Creación

“Una llamada del país extraño”

Por: Stuart Flores

Luego de la muerte de papá, mi madre buscó la forma de mantenerlo vivo. Por ejemplo, jamás hablaba de él en tiempo pasado y tampoco permitía que yo lo hiciera. En una ocasión, afirmé ante un grupo de familiares que a mi padre le encantaba el omelette. Mi madre entonces se levantó del asiento y su mano fue rauda a posarse en mi rostro.

Había tardes en que llegaba de la universidad y veía a mi madre hablando por teléfono con papá. En realidad, no existía nadie al otro lado de la línea. Lo que hacía ella era simular una conversación con mi difunto padre, quien se suponía que estaba en un país extraño. Mamá entonces le daba noticias triviales de nosotros: a ella la ciática no la dejaba en paz y a mí aún no me quitaban la beca.

En el fondo sentía lástima por aquella mujer. Jamás le pregunté qué noticias le daba papá de su estancia en aquel país extraño. Pensaba que, entrando a su juego de mentiras y siguiéndole la corriente, solamente lograría que ella se volviera más loca de lo que ya estaba. Por tanto, mi silencio era infinito a la hora de la cena (el único momento que pasábamos juntos), y apenas me acercaba a ella para besarla en la frente y desearle las buenas noches.

Una tarde, mientras estudiaba para un examen, llamaron al teléfono. Como mamá no regresaba del hospital, asumí que era ella. Me diría que esa noche se quedaría a hacer turno de guardia y que me pidiera una pizza para cenar.

Cuando me coloqué el auricular y me disponía a escuchar la voz tímida de mamá, al otro lado oí un gran cúmulo de voces y un resoplido. Pregunté entonces quién era y una voz aflautada me dijo que era papá.

Hasta ese momento me pareció una broma de pésimo gusto. Para empezar, la voz de papá era gruesa, taladraba el oído y de un grito hasta podía dejarte desorientado. La suave voz que ahora escuchaba no podía ser la suya, por lo que tomé el incidente como una tomadura de pelo. A quien estuviera imitando a mi padre, le advertí que colgaría.

—Antonio, tengo prisa. Estoy en el maldito aeropuerto y no espero la maldita hora en que tu maldita madre venga a recogerme de una maldita vez.

Si me están jugando una broma, me la vienen jugando bastante bien, pensé.

Papá era la única persona que podía maldecir tanto. Aquello me dejó helado. Intenté hacerle una pregunta que solo podía conocer mi padre, como, por ejemplo, cuál era su marca favorita de cigarrillos, pero la persona al otro lado del auricular había colgado.

Con el tubo aún en la mano, me derrumbé en el sofá y me entregué a mis pensamientos. Si mamá tardaba en llegar era porque, en efecto, ella había ido al aeropuerto a esperar a mi padre. ¿Y él de dónde venía? ¿Del país extraño? ¿Entonces no había muerto? ¡Pero si yo mismo lo vi en el ataúd hace ya tantos años! ¡Lo vio todo el mundo!

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Ciertamente, estaba aturdido. Aquella noche decidí pasarla en vela esperando a mi madre. Sin darme cuenta, me dormí. Al despertar seguía arrellanado en el sofá y con el auricular en la mano. Mamá ya había llegado hace rato y se encontraba en la cocina preparando el desayuno.

Me senté a la mesa e hice chirriar mi silla para que sintiera mi presencia. Luego le pregunté qué había hecho la noche anterior. Al parecer, mi tono policial no le gustó nada, pues volteó, me miró con desagrado y dijo:

—Báñate para que desayunes.

Fui al baño convencido de que todo había sido una alucinación producto de mis pocas horas de sueño debido al estudio. En la ducha, dejé que el agua fría me cayera directo a la nuca, cuando sentí el timbre del teléfono. Cerré de inmediato el grifo.

Esta vez había ido mi madre a contestar. A los pocos segundos empezó a gritar mi nombre.

Salí del baño con una toalla amarrada a la cintura y me acerqué extrañado hacia donde estaba mi madre. Ella, tapando la bocina del auricular con una mano, me dijo que la llamada era para mí.

 —¿Quién me busca? —le pregunté.

 —No me quiso dar su nombre. Ha de ser algún amigo tuyo.

Cogí el tubo y mamá se fue a la cocina. Pegué el oído sobre el aparato y volví a escuchar un resoplido. Después, la voz aflautada del día anterior.

—Tu maldita madre y yo nos peleamos en el maldito aeropuerto. Tuve que pasar la maldita noche en un maldito hotel. ¡Oh, maldición! ¿Cuánto más puede soportar un hombre como yo?…

No dejé que continuará y colgué de inmediato. Desde la cocina, mi madre me llamaba para desayunar. Fui hacia allí.

Estuve largo rato observándola y sin comer nada. Cada vez que discutían, mi padre dejaba lo que estuviera haciendo y se iba a dormir a un hotel. Era su costumbre. Solo ella, que lo conocía tanto, podría jugarme una broma así.

—¿Harías el favor de comer lo que te he servido? —preguntó. Miré mi plato y le dije:

—Detesto el omelette, es lo que más detesto en este mundo.

—A tu padre le encantaba.

Al oírla referirse a papá usando un verbo en pasado casi me desmayo. ¿Quién era esa persona que tenía frente a mí? ¿Era realmente mi madre? Tal vez estaba atravesando un momento difícil. Quizá había decidido olvidar a mi padre y, después de muchos años de negación, al fin darlo por muerto.

Aquella mañana no fui a estudiar. En la noche volvió a llamar mi padre y me contó que posiblemente se quedaría a vivir un tiempo en el hotel. No ha dejado de llamarme hasta ahora y, ya menos reacio a creer en su sorpresiva resurrección, he terminado por aceptar que está vivo. Para entretenerlo, algunas veces le cuento las cosas triviales que nos aquejan a mamá y a mí.

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