música

Detrás de un álbum

The Idiot de Iggy Pop quizá sea el álbum más perfecto que haya escuchado. Sin duda alguna, este álbum figura entre mis cinco favoritos, de esos que llevarías a un búnker en caso de una explosión nuclear. Al igual que Rob Fleming, el recordado protagonista de la novela Alta fidelidad de Nick Hornby, los álbumes los recuerdas a razón de determinados factores biográficos que con el tiempo terminan impregnándose en tu imaginario físico y sensorial, al igual que un órgano vital, como el riñón.

En mi caso, puedo estar haciendo una variedad de cosas en el día y no faltan los minutos en el que no broten de mi corazón y mi memoria la desconcertante y desgarradora voz de Iggy Pop con “Sister Midnight”, “Fun Time”, “Nightclubbing”, “China Girl”, “Tiny Girls”, “Baby”, “Dum Dum Boys” y “Mass Production”, canciones que conforman esta cohesionada y coherente geografía musical. Habría que ser desorejado, o un posero primerizo, o carecer de elemental buen gusto, o ser un expuesto Kamikaze inculto, para afirmar que alguna de las canciones del álbum es floja. Sin exagerar, aunque parezca, este álbum es lo más cercano a la perfección en la historia del rock.

Cualquiera de sus canciones puede ser considerada como la más representativa en toda la discografía de Iggy Pop…

Hablar de Iggy Pop no es poca cosa si es que te gusta el rock… Menos si te consideras conocedor…

Hablar de Iggy Pop no es poca cosa si es que te gusta la música…

Pero lamentablemente ocurre lo insólito, la manifestación de la ciencia oculta, como para tirarse de cabeza de un puente: estamos ante el álbum menos escuchado del artista.

No faltan los contreras, los inevitables embajadores del caletismo ilustrado, que repitiendo como nobles papagayos las leyendas que privilegian la ociosidad de pensamiento, y por ende, la exhibición del conocimiento inútil, afirman que este álbum es lo que es gracias a David Bowie.

Vayamos a la historia de The Idiot.

La historia nos relata que Bowie y Pop se encerraron durante meses, en 1976, en un departamento de Berlín para trabajar sus propios proyectos musicales. Entendamos el encierro en su sentido más amplio, puesto que ese departamento de Berlín se convirtió en la burbuja por la que este par de artistas se dedicaron a ver e interpretar el mundo. El inglés, infatigable desde 1967, sabía cómo controlar su contumaz consumo de drogas, cosa contraria con Iggy, que desde 1973, con la salida de Raw Power de The Stooges, había caído en un “bloqueo” creativo que quiso subsanar de la manera más imbécil: metiéndose en el cuerpo todas las drogas inimaginables, pensando que así conectaría otra vez con la sensibilidad que creía apagada, cuando lo cierto era que ese desbande emocional y neuronal lo estaba conduciendo hacia una cantada autodestrucción.

Bien lo sabemos gracias a la historia oral del arte: en la vida de los genuinos creadores las cosas suceden por algo (Pop llegó a vivir en las calles, comía con indigentes, vendía su cuerpo y dignidad por heroína, al punto que llegó a barajarse la sospecha razonable de que ya estaba muerto), puesto que siempre aparece una luz al final de un interminable túnel de horror y atrocidad. Iggy Pop tuvo que conocer la mierda y la absoluta soledad, elementos que posteriormente fueron las piedras angulares del recambio estilístico y temático que canibalizaría en su álbum debut, The Idiot.

theidiot

Fue David Bowie quien se lo llevó a Alemania. En otras palabras, el autor de “Fame” fue el principal responsable de salvarlo de la muerte, no dudó en retirarlo de la clínica para enfermos mentales a la que había ido a parar. Pop pasaba sus días haciendo garabatos en el suelo y viendo programas de televisión por más de diez horas seguidas. No había que pensarlo mucho, Iggy Pop se había convertido en menos que un despojo humano.

¿Bowie lo hizo de buena gente?

A lo mejor.

Pero ante todo lo hizo por admiración.

Fueron meses de auténtica eclosión creativa. Pasaban horas de horas escribiendo y componiendo. Los días y las noches no existían, solo la realidad del iluminado departamento. En el cerebro de Bowie, la lucubración de lo que sería “Heroes”. Bowie era una máquina creativa. Mientras tanto, Iggy observaba el techo, preguntándose de dónde su amigo obtenía todo su arsenal imaginativo, que comparándolo con el suyo, solo dependía del entusiasmo. Intentaba escribir y escribía, pero por más que lo hacía, le era complicado avanzar en su cuaderno espiral de páginas amarillas, arrojando al tacho lo mucho o poco que había avanzado. Iggy se percata de que no refulgía en él ese hechizo de la fuerza verbal que sí mostraba en The Stooges.

Sin embargo, en las noches, Bowie se levantaba de su cama y revisaba las hojas amarillas arrojadas al techo. Leía lo escrito por Iggy y no entendía por qué se deshacía de aquel material, que mejor trabajado, podría arrojar una mayor luz en su resultado. Por eso, mientras desayunaban, Bowie no dejaba de animarlo a que siga escribiendo, a no deshacerse rápido de sus borradores, pero en especial, le sugería que aguantara la ansiedad, puesto que la escritura de una canción también requería del proceso de maceración de un buen poeta.

