artículos/ensayos

Corrosivo libro menor

Por: Joe Iljimae

Aunque parezca paradójico, para aprender a leer o a escribir, se necesita revisar siempre un pequeño lote de literatura de la mala. “No solo de buenos libros vivirá el hombre”, anotó Roberto Bolaño en su monumental 2666. La novela Memorias de una pulga, publicada en 1762, en París-Francia, podría encajar muy bien dentro de esta caterva de libros malos que, sin embargo, poseen una cuota de originalidad y agudeza que sostienen parte de la literatura universal.      

A veces, con la intención de intercalar y balancear lecturas, escojo libros de mediano o corto aliento, o, por su parte, algunos libros malos para contraponer con los libros voluminosos que suelo leer o releer. De este modo, mi ritmo de lectura se ha potencializado y he podido avanzar, de manera increíble, con varios libros que estaban en espera. Por ejemplo, remitiéndome a principios del año 2015, recuerdo que después de haber leído Los hermanos Karamazov, empalmé con un hermosísimo librito de Stefan Zweig: Veinticuatro horas en la vida de una mujer, que no pasa de las 110 páginas; luego, tras haber devorado toda La guerra y la paz, escogí El lago (92 pag.), de Yasunari Kawabata; al poco tiempo, mientras leía La educación sentimental, avanzaba a la par con el malísimo 007-Bond, de Ian Fleming. Lo mismo pasó cuando leí Bouvard y Pecuchet, pues a la par seguí con La puerta falsa de Alfredo Gómez Cerda, y así, concluyendo la última semana de agosto, leí Cumbres Borrascosas, y llegué, mal que bien, a empalmarla con Memorias de una pulga.

No es muy difícil comprender por qué esta novelita pornográfica fue publicada en su tiempo por un escritor anónimo. Lo más probable es que, de haberse conocido al autor, este habría terminado en galeras o ejecutado en público por enardecer las “malas costumbres” de la sociedad. Además, también habría sido pisoteado por la Iglesia, la cual se ve, las más de las veces, cruelmente representada por curas lujuriosos que organizan orgías con los cuerpos de adolescentes entregadas al placer.

Soy capaz de jurar, sin miedo a equivocarme, que la persona que empiece con la lectura de este libro, bien podría terminar con una erección o, al menos, con un cosquilleo en sus partes más privadas. Pues Memorias de una pulga, a pesar de ser una novela muy mala, tiene la capacidad de encandilar y persuadir al lector hasta la última página y entregarlo por completo al ensueño de las más bajas pasiones.

nn-004

La prosa de este libro es rítmicamente empalagosa. Las descripciones son, la mayoría de las veces, bastante anodinas y rudimentarias. El lector termina hostigado al encontrar, cada dos páginas, las siguientes muletillas: “Monte de Venus, volcán de lujuria, jugo sagrado, herramienta viril”, etc. Sin embargo, la novela tampoco está exenta de algunos aciertos que enriquecen y convalidad la narración. Por ejemplo, una de las partes más interesantes de Memorias de una pulga es cuando uno de los curas de la Santa Iglesia le enseña a Bella, la hermosa y lasciva heroína de la novela, a como llamar a ese jugo sagrado que sale de su herramienta viril:  

“-¿Cómo se llama ese fluido? –preguntó Bella, alzando una vez más su lindo rostro.

-Tiene varios nombres –replicó el santo varón-. Depende de la clase social a la que pertenezca la persona que lo menciona. Pero entre nosotros, hija mía, lo llamaremos leche.

-¿Leche? –repitió Bella inocentemente, dejando escapar el erótico vocablo por entre sus dulces labios, con una unción que en aquellas circunstancias resultaba natural.

-Sí, hija mía, la palabra es leche. Por lo menos así quisiera que lo llamaras tú. Y enseguida te inundaré con este jugo sagrado.

-¿Cómo tengo que recibirla? –preguntó Bella, pensando en Carlos, y en la tremenda diferencia relativa entre su herramienta viril y el gigantesco monstruo que en aquellos instante tenía ante sí”.

Otro de los equívocos que hacen de esta novela un libro menor son los excesos de disculpa del narrador por ser “una simple pulga” que no entiende ciertas cosas que va observando en el transcurso de la historia. De esta forma, el escritor se salva o se corre de escribir o profundizar algunos episodios que sostendrían mejor el libro. La excusa de ser una pulga, no valida su pereza al momento de tener que continuar con la narración, pues los cortes que hace son bruscos y demasiado presurosos. 

“Siguió entonces una lucha que ninguna pulga sería capaz de describir…”.

O:

“En mi condición de pulga no puedo permitirme la libertad de mencionar como era esa extraña posición que entonces veía…”.

Y, sin embargo, no todo es malo en este libro. Existen chispazos de belleza que podrían hacer aplaudir hasta el más escéptico lector, pero sobre todo, encenderlo a fuerza de imágenes inolvidables. Y ese, creo yo, ya es un punto a favor de Memorias de una pulga.
Lo que sí habría que estudiar o analizar, es el universo psicológico del narrador. Para el escritor, la potencia sexual se mide dependiendo del tamaño del pene de sus personajes. Cada nuevo cura que va apareciendo en el relato posee la verga mucho más grande y monstruosa que el de su predecesor. Las muchachas poseídas demuestran una satisfacción determinante cada vez que se encuentran cara a cara con un pene más endemoniado y brutal. Así, por más doloroso y desgarrador que sea el combate sexual, las orgías llegan hasta el desmayo de las participantes.

Una de las imágenes que podría describir mejor esta conducta, es cuando Bella observa como un caballo se monta, fuera de sí, sobre las ancas de una yegua. En este cuadro lo único que aprecia Bella, tal vez con un poco de envidia, es la gigantesca verga del caballo. Esta visión la lleva a tocarse y luego a descubrir como un labriego también se está masturbando (como ella) frente a la lucha de los dos cuadrúpedos simbólicos.

Esta novela, contada desde la perspectiva de una pulga, narra las conspiraciones que hacen los curas y los hombres del pueblo, para hacer de una niña una mujer carnal. Durante el recorrido de toda la historia, el lector encontrará orgías, incestos, sodomía, felaciones, ultrajes, violaciones y toda una serie de trampas y maquinaciones para poseer, a cualquier costa, el cuerpo deseado. No me sorprendería que un lector atento y bien intencionado termine, al final de la lectura, asqueado, aburrido y con ganas de apartarse de este libro, como esa pulguita narradora que huye para siempre al final de la novela en busca de un mejor alimento.   

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s