Rescate/reseñas

Desde las entrañas de Moscú

Por: Joe Iljimae

Novela con cocaína de M. Aguéiev rompe sin escrúpulo alguno dos de los Mandamientos más polémicos y fundamentales del Antiguo Testamento: No tendrás dioses ajenos delante de mí y Honrarás a tu padre y a tu madre. En primer término, a razón de la afición del narrador por el libertinaje absoluto (sexo, drogas, alcohol, etc.), y en segundo lugar, por la inquietante repulsión y odio que posee Vadim Másliennikov por su anciana y enfermiza madre. De esta manera, Novela con cocaína logra proyectar en el lector una especie de vértigo, de turbación atractiva que derrumba, de un solo golpe, cualquier viso de moralidad y espíritu “justiciero” que intente imponerse a lo largo de su lectura.

Es poco inusual que la narrativa rusa no escarbe el lado más vil del ser humano. Y también es algo excepcional que no se desenvuelva con brillantez en el manejo de la tensión psicológica de su corpus narrativo. En esta línea, Novela con cocaína de M. Aguéiev demuestra la vigencia de la narrativa rusa dentro del imaginario de la novela del siglo XX.

Llegué a esta novela el 2013 gracias a un amigo que me comentó que venía leyendo un libro titulado Novela con cocaína, escrita por un escritor ruso que respondía al seudónimo de M. Aguéiev. Confieso que de golpe esta confesión me dejó sorprendido pues jamás había oído hablar sobre tal autor ni de su libro de tan sugerente título. De inmediato le exigí a este amigo información sobre el libro y le pedí que, por favor, me lo prestara para sacarle una copia ya que era casi imposible hallarlo al tiro.

En efecto, al día siguiente saqué una fotocopia a la novela junto a un ensayito del inefable y cerebral Bourdieu y me fui feliz a mi tabuco. Leí Novela con cocaína dos o tres horas después y el deslumbramiento fue brutal. Su arranque narrativo, tan indolente, caótico y parricida, me subyugó por completo. Descubrir cómo el protagonista del libro mostraba un rechazo y repudio total contra su madre (quien se me presentó como una viejecita que daría la vida por su hijo), me remeció hasta la médula.

Ella, con esa sonrisa lo expresa todo: sabe que he dado órdenes para que no la dejen acercarse a mí, que va a morir, que no está enfadada conmigo, que me comprende, que entiende que no se puede amar a un ser como ella”, dice el narrador.

Me di cuenta, entonces, de que me había topado con un escritor inescrupuloso y honesto, con un escritor que no temía destrozar los muros de la moral y la decencia humana; un escritor que pisoteaba “la justicia” y que mostraba lo que muchos de nosotros evitamos ver y, sobre todo, sentir.   

Novela con cocaína gira en torno a un misterio que durante más de medio siglo fue construyendo hipótesis, tesis, enigmas, alusiones, chismorreos, atribuciones e inocentes sugerencias acerca de su autor. ¿Quién era Aguéiev? ¿De dónde salía? ¿Por qué no aparecía? ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía? En más de cincuenta años nadie, pero absolutamente nadie, lo llegó a saber.

Todo empieza a principios de 1930, cuando a la redacción de la revista Cifras (revista editada por emigrados rusos en París), llega un manuscrito desde Constantinopla, firmada por un tal M. Aguéiev. Al leerse el texto los responsables de la revista aprueban su publicación por fascículos semanales. Luego, ya en 1936, la novela por fin se publica en formato de libro y la crítica la recibe de manera inusual. La atención de los expertos se centra rápidamente en dos aspectos concretos. En primer lugar, en “la sinceridad casi cruel con que el autor afronta una temática prácticamente inédita en la literatura rusa, que suele pasar de puntillas por los aspectos más escabrosos de la realidad”; y en segundo término “por la singularidad y la magia de su estilo (sic)”. Sin embargo, a pesar de toda esta acogida Novela con cocaína quedó sepultada en el olvido.

En 1980, cuando todo suponía que la novela de Aguéiev había desaparecido por completo, un grupo de estudiantes franceses logró rescatarla y la volvió a publicar. El éxito fue absoluto. Hubo traducciones, estudios de investigación, reportajes y los debates sobre el misterio de M. Aguéiev se puso otra vez sobre el tapete. ¿Quién era M. Aguéiev? ¿Quién se escondía tras ese nombre? Dada la calidad de la obra y la desesperación de algunos estudiosos, se atribuyó la autoría de esta novela a conocidos escritores como Iván Bunin y Vladimir Nobokov. Sin embargo, estos supuestos fueron rechazados por los mismos autores.

Finalmente, ya en 1994, tras un exhaustivo estudio documental de Marina Sorokina y Gabriel Superfin, se llegó a confirmar que el auténtico creador de Novela con cocaína era un profesor llamado Marko Levi. ¿Marko Levi? Este nombre, como era de esperarse, decepcionó a muchos y aniquiló la morbosidad que se había ido tejiendo a lo largo de los años. Además, no se conocía ninguna otra obra del autor y se supo que había muerto en 1973, tras una azarosa y vertiginosa vida entre Alemania, Rusia y Turquía. El dato más destacado de la biografía de Levi, según el estudio de Michel Parfenov (Zagadka v piati diestviaj, París, 1995), es que fue deportado de Turquía a la URSS a causa de un intento de homicidio contra el embajador alemán en Turquía.

