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Salve, Montano

Por: Marco Zanelli Berríos

Es fácil imaginarse a Enrique Vila-Matas levantándose de su escritorio para rebuscar en su biblioteca un libro en el que, alguna vez, subrayó con lápiz una oración. También lo es verlo sentado frente a su computadora, engranando la frase de un escritor al que ha leído devotamente en un párrafo cuyo ritmo y coherencia reclaman esa presencia. Su estilo, al fin y al cabo, está tejido de esa manera: un ensamblaje de citas y referencias literarias que tiene como resultado un texto en el que dialoga misteriosamente con los autores a quienes él profesa admiración.

La lista de escritores sobre quienes se ha apoyado para crear su portentosa obra podría ser larga, pero no inacabable. Una rápida enumeración conlleva consignar autores como Franz Kafka, Robert Walser, Fernando Pessoa, Sergio Pitol, Antonio Tabucchi, Witold Gombrowicz, Julien Gracq, los Raymond (Queneau y Roussel), Georges Perec, entre muchos más. Cada uno, como el propio Vila-Matas, caracterizados por una dosis de extraterritorialidad y por una extrañeza poética que los vuelve inclasificables.

Dicho esto, ¿por qué a Vila-Matas se le reduce como un escritor para escritores y no se le considera, más bien, un escritor del futuro? Precisamente, algo de marciano hay en el autor catalán, algo de ser de otro mundo (un vampiro, preferiría él) que trae consigo un llamado a romper con la dictadura de la trama y privilegiar el estilo, conectar la novela con “las altas ventanas de la poesía” y servirse de lo intertextual a fin de crear una narrativa consciente de sí misma que trascienda los rígidos cotos de género.

En Vila-Matas, la literatura es un mar en el que desembocan los diversos cauces de un río. Su obra se alimenta del ensayo y la poesía, e incluso del cine y las artes plásticas. Es, como él diría de modo irónico, parasitaria. Y en ese encuentro con la presencia inmanente de su conocimiento artístico surgen libros, que hemos vuelto a leer en estas últimas semanas, de oscilante clasificación como Historia abreviada de la literatura portátil, Bartleby y compañía y, en especial, el que ahora suscita este texto: El mal de Montano, una maravillosa defensa de la literatura frente a lo que, a inicios del siglo XXI, pretende afrentarla.

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Para defender la literatura

Para defender la literatura de los males que la acechan, de los críticos que la han enterrado bajo teorías soporíferas y de los departamentos de marketing que se han apoderado de la industria editorial, es necesario contraer otro mal: enfermarse de literatura. Se trata de un impulso obsesivo por observar el mundo a través de alusiones literarias, un padecimiento proveniente de Montano, personaje hamletiano que, luego de publicar un libro sobre escritores bloqueados creativamente, se ha convertido en un “ágrafo trágico”.

Este relato inicial sobre Montano, emprendido en la literaria ciudad de Nantes, nos llega de la mano de su padre, un crítico literario que, al contrario de su hijo, lleva con gusto el peso de la obsesión literaria sobre sus hombros y decide convertirse en la literatura misma para salvarla de sus enemigos en los albores del nuevo siglo. Así como el Quijote es la literatura de caballerías andante, este crítico es la literatura de los diarios errante: en su propio diario advierte que su existencia está ligada de una manera profunda con el registro íntimo de los escritores que le antecedieron.

Además de sus pasiones literarias y la situación desdichada de su hijo, el crítico también nos invita a conocer su difícil relación con su eterna novia y su horripilante amigo Tongoy, actor grotesco a quien le confiere un entrañable papel a favor de su cura contra lo literario. Sin embargo, como en buena parte de la narrativa de Vila-Matas, El mal de Montano no es ajena al juego y los dobleces. Por eso, luego de montar toda una primera parte llena de apuntes sobre viajes y desciframientos intelectuales, llega el momento de ser testigos del desmontaje.

Así, comienza el “verdadero” tenor del libro: toda la primera parte no es sino una novela hecha por el escritor Rosario Girondo, quien ahora, en sus diarios, nos confiesa haberla escrito para luchar contra su condición de “ágrafo trágico”. El tono del narrador, no obstante, continúa siendo el mismo: con la misma prosa diáfana e irónica (marca de agua vilamatiana), continuaremos enterándonos de su vida, su novia (la agente literaria Rosa), su amigo (¿imaginario?, ¿real?) Tongoy, su madre suicida de quien heredó un diario de bella intensidad y sus diaristas predilectos, a quienes introduce en un diccionario cuyo despliegue va enlazándose con episodios íntimos de su biografía.

El resultado final es un concentrado de la poética de nuestro autor, un canto a lo indefinible, pues El mal de Montano se dispara en varias direcciones. A la par de un diario, también es un libro de travesías sentimentales por las Azores, Valparaíso, Budapest, Barcelona, los Alpes suizos, un diccionario de diaristas, un ensayo sobre este registro, una ficción con guiños surreales, pero, por encima de todo, un alegato humorístico contra la gravedad de lo cotidiano, contra un mundo contemporáneo que desea guardar la literatura en el cajón del olvido y bajo siete llaves.

 

 

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