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Henry Miller: la biografía salvaje de uno mismo

G. Ruiz Ortega:

Volver a Henry Miller no es más que un retorno a la biografía salvaje de uno mismo. Es quizá la experiencia más epifánica que he tenido en mi pasión por la lectura. No quiero caer en el lugar común, pero a veces los lugares comunes se justifican cuando llevas a cabo un ejercicio de memoria y te descubres potenciándote como lector precisamente con los libros de Miller, libros que leías como novelas cuando lo cierto era que no eran novelas, pero cuando los leías no pensabas en el género sino que estabas entregado al placer de la lectura, al menos, para tu sensibilidad de joven rebelde que bordeaba los veinte y quería vivir, bajo el amparo de la experiencia de la palabra, lo que Miller te contaba en los Trópicos, porque a eso aspirabas, con mayor razón si era la primera vez que lo leías, es decir, ser parte del arribo al submundo del yo mediante otra voz y sensibilidad. 

Las cosas, para valorarlas, hay que hallarlas en la esencia de su sencillez: había que tener la suficiente fuerza testicular para escribir lo que Miller escribía, había que tener el ego hecho pedazos para ser capaz de exponer tal y como él exponía todas sus miserias humanas, miserias distribuidas en diferentes niveles de esplendor. Este esplendor, que podríamos tildar también de recuento, fue lo que llamó más mi atención en el inicial acercamiento a Miller. 

¿Había ser humano que haya sufrido más que él?, me pregunté más de una vez. 

A la fecha no recuerdo cómo es que llegué a su obra. Quizá los flashes referenciales se hayan dado en una lejana noche de un perdido día de mediados de 1997, en un bar del Jirón Quilca. 

Cuando llegó el momento en que había que leer a Miller, me puse a buscar en serio sus libros. Tanta referencia al sexo había motivado la libido de un lector que en esos años se encontraba en su plenitud hormonal. Buscaba los libros como si estuviera buscando revistas pornográficas. La búsqueda la llevaba a cabo en un estado de excitación, me encontraba y me sentía caliente cuando me sumergía en los anaqueles de las librerías y en las librerías de viejo, como las que aún persisten en el centro de la ciudad. 

Claro, a quien le toque leer estas líneas la pregunta le viene de cajón. ¿Acaso los libros de Miller eran difíciles de encontrar? Al respecto, el nuevo lector debe saber que en esos años poco o nada se sabía de él. Lo mismo podríamos decir de los narradores y poetas de la Beat Generation, que solo eran conocidos en círculos literarios muy estrechos. Se sabía de ellos, obviamente, eran escritores que habían sido las sombras presentes en las poéticas que se escribieron en Perú a partir de los años sesenta, pero aún no calaban en el lector interesado, en el letraherido que solo lee por placer, sin el interés de hacer una trayectoria literaria. Autores como Miller habían permanecido en el imaginario de los entendidos, aún no traspasaban el coto que les permitiera ser leídos por el gran público lector, sin importar cuán estrecho sea este en realidad. 

Más de una vez había visto los Trópicos, empero me fue casi imposible dar con ellos. No por nada en aquellos últimos días había estado escuchando de Miller. Nada nace de la nada. Todas las cosas son una interminable secuencia. Y esa secuencia era más que obvia. Los vendedores de libros me decían que últimamente estaban comprándose sus libros. Me preguntaban si en verdad era tan bueno como decían. No sabía qué responder. Y sí, me sorprendía no encontrar los libros de ese autor que podía encontrarse en Oveja Negra, en Bruguera, Sudamericana, es decir, en las colecciones populares que en su momento dejabas pasar porque no había tanto apuro por tenerlas, no eran la prioridad, posponías su compra porque en otra ocasión, si en caso te sobraban algunos soles, te los ibas a llevar de todas maneras.

Henry Miller

Conseguí leer los libros de Miller gracias a la fotocopia de Trópico de Cáncer que me proporcionó una amiga estudiante de literatura de San Marcos. Llegué a casa y terminé de leer esa novela que no era novela en el lapso de no más de siete horas. Trópico de Cáncer no era una novela. 

