crónica/entrevistas

Socotroco, el pájaro que nunca muere

En la ciudad de Lima podemos encontrar personas que encierran historias que merecen ser contadas, ciudadanos que en la sencillez de la rutina han demostrado una épica con tal de sobrevivir. Sobre uno de ellos escribe el autor de Los Buguis.

Por: Joe Iljimae

Existen hombres ilustres cuyas vidas no están (ni estarán jamás) a la altura de sus obras. Del mismo modo existen hombres sin obra cuyas vidas están a la altura de cualquier obra universal. Este es el caso de Jacinto Cawana Ybarra, más conocido entre los hampones veteranos, libreros, lectores, caminantes, melómanos, periodistas y pequeños aspirantes a poetas, como “Socotroco, el pájaro que nunca duerme”.

–¿Desde cuándo y por qué le dicen “Socotroco”?

–Desde que vendía libros en La Colmena. Allí trabajaba día y noche, sin dormir. Creo que por esa época estaba de alcalde “Frejolito” Barrantes…no me acuerdo muy bien. Él dejaba trabajar día y noche. Yo quería aprovechar esa oportunidad para comprar una casita. Trabajaba todo el rato. Solo cabeceaba un par de horas y nuevamente seguía despachando. Entonces un amigo me dijo: “Oy, tú eres un Socotroco”. Y yo le pregunté qué significaba eso. “Es un pájaro que nunca duerme”, me explicó.

Aquel apodo le cayó como anillo al dedo. Mientras removía su mercadería en medio de todo ese tráfago de luces, gente, mercachifles, ladronzuelos, borrachines y putas yendo y viniendo, Jacinto Cawana imaginó la figura de un pájaro negro, torvo, pequeñito y avispado, de ojos rojos y de pico afilado como un cuchillo que se movía durante día y noche como él. “Es como yo”, pensó entonces.

–Nunca he visto a ese pájaro –dice imaginándolo de nuevo– ¡Quisiera conocerlo! Nunca lo he visto en toda mi vida.

¿Ni en foto?

–No, ni en foto.

Cuando avanza zumbando con su moto por los escondrijos de La Victoria, algunos cachineros le gritan: “¡Socotroco! ¡Socotroco!” Y él sigue avanzando orgulloso, reconocido, presa de un extraño sentimiento de triunfo, “de ajuste con la vida”.

–Con esa chapa yo he ganado una fama –dice–, que por todos lados me paran pasando la voz. ¡Socotroco! ¡Socotroco, mi causa!

Todas esas voces vienen de cachineros, recicladores, buhoneros, mercachifles que pululan por La Parada o por Tacora. Vendedores de poca monta, “de la nueva generación”, que ven en Socotroco una leyenda de las calles, un viejo paladín del “buceo*”, del negocio. Todos han sido sus discípulos y sus padres han trabajado junto a él, codo a codo, bajo la intemperie. Alguna vez también han compartido un buche de ron, algún caldo de gallina, un par de galletas con gaseosa, una pava de marihuana. Además, han corrido y choreado juntos. Se han escapado de las batidas municipales y de los ladrones con cuchillo. Todo es igual en el negocio: “la municipalidad o los rateros son la misma vaina”.

–Siempre me ha gustado enseñar a esos cachineros que recién empiezan. A varios les he corregido del trago. Les he explicado mi vida, lo que he pasado yo. Muchos han escuchado y han cambiado. Pero los que no han escuchado, toditos, ahora están bajo tierra…

Y es que “Socotroco” fue un gran guarapero antes de ingresar al negocio de los libros. En 1971, lo recuerda muy bien, fue la primera vez que sufrió una enfermedad por culpa del alcohol. Le diagnosticaron “hemoptisis pulmonar”. Un día, su vecino “Palomita”, lo encontró botando sangre a borbotones. Había estado tomando cerveza helada en medio del frío de la noche y eso lo tumbó. Lo llevaron de emergencia al hospital, donde lo salvaron de milagro. Luego le recetaron más de 50 ampolletas y ocho pastillas diarias por el lapso de un año. Pero a los dos meses de aquel trágico incidente, cuando ya estaba mucho mejor, con mayores fuerzas para seguir luchando en las calles, una chica fue a buscarlo y le dijo: “Oye, Loco, hay una fiesta en El Agustino, ¿vamos a bailar?” En aquel tiempo a “Socotroco” no le faltaban las mujeres. “Tenía muchas amigas. Tenía mucha plata. También tenía dos muelas de oro”. Era, en dos palabras, el rey del “choreo”. Entonces aceptó ir con aquella mujer a la fiesta de Los Ribereños. Era un plan seguro, un polvo sin mucha burocracia. Sin embargo, al tomar los primeros vasos de alcohol, todos sus planes amorosos se fueron en picada. Nuevamente ingresó de emergencia al hospital y retomó, desdeñosamente, el tratamiento.

