Creación/recomendaciones

“Guapo”

mujer-sombra

 

Por: Christian Briceño

La Madre no puede dormir, y le pide al Hijo que le sirva un vaso de leche tibia y le cuente una historia para poder conciliar el sueño. El Hijo está con los audífonos a todo volumen, pero aun así logra entender a la Madre y con gusto le sirve un vaso de leche tibia y le cuenta la historia que tanto quiere oír. Toma uno de los libros de la estantería, el que parece haber acumulado menos polvo, y va a sentarse sobre la silla de lona de director que había comprado recientemente la Madre para ver la tele por las noches, cuando regresara del trabajo. La historia es sencilla: una mujer, que evidentemente es la Madre en persona, se enamora de un hombre e imita sus vicios y lo sigue hasta la complicada ciudad, pero el hombre la engaña cada vez que puede, y en este ir y venir de peleas y reconciliaciones que degenera en una escena de celos de antología y la posterior partida del hombre a Dios sabe qué lugar de la ahora más inmensa ciudad, la Madre se entera de que está esperando un niño, y el doctor que le ha confirmado el embarazo le sugiere dejar de beber y de fumar y de tener relaciones sexuales sin protección bajo el riesgo de que el niño que está en camino nazca con alguna horrible deformidad que lo condene al rechazo público y a una vida infeliz. Pero la Madre es joven y tonta, y lo primero que hace, luego de saber que está embarazada, es buscar una licorería y comprarse un par de botellas de vino con parte del dinero que tenía guardado, e ir a su pobre departamento de un solo ambiente a emborracharse. Llora toda la tarde, e incluso toda la noche, por el hombre que la ha abandonado, hasta que el vino se termina y debe salir a comprar algo más de beber, porque su tristeza es demasiado grande como para vencerla con un simple par de botellas. También se ha vuelto adicta al tabaco, y cada vez fuma más y más, con nerviosismo, con placer, y se toca el abdomen todavía plano, y se pregunta si en verdad lleva algo que está vivo dentro de ella. No le da mucha importancia. No se detiene a pensar, entre sorbo y sorbo de vino, entre pitada y pitada de cigarro, que tal vez eso que lleva en su interior alguna vez alcanzaría un volumen suficiente como para desgarrarla desde adentro cuando llegue el momento de que haga su gloriosa aparición, ni que en un punto de su línea de vida, aún muy distante como para imaginárselo sin sonreír, desconfiada y con los ojos cerrados, llegaría a ser alguien que le lleve una taza de leche tibia a la cama y le lea un cuento para dormir. Y la Madre sigue el curso de su vida, y ahora ha olvidado las otras recomendaciones del médico, como la dieta rica en carnes y lácteos, y la ingesta de suplementos de calcio para ayudar al desarrollo de los huesos del niño que está por venir; la Madre ni siquiera come a las horas debidas, y muy pronto baja considerablemente de peso y empiezan a caérsele los dientes y también las pestañas y hasta las uñas de los pies, pero la Madre es joven y tonta, y piensa que todos estos cambios son pasajeros: se dice a sí misma que muy pronto, cuando supere la decepción amorosa, ganará peso, y sus mejillas, ahora hundidas y transparentes, volverán a ser odiosamente rosadas, carnosas y dulces como las frutas en los anuncios publicitarios. Ya no le importa cuando la gente se le queda viendo en la calle con asco, ni se asusta al sentir que las piernas se le doblan cuando sale a comprar una botella de vino o una cajetilla de cigarros. Se vuelve a tocar el abdomen y no siente nada, está más plano que una pista de aterrizaje, más plano que la recta numérica, así que ríe y ríe y ríe una noche, y revienta unas cuantas botellas de vino contra la pared de su departamento, y escupe al suelo como una gitana y blasfema y repite el nombre de aquel que la ha abandonado y reta a Dios con el puño en alto y más tarde, muerta de hambre, busca algo que comer, y al