artículos/ensayos

La narrativa del caos

Por: Joe Iljimae

 

A veces las mejores lecciones literarias también se aprenden del cine o la televisión. Solo para dar un ejemplo, David Foster Wallace, Roberto Bolaño y hasta Mario Vargas Llosa,  se han alimentado tanto de estas formas como lo hicieron con los libros. Muchos de los nuevos modos de narrar o de presentar una historia de manera original en este último siglo han salido de las series de televisión. El divorcio total con el anacronismo del siglo XIX y la explotación del tecnicismo exacerbado del XX para novelizar un relato están fusionados dentro de este no tan nuevo pero modernísimo género narrativo.

Lost, lanzada en un primer piloto el 22 de septiembre de 2004, es una serie audiovisual que mantiene una dignidad estética comparable a cualquier obra de arte clásica y contemporánea, sin menoscabo de la narratividad factual del pequeño cosmos filosófico que mantiene indemne todo el corpus de este relato visual.

Partiendo de este punto, tranquilamente podríamos decir que la ficción audiovisual creada por J.J. Abrams en Estados Unidos no ha tenido hasta hoy parangón alguno en cuanto a estructura narrativa para hilvanar, contar y resolver –con gran éxito– una historia dentro del afamado y rimbombante universo de las series de televisión. 

Es cierto que hacer una analogía entre las series de televisión con la literatura (o el cine) puede resultar un ejercicio antojadizo mas no inverosímil o irreal. Del mismo modo tildar a las series de televisión como ficciones intransigentes, banales y desprovistas de todo viso de arte, resulta cruelmente irresponsable (actitud que nos brinda sospechas razonables sobre la capacidad de interpretación de sus “jueces de momento”, signados por la estrechez de miras y la incultura). En la mayoría de los casos, esta negación a las series de televisión proviene de un anacronismo feroz, rayano en esa imbecilidad decimonónica muy bien representada en ciertos personajes de Balzac o Charles Dickens. Pero como dice Adrián Leverkühn (el inefable héroe de la novela Doktor Faustus de Thomas Mann) respecto a estos personajes: “mejor pasarlos por alto para no herir por completo nuestra inteligencia”.               

Pues bien, la serie de televisión Lost expone virtuosismo técnico y riqueza narrativa en los más de 120 capítulos de sus seis temporadas (2004 – 2010).  La serie sostiene una cuidada narrativa audiovisual que funciona como un sistema complejo de cajas chinas y vasos comunicantes en constante versatilidad. De este modo, cuando se interpreta de manera muy subjetiva un capitulo al azar o se afecta todo el engranaje o se abre un nuevo enigma que ordena e invade el rumbo de la serie.

Hay que tener en claro que Lost tuvo un éxito generalizado en los países que se emitió y que, como resultado significativo, transformó en los espectadores la manera de ver series, reforzó la iniciática tradición del género. Así, Lost comenzó a exigir conocimiento, reflexión y compromiso intelectual con lo que se estaba viendo, con la garantía de otorgar al televidente un goce intelectual como los que solo dan algunas piezas y expresiones artísticas. Este nuevo corpúsculo de realidad cambió para siempre las formas de aceptar la ficción audiovisual en el último milenio y renovó, para bien, las maneras de contar una historia.

Con temporadas delirantes y febriles, giros de guión indecentes, escenas ridículas inimaginables, ver Lost se convirtió en su momento en una suerte de ritual imprescindible. No verla, era (y es) una herejía. Jaime Akamine, anota en su puntilloso y magnifico artículo La vida en serie  que series como Lost movieron al público a “discutir abiertamente sobre los misterios, influencias y alegorías del show, lo que genera una mitología alrededor de su desarrollo”.

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¿Pero de qué trata Lost? Podríamos decir que su historia peca de un grandísimo lugar común: el drama de un grupo de supervivientes de un accidente aéreo en una isla llena de misterios. Al buen estilo de William Golding, poco a poco comienzan las peleas por el poder, las traiciones, felonías y raterías de los personajes y la deshumanización de cada uno de ellos. Okey, hasta ahí la historia no es nada original, sin embargo, la gran maestría de los guionistas hace de este “lugar común” una verdadera obra de arte por su manejo de la forma y la estructura narrativa, además de los guiños filosóficos y librescos que abundan en toda la serie.

El catedrático y filósofo de la Universidad Católica de Milán, Simone Regazzoni, anota en su ensayo La filosofía di Lost que con esta serie “hacemos un viaje semejante al de Platón: partimos del mundo de las imágenes para llegar a las ideas”. Regazzoni, toma ciertos temas de Lost como la tortura, las rupturas temporales, el existencialismo, la insularidad, la búsqueda de la verdad y los relaciona con reflexiones de Derrida y Deleuze. Existe pues un claro nexo entre Lost y el universo de la filosofía. Personajes como Rousseau, John Locke o Hume dejan claro este paralelismo.

Al analizar la serie, Regazzoni señala también que el humo negro (uno de los grandes misterios de la serie al que los personajes llaman “El monstruo”) es lo que Lacan llamaba “real”, el punto oscuro que es el núcleo de todo, lo que afecta a la gente, la destrucción y la muerte.

Personalmente, creo que lo mejor de Lost es la estructura narrativa. Este enmallado está formado por un manantial de historias que se cruzan y mantienen –sin tufo efectista– un valor importante en la narración del “presente”, “pasado”, “futuro” y “futuro especulativo”. Así pues, el tiempo en Lost (aunque esté contado en “presente”) se fractura. Una gama de flashback, flashforward y, en el más desmesurado de los casos, viajes del presente al pasado en “tiempo real” que enloquecen a los personajes de ficción. Todo esto fielmente representado como una alucinante cornucopia de tiempo y espacio, como una fascinante narrativa del caos.

Así es. Adictiva, absurda, ambiciosa y polémica, todos los que se asomen a la historia del famoso accidente del vuelo Oceanic 815, sentirán el vértigo, al igual que el obstinado John Locke (Terry O’Quinn, ¡qué tremendo actorazo!) de ser repelidos y atraídos por una isla que representa nuestro caos interior.

 

 

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