–¿Desde cuándo trabaja en las calles?

–Desde que me abandonó mi padre –contesta–. Yo tenía nueve años. Él nos llevó a trabajar al norte, allá en Sullana. Éramos cuatro hermanos y yo era el mayor de todos…

Este episodio ocurrió en una calurosa mañana de 1959, en plena entraña de Sullana, cuando una mujer, junto a sus pequeños hijos, fue embarcada por su esposo dentro de un bus con destino a Lima. Él era un hombre de rasgos duros, aindiado y con una fuerte pasión por la bebida. En un momento de embriaguez, le había prometido a su familia un destino mejor, brillante, lleno de oportunidades. Les dijo que Sullana ya no era para ellos, que toda la gente los miraba mal, feo. Habían intentado hacer fortuna infructuosamente una, dos, tres veces, pero la mala suerte los había maniatado. Era hora de volver, de regresar a la capital. En Lima dejaría la bebida, se recuperaría por completo, las puertas se le abrirían nuevamente, sus hijos tendrían, por fin, el padre que se merecían… Y así, tras convencer a su mujer, los subió a todos a un bus y les dijo “vayan yendo ustedes que después yo los alcanzo”. Estas serían las últimas palabras que escucharía el pequeño Jacinto por parte de su padre. Palabras que hasta ahora se le han quedado grabadas con fuego en la memoria.

–Después de eso, cuando llegamos a Lima, creo que cuatro días después de esperar a mi padre, se acabó la plata por completo. Entonces mi mamá me puso a vender queques. Yo en Sullana ya había empezado a vender pasteles y dulces. Eso era cuando tenía seis o siete años. Pero acá en Lima, la cosa era distinta. Mi mamá me dijo que debía vender para dar de comer a mis hermanos. Entonces yo me decía, y ahora ¿cómo vendo?

“Socotroco” recuerda esta etapa de su vida con lágrimas en los ojos. Tiembla y su voz se corta por segundos. Va haciendo memoria de aquellos primeros años de total abandono y desamparo. Puede ver las fachadas de los restaurantes a los que debía entrar lleno de terror para vender unos cuantos pastelitos. Observa a toda la jungla hamponesca que se mueve como un pulpo monstruoso por aquellas calles de La Victoria. Gente que va y viene, apurada, molesta, desconfiada, que no le hace el menor caso. Trata de despistar a un borrachín que lo empieza a seguir silbando una extraña melodía. En el cielo están todos esos cables en forma de cordeles de ropa que lo asustan. Cuelgan de poste a poste, sosteniendo docenas de zapatos de todos los tamaños colgados en el alambrado… Por fin logra entrar a un restaurante. El ambiente está inundado de un tufillo a mariscos putrefactos. Las moscas se mueven como saetas por los contornos del local. Y “Socotroco”, temblando, lleno de impotencia, de terror, se queda plantado cerca de una mesa. No se atreve a dar un paso más. Se siente pequeñito, minúsculo, insignificante como un insecto. Está a punto de retroceder e irse, pero de pronto, la imagen de sus hermanos hambrientos cae como un rayo en su cabeza. Entonces a fe ciega, tragando puñados enteros de saliva, avanza hasta el mostrador de la chingana. Ve a la gigantesca mujer que atiende y duda, se estremece, pero sabe que no tiene otro camino y se pone a llorar…

–¿Por qué lloras?, me preguntaba la gente. No tengo para darle de comer a mis hermanos, no tengo plata. Por eso lloro, les decía.

–¿Pero le compraban?

–Sí. Vendía bastante. Toditito se acababa… Si no lloraba no vendía nada. Toda la plata le llevaba a mi mamá y ella decía, “hijito, gracias”. Y luego se ponía a cocinar para todos los chiquitos. Y ellos me decían, “papaito, papi, papi”. Así me llamaban mis hermanos. Hasta ahora me dicen papi.

–Pero usted lloraba por miedo y frustración…

–Al principio sí. Luego me di cuenta que cómo yo vendía más cuando lloraba, me ponía a chillar así de la nada para vender mis queques. Si no, no vendía nada, pues. Encima me invitaban comida y me daban alguna propina. “Lleva para tu casa”, me decían dándome leche, pan y papas…

Pero todo esto duró hasta que la madre del pequeño “Socotroco” cayó enferma por una infección en la vesícula. Con ella en el hospital, no había quien prepara los pasteles. Llorar ya no bastaba para recibir dinero. La gente se hacía más reacia cuando él no tenía algo que ofrecer. Además, ya se habían acostumbrado a su presencia y la primera impresión que les había causado ya se había mitigado. Entonces fue cuando una vecina les empezó a dar, como una acción de caridad, una olla de arroz para todo el día. Era la única cosa que comían todos los hermanos. Sin embargo, al llegar la noche, los más pequeños lloraban de hambre y eso llenaba de impotencia el corazón de “Socotroco”. No podía soportar ver a sus hermanos clamar de esa manera. Él se sentía responsable del bienestar de sus hermanos, había olvidado por completo la figura de su padre y había ocupado el rol que este había abandonado allá en Sullana. Él solo quería encontrar una solución a sus problemas, obtener una fuente de ingresos para poder salvaguardar a los pequeños. Fue entonces cuando vio, por un oscuro callejón de San Pablo, que ciertos muchachos como él, saltaban una tapia a toda velocidad llevando en sus brazos una cartera o algún sombrero de vestir. Los observó con atención y comenzó a estudiar sus movimientos.