fondo de la maleta que trajo de su pueblo encuentra la bolsa con pasas que su madre le había ofrecido al darse cuenta de que no comía casi nada, poco antes de que decidiera seguir al hombre que la había abandonado. Y se vuelve a tocar el abdomen, más adelante, justo después de haberse tragado el semen de un desconocido al que se la había chupado por unos cuantos billetes en un callejón oscuro y vaporoso; y se lo vuelve a tocar cuando se le ha caído un diente más, y ahora tiene ocho dientes amarillentos guardados en una cajita de fósforos con la esperanza de volvérselos a pegar en el futuro. Con el dinero que gana puede comprarse una botella de vino al día, y luego de beber se sienta a respirar en el suelo de su departamento, convencida de que no está embarazada. La Madre vomita mucho y se induce al vómito cuando no vomita por cuenta propia, así que muy pronto debe ajustarse con una correa los jeans que solían quedarle ceñidos, y, sin darse cuenta, la correa se ha ido llenando de agujeros que avanzan temerariamente hacia la hebilla. Y sus senos se absorben hasta que en su pecho quedan un par de arrugas totalmente ajenas de su antiguo valor erótico. Y tiene la vagina seca como tostadas en polvo. La carne de los muslos pegada a los fémures. Pero esta es sólo la parte visible, dice el Hijo, y hace una pausa obligada, pues debe pasar la hoja y tomar aliento. La Madre conoce a un segundo hombre, y este hombre le promete cuidar al hijo que está por venir, y hasta promete que el hijo llevará su apellido; la Madre le dice que es muy probable que tenga un embarazo histérico, así que nada de eso será necesario, y tras un par de sorbos de vino, que se prolongan durante toda la madrugada, conoce a un tercer hombre que también promete cuidar al niño y comprarle una cuna de caoba con tul, y la Madre, luego de bailar ella sola una salsa en la cantina, vuelve a repetirle lo mismo que al segundo hombre, con una sonrisa que deja ver sus sangrantes encías con varios dientes menos, que lo suyo es un embarazo histérico, no cabe duda. Y este hombre hace lo que cualquier hombre con dos dedos de frente haría y sale huyendo de la vida de la Madre sin haber tocado sus fibras como sí lo hizo el primer hombre, el supuesto Padre. Y la Madre, ya bastante curada de su odio por los hombres al haber conocido a varios de ellos, decide cambiar su vida, y deja el vino barato, y luego intenta dejar el cigarro, aunque sólo logra bajar su consumo a una cajetilla y media por día. Y quien hubiera visto a la Madre en esos días caminando por una avenida con dirección al almacén donde pudo conseguir un trabajo digno, habría opinado que se notaba un cierto progreso en cuanto a su conducta, pues ya no iba bebiendo una botella de vino ni llevaba otra botella de vino en la cartera, y los cigarros que ahora fumaba eran suaves, y luego ya no fumaba otra cosa que no fueran cigarrillos light, y finalmente se contentaba con chuparlos sin haberlos encendido. Y, ya que el progreso iba en serio, fue aumentando sus raciones de comida, y dejó de vomitar y, aunque no le salieron nuevos dientes, su cabello dejó de estar quebradizo y opaco, y el hueso de la clavícula se le fue replegando poco a poco hasta que un delgado colchón de grasa terminó por ocultarlo. Ahora la Madre se tocaba el abdomen a discreción y ya podía advertir una ligera curvatura que despertaba en ella una sensación agradable, y le hablaba a la curvatura, y le susurraba muchas promesas ridículas que jamás llegaría a cumplir, y derretía un poco de hielo encima de ella para refrescar a la criatura que, de seguro, ya empezaba a estrenar uñas nuevas y pestañas nuevas, a diferencia de la Madre, que seguía sin renovar uñas ni pestañas. Así iba la historia. La de la Madre que enfrentaba sola un embarazo, y al principio bebía y fumaba mucho, y hacía mucho desorden en su vida, y luego, motivada por el instinto de madre, se dedicaba a sí misma, y olvidaba al