A partir de esta impresión comenzó a germinar mi aprensión contra todo aquel que hablara de Miller valiéndose de los lugares comunes por los que su obra fue censurada en Estados Unidos. Como se supone, se hablaba de este autor valiéndose de la leyenda negra que lo calificó como el “Demonio de la sociedad norteamericana”. Me sorprendió que ni los años transcurridos hicieran que sobreviva el Miller que quedaba e importaba. Si bien es cierto que se trató de una novela calificada de réproba y por la que se le censuró a razón de la temática sexual calificada por los celadores de las buenas costumbres como pornográfica y obscena, no percibí en ella ni una sola pizca de atentado contra las buenas costumbres. En esta impresión no tuvo nada que ver el hecho de que la haya leído como lee todo joven rebelde un libro de un autor que catalogan de maldito. Lo que llamó mi atención, que descubriría muchos años después, con la experiencia que te depara la pericia lectora, fue el hechizo que me generaba su prosa. 

Luego de Trópico de Cáncer, pasé a completar el díptico con el de Capricornio. Pero la inquietud permanecía. Me seguía preguntando a qué se debía la dificultad de encontrar los libros de Miller. La respuesta la tuve en esas semanas de búsqueda. No era para menos, William Burroughs acababa de morir. A razón de su muerte se había originado una fiebre que hizo que durante algunos meses sus libros fueran inubicables y también los de Miller. De alguna manera, eran autores hermanados por la desdicha. En sus últimos años, Burroughs había hecho proselitismo por Miller, seguramente bajo la motivación de querer mantener en el imaginario la presencia de su obra y qué mejor que hacerlo que con la mención de un autor que había sido su paradigma. Los títulos de Burroughs y Miller siempre habían estado a la mano de los lectores, el segundo, obviamente, tenía muchísimos más que el primero, y por ser tantos se perdían o sonaban a cosa rara en los recuerdos inmediatos del vendedor de libros. Con algo de suerte, encontrabas El almuerzo desnudo, mas no así los títulos ajenos a los Trópicos, ocultos en las estanterías de las librerías, fondeados en los anaqueles de los puestos de libros de segunda mano o en costales que almacenaban los títulos que eran catalogados como hueso. Más allá de sus dos libros más conocidos, lo cierto era que no se le leía en mucho tiempo, ni siquiera era un autor al que se le tomara como una referencia de la literatura norteamericana del siglo XX. 

En cierta ocasión, preguntándole por lecturas a un profesor de literatura de San Marcos, este me dijo que debía buscar libros más contemporáneos. Eran pues los años de eclosión y descubrimiento de Raymond Carver, del inicio de la devoción que provocaba el rescate editorial de los libros de Bukowski, el creciente nuevo interés por las voces de la Beat Generation. Demasiados intereses juntos, no había lugar para Miller. Por esa razón, este profesor me sugirió que debía leer lo nuevo, a los herederos de los maestros como Chéjov, es decir, Carver, solo Carver. Para este profesor Miller era una figura caduca. Yo escuchaba y prestaba atención, con mayor razón cuando con estas referencias me sacudía de las lecturas decimonónicas que me seguían retumbando desde la adolescencia. 

De alguna manera empezó a nombrarse a Miller. No había bar en que no escuchara de él y en los artículos de las fugaces revistas noventeras era mencionado, bueno, era nombrado en función de sus dos libros más conocidos. La razón la supe de la forma en que me enteraba de las cosas, por medio de una revista llamada Generación X, la cual coleccionaba y que bien puedo atribuir a uno de mis tantos pecados literarios de juventud, pese a que la revista marcó una época, después de cinco ediciones para luego desaparecer hasta el día de hoy. En uno de sus artículos, se hablaba de la muerte de Allen Ginsberg. Ese número de la revista, si no me equivoco el cuarto, no lo había leído. 

Fue pues la muerte del poeta beat lo que hizo que en paralelo se activara mi interés por Miller. Tengamos en cuenta que la figura de Miller había servido de inspiración a no pocos escritores de tendencia vital de la segunda mitad del siglo XX, siendo los integrantes de la Beat Generation los discípulos más aplicados. 