15050020_1247669391958834_414800946_n

–Yo veía como los choros entraban por un callejoncito y salían por otro saltando un muro. Veía todo lo que hacían ellos. Entonces cuando mi mamá ya estaba en el hospital y mis hermanos me decían, “papi, papaíto, tengo hambre, tengo hambre”, mi corazón se hacía así, como un puño, y me daban ganas de salir a trabajar como los choros. Fue así que un día me fui con ellos e hice lo que hice por dar de comer a mis hermanos.

De esa forma “Socotroco” se inició en la vida delictiva. Su primera víctima fue una señora que paseaba por San Pablo. “Socotroco” había salido de su casa aquel día con la imagen de sus hermanos rogando por comida; de su madre quejándose en la cama; de su insalubre y herrumbrosa olla de arroz que le daba la vecina. Estaba harto de todo eso. Cansado. “Eso no podía seguir así”. Habría dado un riñón por un poco de comida de verdad. Sin embargo, solo tenía diez años y la suerte lo toreaba, pasando a toda velocidad por su costado, sin detenerse en ese pobre niño con el corazón hecho pedazos. “¿Qué otra cosa podía hacer?”

Agazapado en una esquina, con el rostro en sombra, los ojos brillantes, estudió todos los pasos de la mujer que vagabundeaba por esa avenida. Recordó, cuadro por cuadro, los movimientos de los otros carteristas, de “esos pirañitas que corrían como gatos”. Se infundió de valor, tragó un puñado de saliva, dejó de pensar y por fin se lanzó sobre la mujer arrancándole su bolso. Luego corrió como un desesperado, esquivando cerros de basura, transeúntes, borrachines, prostitutas, hasta llegar al callejón y saltar la gran tapia…

–Cuando estuve al otro lado, ya no había nadie. Y como estaba cerca de mi casa, me fui caminando nomás. Llegué y luego fui a un restaurante. Compré caucau con sopa, con gaseosa, con panes… Y mis hermanos estaban contentos… “Papi, papaito, gracias, qué rico”, decían ellos… Y así fue la primera vez que robe por La Parada.

–¿Cuánto tiempo duró todo eso?

–Dos o tres días duro la plata del robo… Luego salí nuevamente. Yo solo pensaba en mis hermanos. En su hambre. Yo también tenía hambre, pero más pensaba en los chiquitos. No había quien los defienda a ellos…

Por eso todos sus hermanos le dicen “papá” hasta el día de hoy. Dos de sus hermanas están en Europa. Una trabaja como ingeniera química dentro de un laboratorio de Suecia. Y la otra, radica por las colinas de Bélgica. No habla mucho de su otro hermano, quien es profesor en la Senati, pero asegura que también lo trata como a un padre.

–¿Cuánto tiempo estuvo delinquiendo en las calles?

–Bastante tiempo. Primero empecé como carterista –dice–. Luego vi como jalaban cadenas de oro, relojes, aretes. La gente pasaba y nosotros les choreabamos las alhajas. Una vez me robé una cadena de oro. Entonces lo llevé al dentista para que me haga dos muelas de oro. Él se quedó con lo sobrante como paga y yo con mis dos muelas brillando en mi boca.

“Socotroco” trasladaba todo su botín al antiguo mercado de Tacora. Por aquel entonces, su madre lo llevaba a comprar ollas, ropa de segunda para sus hermanos, jaboncitos, zapatos y a veces, si había algo de dinero, algún juguetito mutilado. “Socotroco” observaba todo ese mundo comercial de los bajos fondos de Lima. Por esos días de 1961, Tacora no era otra cosa más que un vertedero gigantesco. En algunos puntos se veían pequeñas chozas encaramadas una detrás de otra como escondiéndose de la multitud. Había pampones de tierra muerta y una acequia que partía un gran pedazo de la calle. Este riachuelo era utilizado como baño por los borrachines y por los drogadictos en aprietos. Las ratas corrían en manadas. Pero igual los ambulantes se reunían allí para vender sus mercancías. Uno se podía tropezar con diferentes usureros que bajaban a intercambiar, vender y comprar cualquier tipo de artefacto. Se podía conseguir desde un perno hasta la carcasa de un viejo Volkswagen. Las tiendas mal puestas cerraban el camino. Los perros se peleaban en jaurías. Los niños caminaban sin zapatos. A veces un gitano pasaba por tu lado ofreciendo la lectura del futuro. Pero también, y esto era lo mejor, había pequeñas chinganitas donde se encontraba un buen ceviche, una cervecita y mujeres listas para trabajar. Los comerciantes almorzaban y traficaban dentro de esos puestos, libres de cualquier impuesto y vigilancia policial. Era el comienzo de Tacora, el inicio de uno de esos monstruos comerciales del país.

