Rescate/reseñas

Una biografía para el muchacho de la bandana

Por: Joe Iljimae

Desde que se dio a conocer su suicidio el 12 de setiembre de 2008, David Foster Wallace no tardó en convertirse en un polo de atracción literaria y extraliteraria para todo el mundo. No hacía falta ser especialista en su obra o vida para sentirse identificado con su figura. Mucha gente fue partícipe de una conexión emocional con él y, para todos los que vivieron parte de esta experiencia, significó la ruta de ingreso a su obra. No era para menos, Foster Wallace rompía los moldes mediáticos de lo que “se suponía” debía ser un escritor. Él, mejor que nadie, sabía de la extraña mezcla que irradiaba su imagen: intelectual, deportista, drogadicto, cazador, hasta Truck Driver de las carreteras de hielo de Alaska. Pero Foster Wallace también fue consciente de la obra que venía construyendo, una obra –por lo demás hermética– que exigía un lector con voluntad. El esfuerzo de acercarse a su obra valía la pena, puesto que una vez se ingresaba a las páginas de sus libros, difícilmente se volvía a ser el mismo.

En consecuencia, se tuvo que esperar algunas décadas para acceder a la biografía de un escritor tan referencial como lo fue David Foster Wallace. Por ello, sorprende en principio que tengamos una biografía suya entre manos, pero pasado este asombro inicial, ese hecho no llama nuestra atención,  ya que se trata de un acontecimiento natural, consecuencia del enorme interés que genera la figura y obra de Wallace, dos caballos pura sangre que compiten entre sí. En este sentido, lo atractivo de la biografía Todas las historias de amor son historias de fantasmas (Debate, 2013), del periodista norteamericano D.T. Max, cumple con las expectativas, tanto de los fans como de los conocedores de la vida y obra del escritor. El biógrafo no se guarda nada, puesto que Max lleva a cabo su empresa como le hubiese gustado a su autor fetiche: con la pierna en alto y sin ningún tipo de “endiosamiento literario”.  

Esta biografía funciona también como un texto crítico de las obras más importantes del autor de La broma infinita. Junto al recuento vital –muchas veces patética– de Foster Wallace, el biógrafo se encarga, además, de examinar cuidadosamente sus primeros libros y ofrecer una cartografía crítica de cada uno de estos. Títulos como La escoba del sistema, La niña del pelo raro, Signifyin Rappers: Rap and Race in the urban present (escrito a cuatro manos con su amigo Mark Costello), La broma infinita, Entrevistas breves con hombres repulsivos, Todo y más (ensayo sobre el genio matemático Georg Cantor, por el cual le llovieron críticas feroces), El rey pálido y algunos relatos sueltos que escribía mientras dictaba sus clases de escritura creativa, son escrupulosamente analizados y comentados desde la verdad emocional de D.T. Max. Dicho de otro modo, y en palabras de Vila-Matas, “hacer una crítica es también hacer un homenaje al libro”. Y en este contexto, Todas las historias de amor son historias de fantasmas (¡vaya título más fosterwallaceano!) es un homenaje directo a la obra del niño prodigio de Ithaca.

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Si bien esta biografía contiene una sombra crítica, también posee un espíritu exhortador. Todas las historias de amor… se gesta a partir de la sorpresa (y “lamento”) de D.T. Max al descubrir no pocas decenas de “lectores” de Foster Wallace que jamás habían leído un libro completo de él y que, para colmo, no hablaban de su obra, sino de su vida. Groupies con tatuajes de sus frases, con bandanas, algunos de ellos recitando extractos de sus artículos periodísticos, etcétera. “¿Cómo llegó Wallace a convertirse en la encarnación de un sentimiento compartido por numerosas personas que no han llegado más allá de la página setenta de La broma infinita?”, se pregunta el biógrafo y, entonces, se lanza a trabajar para responder esta pregunta. “Lo que yo quise hacer fue principalmente llevar a esas personas que adoran a Foster Wallace a leer sus libros y no a imaginar que los leen”, dice D. T. Max en una conversación con Patrick Jagoda.     

Por improbable que pudiera parecer, eso no es todo. El libro comprende también una dosis exorbitante de cotilleo para calmar la ansiedad de los groupies literarios. ¿Por qué David Foster Wallace usaba bandana? ¿Por qué lloraba cuando leía una mala reseña? ¿Cuál era el tatuaje que tenía en el hombro? ¿Qué se decía en las cartas que intercambiaba con Jonathan Franzen y Don Delillo? ¿Cómo convencía a las chicas para que salieran con él? ¿Cuándo fue la primera vez que fue a un Night Club? ¿Por qué le gustaba usar el pelo largo?…

En el epílogo del libro, D.T. Max lamenta no haber llegado a conocer personalmente a Foster Wallace, por lo que tuvo que recurrir a su familia, amantes y amigos para “buscar su voz”. En consecuencia, logró crear una biografía en la que, gracias a su minuciosidad y prosa inteligente, lleva al lector a creer que ha sido su compañero en cada etapa de su vida. Así, muy al contrario de lo que el imaginario colectivo sospecha sobre el autor de La escoba del sistema, la persona que se acerque a esta biografía conocerá a un hombre con el corazón de un niño y no esa leyenda comercial postcapitalista que se ha erigido en torno a él, llegando al absurdo de compararlo con Kurt Cobain. 

Hay que darle crédito al crítico Tom Bissell cuando señala que este libro sirve para “advertir al aspirante a escritor que convertirse en una importante voz de tu generación apenas sirve de protección ante la angustia, el miedo y la desesperación”. Curioso, pues es exactamente lo que Foster Wallace despreciaba al momento de escribir, pero lo que, sin ninguna duda, reflejaba con fidelidad dentro de su vida y en cada uno de sus libros. En especial, en sus novelas. Sin embargo, como diría D.T. Max al final del libro, “nadie hubiera querido para él ese final, pero fue el final que él eligió”.        

 

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