Creación

“El fantasma de la Remington”

Por:  Leonardo Ledesma Watson

Lo que quiero saber es si es posible que dos personas se mueran al mismo tiempo. Desde la ventana de mi habitación escucho a alguien que podría ser el padre anciano de mi vecina, también en su habitación, tecleando en una Remington ¿Que cómo sé que es una Remington? No hay duda. Crecí entre máquinas de escribir, en redacciones polvorientas y con papeles agrietados y amarillos, rodeados de sudor y olor a cigarros. Mi abuelo era un periodista de esos que no salían de universidades, sino de prostíbulos. Así que es bastante fácil reconocer el sonido profundo de las Remington, el agudo y corto de las Olivetti, el chillón de las Olympia y hasta el intermitente de las Underwood, por ejemplo. Las Remington dan miedo, parecen haber sido construidas por el diablo o por alguno de sus ayudantes.

La experiencia de vivir, si no es intensa, entonces no la entiendo. La de morir quizá sí la entienda un poco más, aunque es irónico porque no estoy muerto, pero ambas situaciones deben parecerse mucho a esto: de una ventana, desde las sombras, emergen los sonidos de las teclas; de la otra, sin necesidad de estar a oscuras, no se oye nada. Y allí estoy yo. Pero la Remington sigue y no la tengo que ver, más o menos como la muerte, que llega a diario pero se nos hace visible cuando pasa a nuestro costado. Mientras más a nuestro lado, más notoria; mientras más cerca, más ilustrativa.

Estoy en la Unidad Vecinal de Matute y tengo la certeza de que mi vecino no está haciendo algo para que lo entiendan, sino para entenderse a sí mismo. Cuando yo era pequeño lo veía salir de su casa. Supongo que iba a la tienda, pues no se demoraba más de diez minutos. Ya en ese tiempo usaba bastón y cuando lo saludaba tenía que afinar la vista para reconocerme y responderme. Aunque yo era algo chico, ya podía calcular su edad: era septuagenario, sin duda. Bueno, lo confirmo ahora que ya han pasado más de diez años y no lo veo pero lo oigo teclear. Con más de noventa no creo que tenga fuerzas para eso ¿o sí?

Hoy sólo veo a su hija, una cincuentona soltera que le presta plata a la gente, a cualquiera, y luego le cobra el cincuenta por ciento. De eso vive, creo. Pero a su Remington la sigo oyendo.

Una vez, cuando estaba llegando a casa a las cuatro de la mañana acompañado de una muchacha que había conocido aquel día, me quedé observando la ventana oscura desde el pasadizo del edificio. La muchacha no tenía idea de qué hacía con la cabeza levantada y pensó que le había perdido atención. No se oían las teclas, por más que yo me concentrara en observar los cristales. “¿Estás bien?”, me preguntó la muchacha un par de pasos antes de llegar a mi puerta. La cogí de la cintura y la superpuse contra la baranda, la besé como para hacerle el amor en ese momento, en la calle, pero sentí que alguien me observaba. Allí fue cuando la Remington se activó y siguió el mismo ritmo que yo aplicaba en la piel de la muchacha. 

Tuve pánico y le dije a la muchacha que entrásemos a mi casa. Ella no reparó en mi miedo, creo, así que subimos a mi habitación. Ya en el cuarto, la joven se despojó de su camiseta y del brasier y empecé a besarle los senos. A ese mismo compás trabajaba la Remington. “¿Qué es eso?”, me preguntó ella. “Olvídate”, le respondí. Se olvidó poco antes de descender hacia mi sexo, y fue ahí donde no supe si las teclas sonaban en el cuarto de la casa de al lado o en mi cabeza.

Traté de concentrarme durante todo el acto, de no pensar en un anciano escribiendo dios sabe qué, pero el sonido se mezclaba con cada tocamiento, servía como música y parecía tener más peso que los gemidos de la muchacha. Al cabo de veinte minutos, eyaculé en el abdomen de la joven y el sonido se detuvo. “Voy a dormir un rato, prefiero que amanezca para irme”, me informó ella luego de limpiarse el vientre.

La rutina de la Remington es sencilla: empieza cuando yo la puedo escuchar, y termina luego de que me duermo.

Claudio toca mi puerta para pedirme un favor: “Necesito trescientos soles, es urgente”. Yo no poseo esa cantidad. “Vamos a pedírselo a la vecina, ella presta plata”, le digo.

Mi vecina abre la ventanita de la puerta de vidrio y le comentamos la situación. Nos dice que no hay problema, pero que se debe pagar en quince días como máximo. Claudio la escucha con atención, sin embargo, yo estoy pendiente de lo que pasa detrás de su cabeza, de lo que hay dentro de la casa. Quiero ver a alguien escribiendo.

“¿Qué estás mirando?”, me dice la vecina. “Nada. Hace mucho que no veo a su padre”, le respondo. Ella cambia la expresión de su rostro y me dice “no está acá, sino en el hospital”. Le digo que lo siento mucho y me muestro amable. Le ofrezco mi ayuda y le comento que espero que salga rápidamente, que quizá no es nada y que tal vez se quede sólo por precaución. “Lleva más de un año en coma”, sentencia. Es allí que dejo de pensar en la muerte y adopto una sensación de incertidumbre y miedo; me siento vacío.