–Yo iba siempre a esos puestos de Tacora a vender lo que robaba en la calle. A veces también compraba zapatitos, ropita de segunda. Una vez también compré una radio para la casa. Eso sí, nosotros nunca tuvimos televisor…

–¿Y su mamá ya se había recuperado de la enfermedad?

–Sí, un poco. Pero igual nosotros seguíamos sin mucho dinero. Éramos muy pobres. Entonces fue cuando mi mamá, desesperada, se metió en la prostitución.

Acababa de cumplir los trece años cuando se enteró de que su madre ejercía la prostitución en una de esas antiguas casonas que se erguían en La Victoria, por la avenida México. La atención de las meretrices era de seis de la tarde hasta la una o dos de la mañana. Por los alrededores había pequeñas cantinas y hoteluchos de medio pelo que brillaban por sus mortecinas luces de neón. Al frente de estos negocios había un espacio dedicado al estacionamiento vehicular. En este punto también trabajaba “Socotroco” vigilando los autos de los parroquianos. Con esto se ganaba unas monedas extras para la economía de su casa. Pero no era el único que laboraba por ahí. También había otro grupo de muchachos que trabajaba de la misma forma. Todos eran como un grupo de colegas, de “pequeños asociados”. Se llamaban por sus “chapas”. Se hacían chistes. Conocían a los padres de sus camaradas. Y Socotroco se movía en medio de ellos, como pez en el agua.

Una noche, mientras cuidaba la fila de los carros, uno de sus amigos le jaloneó gritando, “mira, mira, allí está tu mamá, allí está tu mamá”. Y era verdad. Su mamá estaba en la puerta de esos cuartos para putas, esperando la atención de algún cliente.

–Pucha, esa vez ya no pude seguir cuidando carros… Me quedé destrozado en la vereda. Mi corazón pareció haberse roto en pedacitos. Todo me temblaba –dice “Socotroco” poniéndose a llorar.

15086887_1247669398625500_1647243166_n

–¿Ella lo vio a usted?

–No…

–¿Pero usted le dijo algo?

–Sí, después. Yo le dije, “mamá, anda a la casa. Yo voy a trabajar para ti y mis hermanos”. Pero como ya no había trabajo yo tenía que seguir robando para darle… Y lo malo es que ella tampoco quería dejar de trabajar. Decía, “voy a seguir para darle a tus hermanos. Ellos tienen que estudiar… No van a ser igual que yo”.

–¿Entonces usted siguió robando?

–Sí, claro. Seguía robando como un desesperado. Tres veces al día por lo menos. Siempre por las calles de San Pablo, en La Parada. Y éramos varios. Puros huérfanos de padre. Entonces yo digo: “¿para que tienen hijos si lo van a abandonar?” Después todos esos niños salen malos. Porque cuando no come el niño, tiene que robar pues. Mi hermana lloraba, entonces yo tenía que robar… No había otro camino.

–¿Y cuánto tiempo duró todo eso?

–Casi diez años, hasta los veintitantos. Con esa plata yo les compré todos los libros que le pedían en el colegio. Ellos me decían, “papi, no tengo para los libros”. Entonces yo iba a robar y les daba. Por eso ahora todos están en Europa, han salido adelante… Así, con el tiempo, yo me fui especializando en el robo. Pasé al Centro de Lima, pues ya no choreaba solo en La Parada. Fui creciendo, haciendo experiencia.    

–¿Y nunca lo atraparon?

–Sí, algunas veces. Pero yo era un buen corredor. Nadie me ganaba. Los policías no podían alcanzarme. Corría duro, por todos lados. Yo en ese tiempo era asmático. Era un niño asmático. Pero de tanto correteo se me curó el asma.

–¿Se le curó el asma por correr de los policías?

–Sí. Por eso yo digo que correr es bueno. Ahora yo siempre paro aconsejando que, si alguien tiene asma, solo tiene que ponerse a correr como un desesperado. Eso quiere decir que el asma solo se cura corriendo. Así me he curado yo. A mí hijo también lo he sanado. Él nació asmático y entonces le dije, “¿quieres curarte sí o no?”, me dijo que sí, y ahí nos pusimos a correr todos los días. Ahora él está sin esa enfermedad.

–Usted nunca fue al colegio, ¿verdad?

–No, nunca fui al colegio. Ni primaria he terminado.

–¿Entonces cómo aprendió a leer y a escribir?