Cierta noche en la que el frío alemán hacía sentir su fuerza, los músicos se dispusieron a dormir más temprano de lo acostumbrado. Bowie releía un tomo empastado de la poesía completa de John Donne. Para su encierro creativo, Bowie había dispuesto de más de cien libros, de clásicos de la literatura y del pensamiento. Leía todas las noches. En todos los días que llevaban en el departamento, Iggy no había mostrado interés por leer, la desintoxicación de la ansiedad no le permitía la concentración básica para hacerlo. Sin embargo, esa noche le preguntó a Bowie si podía recomendarle un libro. Como gran y voraz lector, Bowie se dirige hacia las cajas en las que estaban sus libros y extrae de una de ellas El idiota de Dostoievsky.

Iggy lee y relee la novela durante toda la madrugada.

Al despertar Bowie encuentra a su amigo escribiendo en un cuaderno.

Así es: Iggy Pop escribiendo como un poseído.

Su mundo, oscuro y salvaje, seguía siendo el mismo, pero a diferencia de años atrás, ahora sentía que podía controlar su depresión y autodestrucción naturales. Él, mejor que nadie, sabía que jamás iba a curarse, pero aquello no le impediría crear y lo haría a partir de ahora desde la administración de su depresión. La lectura de la novela de Dostoievsky había conectado con el músico. En los silencios de la novela, Iggy descubrió una luz y no fue renuente a esta luz.

Dos meses después, los creadores dieron por finalizada su encierro. Iggy tenía más de quince canciones escritas. Y venía lo más difícil: seleccionar las canciones y en esta empresa no había lugar a la equivocación.

Lou Reed se encontraba de paso por Berlín y decidió visitar a sus amigos, pero sin avisar. La encerrona de Bowie e Iggy había alimentado más de una leyenda, sobre esta se venía tejiendo las más alucinadas versiones. Y Reed no quería ser ajeno a esa leyenda. Los visitó y sin consultar se quedó cinco días con ellos.

En esos cinco días los tres amigos revisaron las letras de las canciones e intercambiaron opiniones sobre los arreglos musicales. Lou Reed puso orden en el festín creativo de Iggy, quien tenía claro el panorama desde el primer momento que Bowie lo rescató del hospital psiquiátrico: su debut como solista no tenía que parecerse en nada a lo que había hecho en The Stooges.

La grabación se llevó a cabo durante los últimos meses de 1976. A los músicos invitados les sorprendió encontrar a un Iggy más tranquilo y en franco dominio de sus ataques vesánicos. Ellos entendieron rápidamente lo que el músico les estaba proponiendo.

Uno de los más sorprendidos por el cambio musical de Iggy fue el legendario guitarrista Ron Asheton, quien en más de una ocasión le preguntó a qué se debía esa nueva ruta musical que proponía. Iggy, mejor que nadie, sabía que en los dedos de Asheton yacía la atmósfera de todas las canciones de su álbum debut. La tétrica pesadez del álbum dependía de la ejecución del guitarrista e Iggy le permitió más de una gollería.

Bowie estuvo presente en todas las sesiones de grabación, pero sin participar, porque su amigo tenía que trabajar como pez en el agua. Mientras menos intervenía, Iggy se sentía más seguro de sí mismo, además, Bowie era para él una inspiración alimentada en la sola contemplación. Por otra parte, cada cierto tiempo el recordado Martin Hannet se daba una vuelta desde Manchester, que cumplía una involuntaria función: corroborar los chismes de la encerrona, en otras palabras: que Iggy Pop estaba haciendo algo distinto, único.

Al terminar las sesiones de grabación, un aspecto empezó a preocupar a Iggy: la portada. Lo lógico hubiera sido que la producción se encargue de ella. Pero en una noche de salvaje intensidad con Bowie, Iggy le cuenta esta preocupación, una preocupación que amenazaba con descontrolarlo, capaz de quebrar las barreras que reprimían su depresión y euforia contenida. Tenemos que saber que toda persona en proceso de desintoxicación es candidata privilegiada a caer a la más mínima preocupación.

Entonces Bowie recordó que semanas atrás había estado caminando con Hannet y Vinny Reilly. Los tres buscaban un bar, no solo para beber, sino también para llevarse a la cama a alguna beldad africana, presentes en las ciudades alemanas a causa del contexto de las Fronteras Abiertas. En esa búsqueda del bar, encontraron uno ubicado en el sótano de un edificio. Sin embargo, en la puerta de entrada del edificio vieron una placa bañada en oro que dada cuenta del ilustre invitado del departamento 977. En este departamento, en 1917, el pintor favorito de Bowie, Erich Heckel, hizo el Roquairol, en tributo a su amigo Ernst Ludwig Kirchner, herido de gravedad en La Primera Guerra Mundial.

Bowie no fue ajeno a la epifanía y él mismo se encargó de la portada del álbum. Dirigió con desmesurado compromiso la sesión de fotos. Más de quince mil fotografías (no por nada, la portada de The Idiot es la mejor de la década del setenta.)

El álbum salió en 1977.

Los seguidores del artista lo recibieron con aprobación y extrañamiento, y muchos críticos calificaron el álbum como un gran paso en su carrera, pero a la vez se mostraron excesivamente cautelosos con lo que Iggy haría después. Sin embargo, fue el crítico Lester Bangs quien señaló que el músico volvería, en un futuro cercano, por las vetas ya recorridas en The Stooges, y que la real valía de The Idiot se vería en el tiempo, el cual haría de este el mejor trabajo de Iggy Pop, a quien todos ya creían devorado por los gusanos.

G. Ruiz Ortega

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