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¿Hacia una narrativa peruana «del extranjero»?

Por: Jorge Cuba Luque

Desde hace algunos años parece asomar en el horizonte de nuestra narrativa un nuevo tema de referencia: el de personajes peruanos que viven una experiencia en el extranjero, experiencia que constituye su centro espacial. Hoy que en la novela y el cuento peruanos se cultiva con no poca intensidad una variedad temática que va desde la violencia política, pasando por lo fantástico, el tema urbano, la novela histórica, la ciencia ficción hasta llegar a la auto ficción, las obras situadas fuera del territorio nacional constituyen ya un corpus que bien se puede hablar de una corriente. Tomo aquí los cuatro libros que me han motivado la presente reflexión: Paseador de perros (2008) de Sergio Galarza, Crónicas de Londres (2011) de Gunter Silva, Un cuy entre alemanes (2014) de Walter Lingán, y Ríos de ceniza (2015) de Félix Terrones, cuentos y novelas que tienen por escenario ciudades europeas: Londres, Tours, Madrid y Colonia. Los autores de estos libros residen en Europa desde hace largos años, lo que sin duda ha sido la circunstancia que los ha incitado a elegir el Viejo Continente como escenario para desarrollar sus ficciones.

Los títulos citados no conforman desde luego de una lista exhaustiva pues a esta habría que agregar el conjunto de cuentos París personal (2002) de Marco García Falcón, las novelas Una pasión latina (2011) de Miguel Gutiérrez,  La noche americana (2011) de Luis Hernán Castañeda y Un asunto sentimental (2012) de Jorge Eduardo Benavides; también, aunque sin obviar su propuesta vanguardista que lo hace inclasificable, Bombardero (2007) de César Gutiérrez. Y de seguro que aún así siguen faltando algunos títulos, plumas femeninas.

Pero ¿se trata realmente de una tendencia, del surgimiento de una corriente en nuestra narrativa? Así es,  el tema que ha dominado nuestra novelística es la realidad social y política del país, especialmente ambientadas en Lima. Con la narrativa “del extranjero” asistimos, en cambio, a una temática centrada en las peripecias personales vividas por los personajes en un país ajeno. Así tenemos que en Paseador de perros un joven narrador sin nombre nos detalla su recorrido por los más deslucidos barrios de Madrid. En los cuentos de Crónicas de Londres los personajes centrales son jóvenes peruanos que, un poco a la deriva afectiva, se encuentran en la capital inglesa a la espera de no saben bien qué. O el caso de Un cuy entre alemanes, en el que el narrador, un cuy humano y peruanísimo, nos da cuenta de su insaciable apetito erótico lo mismo que del frenesí con el que lee los miles de volúmenes de su biblioteca, esencialmente conformada por obras literarias, biblioteca construida durante las tres décadas de residencia en Alemania. Finalmente el también innominado narrador de Ríos de ceniza, joven profesor peruano en una universidad francesa, nos da cuenta de su “educación sentimental” al mismo tiempo que una suerte búsqueda de identidad literaria.

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Si bien en cada uno de estos cuatro libros asistimos de alguna manera a un  roman d’apprentissage, sus respectivos autores han logrado llevarlos más allá de la anécdota más o menos amena o interesante y los han singularizado dándoles una voz narrativa verosímil y cautivante: inocente en el caso de Gunter Silva, corrosiva en Sergio Galarza, exuberante en Walter Lingán o sutil e intimista en el caso de Félix Terrones. Curiosamente, y he aquí tal vez un primer rasgo a retener de esta corriente, las referencias al Perú son frecuentes en estos cuatro libros. El “paseador de perros” de Galarza es un miraflorino que recuerda que le dijo a su novia, para decidirla a irse del país: que “no valía la pena quedarse estacionado en una misma ciudad, y menos en Lima” (p.8); y más tarde, ya en España,  recuerda la década del 80: “Sucedió en 1987, cuando el Perú enfrentaba su peor crisis económica y social , por la negativa del presidente Alan García a pagar la deuda externa y por el crecimiento del terrorismo” (p. 88). En uno de los cuentos de Crónicas de Londres, aunque ambientado en París, un personaje llegado desde la capital inglesa en el Eurostar —el tren que atraviesa el canal de la Mancha— le dice a un amigo: “Recuerdo a Perú al volver a ver esos gigantes de fierro sosteniendo cables a lo largo del trayecto. Mi memoria me trae imágenes de torres rodeadas con cercos de alambre de púa…” (p.111). Por su parte, el cuy de Walter Lingán va más allá y habla a menudo y de manera prolija de la política y cultura peruanas pues ha conocido a diversos dirigentes de partidos de izquierdas y a escritores, está persuadido de que lo que le conviene al Perú es una opción política de izquierda. Finalmente, el narrador de Ríos de ceniza evoca un viaje a Cajamarca donde conoce a un extraño escritor con quien departe sobre literatura peruana.

Si bien es cierto que la narrativa peruana se ha extendido a  diversos subgéneros, las ficciones situadas en el extranjero son, en mayor o menor medida, una de las consecuencias del fenómeno de emigración masiva que empezó a vivir el Perú desde la década de 1980, cuando la crisis económica y política va asfixiando progresivamente al país, lo que explica las recurrentes alusiones a la crisis de aquellos años.  Sin embargo, ya antes ha habido novelas peruanas situadas fuera de nuestras fronteras: La vida exagerada de Martín Romaña (1981) —y su seguidilla—  de Alfredo Bryce Echenique, La danza inmóvil (1983)  de Manuel Scorza, ambas esencialmente en el París de los años 1960-1970. O los relatos de Pobre gente de París (1958) de Sebastián Salazar Bondy, lo mismo que algunos cuentos de Julio Ramón Ribeyro. El Perú mirado desde lejos por los personajes de estos libros no es un país en crisis pero sí anclado en una serie de prejuicios sociales, en una injusticia estructural, como en la obra de Scorza.

De seguro que han de surgir más títulos sobre peruanos en extranjero, sobre peruanos que posan la mirada en tierras extrañas para verse a sí mismos y a los otros; para, queriéndolo o no,  ver el país dejado atrás. Porque el Perú te maltrata, pero no te deja.

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