–Así, solo nomás…

Nuestro personaje ha sido encerrado más de quince veces en el reformatorio. Conoce todos los huecos de Maranga. A él nadie lo engaña así nomás, y si lo engañan, ya no hay una segunda oportunidad. Eso lo aprendió en la cárcel, pues también ha estado encerrado dos veces en el penal de Lurigancho.

–Yo me he conocido con varios criminales. He estado preso de niño. De un robo me chaparon a los doce años, creo, y ya estaba preso. De frente a Maranguita. Ahí conocí a muchachos que eran avezados… Recuerdo a un chino que era un asesino. Le decían el Chino Montoya. Ya murió. Su mamá también era de la vaina… Y como se enteró que mi mamá también estaba metida en el asunto, pucha, me agarró cariño. Ese pata era un tremendo criminal…

–¿Era mayor que usted?

–Un poquito más, no mucho. Pero bien avezado, bien sanguinario. Era famoso. No le tenía miedo a nada.

–¿Y usted nunca ha matado a nadie?

–No, nunca he matado. Yo solo robaba para mi casa.

¿Entonces no le interesaba el rango delincuencial?

–No, pero he conocido a varios… un montón que sí.

–¿Y cómo le decían en esa época?

–Ah, yo tenía otra chapa. Allá por los 70 todos los delincuentes me decían “Loco Papi”.

–¿”Loco Papi”? ¿Por qué?

–Porque yo era un loco. Y, además, como me decían “papi” mis hermanos, ya pues, “Loco- Papi”. Yo era bien arrebatado, muy agresivo, un loco barrial. No me dejaba tomar el pelo por nadie. De arranque era, pues. Por eso me decían loco. En el penal también está grabada mi chapa. En una de las paredes. Yo cogí una cruz y con eso escribí, “Loco Papi”.

–¿En qué año entró al penal?

–En el 73, más o menos.

Por ese entonces “Socotroco” ya salía a otros puntos de Lima para delinquir. Una noche había ido a Caquetá, lejos de su barrio en La Victoria. Junto a un amigo se dirigían a un concierto de Felix Martínez y sus chavales. La fiesta se iba a realizar en el local La Unión, por Plaza Bolognesi, un punto conocidísimo donde se reunían todos los choros de la capital. Pero estaban sin dinero y con mucha sed en la garganta… Entonces vieron a un sujeto que deambulaba por la zona. Ya era tarde y hacía frío. Su amigo le dijo, “Loco, ve y cógelo por la espalda”. Y él, sin pensarlo mucho, se lanzó a desvalijar al hombrecillo. Ambos forcejearon. Hubo gritos, insultos, golpes por aquí y por allá. Su amigo tuvo que entrar a echarle una manito. Sin embargo, el otro personaje no se dejó robar nada. “Era recio”. Y así estuvieron unos minutos hasta que por fin apareció la policía.

–Yo estaba bien asado. No tuve reacción cuando llegó la tombería. Me cogieron, me tumbaron y luego me pisaron la cara contra el piso. Un rato me tuvieron así y después me llevaron a la comisaria.

Llegaron a eso de las dos de la mañana a la antigua comisaría del Rímac ubicada entonces por jirón Chiclayo. Lo interrogaron y luego lo metieron a empellones en el calabozo. El comisario, un tal “mayor Zapata”, hombre bajito y chepudo, entró a su celda y ordenó al subalterno que quitaran las esposas al detenido. Socotroco se encontraba mareado por la golpiza que había recibido. Estaba un poco confundido, con las ideas alteradas. Todo se deslizaba a velocidad por su cabeza. Su vista estaba nublada y sus sienes palpitaban como cosas vivas. No se dio cuenta de la presencia del mayor. No le respondió ni una sola pregunta. Lo ignoró. Entonces el orgullo del pequeño policía se sintió herido. Ordenó que desnudaran al detenido y que le trajeran el palo más grande que hallaran. “Socotroco” escuchaba todo eso como si estuviera en otro planeta. Le daban igual que lo rajen ahí mismo o que lo avienten a un río. Para él esa era una situación casi adormilada. Además, se sentía ebrio, mareado, como un individuo que flota en plena mar. Se dejó desnudar y vio al comisario levantar el garrote. Desde su esquina podía escuchar los pasos de los oficiales que se movían por la comisaría. El cuartelillo tenía piso de madera y las pisadas llegaban en sordina hasta el calabozo. “¿Están marchando?”, pensó “Socotroco”… El comisario, antes de asestar el primer golpe, le preguntó, “¿dónde estás tus compinches? ¡Confiesa!”. “Socotroco” se quedó aún más confundido. Él no sabía dónde diablos vivían sus compinches. Todos aparecían de vez en cuando y algunos ni tenían casa. Además, él no era ningún soplón. Eso hubiera sido caer bajo, escupir al código de la calle. Entonces el mayor insistió: “¡Habla conchatumare!”. “No me jodas”, le contestó “Socotroco”. Ciego de ira, el comisario empezó a golpear con el palo. Cada golpe le caía como un fuetazo de fuego. Estaba desnudo y trataba de ovillarse para mitigar el dolor. Recibió uno, dos, tres, cuatro golpes. En el quinto, la imagen de las golpizas que le daban de pequeño se le vino como relámpago a la memoria. Se sintió humillado, molesto. Quiso cobrar revancha contra esos porrazos que le soltaban los mayores en la calle. Sintió que era el momento de arreglar viejas arrugas con la vida. Entonces se desovilló, se paró de un salto, cogió al mayor como si fuera un muñeco y lo clavó en el suelo. El policía se quedó seco, totalmente noqueado. Cuando se vio libre buscó una ventana por donde poder escapar. Sudaba por el estado de fiebre en el que se encontraba. Dio una vuelta entera a toda la celda y no encontró ningún punto de fuga. Estaba en serios problemas. Acorralado en el silencio. Al poco rato aparecieron los subalternos y al ver a su mayor desplomado en el suelo, se lanzaron contra él. Mientras lo pateaban, “Socotroco”, satisfecho de haber arreglado cuentas con la vida, se reía como un loco…