Si Miller tuvo un nuevo ingreso en el imaginario de los lectores peruanos, o un ingreso con la pierna en alto en quienes lo descubrían, se debió a la muerte de Ginsberg. Ginsberg, a la muerte de Jack Kerouac, se había convertido en el único militante de un discurso que tenía acogida en los jóvenes rebeldes del mundo antes de ser absorbidos por el sistema neoliberal. Una de las cosas que hizo Ginsberg antes de sucumbir en aroma de poesía, fue recordar sus años formativos. Prácticamente no dejaba de mencionar en donde sea los libros de Miller, aprovechando los discursos y recitales que brindaba en el mundo entero. A comparación de Burroughs, Ginsberg destilaba genuina admiración. 

Más de una vez he barajado la idea de que los lectores de entre siglos conocemos más a Miller gracias al autor de “Aullido”. La lógica, para esa edad de ebulliciones hormonales, era acercarse a Miller por el costado, por una tangente, la más conocida por todos. Bien podía o no gustar Miller, y en mi caso me gustó, ya que había algo en su prosa y en su actitud, actitud que no dudaba en mostrarlo como el ser humano más infeliz de la historia. 

Y vaya que Miller era lo que bien podemos catalogar de irrefrenable infeliz. Si tuviéramos que reforzar esta impresión, haríamos lo correcto en llamarlo de la misma manera en que llamamos a ciertas personas hoy en día: un “salado”. A Miller le salía todo mal, absolutamente todo. Era pobre, conflictivo, las mujeres no se fijaban en él, buscó las oportunidades para ser publicado y estas se le cerraban. 

Los motivos de su fracaso pueden llenar tranquilamente más de veinte folios de absolutas desdichas. La literatura, la gran literatura, tiene una cantera irrebatible de autores signados por el fracaso, pero por más que repasemos a los más fracasados, si de este repaso hacemos una lista de solo cinco nombres, en ella tendríamos que consignar a Miller. 

Cuando leíamos a Miller supimos que hubo alguien que las pasó más putas que uno. Y esa lectura creciente de su obra iba reforzando una actitud, quizá una sin la total conciencia de la situación que se vivía, pero que forjaba una seguridad vital en quienes quisimos hacer algo cuando nadie parecía dispuesto a hacer nada. Esta impresión bien puede sonar muy antojadiza, pero en lo que me tocaba ser testigo, en especial luego de las extenuantes marchas, ya sea en el Centro Histórico como en San Marcos, pude ver a no pocos líderes estudiantiles, entre hombres y mujeres, leyendo las ediciones populares de los Trópicos, como si la lectura de ese par de libros fuera una suerte de combustible que reforzaba una actitud ante la inmediatez de la vida. Claro, no se podía comparar las actitudes, pero nunca dejó de parecerme una curiosidad ver a líderes estudiantiles, o escritores de relativa influencia entre los nuevos y aspirantes a escritores, teniendo en su manos los libros del norteamericano. Llamaba mi atención y me llevaba a pensar en qué es lo que había en Miller. Percibíamos algo más que escenas sexuales explícitas, éramos en esencia partícipes de un hechizo que no entendíamos pero que no nos importaba entender porque la lectura de los Trópicos venía relacionada con la experiencia que vivíamos bajo la influencia de la poesía de los poetas malditos o, en todo el caso, el respiro contra el hastío que leíamos en Rimbaud, Verlaine y Baudelaire. 

Si leíamos a Miller para entenderlo, íbamos a fracasar. A Miller había que sentirlo y en esa búsqueda de conexión encontrábamos un remezón. 

¿Qué tipo de remezón? Seguramente uno parecido a la experiencia de la lectura de la poesía, como la de los poetas malditos. Pero ante todo, y esto lo supe mucho tiempo después, lo que sostenía la poética de Miller era la actitud, una fe ciega en un proyecto de escritura que se justificaba en su práctica misma, en la fe ciega en un salvaje ejercicio de memoria. 

Es que era eso: Miller era un salvaje de la memoria. No he logrado encontrar a otro escritor que escriba al nivel de Miller, a otro que haya exprimido tanto la memoria como lo hizo él. Si tuviéramos que hablar de una poética de la memoria en el sentido más enfático del término, teniendo en cuenta que toda obra de ficción es uno de los trajes de la memoria, Miller vendría a ser uno de sus más grandes exponentes. No será el mejor, pero sí el que le dio una valía y una ambición que elevó la memoria a los cielos, haciendo que otros que también escribieron bajo el respiro de la memoria parezcan genuinos enanos o, siendo más suaves, talentosos entusiastas a los que les faltó precisamente memoria y más arrojo para igualar al maestro. 

