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Todos contra Houellebecq

Por: Jorge Cuba Luque

Fue la publicación, en 1998, de  Las partículas elementales,  que hizo de su autor, Michel Houellebecq,  no solo un inesperado y espectacular fenómeno literario sino también una de las figuras más controvertidas de la literatura francesa de las últimas décadas. Lo primero, por los más de trescientos mil ejemplares vendidos en unas cuantas semanas; lo segundo, porque le enrostraba a la sociedad francesa la miseria sexual y la soledad de toda una generación, así como las derivas que él ve en el movimiento parisino de mayo del 68. No fue difícil para el izquierdismo cultural, dominante en Francia, hacerlo objeto de sus más deliciosos anatemas: reaccionario, pesimista, revisionista, además de pésimo escritor.

Pero Michel Houellebecq no surgió de la nada literaria. Tras un par de libros de poesía bien acogidos en los cenáculos poéticos y un notable ensayo sobre H.P. Lovecraft, en 1991 envía a Maurice Nadeau (1911-2013), uno de los más exigentes críticos literarios franceses, director de la revista La Quinzaine Littéraire, y también editor, el manuscrito de una novela  que el veterano pope de las letras del Hexágono no duda en publicar: Ampliación del campo de batalla. Fue el espaldarazo gracias al cual el nombre de Houellebecq obtiene un pequeño lugar en el mapa literario francés. La novela cuenta la búsqueda infructuosa de amor y/o sexo de un joven ingeniero informático así como su progresiva caída en el vacío existencial en medio de una sociedad que gira alrededor del consumo, la belleza y el dinero. El autor tenía entonces treintaicuatro años y se ganaba la vida como el personaje de su novela.  La buena recepción de su libro lo estimula a dejar su empleo para dedicarse a la escritura.

Si bien hubo consenso en cuanto a que Las partículas elementales era una novela original pues ignoraba los tópicos intimistas frecuentes en la ficción de su país abordando, sin medias tintas, el descalabro del núcleo familiar, la insatisfacción sexual y afectiva, se le reprochaba una prosa carente de estilo, una narración que no deslumbraba por su forma. En realidad, era el mismo Houellebecq quien no buscaba deslumbrar; lo que le interesaba era exponer un relato tan desabrido como la sociedad y las relaciones humanas representadas en su libro, y, también, molestar el confortable estilo de vida del lector burgués promedio de la France éternelle. Para entonces, en las entrevistas, en las giras de promoción de su libro o en encuentros con sus lectores, Houellebecq declara que lo representado en sus obras de ficción es lo que él piensa: en esencia, la crisis de las relaciones sociales y de familia del país son en gran medida el resultado de un izquierdismo demagógico, uno de cuyos momentos claves data de mayo de 1968, con las reivindicaciones estudiantiles de libertad sexual e independencia con respecto a los padres, a lo cual se añade el fenómeno mundial de los cambios de los modos de consumo debido a la creciente importancia de los supermercados. LPE era, de seguro, uno de esos libros que interpela al lector sobre su vida en sociedad. Los miles de ejemplares vendidos y el tema polémico que abordaba lo hacían el favorito para obtener el premio Goncourt de 1998 pero, muy probablemente debido a las declaraciones del autor y a la imagen más bien negativa de los acontecimientos de de mayo de 68, la mayor recompensa literaria en Francia le fue atribuida a una novela, hoy casi olvidada. 

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Los temas que aborda Michel Houellebecq son recurrentes en los libros que publicó luego: Plataforma (2001), sobre el turismo sexual, La Posibilidad de una isla (2005) en el que añade el tema de las sectas y la clonación. Su novela siguiente, El mapa y el territorio (2010), le valdrá finalmente el Goncourt: en este nuevo éxito de ventas el autor hilvana el tema del desarraigo y el hartazgo existencial con el proyecto de un artista de elaborar un mapa de Francia siguiendo las propuestas de la colección de guías de turismo Michelin. Esta vez sí la crítica saludará una escritura cuidada y armoniosa que expone mucho menos desesperanza que sus libros precedentes.

Entre tanto, Michel Houellebecq se habrá vuelto una figura pública considera provocadora y ajena a lo “políticamente correcto”, que no duda en calificar a la religión musulmana de “religión de cretinos”, en un momento en el que el tema es objeto de tensión comunitaria. Su persona es asociada a la de “los nuevos reaccionarios”, grupos de intelectuales que, en grados diversos, se exaltan para que Francia mantenga una cierta homogeneidad de lo que consideran sus valores culturales tradicionales, postura que es especialmente hostil a la inmigración de origen magrebí, la comunidad de origen extranjero más numerosa en el país.

En el número de Charlie Hebdo que precedió al sangriento ataque perpetrado por  terroristas islamistas (enero de 2015) contra los caricaturistas y periodistas en la sede de la publicación, Houellebecq aparece en la portada, ridiculizado en el estilo irreverente de la revista, por la reciente aparición de su novela  Sumisión, ucronía en la que un musulmán es elegido presidente de la República Francesa. La masacre en la que fueron asesinadas doce personas, llevó a Houellebecq suspender la campaña de promoción del libro que se acababa de poner en venta.

Aguafiestas y provocador, persona que despierta una extraña animosidad en su contra, Michel Houellebecq ha escrito sin duda algunas novelas claves en la literatura francesa: si lo propio de un escritor es representar las falencias humanas o las de una sociedad valiéndose de la escritura, lo ha logrado. Las posturas políticas de un escritor, pasan al olvido; lo que queda, si es que queda, es la obra.

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