15128590_1247669401958833_2057946772_n

–Me patearon los huevos, la oreja, los ojos, la cabeza, la boca. Me dejaron medio moribundo. Sin embargo, yo me reía a carcajadas. Me reía como nunca. Y eso les molestaba más a los policías. Al final, perdí la conciencia, pero sobreviví. De esa forma me volví mucho más duro.

–¿Ahí fue cuando lo llevaron al penal?

–Sí. Estuve dos años y después salí.

–¿Esos tatuajes que tiene en el cuerpo se los hizo en el penal?

–Solo dos. Este libro con su ancla y la paloma.

–¿Tienen algún significado para usted?

–No sé… En aquel momento no me imaginé nada. Cuando me preguntaron qué dibujo quería tener en el brazo, yo solo respondí: “un libro y un ancla”.  Y mira, quién se iba a imaginar que tanto tiempo después, mi vida iba a estar vinculada con los libros.

–¿Cuénteme cómo fue que dejó el mundo del hampa?

–Fue después de salir del penal. Me di cuenta que, si me metían otra vez, mis hermanos se iban a quedar sin nadie en el mundo. Además, ya tenía mi mujer. Ella estaba en estado y entonces fue que decidí cambiar mi vida.

–¿Y cómo lo hizo?

–Yo estaba choreando en la avenida Abancay. Entonces encontré a un amigo que había estado preso conmigo. Él me dice: “Loco, ven. Ayúdame a despachar esta mercadería”. Y yo me puse a ayudarle. Era una carretita con discos de vinilo y discos de 45. Vendía a tres soles cada uno. Antes lo probábamos en tocadiscos. Fuerte sonaba. Y la gente compraba por montón.

–¿En qué parte vendían ustedes?

–En la Plaza Dos de Mayo, frente a la CGTP. Antes había un montón de comerciantes. Todo el mundo vendía por allí. Mi amigo me metió en el negocio. Era bien bueno, pero ya murió. Estaba enfermo en ese tiempo, medio jorobado andaba. Él me decía que venda a tres soles cada disco; que vaya a comprar por kilo a la cachina para revenderlos. Y así, poco a poco, fui haciendo negocio. Ahorraba dinero y compraba comida para mi señora. Pero antes de vender, yo tenía que tomar mi roncito…

–¿Tomar roncito?

–Sí. Pues eso me daba valor. Yo nunca en mi vida había trabajado. Tenía mucho miedo. Entraba nervioso, con vergüenza. Los clientes me espantaban. A veces me temblaban las manos y tenía ganas de regresar a robar. Era una cosa extraña. ¿No te ha pasado nunca?

–Sí, a veces.

–Ya ves. Yo le tenía miedo a la gente. Creo que por ese entonces tenía 25 años. Andaba con mi carretita y con mi ron. De arriba abajo. Comprando en la cachina y vendiendo en Dos de Mayo.

–¿Y qué le decían sus amigos?

¿Los choros?

–Sí.

–Ellos me decían: “Oe, deja esa huevada…”. Yo también quería irme con ellos, pero cuando veía llorar a mi bebé yo me aguantaba y me quedaba a trabajar. Y ellos: “vamos huevón, estás botado como un perro, vamos a cazar”. Y la mayoría iba muriendo. Baleados, chairiados, descuartizados. Todos acabaron violentamente. “Papita”, “Chuchota”, “El loco Vicente”, toditos acabaron mal.

–¿Y usted solo se puso a vender discos?

–Sí. Disco y tocadiscos. Con eso me alcanzaba para vivir y para comer, porque la gente compraba bastante. Como sonaban bien duro la gente se ponía contenta. Hasta yo me ponía cojudo. Bien fuerte sonaba ese aparato.

