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Mike Wilson: “Para mí escribir representa en muchos sentidos la libertad.”

 Cuando ingresamos a las páginas de Leñador somos partícipes de una estancia narrativa distinta a lo que estamos acostumbrados a leer en la narrativa latinoamericana última. Hablamos de una novela que tampoco es novela, pero poco o nada importa su indefinición genérica, aunque también la podríamos calificar de artefacto de escritura que diáloga con la tradición clásica de la narración. Pero de lo que sí estamos seguros es que un libro como este, y tal como soplan los vientos editoriales, comercialmente no estaría en el bolo para su publicación. Entonces, asistimos, en principio, a una legitimidad que fue abriéndose camino a cuenta de los lectores, entrenados por cierto. Publicada en Chile en el 2013, esta novela de Mike Wilson goza a la fecha de dos ediciones, tanto en Errata Naturae y Fiordo, que posibilitan su llegada a un mayor circuito de lectores. Nunca he escrito pensando en la viabilidad comercial. En el caso de Leñador, escribí para mí, para trabajar y resolver dudas y preocupaciones personales. Ni  siquiera pensaba en la figura de un lector, mucho menos en criterios comerciales, sentencia Wilson.

De Wilson no hemos leído su producción anterior, pero creemos poco o nada importa, puesto que Leñador es un universo cerrado, como también independiente, quizá un libro único, y si nos abocamos a las profecías, lo más probable es que no encontremos una novela como esta en muchísimo tiempo. Aun así, la curiosidad se impone: No siento que una novela lleve a otra, ni que haya necesidad de vincularlas. Pero a la vez, no pienso en mi escritura como algo teleológico, no veo un mapa en lo que escribo. Esa ausencia de mapa, de sendero narrativo, refuerza la riqueza de la novela, que tiene mucho de ensayo, antropología y filosofía. Sin duda, más de uno la podría definir como una enciclopedia sobre la vida, la naturaleza, del mismo modo como un extenso manual de supervivencia. Puede ser. No me molesta que le digan novela, pueden decirle otra cosa si quieren. Tampoco creo que importe mucho el tema de género literario. Es un texto que en su mayoría no es narrativo, en ese sentido rompe con mis novelas anteriores.

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Desde su primera página nos encontramos con un personaje que comienza a reconocer la realidad del bosque del Yukón, en Canadá. Y hasta podríamos tener la impresión que nos topamos con un referente inicial, uno que nos viene a la mente cuando tenemos a un hombre en conexión con la naturaleza, alejado por voluntad propia del mundo civilizado, el Walden de Thoreau. Me parece una impresión razonable, pero no es para nada un referente para mí. En estas páginas hay naturaleza, cada página viene con la marca de esta, pero ante todo presenciamos el logro del lenguaje, del signo como verdadero eje protagónico, que canaliza la sabiduría y la sensibilidad, un lenguaje que permite olvidarnos de lo que tendríamos que considerar una pérdida de tiempo a la hora de apreciar la novela: su ya señalado origen genérico. La ambición de la escritura, de aquel lenguaje que obliga al lector a seguir avanzando ahora libre de las taxonomías, puesto que ese es su único camino, la entrega total en la experiencia de la lectura. Para mí, Leñador no es una novela sobre la naturaleza, es una novela sobre el lenguaje, sobre los problemas existenciales que surgen del lenguaje y sobre cómo la codificación es paródica. Por eso quise huir de la narrativa en el libro. No buscaba glorificar la naturaleza ni me importaba el conocimiento descrito en sí, ni tengo un interés particular por el oficio del leñador. Para escribir una novela como esta, para poder apreciarla en la inspiración de su magnitud, el pretexto es un válido acicate inicial, y si hacemos un repaso de las novelas que en su momento ofrecieron alternativas en cuanto a las nuevas formas de narrar, estas tenían un común denominador, el pretexto, tal y como nos indica el autor: Todo eso es el contexto y el pretexto para poder escribir y describir sin narrar. Al escribir de esa forma me permitía esquivar la parodia narrativa, quería eludir la intermediación.

