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“Informe bajo tierra”

Por: Jhonny Pacheco

Los años de la violencia interna es un tema que tiene seguidores y detractores en nuestra literatura, ya que evidencia la desidia del Estado, el autoritarismo de las Fuerzas Armadas, así como el desdén de la ciudadanía ante su pasado reciente y las minorías afectadas por este conflicto. En este rubro de “escribir sobre la herida”, podemos hallar algunos textos representativos, por ejemplo, Rosa Cuchillo, de Óscar Colchado; Abril Rojo, de Santiago Roncagliolo; Grandes miradas, de Alonso Cueto; La guerra a la luz de las velas, de Daniel Alarcón; La voluntad del molle, de Karina Pacheco; Generación cochebomba, de Martín Roldán; Incendiar la ciudad, de Julio Durán; Saber matar, saber morir, de Augusto Higa; La sangre de la Aurora, de Claudia Salazar, entre otros. Cada uno de ellos aborda, desde su propia perspectiva, tópicos comunes: el cuerpo, la libertad y la violencia social. A partir de estas configuraciones, se desprende un tratamiento heterogéneo (la familia disfuncional, la pasión prohibida, la juventud sin norte, el miedo y la parsimonia atosigante, la injusticia social, la corrupción generalizada, etc.) que muestra la imposibilidad de una emergencia vital y personal: el conocimiento de la verdad. Cuando esta significación se despierta dentro del marco social o de los protagonistas, lo circundante principia a trastocarse hasta que los mismos actuantes se convierten en cuerpos que deambulan sin mayor deseo y libertad.

En este cauce temático, situamos la ópera prima de Erick Ramos, Informe bajo tierra (Editorial Arte y Literatura), que fue finalista del Premio Latinoamericano de Novela ALBA Narrativa 2015, en Cuba. La historia presentada es la del periodo llamado “posconflicto” armado en el Perú, donde el trauma de la violencia interna no se ha superado ni la reconciliación política se ha gestado; debido a ello, a nivel sociológico, colegimos la indiferencia de la capital limeña ante los hechos ocurridos en la sierra peruana. En torno a estos avatares, el protagonista Rafael Olazábal trasunta en medio de una enfermedad social que lo agobia, la frivolidad, ya que es un docente universitario que “deambula” entre aulas, hostales, oficinas de antropología forense, y la anomía de una vida excitante sin vitalidad, pues se encuentra atrapado en la apariencia de un status que intenta mantener.

Ahora bien, al leer Informe bajo tierra no presenciamos una mera descripción de situaciones colocadas en el imaginario colectivo: perros colgados, arengas senderistas, regímenes autoritarios, etc. Lo que presenta el autor es la verticalidad de los hechos, es decir, delinear desde las situaciones banales de los actuantes limeños hasta el desgarro testimonial de las víctimas del conflicto. Así, hacemos una inmersión en la cotidianidad del solipsismo con el profesor Josué Carranza, hombre correcto, de gestos robotizados, que piensa en los automóviles, trabajo y reputación; Sandra, una mujer casada que atraviesa una crisis matrimonial por lo que intenta mitigar su incertidumbre al convertirse en amante de Olazábal; Ricardo Ninahuanca, historiador e integrante del Centro de Investigaciones Antropológico-Forense (CIAF), que investiga las muertes extrajudiciales en las zonas de emergencia del país, pero que demuestra un comportamiento frívolo ante los familiares de los desaparecidos; Ignacio Fernández, jefe de Olazábal y Carranza en una universidad privada, individuo de modales amanerados, quien vive en una comodidad social y que sospecha de la conducta moral de los profesores a su cargo, puesto que arriesgarían su posición laboral; Eva Sáenz, mujer enigmática y solitaria, de conversación cortante y cínica, que el protagonista conoce en una heladería; Mercedes Tucta Ávalos y Clotilde Uscata, testigos y damnificadas de la guerra interna. Todos se encuentran en un laberinto sórdido, sin pensar en el otro, el prójimo, pues nadie quiere quedarse fuera del sistema que los aliena; ellos solo buscan elaborar su “informe” económico, moral, existencial, ético, testimonial; no obstante, como cualquier documento, solo será leído por una élite sin incidencia en el mundo real.

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El título de la novela, Informe bajo tierra, resulta antitético con lo que se desarrolla en su trama, dado que se describe la epidermis de la clase media alta que se encuentra de espaldas a la realidad, por un lado; y el del estrato social popular que busca encontrar una justica civil a sus parientes victimados, por otro lado. Incluso, el protagonista no realiza un viaje físico en su entorno significante, sino que se envuelve y se embadurna del letargo corriente; ni la aventura amatoria con Sandra logra desterritorializarlo de la modorra en la que se han precipitado sus colegas, amigos, colaboradores y familiares. Olazábal transita sobre el pavimento de nombres, informes, tesis, carros, hoteles, helados, conversaciones, sin alguna orientación en su vida. Siente que las apariencias, la oficialidad, lo consumen, ya que su libertad se encuentra cercada, situación que solo comprobará ante el funesto desenlace de los demás.

En varias partes de la novela, el cuerpo, el sexo y la libertad son mellados o censurados. A cada momento Olazábal se siente mancipado a los discursos externos, a las interdicciones de la Ley, lo que se debe decir y hacer. Por ejemplo, en su labor pedagógica, Olazábal no puede comentar algún suceso de la historia peruana última; tampoco desear a una mujer, sea alumna o profesora, del centro universitario en el que trabaja; menos aún despreciar las ofertas de carros que Carranza le ofrece debido a la cordialidad y amistad. En el aspecto sexual, los encuentros amatorios con Sandra denotan una superficialidad de caricias apasionadas; también un distanciamiento narrativo en plena actividad carnal que le permite describir, registrar y reflexionar sobre su accionar sin desvivirse por su acompañante. En cuanto al ámbito corporal, este es trastocado frenéticamente, tanto por la impiedad del silencio como la incomprensión del Otro, quien observa, escribe y narra la línea discursiva histórica de los cuerpos torturados y desaparecidos por la política represiva del conflicto armado.

Otro aspecto a destacar es la prosa sencilla, clara, sin mayores ambigüedades ni dramatismos de Erick Ramos. La linealidad es el resultado de esa pasividad y comodidad de sus personajes ante la mediocridad que los ha invadido, así también burocratizado, hasta convertirlos en individuos planos, sin peripecias o conflictos psicológicos, puesto que son perfilados en una realidad sin credo, sin ideologías, donde “el buen trabajo” y la ralentización es el leitmotiv de cualquier trámite o asunto. Este sopor, además, lo vive la ciudadanía edificada luego de la pacificación política, en la cual el autoritarismo y el crimen son el soporte, los pilares ocultos, de esta construcción amodorrada moralmente; por ello, esta verdad enterrada es la que se intenta descubrir y comprender en los extensos informes testimoniales; empero, la exhumación de los cadáveres y los recuerdos luctuosos terminan por aplacar la investigación ante el horror de lo real.

Con todo ello, Informe bajo tierra, de Erick Ramos, es un novela que nos conduce hacia las consecuencias de una política maquiavélica, donde el fin justificó los medios de tortura, asesinato, control autocrático y corrupción, en el que el cuerpo, la libertad, el sexo, la ralentización y el amor por el status social son las bases del tótem que se arraiga a la tierra, lugar en el que se hallan los desaparecidos sin identidad ni nombre, base y raíz de una sociedad alienante en busca de dinero, capital denigrante del olvido.

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