No es para menos: Miller escribió más de cincuenta libros en los que habló de sí mismo. Una proeza como esta, en lo personal, no se la conozco a nadie. Miller, como se indicó, elevó la memoria. Pero ¿cómo lo consiguió? ¿Acaso era un escritor dotado para hablarnos de lo mismo una y otra vez? No es poca cosa lo que nos legó, decir que a la fecha su poética ejerce un magisterio no es una exageración: la poética de Miller justifica la narrativa que se viene escribiendo hoy en día. 

Miller es la marca de agua que se puede detectar en la novelística contemporánea. Su radiación no ha sido rápida ni expansiva, ha demorado, creo que más de la cuenta, en asentarse en el imaginario de los lectores y escritores. Y está bien que haya sido así, porque de a pocos su obra ha ganado una legitimidad literaria que termina por aplastar el criterio impresionista que lo tuvo durante décadas como un autor que solo sobrevivía por su leyenda de sujeto atraído por el escándalo, guiado bajo una clara actitud de provocación. Esta leyenda fue germinada y reforzada por sus propios lectores, quienes también tenían objetivos literarios, y que no pocos trataron de imitar, dejándolo todo en pos de la hechura de un proyecto literario que moría en las ciénagas del entusiasmo. Al respecto no hay mucho que indagar en los potenciales motivos, puesto que el proyecto de Miller exigía para justificarse una coherencia de vida que al final alimentaba la escritura, algo que casi nadie, me atrevo a aseverar, está dispuesto a concretar. 

Miller es un padre literario pero un padre literario sin hijos. Los que escriben teniendo a Miller como principal paradigma, no conocerán otro camino que la frustración. Así de bestia es su herencia, que caricaturiza a los que traten de ser como él. 

Hablamos pues de un escritor único en todos los sentidos. La impronta de Miller no es una marca de agua, es más bien un sello de alto relieve del que no puede escapar ni el más ducho de los narradores. 

Por lo general, los grandes narradores necesitan de puertas de entrada, o ventanas, para quedar insertados en las coordenadas de la sensibilidad de los lectores. Durante mucho tiempo se ha dicho y se viene diciendo que las puertas de entrada a la obra de este norteamericano irreverente han sido los Trópicos. Una mirada somera podría dar la razón a esa hipótesis, sin embargo, y como los años de lectura no pasan en vano, habría que empezar a subrayar el hecho de que Miller exhibe más de una puerta, que contadas al vuelo, nos llevaría a veinte vías de acceso a su obra. Los Trópicos ejercen un poder de hechizo y fascinación en quienes se acercan por primera vez a su obra. Pero ¿qué ocurre cuando leemos los títulos de La crucifixión rosada (Nexus, Plexus, Sexus), Primavera negra, Nueva York ida y vuelta, El tiempo de los asesinos, El mundo del sexo, Los libros en mi vida, La sonrisa al pie de la escala, La sabiduría del corazón? Uno no solo refuerza la impresión que se tenía de las novelas de los Trópicos, sino que llega a una certeza inexorable: que estamos leyendo a un escritor al que se le debió de reconocer más en vida, ya que si hubo algún escritor del siglo XX que mereció una mayor difusión literaria, sin hacer uso de su leyenda de escritor maldito, ese fue Miller. Si los Trópicos son las puertas de entrada, estas otras obras vendrían a ser la confirmación de su condición de grande. En otras palabras, hablamos de un autor al que se puede acceder por cualquier libro, que a su vez contiene también muchas puertas y ventanas de entrada, no son textos lineales en absoluto. En esta poética, lo último que podemos esperar, es un orden, una estructura pensada. En sus páginas jamás ha habido espacio para el raciocinio. Lo suyo ha sido el sueño, la crítica lúdica, el desenfado y la provocación temática. 

