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Marco Avilés: “Yo me siento más unido a las montañas que a la ciudad”

De dónde venimos los cholos (Seix Barral, 2016) del cronista Marco Avilés viene imponiéndose como una de las publicaciones más sugerentes del año. En sus páginas, Avilés nos testimonia sobre los senderos de la identidad, pero también nos entrega la radiografía de una realidad peruana que desconocemos y que juzgamos desde una posición que asumimos como privilegiada. Con esta entrega, el autor demuestra por qué es considerado como uno de los mejores cronistas en español.

 G. Ruiz Ortega

De los ensayos, artículos y crónicas que te he leído, los que se agrupan en esta publicación, yacen en una voz mucho más comprometida. Uno de los temas, ya sea de manera velada o abierta, es pues el racismo, con todas sus letras. Un tema que desde distintas disciplinas aún no se le encara, sino que para referirse a él se hace necesario cubrirlo de no pocas capas conceptuales.

Algunos pasajes del libro cuentan escenas sobre la discriminación que sufren los cholos, es cierto. Pero el libro está atravesado por otros problemas menos evidentes: el conflicto ciudad-campo, el urbano centrismo de la cultura en que vivimos (esa idea de que la ciudad es la cumbre de la cultura y el campo, el extremo opuesto). Después de recorrer el Perú, uno termina preguntándose por qué la tercera parte del país insiste en embotellarse en la capital.

Como si la ciudad fuera una suerte de paraíso.

El hombre de la ciudad está, por lo general, cargado de prejuicios tontos sobre el mundo rural. Lo desprecia sin conocerlo. De dónde venimos los cholos trata también de la dimensión geográfica de la discriminación. Al hombre de la ciudad le importa un pepino el desarrollo del campo. Mientras Machu Picchu exista, todo ok.

Cuentas una experiencia que te golpeó mucho, de la que deduzco te llevó a barajar más la idea de abordar el tema del racismo. Estás en una de las salas de investigación de la Biblioteca Nacional y te encuentras con un compañero de tu colegio. Lo llamas por su nombre y este, ante tu insistencia, termina amenazándote. Su reacción contra ti era también una barrera con su pasado.

Era rencor. De niño se tragaba sus sentimientos por miedo, pero de adulto nada le impedía mostrarlos. ¿Cómo manifiestan su rencor todos los cholos que han sido maltratados en la escuela, en el trabajo?

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En estas crónicas es muy patente el espíritu de convivencia. No relatas desde la distancia, menos desde el asombro primerizo, sino que te guías por medio de un asombro cotidiano. Es decir, no eres un ave de paso que va a tomar nota, percibo de tu parte una compenetración con las personas que vas conociendo y que prácticamente sostienen todos los textos de la publicación.

A muchos de los pueblos que aparecen en el libro viajé varias veces y por largas temporadas. Dormí donde la gente duerme. Comí lo que la gente come. Bebí lo que la gente bebe. Pero nunca me obligué a cumplir estas experiencias como si se trataran de tareas periódisticas, sino que las disfruté de manera natural. Mi familia es de los Andes.

Es decir, ir a los Andes no lo asumiste como una tarea a cumplir, una labor de campo en pos de lo que pensabas escribir.

Ir a los Andes, para mí, no es una expedición al fin del mundo sino un placer que me conecta con el pasado de mi familia. Yo me siento más unido a las montañas que a la ciudad. Esto lo descubrí escribiendo y viviendo este libro.

Esta suerte de contacto con los lugareños, lo vemos en las peleas que se llevan a cabo en el Takanakuy, en Chumbivilcas. Muchos de los participantes regresan al lugar del que salieron, y las peleas que nos relatas, como el contexto que las engloba, vendrían a ser la gran metáfora del resentimiento del hombre que solo se cura por medio de la violencia.

En Chumbivilcas, la violencia está ritualizada a diferencia de la ciudad. Tiene ciertas reglas. La gente que se quiere agarrar a patadas se tiene que esperar hasta el 25 de diciembre, y solo entonces pueden disfrutar de la felicidad de masacrarse. Lo curioso del Perú es que esto no los hace más salvajes o bárbaros que otros. Por cierto, mi mamá era de Chumbivilcas.

El libro también nos muestra que mirar esa violencia provinciana no es tan distante de la violencia que, a saber, vivimos en la capital.

En Lima, para poner un ejemplo que conocemos bien, la gente suele pelearse todo el tiempo, a cualquier hora, en lugares menos esperados, y nadie tiene que esperar hasta el 25 de diciembre para masacrar al prójimo. En Lima, el Takanakuy es dos choferes peleándose en medio de una avenida mientras otros choferes tocan el cláxon desde sus carros. El Takanakuy en la ciudad es ese tipo que le pega un manazo a la mujer que le reclama porque se estacionó mal. O el cobrador que le pega al pasajero. O el novio que le pega a la novia en el hotel.

De lo que me dices se podría desprender una pregunta retórica.

¿Quién es más bárbaro?, me pregunto en el libro. El lector sabrá responder.

También hay mucho de antropología, por decirlo de algún modo, como en lo que nos cuentas del fútbol practicado por mujeres en las alturas del distrito de Caicay. El fútbol como integración, que va más allá de su cualidad competitiva.

El fútbol es un juego maravilloso que permite ver muchos ángulos de la sociedad en solo noventa minutos. Aquellas mujeres futbolistas jugaban al fútbol con la inocencia de cualquier aficionado, sin saber que lo que hacían era demasiado especial. Para un visitante de la ciudad, sin embargo, aquello era un espectáculo conmovedor. ¿Qué tiene de particular un partido de fútbol a cuatro mil metros de altura disputado por mujeres esterilizadas a la fuerza por Fujimori?