Entonces nos referimos a la libertad de la escritura, apuntamos a un triunfo del flujo verbal sobre los corsés de los marcos teóricos, asistimos a un paso que va más allá de las reglas narrativas. Creemos que este era el sendero idóneo por el que debía evidenciarse el flujo verbal, sin cotos, accediendo a la sensibilidad que podemos detectar hasta en los hechos más inanes, puesto que si hay una cualidad que no dejaremos de consignar, esa es precisamente la permanente luz que depara la prosa. Para mí escribir representa en muchos sentidos esa libertad. Me parece lo más natural y lógico. No hay por qué limitarse ni restringirse, nadie es autoridad en esto, no hay que pedirle permiso a nadie ni rendirle homenaje a nadie ni escribir para nadie si uno no quiere. No hay reglas ni fórmulas ni gramáticas que importen. Nada de eso importa, menos aún criterios comerciales o editoriales. Todo eso atenta contra escribir con libertad. Las supuestas aduanas literarias son la invención más dañina que hay para un escritor. Incluso pienso que es maravilloso dejar de considerar al lector. A lo dicho, imposible dejar de prestar atención al narrador protagonista, un ex boxeador y soldado que huye. Durante la lectura intuimos de qué, mas su huida se asocia a una más existencial, a un vacío del que partirá para redescubrirse. Sí, busca acallar el ruido y conectarse con una experiencia más elemental, sin ser intermediado por el lenguaje y la velocidad de las cosas. De cierta manera busca dejar de pensar, dejar de saber, darse espacio para ser y para recuperar sentido y certeza. Podríamos pensar que Wilson ha tenido una experiencia previa como leñador, y lo pensamos a razón de la verosimilitud de la novela, pero no, él ya despejó dudas: jamás ha sido leñador. En tal motivo, hablamos de un doble triunfo: del lenguaje que canaliza sabiduría y el nervio en el que descansa la sensibilidad. En ambas características se sustenta el éxito de la novela, nos referimos pues a un éxito ajeno al golpe comercial.

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Resulta complicado ubicar al autor en una tradición narrativa específica. En varias entrevistas ha declarado que su lengua literaria es el español. Esa suerte de no-ubicación en una tradición suponemos que le brindó lo que a pocos: libertad para escribir, sin deberle nada a nadie, sin tener una sombra que cobija, pero que no pocas veces amenaza. Como ya indicamos, Leñador es un testimonio de libertad. Pensemos en el aliento narrativo en las descripciones y en la realidad de los leñadores del bosque de Yukón. Para mí escribir descripciones largas me permitía entrar en un ritmo que sentía que poco a poco lograba lo que buscaba, por medio de la acumulación y la ausencia de reflexión en la escritura descriptiva. De esta forma no se colaba la duda y la acumulación descriptiva me disolvía la sensación de parodia. Para  mí, en esas partes del libro el lenguaje dejaba de ser lenguaje, daba lo mismo el contenido, daba lo mismo lo que decía sobre un objeto o fenómeno, era más importante la disposición, el ritmo, la experiencia y el no-pensamiento que generaba.

La crítica ha señalado que en Leñador los lectores son testigos de un quiebre del autor en cuanto a lo que ha publicado. Una novela distinta, por ello, se impone la pregunta sobre un posible hartazgo, un ajuste de cuentas, una limpia del terreno para los proyectos futuros. Es un quiebre en el sentido de que en ese momento buscaba huir de mi narrativa. Pero a la vez, no siento que mis libros se parecen mucho entre sí. En ese sentido, Leñador es simplemente una novela más. ¿Jerarquizas lo que escribes?, le preguntamos. No jerarquizo lo que escribo.

No dejemos de señalar que también estamos ante una novela de aprendizaje, su narrador personaje carga consigo todas los visos del hombre que anhela comenzar vacío, puesto que a partir de esta condición, sin las costumbres del mundo civilizado, podrá entrar en contacto con la magnitud del bosque al que se ha ido a vivir. Pienso que más que el bosque, es el paisaje. Quiere dejar de sentirse separado y apartado de las cosas, dejar de ser prisionero de su propia cabeza. En ese sentido el territorio le es valioso, entrar en los ciclos y los ritmos del lugar que lo rodea. Quiere dejar atrás el solipsismo.

En las páginas de la novela percibimos lo que no últimamente en la narrativa, y no solo la latinoamericana: la ética creativa del autor. Y lo decimos a cuenta de que Leñador quiebra moldes en pos de la experiencia no solo literaria, sino también humana. Accedemos a una dimensión de genuina epifanía. Creo que no hay por qué escribir en la sombra de nada. Obviamente hay influencias y todo eso, pero no tiene por qué ser un peso. Ante ello, nos preguntamos cómo asume su poética, pero en especial cuál su actitud con que la protege. Wilson la tiene muy clara: En el contexto mayor de las cosas, me gusta pensar que a nadie le importa qué escribo cuando estoy en lo mío, quizá haya curiosidad, pero nadie pierde sueño por eso. De hecho, nadie pierde sueño por la mayoría de los libros que se van a escribir y publicar de aquí a mañana, quizá con la excepción de los fans más hardcore que esperan con ansias el próximo tomo de alguna saga a lo Juego de Tronos. Pero fuera de fenómenos así, la verdad es que a nadie realmente le importa, quizá digan que sí, pero no. No hay expectativas reales. Para mí esto es bueno porque me permite escribir sin ruidos fabricados, quizá escribir algo bueno o algo pésimo, pero sin ruido, eso es lo que me importa.

G. Ruiz Ortega

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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