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Novela con cocaína se divide en cuatro partes (El instituto, Sonia, Cocaína y Pensamientos) y la narración, escrita en primera persona, posee un tono confesional que permite al lector ponerse en los calzados de su personaje. Vadim Másliennikov, el excéntrico y desbandado estudiante, es el arquetipo tradicional de la literatura rusa: un hombre atormentando, lascivo, bipolar e infeliz. Sus pasiones o ideales lo llevan a las cumbres de los precipicios más peligrosos del alma humana y su propio egoísmo gangrena a toda la gente que lo rodea. De esa forma vemos cómo aborrece y humilla a su madre, cómo contagia y utiliza a Zínochka, cómo mancilla y envilece a Sonia, cómo se destruye así mismo. Durante una de sus reflexiones, Vadim apunta:

La idea de que, si no nos volvemos completamente salvajes, si no matamos a los otros en nombre de la justicia pisoteada, es solo porque somos cobardes, corruptos, ávidos y en general malvados”.

En lo personal, me quedo con el capítulo titulado Pensamientos por su tono reflexivo y por los cuestionamientos morales y existenciales a los que se enfrenta el protagonista:

“¿Será el alma humana algo semejante a un columpio que, tras recibir un impulso hacia el lado de los sentimientos humanos, muestra una predisposición a desplazarse hacia el lado de los sentimientos más salvajes?

Otro de los puntos más notables de esta novela, son las observaciones sobre la concepción la mujer.

¿Qué es una mujer? Pues claro que lo sé. La mujer es como el champán: frío se sube antes a la cabeza y si es de origen francés cuesta más caro”.

O:

Para un hombre enamorado todas las mujeres son mujeres, a excepción de aquella a la que ama, a la que considera una persona. Para una mujer enamorada todos los hombres son personas, a excepción de aquel que ama, al que considera un hombre”.

Frases como estas se hallan regadas a lo largo del texto. Sin embargo, todas están interconectadas por acciones o movimientos de sus personajes, justificadas por operaciones psicológicas que enriquecen la novela y que anulan el velo efectista que podría imponerse en la misma narración.

Hay que rescatar también la estructura empleada en la obra. Aunque está escrita de manera lineal, no faltan algunos agregados que le confieren un toque de originalidad en cuanto a la forma. Por ejemplo, la carta agregada por Sonia en uno de los capítulos finales de la parte II, el salto de pasado a presente (aunque de forma descuidada y poco persuasiva como muda temporal) y en las últimas páginas, donde el narrador desaparece y otorga la voz a otra persona que completa y cierra el círculo de la historia.

El uso del lenguaje, por otro lado, es magistral. Combina con gran habilidad los modelos clásicos rusos y la vanguardia aplicada en el siglo XX. Las descripciones, por ejemplo, resultan epifánicas:

Por todas partes se oía el rumor metálico de pasos; desde los tejados el humo se difundía en forma de columnas tan blancas que la ciudad parecía una lámpara gigantesca suspendida en el cielo”.

O:

Por la noche dejó de llover, pero las aceras y el asfalto aún estaban mojados y los faroles reverberaban en ellos como en lagos negros”.

Aunque el título haga sugerencia explicita a los narcóticos, el problema de la droga solo llega a formar parte de un capítulo más de toda esta novela. Sin embargo, las consideraciones, desarrollo y efectos de la drogadicción en el personaje son realmente lúcidas y sus revelaciones son más que magistrales.

Se podría decir que Novela con cocaína trata sobre el trayecto de aprendizaje o descubrimiento de un adolescente en camino a la eterna juventud. Todo esto envuelto dentro de una visión crítica en la que se va desgranando un entorno hostil, machista y repugnante, de la mano de un sutil escarnio mezclado con juicios de valor sinceros, pero al mismo tiempo, descarnados. Este vago de Moscú dice haber hallado la vía para obtener la sensación de felicidad con cada una de las esnifadas que conducen sus inmundas y delirantes noches.

Esa capacidad de la cocaína para provocar una sensación física de felicidad no guardaba ninguna correspondencia psicológica con los acontecimientos exteriores que me rodeaban y atormentaban”.  

La temática de esta novela muestra el tratamiento estético que hasta entonces solo habían sido tocados por los poetas decadentistas y por algunos narradores de la talla de Thomas de Quincey. Se podría decir entonces que este libro es una suerte de epígono y precursor de los libros que durante la segunda mitad del Siglo XX se escribirían sobre la experiencia del efecto de la droga, con desenvoltura y afán de provocación, tanto en ficción y no ficción. Pensemos en El almuerzo desnudo de William Burroughs y Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe.

Por su parte, el misterioso Marko Levi, no volvió a publicar nada más el resto de su vida. Es como si esta obra no le hubiera importado como novela, sino más bien, como un instrumento de purga para su atormentado corazón.

 

 

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