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Vargas Llosa y las series

El último artículo de Mario Vargas Llosa, en su columna Piedra de Toque, no pudo ser más oportuno. Nuestro Nobel de Literatura vuelve a ubicarse en su espacio natural: muy por delante de los que exhiben una injustificada estrechez mental, resistiéndose a aceptar lo evidente: el poder narrativo de las series de televisión, poder narrativo que, como bien señala en su artículo, proviene de la novela de folletín del XIX.

No es la primera vez que Vargas Llosa le dedica su columna a las series de televisión, ya lo hizo en su momento con 24 y The Wire. Y en esta ocasión recomienda otras, como Borgen, House of Cards y Homeland.

Creemos que esta nueva recomendación no obedece a su entusiasmo, sino que es un gentil llamado de atención a las personas presas de este falso convencimiento: las series como terrenos de la subnarración, series que transitan caminos ajenos a la “pureza” de la narrativa literaria. Al respecto, tengamos en cuenta lo que tiempo atrás indicó el estupendo narrador de novelas policiales y guionista de The Wire, Richard Price: “La narración es narración”.

Hablamos, pues, de un prejuicio que haríamos bien en combatir, con mayor razón cuando estamos en una edad de oro para las series, que, salvo excepciones, no las podemos comparar con las series que veíamos décadas atrás. Lo mejor de la narrativa mundial, lo estamos viendo precisamente en las series de hoy. Por ello, estamos ante un privilegio que no debemos pasar por alto.

Entre las series que recomienda Vargas Llosa, nos llama la atención Homeland.

A primera impresión la podríamos hermanar con 24, pero esta producción de Howard Gordon y Alex Gansa tiene razones suficientes para diferenciarse y asentarse como una con personalidad propia, además, estamos seguros que dentro de no mucho superará a 24, que no es para nada poco.

Los guionistas de Homeland la tienen muy clara: trabajar los episodios en base a la configuración de sus personajes. Sus personajes son los que sostienen una historia harta conocida por el espectador, historia que se alimenta de atentados y amenazas terroristas a Estados Unidos. Contras esas amenazas y atentados, la CIA cumple su labor, con métodos que emulan y superan a los de sus enemigos. Los guionistas son narradores, no juzgan, solo relatan sin idealismos de ningún tipo, nutriéndose de la actualidad política internacional. Sin embargo, y ya señalamos, esta serie son sus personajes. Pensemos en la protagonista Carrie Mathison, una más que eficiente agente que debe luchar contra ella misma a cuenta de una feroz bipolaridad. Mathison está convencida de que el héroe de guerra Nick Brody, marine que estuvo ocho años como prisionero de Al-Qaeda, no es más que un aliado de esta red terrorista, que ha regresado a Estados Unidos con un único fin: cometer un atentado que supere al del 11 de setiembre de 2001. Mathison no está sola, la acompañan su jefe Saul Berenson y el agente Peter Quinn, como también el maquiavélico Dar Adal, interpretado por uno de los más grandes actores de reparto en la historia del cine, actorazo que hemos visto en películas que ahora forman parte de nuestra memoria emocional, nos referimos a F. Murray Abraham.

SB

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