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Miller supo que no iba a poder desarrollarse como escritor en New York. New York le hastiaba y le daba la espalda, por otra parte, sus inquietudes por escribir no eran del todo claras. Quería ser escritor, pero no sabía cómo encaminarse hacia ese fin. No se veía cómodo escribiendo como los demás y si no escribía como los demás no le iban a publicar. Algo que podría parecer muy sencillo, se convirtió en una disyuntiva existencial para el joven irreverente que vivía de esporádicos trabajos mal pagados. Había que irse, salir del contexto. Su propuesta literaria, si es que la tenía, iba más allá de la ortodoxia. Es cierto que tuvo una fugaz formación académica, pero fue ante todo un autodidacta, un lector voraz, sus lecturas venían pautadas por un irrefrenable desorden, sus intereses pasaban por la filosofía, poesía, ensayo y memorias. 

La crisis económica de la Gran Depresión fue motivo más que suficiente para que en 1930 abandonara New York y emigrara a París. París era la ciudad de sus héroes de las novelas decimonónicas, la ciudad de sus poetas favoritos, la ciudad en la que los ensayistas que leía escribieron sus libros. Había pues una actitud romántica en su huida a esta ciudad, pero las cosas no estuvieron marcadas por la buenaventura. 

Miller sufrió en París. Sufrió una pobreza peor de la que pasó en su ciudad natal. Sufrió de amor, puesto que conoció a Anaïs Nin, quien sería su amante y por quien dinamitaría el poco ego que le quedaba. Pero también conoció el circuito literario de la época, frecuentó los círculos poéticos y culturales, aplicando un filtro con el que guiaría sus preferencias, la comodidad de su sensibilidad, la que encontró en el discurso del surrealismo. 

En el surrealismo Miller halló el cauce que tanto necesitaba no solo para potenciar su estilo y sus temas, sino también la justificación de los mismos. No quería ser un remedo de los maestros de la época, sino encontrar su voz y, a partir de ese encuentro, empezar a forjar su poética. No demoró mucho. Los folios que venía escribiendo durante años no eran sino el ejercicio inconsciente de lo que haría después. Lo que llevaba escrito le sirvió para pulir su prosa y en el surrealismo, en el libre flujo de la conciencia, el aún joven Miller encontró el camino. Por eso, si leemos cualquiera de sus libros, en estos Miller escribe de sí mismo, no desde las parcelas de la imaginación, al punto que cada desgracia contada, cada instante de felicidad de relativa duración, eran experiencias que él había vivido. No fue un hombre que proyectara su vida por proyectarla, se dio cuenta, a lo mejor desde los años en que trabajaba en empleos fugaces y en los que era rechazado por todo tipo de editoriales, de que en el registro narrativo del “yo” iba a poder encontrar el sendero que le permitiera escribir libros que con el paso de tiempo recibirían el saludo que él consideraba justo. No exageramos si decimos que los libros de Miller dan cuenta del sufrimiento humano, que critican las convenciones morales y muestran una manera de llegar a la libertad del individuo a través de la confrontación del miedo. Miller, como gran lector de filosofía y religión, tenía la idea de que la mejor manera en que una persona puede llegar a conocerse era a través del miedo y su consecuencia natural, el sufrimiento. A excepción de un libro suyo, todos los demás radiografían su sufrimiento. Sin embargo, es en El coloso de Marusi donde Miller alcanza la cima artística. En este libro Miller relata su amistad con Lawrence Durrell, quien lo invita a Grecia a pasar una temporada, una temporada que lo equilibra emocionalmente y es precisamente ese equilibro el que también conduce su prosa hacia grados de transparencia que contradicen lo que leemos en otros de sus libros. Somos testigos de un Miller en estado de paz, sus descripciones de los paisajes son genuinos pincelazos narrativos, su trato con la gente del lugar destila una bonhomía casi ausente en su obra. En muchos pasajes, Miller parece entregado a querer seguir viviendo en Grecia, como también a morir allí. No es gratuita la referencia al Coloso, por medio de esta llegamos a una cuasi verdad: Miller escribía de acuerdo a su estado de ánimo, no escribía bajo un plan, lo suyo era la espontaneidad que recibió del registro surrealista. No pocos lectores se preguntan qué pasó después, por qué Miller no siguió en la senda del Coloso, sus libros posteriores siguieron nutriéndose del aire escéptico y escandaloso de su obra anterior. Vino la Segunda Guerra Mundial. Esa fue la razón. La Segunda Guerra terminó por matar la poca esperanza de paz que Miller había transmitido en su libro ambientado en Grecia. Por una cuestión natural, Miller regresó al discurso transgresor, desordenado. La paz emocional que encontró en Grecia jamás la volvió a plasmar en ninguno de sus textos. Más aún, Miller se hizo más virulento. Pero esta virulencia ya no la escribió en Europa, sino ahora en su país, asentándose en Big Sur, en donde construyó su cuartel que con los años se convertiría en punto de encuentro de sus lectores que venían desde distintas partes del mundo. 

