema final: «vivo una adhesión al misterio de líneas y del lenguaje de voluntad / casi primera antes de dar forma a la historia // ese sol arriba protege un ejercicio de suficiencia religiosa / no de ideología partida para llevar a cabo agonías que nos separan». Y el verso final, «todavía nuestra historia da para más» (p. 96), expresa una clara voluntad de salir de los predios poéticos para pronunciarse sobre lo que hay más allá, con lo cual nos concede un respiro y una esperanza dentro del clima de dislocamiento general que invade el poemario.

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En agosto, Celacanto publicó Bajo este cielo de cabeza de Paul Forsyth. Para quienes seguimos con atención su obra, este libro significa una apuesta arriesgada frente a los anteriores, pues si la distancia temporal que nos separaba del mundo griego de Anatomía de Terpsícore y de algunos poemas de Autorretrato del Piloto, podía ser remontada gracias a la universalidad de su inspiración y de sus temas, el desplazamiento geográfico que supone ambientar este nuevo libro en México, podría, en un poeta con menos oficio y más inclinado al egotismo, introducir una distancia insalvable entre esta obra y el lector peruano. Sin embargo, este escollo es solo aparente, porque aunque el periplo que emprende el protagonista por tierras mexicanas es un viaje de exploración y búsqueda personales, alcanza cotas de universalidad gracias a que contiene, en lo esencial, elementos de un éxodo bíblico, pues se trata de una peregrinación en tierra y entre gente desconocida, dirigiendo y custodiando una «tribu», esposa e hija («olivo»), hacia una tierra prometida que, en este caso, nunca aparece, y que culmina con un agridulce retorno al origen, descrito en el extenso poema final «Crónica de Lima». Y así como a los jefes tribales a la cabeza de los éxodos o peregrinajes, les era señalado el derrotero que debía seguir su pueblo o tribu a través de revelaciones divinas, así también en Bajo este cielo de cabeza no faltan las epifanías o iluminaciones que revelan –o ayudan a comprender– al protagonista el destino que debe seguir. Así, por ejemplo, en el poema «Una piel de caballo», donde se dice: «del mismo modo –dijo– / has de ubicar una tribu y vivir en ella. / Y en ese punto supe por qué entre todos los caminos posibles / entre todas las puertas por abrir abrimos esta» (pp. 18-19). Así, pues, comprobamos con este libro que Forsyth, lejos de repetirse y hollar el camino trillado, asume riesgos y es capaz de mostrar una faceta más íntima y personal de su creación.

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Ramón, publicado en septiembre por ediciones Orem de Trujillo, es el primer libro de Silvana Reyes-Vassallo y sorprende de inmediato por la marcada individualidad de su voz, que con gran desenfado acomete contra una concepción demasiado estrecha de lo «poético», cuyos límites busca ensanchar para dar cabida a su propia poética, que encontramos sintetizada en algunos versos del poema «Fe»: «Tengo fe en la poesía administrativa, / En la poesía de Enfermería. / Tengo fe en la poesía burocrática […] Tengo fe en que un día / Ni el cincel ni el pincel ni las teclas / Tendrán que ver / Con la poesía». Pero este atrevido cuestionamiento de cierta idea de lo poético, no implica un rechazo o negación de las cualidades poéticas más esenciales, tales como el ritmo y la musicalidad, de los que la poeta hace alarde en algunos poemas, sobre todo en el final llamado «Coral superficial», en el cual una anécdota aparentemente trivial da pie a la elaboración de una serie de variaciones con un gran sentido del ritmo poético, que hacen de este poema una auténtica canción. La poesía de Silvana Reyes-Vassallo, de una poética claramente divergente del resto de libros mencionados, es una clara muestra de que no se puede reducir la poesía peruana a una sola tendencia estética, pues tanto en una como en otra, se pueden obtener resultados dignos de mencionar.

