artículos/ensayos

Jazz y literatura: personajes

En el presente post, la segunda entrega sobre Jazz y Literatura, a cargo del escritor y crítico de cine Marco Zanelli Berríos.

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La pregunta podría ser cuantitativa: ¿cuánto ha influenciado el jazz a la literatura? Sin embargo, la respuesta, de momento, seguirá siendo esquiva. O, en su defecto, no podría ser totalizante. De hecho, si vemos su reverso (¿cuánto ha influenciado la literatura al jazz?), tampoco se podrá constatar gran cosa. No se sabe, hasta ahora, de algún jazzman que haya echado mano de la literatura para articular el leitmotiv de alguna composición musical. Aunque sí del encumbramiento de varios músicos legendarios a cargo de un sinnúmero de letraheridos aficionados a este género musical nacido en Nueva Orleans.

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De modo que es así: la historia del jazz es una parcela rica en personajes. Son varios los autores que han encontrado en las vidas de los jazzmen la materia prima para urdir sus ficciones. Sus vivencias están, generalmente, signadas por el fracaso y cierta dosis de pesimismo. Sus biografías son montañas rusas en las que los protagonistas transitan por distintos estadios: las crisis existenciales, las etapas de infertilidad creativa, los problemas de adicción a las drogas y al alcohol, y, cómo no, las proezas durante los procesos de composición musical. Ya decía Cortázar: “el jazz es su autor”.

Por supuesto, valga la perogrullada, la forma en que cada escritor trabaja este material es distinta. Algunos optan por alterar los nombres, mientras otros se pasean como funambulistas en la cuerda floja de la ficción y no ficción. Tal es el caso de Geoff Dyer y su híbrido de relatos y ensayos Pero hermoso (Random House, 2014), en el que recrea algunos episodios biográficos de sus jazzistas favoritos. Escritor meticuloso, Dyer nos entrega un puñado de retratos sobre músicos que, en algún momento, fueron discriminados y vapuleados: en suma, la tuvieron tan difícil que no les quedó otra alternativa que el hundimiento y la soledad. Así, nos hace testigos de las cuitas, los sueños y las manías de figuras como Thelonious Monk, Lester Young, Chet Baker, Charles Mingus, entre otros: un total de siete jazzistas perfilados con una prosa sugerente y pródiga en detalles.

A este apurado mapeo de relatos protagonizados por músicos de jazz habría que sumar esa novela corta de Jean Echenoz, Ravel, en la que el escritor francés evoca los últimos diez años de vida del célebre compositor de Bolero. En este libro que integra la trilogía conformada por Correr y Relámpagos, descubrimos desde un ángulo intimista y documental a un Ravel en estado de gracia y decadencia, presa de sus excentricidades, obsesiones y caprichos. Gracias a pasajes como su encuentro con artistas del cine y la música (Chaplin y Gershwin, entre ellos), la creación de su pieza más famosa (y a la que ya hicimos alusión), la escritura de conciertos para piano, entre muchas otras escenas, Echenoz nos muestra las distintas caras de un músico que admiró al jazz con verdadera pasión.

charlieparker

Charlie Parker

Otro pianista al que un escritor le rinde un oculto homenaje es Jelly Roll Morton, quien en la pluma del italiano Alessandro Baricco se enfrenta a un duelo con Danny Boodman T.D. Lemon Novecento, el personaje principal de su pieza teatral Novecento. Contada a través del largo monólogo de un trompetista, la vida de Novecento es la de un músico nacido en el trasatlántico Virginian, cuya sensibilidad y talento le permite contagiar a los pasajeros del barco una inusitada confianza para sobrellevar la travesía sobre el mar. “Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era”. 

Más sombrío, pero con una pasión similar por el jazz es la que refleja el inolvidable Johnny Carter, personaje de El perseguidor y álter ego –según confesión del mismo Julio Cortázar— del padre del bebop, Charlie Parker. Una historia narrada por el biógrafo (Bruno) del impredecible y yonqui Carter, quien persigue los pasos de su biografiado por un París nebuloso, mientras nos da luces sobre los problemas creativos que le acarrean su percepción del tiempo (“Esto ya lo toqué mañana”, dice Carter en su impulso por explicar su conflicto y con ese juego de palabras tan propio del universo cortazariano). El perseguidor es un cuento que condensa la ansiedad y la ruina física y psicológica por la que suelen atravesar este tipo de personajes. Pese a la inocuidad con la que Cortázar lo escribió –Carter fallece de “sobredosis de marihuana”—, cualquier imprecisión pasa desapercibida frente al nervio que el autor le dota a la historia, colocándola como una cima dentro de su carrera.

Y si de cimas literarias sobre el jazz hablamos, el español Antonio Muñoz Molina la alcanzó de igual modo con El invierno en Lisboa, novela de aliento policial que, en palabras de Guillermo Niño de Guzmán, es “una exploración de las pulsiones que determinan el comportamiento de los seres humanos”. En una trama que va de adelante hacia atrás, el narrador testigo nos relata la intrigante relación del trompetista Santiago Biralbo con una mujer enigmática. Un terreno misterioso que Muñoz Molina dilata con su estilo de marcado aliento poético y en el que surge un personaje inevitablemente parecido a Chet Baker: Billy Swann. La descripción de su fragilidad, su forma de entonar sus cantos y su trompeta, guardan un parecido con este jazzman de la West Coast que los aficionados jamás dejaremos de agradecer.

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Pero así como hay personajes que esconden la vida un jazzista o que se nos presentan como un biografiado en apuros, también están los melómanos, aquellos que se dedican a apreciar esta música, romantizándola y haciendo de sus sugerentes ritmos una experiencia que supera lo que llamamos estilo de vida.

Es lo que les pasa, por ejemplo, a los intelectuales del Club de la Serpiente en Rayuela, la novela con más ritmo de jazz que haya podido escribirse. Mucho ha escrito Julio Cortázar sobre este género musical, y el cénit de esta pasión se encuentra concentrado en este libro rupturista: precisamente en esas charlas inacabables que sostiene Oliveira con los nominalmente extravagantes Ossip, Wong, Ronald, Babs, Étienne, Guy y  La Maga. Reunidos en habitaciones sucias, los miembros de este club beben y hablan de arte, mientras escuchan y piden canciones de Bix Beiderbecke o Coleman Hawkins. Su atractivo yace en el desenfado con el que se refieren a temas intelectuales y en ese afán por la libertad del pensamiento (con su dosis de posería incluida) que es gratamente potenciado por la música que escuchan. (No faltan los ingeniosos que aprovecharon estas referencias de Cortázar en su novela para crear Jazzuela, disco que pueden escuchar a continuación, amén del YouTube:

 

De igual modo, los protagonistas aficionados al jazz de En el camino, están contaminados por la misma vitalidad manifestada en esa prosa torrencial de la que es dueño el narrador de la novela, Sal Paradise. Su actitud rebelde junto con la visión desencantada de sus compañeros, hipsters que recorren una Norteamérica ajena al sueño americano, remite de inmediato a esos largos solos de trompeta que Charlie Parker soltaba en cada jam session para mostrarnos que la vida no es solo presa de partituras y composiciones ordenadas, sino también del caos y de la libertad creadora.

La primera parte, Jazz y Literatura: el ritmo.

 

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