Es cierto que su poética viene marcada por una prosa que puede aturdir al lector. Hay en ella una densidad y ramificación discursiva que exige al lector entrenado una concentración mayor. No hay que ser ligeros al respecto. Leer a Miller puede ser una experiencia iluminadora, pero llegar a ella se torna difícil y es en esa dificultad donde descansa la fuerza y riqueza de su literatura. El aserto de Lezama Lima sirve para entender la poética del norteamericano: “solo lo difícil es estimulante”. Es pues la prosa de Miller la que ha venido imponiéndose en las últimas décadas, y guarda el secreto de su epifanía y revelación. Ya no más fama de obsceno y provocador. En el silencio, Miller ha ido asentando un magisterio del que inexplicablemente no se está hablando. Hay que tener mucha fuerza y arrojo para decirlo, pienso, en estos tiempos en que poco se señala a los maestros que ejercen una presencia latente. Sumemos también la cantera de la que él se nutría. Ya mencionamos la importancia del surrealismo en su poética, pero es hora que se reconozca la otra gran influencia que empleó en su discurso incendiario. 

Su paso por Francia marcó su compromiso con el surrealismo. Sin embargo, este compromiso no sería lo que es sin la presencia de la sombra a la que se cobijó, es decir, el proyecto A la busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Más de una vez lo he dicho: Proust está en las alturas, en los cielos, y en la tierra quedan Faulkner, Hemingway, Céline, Malraux, Durrell, García Márquez et al. Miller encontró a Proust e hizo suyo lo mejor del maestro: la digresión y el flujo de los recuerdos. No solo eso, Miller mató al maestro, puesto que abordó la herencia del francés desde la calamidad de su vida, quitándole el refinamiento del gurú, no siendo pues una copia barata, tal y como muchos intentaban al querer imitarlo. 

No exageramos al decir que Proust es el padre de Miller y Miller su discípulo más aplicado. Miller no solo elevó la memoria, también la puso en bandeja para que las posteriores generaciones de escritores escribieran en confianza desde la memoria y el yo. El grado de radiación del norteamericano lo podemos percibir en los registros del diario, la memoria, el ensayo, el híbrido, el testimonio y la novelística del yo. Estos registros se vienen vendiendo como novedad, pero no caigamos en las mentiras de las etiquetas editoriales. Nada nace de la nada. Miller es el padre del híbrido que signa a la narrativa contemporánea. Se ha leído a Miller sin necesidad de leerlo. Se lee a Miller sin leerlo desde Bukowski a Karl Ove Knausgård, desde John Fante a Emmanuel Carrère, por citar algunas relaciones. Obviamente, esa radiación también la vemos en lo que se viene leyendo en la narrativa peruana contemporánea. Otra cosa es que no se reconozca esa influencia. En realidad son muy pocos los que la reconocen y no lo hacen por un aberrante desconocimiento. Paradójicamente, Miller es reconocido por los lectores y, es justo señalarlo, porque él escribía pensando en los lectores y no en los escritores o aspirantes a escritores, tampoco escribía pensando en el reconocimiento inmediato, se asumía como un gran escritor y escribía de acuerdo a ello. Tampoco olvidemos que las desgracias que vivió, el sino que dirigió su vida, le confirió una libertad que reforzó su estilo y le dio el impulso para escribir lo que le vino en gana. No tenía nada que ganar, mucho menos nada que perder. Su intención fue legar un proyecto que lo sobreviva, más de medio centenar de títulos en los que hablaba de sí mismo, del asombro que le provocaba el mundo y las personas que conocía. Hablamos, pues, de una esponja humana dispuesta a macerar la experiencia y el dolor. Para Miller, absolutamente todo era literatura.

Publicado en la revista  Lucerna # 7

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