reseñas

El fuego de la adultez

Por: Marco Zanelli Berríos

Asunto curioso cuando la traducción de un título se torna más sugerente que la versión original. La labor del traductor es un arma de doble filo: en su búsqueda por, diría Valéry, “producir con medios diferentes efectos análogos”, puede elevar una publicación o destruirla. Incendios de Richard Ford se trata, sin duda, del primer caso. Aunque su título original, Wildlife, se ajuste a la historia salvaje que estamos a punto de leer, su traducción española contiene una carga simbólica que no dejamos de agradecer.

Y es que, precisamente, algo se quema al interior de este libro. No son solo los alrededores de Great Falls, pueblo del estado de Montana en el que transcurre la novela, sino también la vida del adolescente Joe, quien está ad portas de observar cómo el fuego de la adultez deja su inocencia hecha cenizas, por decir lo mínimo. Así, asistimos a un doble incendio (uno metafórico, otro natural) que se extiende de manera inexorable y se recuerda después de mucho tiempo para entender cuán necesaria es la combustión para alcanzar la madurez.

Pero no hay que equivocarse: el autor no articula un relato edificante ni busca la moraleja facilista. La autoayuda no va con este escritor capital en la narrativa norteamericana, como lo demuestra en su maestría y magisterio en el complicado terreno de las distancias cortas. Hasta podríamos señalar que el libro que nos convoca es un spin off  de “Novios” e “Imperio”, relatos de su celebrado cuentario Rock Springs. Lo suyo, en todo caso, es urdir una ficción que penetre los entresijos de las traiciones con el fin de mostrarnos que en ese mundo no hay lugar para lo maniqueo. La infidelidad, un tema sumamente fordiano, es el telón de fondo de esta novela corta, y su tratamiento, la forma con que se forja esta historia, mantiene una coherencia interna que escapa a todo tipo de condenas moralizantes.

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Desde el arranque de Incendios, Ford pone toda la carne sobre el asador. La voz del narrador no recae sobre el amante, ni el infiel, ni el engañado, sino en el hijo, en este caso un Joe adulto, quien nos confiesa en la primera página un episodio decisivo de su vida: durante su adolescencia es testigo de cómo su hermosa madre Jean se enamora de un tal Warren Miller. También nos habla de su padre, el buen Jerry, quien pese a representar un rosario de virtudes, es incapaz de sobrellevar la economía familiar y la estabilidad de su matrimonio.

Así, leemos a través de la mirada de Joe la paulatina intensificación de una fisura matrimonial cuya completa ruptura llega el día en que Jerry, desempleado, decide internarse en los bosques de Montana para apagar los incendios que proliferan día a día. Su ausencia de tres días es motivo suficiente para que Jean se libre de ataduras y haga de Joe un protagonista de su aventura con Warren Miller, personaje grotesco a quien el narrador no soporta, mucho menos después de presenciar lo que en un principio parece indecible: su mamá teniendo relaciones con él. 

Lo inaudito, sin embargo, es que a pesar de una escena como esa, la voz narrativa no abandona su acertada combinación de intimismo y reflexión. De modo que la repulsión de Joe no llega a verbalizarse de forma prosaica y, más bien, se manifiesta de forma sugerente al emprender un largo recorrido por las calles de Great Falls, un periplo contemplativo que le ayuda a canalizar todas sus amarguras y dubitaciones. Su conclusión, si cabe alguna, es que sigue amando a sus padres (a quienes no culpa de nada) y que de no ser por ellos sería un muchacho sumamente solo.

Más que su argumento transgresor, el logro de Incendios es estilístico. Sin ese tono reposado, sin esos vuelos reflexivos, la historia se habría convertido en una fábula afectada por la inquina y otros sentimientos menores, rasgos elementales que configuran a personajes moralmente pobres y que, gracias a la pericia de un novelista tan ducho como Ford, no vemos repetirse en esta trama. Nosotros, los lectores, aplaudimos de pie esta decisión. 

(Esta novela ha vuelto a circular en librerías limeñas después de mucho tiempo, aunque los ejemplares, lo más probable, ya estén agotados a la fecha. No obstante, vale apuntar sus señas y tenerla en nuestro radar de títulos a leer.)

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