hombre que la había abandonado cuando ella más lo necesitaba, y ese hombre hacía lo mismo con otra mujer y luego con otra, por lo que el hijo de la Madre, de seguro, habría tenido varios hermanos de madres distintas y de seguro todos estos hermanos iban a tener problemas para asumir una figura de autoridad que no podría corregirse nunca, ni siquiera con terapia psicológica, e iban a recurrir, cada uno de ellos, al alcohol y a las drogas blandas y quizá algunos tendrían problemas con la justicia, y era probable que, también, alguno que otro lograra estudiar una carrera universitaria para satisfacción de su respectiva madre. Y era seguro que alguna de las madres le iba a recordar constantemente a su hijo el parecido que tenía con su padre. Sin embargo, la Madre no pensaba en ninguna de estas posibilidades: más segura que nunca de su embarazo, se decidió a pasar las semanas finales lo más limpia que pudo, sin siquiera beber café, evitando resfriarse y bebiendo yogurt y jugo de naranja en cantidades industriales. Y se preparó para recibir al niño con un cariño que debía valer por dos y hasta por tres. Porque estaba entusiasmada con la idea, y su corazón latía a la par del otro corazón. Porque con padre o sin padre, el niño merecía ser feliz, animado por el amor de la Madre y custodiado con un celo meníngeo: la Madre se encargaría de que cualquiera que llamase bastardo a su hijo se lamentara de haberlo hecho. Y quiso aprender a tejer con crochet y a tomar la temperatura del biberón y a cerciorarse de que en las heces del bebé no hubiera nada extraño que la haga correr al hospital por unos análisis. Y cuando el niño creciera le podría decir, sin ningún tipo de impedimento, que no habían necesitado a un hombre que les dijera haz esto o haz lo otro, así de decidida se mostraba la Madre, dijo el Hijo, haciendo una pausa considerable luego de leer esta parte de la historia, ya que llegaba el momento en que todo empezaba a degenerar hasta volverse una pesadilla. Porque era el momento que más esperaban ambos, el momento en que las contracciones uterinas lograban que la Madre se retorciera de dolor sobre su cama y saliera a duras penas de su departamento en pos de un taxi que la llevase al hospital mientras sentía que las piernas se le mojaban y no podía dejar de temblar. Porque era el momento en que la Madre llegaba al hospital y entraba a una sala especial donde tendría que esperar a que la dilatación de su vagina sea la propicia para el alumbramiento. Porque era el momento en que el trabajo de parto daba sus frutos y de la Madre salía un pedazo de carne marrón y sin forma, con apéndices reblandecidos como raíces tiernas que nunca llegarían a ser considerados brazos ni piernas, y una cabeza enorme cuyo único rasgo humano eran los dos agujeritos del frente por donde el aire no entraba ni salía, y ella habría querido llamar hijo a eso, pero era evidentemente que ya no podría vestirlo ni peinarlo ni decirle lo mucho que lo amaba, por lo menos no después de que el médico que lo sostenía consideró prudente envolverlo en las sábanas esterilizadas del pabellón de maternidad y arrojarlo al tacho de los residuos biológicos, junto a las jeringas descartables y los guantes de látex usados. La Madre supo, entonces, que el Hijo estaba perdido y creyó que su corazón iba a reventar como una burbuja, y mientras reposaba en la sala de recuperación sintió que de entre todos los hijos que alguna vez tendría o llegaría a perder, éste sería el más querido y recordado, aunque nunca haya llegado a existir más que debajo de las capas de grasa y músculo de su abdomen, le dijo el Hijo a la Madre, con voz somnolienta, a modo de conclusión, y puso el libro en su lugar y volvió a colocarse los audífonos y subió el volumen al máximo, para no tener que escuchar los gritos de la Madre que inundaban de afecto y de soledad la habitación vacía.

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