–¿Y cómo empezó con el negocio de los libros?

–Bueno, yo trabajé casi seis meses ahí frente a la CGTP. Hasta que vino una señora y me dijo que ese era su sitio. Ella había estado en el hospital internada por un mal. Todos los vecinos dijeron que sí, que había estado enferma y que ese era su espacio. Entonces, caballero nomás, me tuve que salir. Yo me preguntaba, ¿y ahora qué hago? Fue ahí cuando recordé que, por la Plaza San Martín, en La Colmena, había algunas personas que también vendían. Por si acaso voy a ir, me dije. Ya eran casi las cinco de la tarde. Antes La Colmena era, a partir de las seis de la tarde, como una cachinita. Vendían juguetes, plásticos, libros, discos, zapatos, casacas, billeteras, correas. Yo saqué mi carreta, puse mi tocadiscos y ¡pum!, toda la gente vino a comprar…

–¿Y los libros?

–Ah, eso fue poco después. Vi que un pata traía libros envueltos en plástico de La Parada y la gente se lanzaba a comprarlos. Antes había libros buenos. Caía de Vargas Llosa, de Ciro Alegría, de Arguedas. Entonces yo me puse a cranear en mi cabeza. Como habían aparecido los casetes, los discos ya estaban desapareciendo. Te estoy hablando del año 1975. Bueno, así fui a La Parada y me traje hartos libros. Pero había un patita que vendía a mi costado. Este me dijo: “¿O sea tú quieres vender todo?”. Entonces se me vino encima y empezó a golpearme. Era el “Chino” Jaime. Un macetón chapadazo. Ahí mismo nos sacamos el ancho. Yo no aguantaba pulgas. Nos dimos duro, nos reventamos. Y desde esa vez me agarraron respeto. ¿Qué habrá dicho? Este no es huevón, no es cojudo… Ja, ja, ja. Bueno, pero como te decía, la gente ya no compraba discos, sino puros libros.

–¿Todos los libros los conseguía en La Parada?

–Sí. Todos los días me iba con mi costal. Caminando.

–¿Todavía no tenía su moto?

–Nada. Todavía no tenía nada. La primera moto la tuve cinco o seis años después. Como diez motos he tenido desde entonces. Aprendí a manejar a la fuerza. Me he caído, me he rodado, me he dado vueltas de campana. Pero ahora tengo una habilidad maldita. Me he sacado la mierda varias veces. Los gringos allá en Miraflores me han filmado. “Meteoro”, me gritan cuando paso a toda velocidad por la pista, “Meteoro”.

–¿Usted se va hasta Miraflores?

–Claro. Por todos los barrios pitucos. En esos lugares botan buenas cosas… Yo he encontrado de todo: candelabros, relojes, cadenas, zapatos, libros, radios. Pero sobre todo botan libros. Son en los lugares más fichos donde se recogen más libros de la basura…

Sería justo hacer una veloz analogía entre “Socotroco” y el antiguo reciclador de basura, José Alberto Gutiérrez. José Alberto, un ex “escobita” colombiano, era el conductor de una furgoneta que recogía basura por las principales calles de Colombia. Un buen día (1998), cuando observaba la actividad de sus colegas, bajó del camión recolector a “echar una manito”. Mientras recogía algunos cubos de basura, halló en el interior de una caja, un libro de pasta blanca y de hojas amarillentas. El ejemplar se camuflaba entre los deshechos de la ciudad, entre las conservas vacías de pescado, entre las cáscaras de plátano, entre las bolsitas de fideos. Aquel libro era nada más y nada menos que la versión completa de Ana Karenina de León Tolstoi. Rápidamente José guardo la obra en su chaleco y siguió con la faena. Las cláusulas de su trabajo no permitían a los basureros reciclar ningún tipo de objeto. Aquello estaba establecido en el reglamento bajo pena de multa o expulsión… Una vez en el camión, José se puso a leer el libro entero. “Me lo devoré en los ratos de descanso y el autor se convirtió en mi escritor favorito”, cuenta cada vez que le preguntan al respecto. Fue así que, desde ese día, transgrediendo las reglas de su empresa, José Alberto empezó a recolectar libros de los basureros. Algunos años después, este ex “escobita” sería uno de los principales promotores culturales de su país, pues ha llegado a levantar más de 25 Bibliotecas con ejemplares sacados netamente de la basura. En una declaración a la prensa sostuvo que, la mayor cantidad de libros arrojados a los vertederos son rescatados de los barrios más adinerados de Colombia…

–¿Sus hijos también salen con usted?

–Al principio salíamos a “bucear” todos. Ellos aprendieron a hacerlo desde chiquillos. Todos han salido “buceros”, hasta el que tiene carro ahorita. El finadito también era “buceador”. ¡Y de los buenos! A veces me decía, “papá, una buceadita para mi zapatilla”. Ya anda, le decía yo, por acá cerca nomás. Empezaba a chapar relojes, cadenas de plata, floreros, marcos. Antiguamente había muchas cosas valiosas.