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Archipiélago de María Belén Milla, publicado también en septiembre por Celacanto, es un libro que se propone un objetivo mucho más modesto, pero a la vez más duradero, que otros poemarios: hacer poesía únicamente con las viejas armas poéticas de siempre: ritmo, musicalidad, imágenes, símbolos, y entre estas, las más profusamente utilizadas por la poeta son la metáfora, la imagen y la comparación, y lo hace con pareja eficacia en las tres secciones del libro. Apelar a las viejas armas poéticas de siempre, ¿hace de este libro un trabajado pero inane ejercicio poético que no tiene mucho que decir al lector actual? En absoluto. La sensibilidad poética que se adivina en los poemas de este libro no ha soltado las amarras de lo contemporáneo, al grado que no tiene inconvenientes en echar mano de un hecho luctuoso que bien podría haber quedado olvidado en las páginas policiales si no fuera porque la visión empática de la poeta lo rescata, transfigura y eleva al rango de poesía. Se trata del poema «A una muchacha en la torre más alta del Sheraton», inspirado en el suicidio de una adolescente desde la azotea del hotel. La voz poética se dirige a la suicida con un tono de íntima complicidad, pero no para indagar o cuestionar las razones de su mortal decisión, o intentar disuadirla, desde la posición de superioridad moral de quien siente compasión por otro, sino para convencerla de que no debe temer por su acto, pues, tras consumarlo, su ser se transmutará en algo más grande y eterno: «No importa la palabra: / para mí eres toda de lluvia / y has caído infinitas veces / en la hierba y las hortalizas. / Ahora eres lluvia, te digo» (p. 32). La poesía de Archipiélago nos devuelve la confianza en que las viejas armas poéticas de toda la vida no han perdido nada de su filo ni de su capacidad para seguir creando nuevas formas de belleza.

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En noviembre se publicó Memorias del rayo de Marina Irkalla (Plectro Editores), Premio Nacional de Poesía Javier Heraud. No estamos ante un arrejuntamiento más o menos hábil de poemas, sino ante un libro meticulosamente estructurado que, a través de las sucesivas secciones que lo componen, muestra lo que acontece a una mujer-rayo después de su caída que significa, al mismo tiempo, un nuevo comienzo y un renacimiento. La vemos al principio despertar rodeada de una fauna y parajes primigenios, tomar la palabra en la sección La voz de la visitante, recibir «Las revelaciones de las rocas» en el poema del mismo nombre de la tercera parte, entrar en posesión de sus poderes en la sección La llegada al reino, para así reconocerse, en el poema «Animales del agua», como «la única mujer / que pare peces, ballenas, planetas. / […] la mujer que sabe / desarmar el agua y sus elementos» (p. 25) y, acaso precisamente por ello, sufrir la incomprensión y el rechazo de sus congéneres en el poema «El juicio de las mujeres». Este despertar y renacer culmina con la enigmática «Respuesta del rayo». El contenido simbólico de estas «memorias» es transmitido de manera eficaz gracias a que el renacimiento de la mujer-rayo, salvo en los pocos poemas donde emplea su propia voz, es referido de manera indirecta, rehuyendo el tono confesional y ampliando con ello su capacidad de significación.

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Los límites de un texto como este no alcanzan para realizar un balance general que pueda dar pie a vacuas generalidades del tipo «un buen año» o «un mal año» para la poesía, donde «mal año» equivale para algunos críticos a un año en que no han publicado sus amigos. La poesía, lo único y concreto por excelencia, no necesita y, por el contrario, repele, todo tipo de generalidades e hipérboles, y cualquier intento de embaucar al lector con propaganda disfrazada de razonamiento crítico, se estrella ante la evidencia, transparencia y desnudez del texto poético. Lo que, en cambio, podemos comprobar a partir de esta breve incursión en algunos libros publicados en 2016, es la constante renovación que experimenta la poesía peruana con la aparición de nuevos autores y autoras, quienes, al concentrarse en el desarrollo de su escritura antes que en el relacionismo público editorial, irrumpen en la escena literaria sin otra carta de presentación que sus libros, conscientes de que son estos los que deben hablar en lugar de ellos. Y hacen bien en confiar solamente y nada más que en su arte, pues son tiempos en que los críticos de poesía han renunciado a ejercer su labor y la han dejado en manos de promotores más o menos bien intencionados que, para bien o para mal, no han hecho más que ocupar un espacio vacante. Uno de los resultados de esta claudicación de la crítica es, justamente, la proliferación de los recuentos y listados sin fundamentación que vemos cada fin de año. Y sin embargo, si a pesar de la indiferencia y negligencia de la crítica y la ceguera del mercado editorial y su aparato publicitario, la poesía peruana continúa produciendo frutos nada desdeñables, vale la pena imaginar a qué alturas no sería capaz de llegar si se desenvolviera en un ambiente favorable y no en el enrarecido clima en que lo hace actualmente. Pero cabe también pensar, si acaso su grandeza y singularidad no se nutren más bien de la adversidad en la que vive. Sea como fuere, a los lectores de poesía solo nos queda tratar de no hacer más oscuro este panorama, aclarando nuestras propias lecturas, como he intentado hacer en esta ocasión.

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