Por la noche me quedo entre las sábanas, con la televisión, la computadora y el resto de los aparatos apagados. Atento. Fumo un par de cigarrillos al costado de la ventana. Camino de lado a lado dentro de mi habitación. Me echo en el suelo y golpeo repetitivamente la pared con una pelota de tenis. Así durante un rato. Nada. Para las dos de la madrugada, la Remington empieza a sonar, y no se detiene durante algunas horas. Me duermo con los primeros rayos del sol.

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¿Acaso el alma de un tipo, de un señor al borde de la muerte, vuelve a su hogar, a sus pasiones, a lo que quería hacer o hacía? Es una pregunta bastante estúpida, para un caso tan sencillo. La actitud detectivesca y criminalística ya se instala en mi cabeza, ya no puedo escapar de mi curiosidad, así que le voy a preguntar a mi vecina qué es lo que ocurre.  Mi vecina solterona abre la puerta pero no me invita a pasar, me atiende ahí en ese pequeño descanso. Evito los rodeos, aunque honestamente no tanto, pues le comento que he escuchado las teclas de una máquina de escribir. Le pregunto, como para suavizarla, si la vende y cuánto cuesta. Me aprovecho de su ambición que colinda, por momentos, con la crematomanía.

En todo momento niega la existencia de una máquina de escribir o de un escritor o hasta de algún papel en su casa. Me voy sin creerle, aunque sin alguna prueba que sostenga mi duda.

Al cabo de dos semanas, Claudio me busca y me despierta con urgencia. “Levántate”. Mi amigo ya tiene el dinero para pagarle a mi vecina, pero no se atreve a acercarse a su casa ya que, en la puerta, un grupo de personas vestidas de negro comparten café y hacen bromas en tono bajo. Veo a mi vecina y su rostro está más inexpresivo que de costumbre. No hay necesidad de preguntar a quién están velando, así que nos acercamos para dar el pésame y mostrar nuestro respeto (y de paso para que Claudio pague, pues a la vecina sólo le falta estirar la mano).

Le insisto a Claudio para acercarme al cajón. La muerte sólo me es soportable si está detrás de un vidrio o en una urna.

Ahí está el viejo, el fantasma de la Remington, ese señor que no me deja (o dejaba) dormir pero al que, en el fondo, admiro por su dedicación a la escritura. Está helado, inexpresivo, elegantemente vestido. Está muerto. 

Claudio paga lo que adeudaba, yo dejo de ver al muerto y nos vamos de allí. Desde mi ventana, observo cómo se llevan el féretro. Me acuesto en la cama y duermo.

Tras un par de días, la policía irrumpe en el barrio. Los agentes corren entre los pasadizos, pero no se llevan las manos al cinturón para coger el arma, así que los vendedores de merca están tranquilos. “Algo ha pasado (y no somos nosotros)”, parecen murmurarse entre ellos.

Asomo la cabeza por la ventana para ver a los agentes someter a mi vecina. Están bien preparados, pues hasta traen su propio periodista para la exclusiva. Mientras los agentes detienen a mi vecina y, extrañamente a su hermano, a quien hasta ese momento yo no había visto por ahí, el reportero va narrando en vivo los aconteceres de la misión oficial: “Desde el corazón de La Victoria, en la Unidad Vecinal de Matute, agentes de la División de Investigaciones de Estafas y otras Defraudaciones (DIVIEOD) han intervenido la morada de dos hermanos cómplices del fraude y la falsificación de documentos relacionados con herencias adulteradas. En el interior de la casa se han encontrado centenares de folios, máquinas de escribir, planchas de sellos y rotuladores especiales para diversos documentos, entre ellos, el testamento real de su propio padre –fallecido sólo hace unos días- el cual se encontraba a punto de ser transcrito y modificado para beneficio de los estafadores. Trascendió que estos hermanos serían parte de una red internacional de falsificación. En vivo para Canal Z, desde La Victoria, informó…”.

Con la Remington se acaba el misterio. Nunca hubo fantasma, pero peor que todo, tampoco hubo escritor. Nadie tejía historias románticamente al lado de mi ventana, sólo uno que otro documento falso. Estoy tan pesimista que hasta llego a pensar que, sólo para joderme el día, el viejo era analfabeto.

Cuando introduzco la cabeza y la apoyo en la almohada, afuera, los vecinos siguen pendientes, a mí ya no me interesa. Prefiero un hecho sobrenatural a uno policiaco, pero el realismo sucio casi siempre frustra los planes de lo fantástico o de la ciencia ficción, en su defecto.

Despierto en la noche, cuando todo ya ha pasado, y empiezo a rebotar la pelota de tenis contra la pared; va y viene, va y viene. Empiezo a hacerlo con debilidad, así que la bola se queda a medio camino. Cae. Empieza nuevamente la Remington, pero ahora mucho más suave, con un ritmo de despedida, como de quien escribe una novela de grande tramas o una que cuenta su propia vida, pero no de las otras. La Remington es agradecida y fiel, imagino, y es que cuando los hombres son traicionados por los hijos, sólo les queda la máquina. No más.

Cuento ganador del concurso Ten En Cuento a La Victoria, 2014.

 

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