–¿Y qué es lo más valioso que se ha encontrado “buceando”?

–Un candelabro de pura plata.

–¡Vaya! ¿Y cuánto tiempo se quedó vendiendo libros en La Colmena?

–Creo que he estado desde el 80 hasta el 90. Yo era muy rebelde contra los municipales. Nunca me dejé sacar de mi espacio. Además, había un patita que era integrante de Sendero Luminoso y me quería meter al partido como sea. No, le decía yo, no quiero entrar a esa huevada. Pero él insistía. Fue uno de los muertos del Frontón… En el Rímac vivía, por El Paseo de Aguas. También vendía libros. Como vio que yo sabía pelear, cuando me bronqueaba con los alguaciles del alcalde Orrego, quería que forme parte del partido. Pero ni cagando, yo no atraqué esa huevada.

–Eran épocas bravas…

–Bravísimas. Pero aun así llegué a tener una tiendita.

–¿En La Colmena?

–Sí, casi a la altura de La Plaza San Martín. Fue una cosa bien fregada sacar mi puesto. Me tuve que cortar el brazo para que me otorguen la licencia.

–¿Esas marcas? Yo pensé que eran de pelea.

–No. Me tuve que hacer eso para que me firmen el papel. Fui hasta los jefes, me abrí las venas y salió sangre como mierda. Pero aun así no querían hacerme caso. Entonces cogí mi cuchillo para abrirme la barriga. Y ahí sí atracaron esos corruptos. Tuvieron miedo y me dieron la licencia. ¡No, gritaron, no viejo, no te hagas eso! ¡Mira, mira lo que estoy firmando! Y así, solo de esa forma, por fin pude tener mi quiosquito de libros…

Una tarde, en su puestito de libros de La Colmena, “Socotroco” reconoce a un hombre alto y flaco que siempre parecía de perfil. Aquel señor con terno, con “voz de condenado” y con dientes de conejo, se acerca a su tienda y empieza a rebuscar entre los libros. Finalmente escoge nueve ejemplares “muy antiguos” y le dice: “Señor, para la próxima semana consígame los libros más antiguos que tenga. Libros del siglo XVIII o XIX. Es la literatura que me gusta”.

¿A usted le compraba Mario Vargas Llosa?

–Sí. Antes venía una vez a la semana. Todavía no era canoso. Ya era medio conocido y la gente le saludaba por la calle. Siempre me pedía libros antiguos. Se llevaba de diez a once libros. Paraba sonriendo a todo el mundo y tenía una voz de condenado.

–¿Se acuerda algún título que llevó?

–La verdad, no. Pero eran libros viejos. Creo que los arreglaba en su casa… A mí me gustaría que escriba mi historia. A veces paso por Barranco, al frente de su casa, pero los vigilantes no me dejan entrar. Me ven así, todo pobretón…

–¿Por qué dejó su quiosco?

–Porque me aburrí. Además, había muchos problemas. Peleas todos los días. Y encima los pirañitas paraban saqueando. Yo tenía que estar todo el rato ahí, porque si me iba a mi casa, todo lo vaciaban. Los libros, las velas, hasta las frazadas se llevaban… Rompían la puerta y se metían. Un día me fui a tomar lonche al parque y, cuando regresé, ya estaban llenando todo en su bolsa. Justo los pesqué ahí. Entonces agarré un palo y les saqué la mierda a todos los pirañas. No podía ni salir a tomar café. Era una desgracia…

–¿Y qué hizo con el quiosco?

–Lo vendí. Me dieron 500 dólares por la tiendita. Se lo traspasé a un karateca –ya murió ese chino– y me fui a “bucear” por los barrios fichos.

–¿Es verdad que usted se va a “bucear” con siete chompas encima? 

–Sí, hace un frío de mierda en las noches. Me pongo todas esas chompas y este pulóver que me trae suerte para encontrar las cosas. Este pulóver lo encontré en Pizarro, allá en El Rímac. Desde ahí nunca me lo saco.

–¿Supongo que también habrá encontrado muertos?

–Claro. La mayoría de recicladores son los que encuentran a los muertos. Yo una vez encontré una cabeza. Solo que no dije nada para que no me hagan problemas. Otro día, encontré un pie. Yo pensaba que era un zapato y luego me di con la sorpresa de que era la pata de un muerto…

–¿Usted morirá siendo librero y “buceador”? 

–Sí, hasta el día de mi muerte estaré explorando las esquinas. Yo me siento feliz estando solo en la calle durante las madrugadas, cuando todo el mundo duerme. Me gusta lo que hago y siempre será así.

*(Bucear en el lenguaje callejero significa reciclar)

Imágenes, J. Arnao

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s