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Harold Bloom, el ángel caído

Por: Joe Iljimae

 

Dentro del imaginario colectivo del último milenio, la concepción del “ángel caído” se entiende como una referencia inmediata a Satanás o a los “seres expulsados del Paraíso” tiempo antes de la infausta creación del mundo. El origen de “los diablos” o “ángeles caídos” es parte de todas las tradiciones religiosas iniciadas con el zoroastrismo (religión dominante en oriente durante el imperio persa), mas no así lo son los demonios o entes malignos que surgen desde siglos anteriores.

Así, podríamos decir que “los ángeles caídos” son mucho más modernos que los demonios y, aunque fastidie a los dogmáticos, no son lo mismo. Pero ¿cómo es esto posible? Al respecto, el crítico estadounidense Harold Bloom ensaya este y otros problemas teológicos en su libro El ángel caído (Ediciones Paidós, 2008).

Para empezar, Bloom realiza un mapeo general de la tradición literaria angelística, haciendo un repaso del zoroastrismo, el judaísmo, el cristianismo, el islam y, también, de la cultura postmoderna representada por títulos como Piercing the Darkness, El libro de los ángeles, entre otros.   

Tras esta revisión, lleva a cabo un análisis puntilloso sobre la figura de Satanás, el ángel caído y los demonios. De este modo, Bloom propone que Satanás no nace de una idea judía, sino más bien persa, producto de la fusión histórica de la imagen del demonio Ahrimán y del ángel satan (significa “obstructor” o “bloqueador” en hebreo) que aparece como un agente “muy bien considerado por Dios” en el libro de Job y no como el ser maligno que aterró a la plebe durante la Edad Media.  

“Satanás –la mejor mezcla inocente de ángel caído, demonio y diablo– nos perturba porque sentimos que nos une a él un vínculo íntimo: la mentira bíblica”.

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Por otro lado, Bloom sostiene que el contemporáneo significado de “demonio” es una penosa confusión de los teólogos medievalistas con la palabra daemon, vocablo extraído del ensayo Sobre el Dios de Sócrates de Apuleyo en el siglo II. En este libro, “Dios” significa el demonio de Sócrates, un ente que mediaba entre lo intelectual y lo divino. Así, este daemon representa a los espíritus del sueño y del amor, y no, como tristemente identificaron los numerosos fanáticos medievales, a los ángeles malignos o mal caídos como “el príncipe de la potestad del aire” de San Pablo.

“Asociar daemon con demonio es ponernos a nosotros mismos en peligro de forma innecesaria, pues mezclar nuestros dones con el terrible mundo de la muerte es un verdadero desastre”, señala Bloom.

En cuanto a los “ángeles caídos”, la tesis se vuelve históricamente controversial, ya que el autor propone que todos los seres humanos somos estos seres celestiales arrojados a la tierra. 

“Un ángel caído es otra forma de Adán, que a mi entender es totalmente apropiada. En relación con la muerte, una vez fuimos el Adán inmortal, pero tan pronto nos hicimos mortales nos convertimos en ángeles caídos, pues esto es lo que significa la metáfora de un ángel caído: la insoportable conciencia de nuestra mortalidad”, anota.

Este hermoso ensayo también es una aproximación teológica-literaria a la obra de John Milton, Lord Byron, San Agustín y William Shakespeare. Asimismo, hay un estudio a fondo para personajes como Yago y textos apócrifos como el Libro de Enoc o el Evangelio de Marción.

Sin duda, El ángel caído es una joya dentro de la literatura universal y, a la vez, una roca que rompe la vitrina del canon teológico en cuanto a una de sus figuras más importantes dentro de su historia: los ángeles.

 

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