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Una impresión que me deja, y no solo a mí, la lectura de tu libro, es la imagen de ese otro Perú, pero no me refiero a ese Perú de fin de semana, al que se visita a cuenta de alguna festividad tradicional, o por mero turismo, sino a uno más profundo, que para conocerlo hay que ensuciarse el calzado, sudar un poco, caminarlo.

Estoy seguro de que para una gran parte de los peruanos el otro Perú es ese donde empiezan a construirse rascacielos. Yo he tratado (sin lograrlo, por supuesto) de ponerme en el centro de ese dilema. ¿Cuál es el Perú oficial? ¿Cuál es el otro Perú?

No te voy a preguntar sobre la importancia genérica de la crónica, si es o no literatura. En este sentido todo texto debe transmitir, y creo que allí estaremos de acuerdo. Pero también es muy saludable salirse de los cotos, y te lo comento porque el aliento autobiográfico suma en estas crónicas, refuerza el grado de impresión y asombro que debe exhibir todo texto escrito.

La crónica es literatura. No entiendo por qué hay gente que pierde el tiempo poniéndolo en discusión. A veces, cuando escucho ese debate, me parece estar oyendo a un grupo de ancianos que se preguntan si las mujeres son seres humanos o si los negros pueden ir al cielo. ¿De verdad? Por fortuna, estos debates no son tan populares y quienes hacemos crónica o autobiografía no les prestamos demasiada atención.

La crónica, o la llamada No Ficción, es pues un terreno muy fértil para la escritura.

Lo maravilloso de la crónica es que, como la novela, te ofrece un terreno inmenso para experimentar. Es un género que se mueve en los bordes de distintas disciplinas. La crónica puede relacionarse con el cuento, la novela, el ensayo, el periodismo, el diario personal, la autobiografía, y más. Una de las maneras más precisas de definirla es que no existe una única manera de definirla. Aunque hay un punto en que todos estamos de acuerdo. La crónica no es ficción.

También el libro es un viaje a la identidad. Lo que veo en este libro es que su tema presente, lo “cholo”, lo asumes desde el movimiento, el viaje. Hace un momento te comenté de la convivencia, es decir, el carácter del viaje como lo señala Paul Bowles, alejado del espíritu turístico, que denota un compromiso de tu parte por querer saber sobre “lo cholo”, del que nunca se podrá saber, pero que el solo hecho de preguntar e investigar son a fin de cuentas la base de su riqueza.

Hay muchas formas de viajar y el turismo solo es una forma de ellas: una donde no arriesgas demasiado, y donde el mundo es solo un espectáculo que vas a presenciar como quien ve la televisión. Hacer la guerra es otra forma de viajar: viajar para aplastar.

Te hablé sobre la sensación de asombro que recorren las páginas de tu libro.

Este libro se basa en un viaje solitario pero a la vez lleno de curiosidad. No soy solo un observador profesional sino alguien que se involucra y se emborracha y baila y fuma hierba cuando tiene que hacerlo. No viajo para evaluar los lugares que me encuentro sino para evaluar de dónde vengo.

¿Y en este viaje llegaste a encontrar la respuesta a tu identidad?

El libro es un viaje por las distintas geografías del Perú y también es un viaje a mi propio pasado. En ambos recorridos me encuentro con una pregunta: ¿Qué soy? Para mí la respuesta es clara. Soy cholo.

Todas tus crónicas reflejan una actitud: rescatar una memoria. En estas páginas vemos también un compromiso. Percibo también mucha documentación, pero el hecho de que viajes y convivas con la gente, es una actitud que no percibo en quienes escriben sobre lo “cholo”. O sea, leo también De dónde venimos los cholos como un libro moral.

El mío no es un libro académico. Es periodístico y a la vez personal. Tiene mucha densidad documental aunque no tenga pies de páginas ni citas bibliográficas en cada párrafo. Leer a autores que han escrito sobre un tema en particular (por ejemplo, la Amazonía) me orienta cuando estoy reporteando no tanto cuando estoy escribiendo. Quizá por eso el libro entero debe tener menos de diez citas bibliográficas.

Hay una sensación que contagia en estas crónicas, una suerte de intención: nos hacen pensar en la posibilidad de conocer los lugares que has visitado. En este sentido, hablamos de un triunfo. El libro seduce a viajar hacia una realidad, que con sus problemas, traumas y desgracias, también reflejan un mundo seguro para quienes lo habitan, no necesariamente un mundo feliz.

Un amigo novelista me dijo que le había gustado un fragmento en especial. Es la parte en que tres agricultores de Andahuaylas llegan a Lima por primera vez y, en el momento en que lo hacen, yo describo lo que ven: un desierto lleno de basura y de granjas de pollos, avenidas llenas de humo y gente apagada, gente comiendo como si esa fuera la única forma de felicidad. La ciudad vista por el hombre rural es un lugar desolador. Lo raro es que pocas veces tenemos oportunidad de leer ese punto de vista.

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Un pensamiento en “Marco Avilés: “Yo me siento más unido a las montañas que a la ciudad”

  1. Se ve que es un libro interesante y aborda un tema que, lamentablemente, está presente desde hace mucho. Me parece que en esos textos elaborados en base a experiencias que el autor ha ido buscando en sus recorridos por las diferentes ciudades nos ofrece importantes puntos de vista. También encuentro muy acertada la pregunta: ¿Quién es más bárbaro?, elaborada luego de contar la experiencia de Chumbivilcas. Considero que el libro puede ser un buen aporte a nuestra sociedad. Lo leeré.

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