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El extraño caso de Heisenberg y Mr. White

Por: Marco Zanelli Berríos

Como toda obra maestra que se alimenta de sus mayores, en Breaking Bad se halla la inevitable huella de El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Pese a que las separe dos siglos de distancia, la serie creada y producida por Vince Gilligan parece estar configurada por el mismo hilo de la novela de Robert Louis Stevenson, aunque sus resultados se noten en pliegues distintos, productos de las variaciones intrínsecas a la historia y, en especial, al formato audiovisual.

A toda vista, ambas son obras cuyos personajes experimentan indebidamente con la ciencia, y en las que, desde el primer capítulo, se nos presenta la eterna dualidad del ser humano en disputa: un espíritu noble a punto de corromperse por las ineludibles fuerzas del mal. Las similitudes saltan a la vista y es imposible escapar a la caprichosa tendencia de atar cabos: ¿no es acaso Heisenberg una versión remasterizada de Mr. Hyde y el grisáceo Walter White una proyección remota de Dr. Jekyll?

Así, por un lado, está el hombre de familia, racional y metódico, bonachón y cariñoso. Por otro, el fabricante de cristales, el asesino en serie y el brillante criminal del imperio de las drogas en Nuevo México. Dos caras de una moneda que se encuentran en pugna por apoderarse de alguien que se sabía bueno como cualquier gentil hasta que, un mal día, se desvía y pone de manifiesto el horroroso lado de la naturaleza humana. Esta lucha, por supuesto, genera conflictos que motivan los espectadores a amar y odiar al protagonista principal. En este sentido, asistimos a un logro de la serie: la dualidad de nuestro protagonista también se convierte en la del espectador de turno. ¿Acaso no nos hemos sentido identificados (o en todo caso tentados) con Walter White? En otras palabras: conectamos con la configuración moral de White.

Sin embargo, aun con personajes  que exhiben una configuración de claroscuros, característica que necesita una historia de alta intensidad, la serie marca una clara diferencia con la novela de Stevenson gracias a un factor iluminador que la conduce durante sus cinco temporadas y que, quizá, sea su cima narrativa: la alteración en la personalidad de Walter White no es producto de un experimento químico, sino de una serie de acontecimientos que impactan su universo psicológico al punto de hundirlo en constantes dilemas morales.

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Y en esta red de dilemas, White no está solo. Lo acompaña un paraguas de personajes entrañables que conforman su círculo más íntimo y entre los que destacan su esposa Skyler, quien se libra de los tapujos de ser una mujer criteriosa para transformarse en una cómplice de los crímenes de su esposo, y su compañero Jesse Pinkman, un muchacho sin brújula, perdido entre las drogas y la vida irresponsable, que se convierte en la coherencia moral de la serie, un contrapeso necesario para que el espectador aún conserve la esperanza de la redención.

Un guion potente

 Antes de convertirse en el creador de Breaking Bad, Vince Gilligan formó parte del equipo de guionistas de la noventera X Files. Seguramente, una experiencia que le dotaría de las dosis de misterio necesarias para, años más tarde, escribir la trama de una serie oscura y divertida que, en su momento, fue considerada por el CEO de la cadena de televisión Sony como “la peor idea para un show televisivo que he escuchado en toda mi vida”.

Una anécdota no menor que nos permite constatar el nervio con el que nace el programa, los aspectos perturbadores y truculentos que aborda y que buena parte del mundo de hoy, azucarado y light, teme afrontar. Y es que, ¿cómo resistirse a la sola sinopsis de Breaking Bad si de por sí ya luce sugerente? Resumámosla mezquinamente: un infravalorado profesor de química recibe la noticia de que padece de cáncer pulmonar y, en un arrebato por dejarle un jugoso legado económico a su familia, se dedica a la preparación de metanfetaminas. ¿No es inquietante y encantadora?

De esta manera, Gilligan y el equipo de guionistas supieron desarrollar una historia que combinara el misterio, la comicidad y el intimismo como elementos disparadores de empatía. Precisamente, a la par que los personajes son vistos desde la acción que los ocupa (elaborar drogas, perseguir a los narcotraficantes, planear asaltos, etcétera), de igual modo los observamos desde su vida cotidiana y todo lo que esto implica: relaciones maritales ásperas, virtudes y miserias de ser un padre/madre de familia, el desarrollo de vínculos afectivos entre cómplices, entre otras situaciones. Los capítulos, por otro lado, son un despliegue soberbio de recursos narrativos: pueden ir desde atrás hacia adelante, comenzar en in media res o con una digresión satírica, así como aprovechar los tiempos muertos para redondear la psicología de cada uno de los protagonistas, como los monólogos de Walter White que son fuentes de diversas interpretaciones y que perfilan su rol de antihéroe.

Así, mientras se seguían las directrices de la “narración estándar” (Vila-Matas dixit), de la acción anclada en persecuciones y en la producción de una tensión in crescendo, también se experimentaba con episodios en los que, aparentemente, no sucedía nada sustancioso o se dilataba la tensión más allá de lo que el espectador acostumbrado al blockbuster espera. Uno de ellos, y que generó polémica en su momento por esta “baja intensidad”, fue La mosca, capítulo en el que el tándem White-Pinkman intenta matar una mosca a pedido del químico, ya que, según él, la preparación de su droga pura puede quedar contaminada por la presencia del insecto. Se trata, sin lugar a dudas, de una metáfora potente que halla su cumbre en el soliloquio de White (soliloquio que, con toda justicia, nuevamente Vila-Matas califica de “faulkneriano”).

Gracias a todos estos ingredientes, la evolución (o involución) de los personajes resulta convincente: el anodino Walter White se deja tragar por el monstruo de sus complejos y egoísmos; el nihilista drogo e indolente Pinkman, luego de pérdidas y continuos descensos a los infiernos, es un espectro en busca de un perdón inasible; la prudente y risueña Skyler, después de entrometerse en asuntos turbios, termina convertida en un ama de casa sombría y solitaria; el adolescente Walter Junior, tan inocente, deriva en un joven atormentado; y así sucesivamente en todos los protagónicos, menos en algunos secundarios, como los divertidos e inútiles Badger y Skinny Pete, puestos en escena para servir de bisagras hacia otra secuencia o catapultar la aparición de nuevos protagonistas.

Por último, aparte de la dupla interpretada magistralmente por Bryan Cranston y Aaron Paul, cabe resaltar a otros dos personajes que enriquecen la serie y le suministran un matiz cómico: el extravagante e hilarante abogado Saul Goodman (interpretado por Bob Odenkirk y que ya cuenta con su propio spin off) que ayuda a los criminales a salirse con la suya mientras, de paso, él hace su pequeña fortuna a costa de sus fechorías, y el cuñado de Walter White, Hank (Dean Norris en estado de gracia), implacable agente de la DEA que no deja respiro a los narcotraficantes y a quien sus propios compañeros, por ignorancia, ponen trabas en su valiosa labor investigativa. Con ellos, Breaking Bad se libra del tono solemne al que puede conllevar el drama que exhibe.   

Limpieza visual

Al ser una serie que gira en torno al mundo de las drogas, las secuencias que transcurren en espacios cerrados y asfixiantes abundan: los laboratorios asépticos, la autocaravana donde se fabrican las primeras metanfetaminas de color azul, casas en ruinas habitadas por adictos a punto de morir, habitaciones de moteles, salas de gessell para interrogar a los delincuentes, entre otros. Pero a la vez que se nos familiariza con este tipo de lugares sórdidos o fríos, también se nos muestra una geografía singular: los parajes desérticos de Albuquerque (Nuevo México), escarpados y de cielo amplio, en los que, en medio del silencio y de un sol calcinante, suceden asesinatos múltiples, negociaciones con el cártel, etcétera.

A este repertorio de planos abiertos, en su mayoría paisajísticos, se contraponen otros primeros o primerísimos que resaltan los detalles de la preparación química o los gestos claves en los rostros de los personajes, una fijación por la expresión corporal que, a veces, comunica más de lo que enuncian. Gracias a ellos, somos capaces de intuir el próximo plan de Walter White o la perturbación de Pinkman, ya que tratamos de decodificar en estos acercamientos lo que sus movimientos tratan de decir. Además, el juego de sombras se hace más evidente conforme el espíritu del protagonista se corrompe: por eso, no es gratuito ver a White lanzar sus frases lapidarias (“Yo no estoy en peligro, yo soy el peligro”) mientras un lado de su rostro está velado por la oscuridad, ya que este le confiere una carga más pavorosa y delirante.   

Por otro lado, Breaking Bad no es ajena a rendir cuentas con sus referencias cinematográficas. No en vano se trata de una serie que ha sido rodada con cámaras de 35 mm y no en el típico formato digital de otros programas televisivos. Y no en vano la huella del western ocupa buena parte de su estética, tales como esas confrontaciones a pistoletazos que incluyen los siempre pertinentes planos americanos, o esa textura amarillenta o de colores sepia que invaden de pronto las escenas en las zonas fronterizas con México. Igualmente, en su narrativa audiovisual se notan los vestigios de alguna secuencia psicotrópica de Pulp Fiction o Trainspotting, acompañados de un soundtrack que juega entre lo pop y el rock psicodélico.

Ahora, si todas estas argucias ya hacen del programa una obra visual de admirable factura, no pueden dejarse pasar algunos elementos que refuerzan el voltaje simbólico de los personajes. Tres ejemplos patentes: el cuadro que observa White mientras convalece después de su operación (un óleo en el que se observa a un hombre remando solo hacia altamar mientras su familia se despide de él), el sombrero oscuro que usa cuando se siente más Heisenberg que nunca (un seudónimo que le sirve para hacerse de fama en el mundo del hampa) y el color morado presente en casi todo lo que rodea o viste su cuñada Maurie, mujer neurótica con problemas de cleptomanía. Este tridente de sutilezas que se riegan a lo largo de las cinco temporadas sirve, también, para enriquecer el análisis semiótico al que se presta la serie, es decir, esta escapa a la mera interpretación lineal, rehúye del lugar común de la trama.

Una coda sobre el mal

 ¿Cómo luce el mal?, es una pregunta que ha fascinado a buena parte de la filosofía occidental. ¿En quiénes cobra corporeidad esta entelequia? ¿De qué manera se manifiesta? Para la filósofa Hannah Arendt, el mal se manifiesta de dos maneras: el radical, derivado de la aniquilación moral de la persona y del desentendimiento interior de sus actos terribles; y el banal, proveniente de la ignorancia, del “no pensar”, sino tan solo seguir las órdenes a las que se atiene dentro de un sistema en esencia corrupto. En Breaking Bad, el mal se expresa de ambas maneras y habita en un hombre de apariencia común que puede, con mucha ternura, darle el biberón a su hija después de haber asesinado a sus enemigos en tan solo dos minutos. Sin embargo, aunque el panorama se torne progresivamente desesperanzador, aún cabe una luz al final del túnel en esta obra maestra.

 

 

 

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