artículos/ensayos

León Tolstoi, el otro dios

Por: Joe Iljimae

Tolstoi nació en 1828, en la portentosa finca Yásnaya Poliana (lugar de actual peregrinación y culto), ubicada al sur de Moscú, en Rusia. En esta finca, flanqueada de árboles, campos herbáceos y casitas de mujik, escribió la totalidad de su obra y también, presa de una horrible lucha moral, ideó su filosofía “moralista religiosa” que lo convirtió, de la noche a la mañana, en un profeta cuyos principios tuvieron una influencia planetaria.

Según Henri Troyat, en su tremenda biografía sobre el autor de Ana Karenina (Tolstoi: juventud, viajes y amores. Emecé-Buenos Aires. 1965), señala que el conde Tolstoi tuvo una juventud libertina, desbandada, llena de experiencias sexuales y banales. Era un condesito bohemio, goliardo, rodeado de una vida desordenada y vertiginosa. Su amor por las mujeres alegres era de una calidad expresiva y campanuda, tanto así, que en una oportunidad terminó internado por una afección de sífilis, que fue extirpada mediante un tratamiento de arsénico contemporáneo. Pero también, pese a toda esa suerte de locura sexual, fue un aventurero que viajó por gran parte de Europa, ingresó al ejército y luchó en todas las refriegas de Crimea.

En 1864, después de romperse el brazo por caer del caballo durante una partida de caza, se puso a trabajar en la que sería la más importante de sus novelas: Guerra y Paz. Al principio fue apareciendo como fascículos en la revista El mensajero ruso. Luego, a fines de 1869, la obra quedó impresa en su totalidad.

Esta novela es una prodigiosa reconstrucción de las guerras napoleónicas en las estepas rusas. La gran maestría de Tolstoi, al manejar a su antojo más de 600 personajes, y sobre todo, de conducir, vapulear y entrampar al gran emperador de los franceses en la pérdida total de su ejército, demuestra que su genio era de otro mundo. La fuerza con la que cada capítulo de esta obra está escrita, la gota de emotividad que envuelve cada acción de sus personajes, la belleza de las descripciones bélicas, honorables, humanas, y la variedad de tipos humanos que desfilan por el libro, crean en el lector la sensación de una realidad cercana, viva y nada ficticia.

Leí por primera vez Guerra y Paz hace aproximadamente ocho años, cuando estaba por cumplir dieciocho y cuando mi mala suerte me había llevado a estudiar periodismo. En esos días, mi profesor de Introducción al periodismo, me sorprendió leyendo en su clase (poco me importaban los cursos de la universidad) una novela de un autor peruano actual. Naturalmente, el profesor me llamó la atención y me dijo que si quería leer otra cosa ajena al curso, que le hiciera el favor de salir de su clase. Sin pensarlo dos veces, cogí mis cosas y salí del salón. Al terminar la hora, el profesor me encontró leyendo en las gradas que daban al aula y, tocándome el hombro, dijo: “si quieres perderte mi clase, está bien, pero piérdela leyendo algo importante, no esas porquerías”. Luego, sacó de su maleta un libro gordísimo que estaba forrado de color rojo y me lo mostró. Por esta novela, exclamó blandiendo en libro sobre mis narices, “por esta novela vale perderse todas las clases del mundo”. La novela era Guerra y Paz. No me regaló ni prestó el libro, solo me exhortó a comprarla de inmediato para dejar de perder mi tiempo leyendo porquerías. De esa forma, en la siguiente clase de Introducción al periodismo, mi profesor me vio devorando, campantemente al viejo y lascivo León Tolstoi.

Sin embargo, debo admitirlo, había ciertas cosas dentro de la novela en aquel momento que no me importaban mucho. Supongo que era una cuestión de edad o de experiencias. O tal vez de intereses. Y me estoy refiriendo a lo más importante y vital de la obra: la existencia humana, la lucha moral y la presencia de Dios. Estos tres tópicos no me conmovían en lo absoluto. Me eran indiferentes, pues mis preocupaciones existenciales iban por senderos más escurridizos y pueriles. Sin embargo, igual quedé fascinado por los hilos conductores que tiende Tolstoi a la hora de contar una historia. Recuerdo de aquella primera lectura la impresión que me dejó leer la maravillosa descripción del incendio de Moscú, los devaneos campestres de la clase aristocrática rusa, el rapto frustrado de Natalia por Anatolio Kuraguin, la travesura juvenil de Pedro, cuando, en medio de una brutal borrachera, amarra a un guardia de policía sobre el lomo de un osezno y lo lanza al río, y así, muchas de esas anécdotas con tintes de aventura y acción que tanto buscaba en mi juventud. También hice acopio de algunas palabras nuevas para mí en ese entonces, como: estepa, mujik, cosaco, pope, troika, catilinaria, lactinoso, y otras más, que tengo anotadas en un cuaderno que me ha acompañado desde que tenía once años.

En resumen, esa primera lectura de la novela me gustó mucho, pero no me conmovió o golpeó como lo esperaba. Sin embargo, ochos años después, casi al comienzo del nuevo año 2015, hice una relectura de la novela junto a una que no había leído nunca (Ana Karenina), y esta vez sí, la conmoción fue deslumbrante.

Comprobé entonces la teoría de Ernesto Sábato, cuando se refiere a las “lecturas o interpretaciones por temporadas”. En su caso, le pasó con Crimen y Castigo de Dostoievski. Sábato señala que la primera vez que leyó ese libro, en la adolescencia, le pareció (y buscó que fuera así) una novela policial; la segunda vez, en la juventud, le pareció una novela sociológica; y la tercera, ya de adulto, le pareció simplemente, una novela sobre el bien y el mal. Luego apunta, que cada novela tiene su tiempo y su punto de partida para “trastocar de una u otra manera la vida del lector”.

Supongo que fue eso lo que me ocurrió con la segunda relectura de Guerra y Paz de León Tolstoi. Fue un golpe, una patada, un impacto tremendo que sacudió hasta la última fibra de mi conciencia. Esta vez, los temas que de alguna forma había desdeñado en mi juventud, se impusieron y cobraron un valor increíble mediante la lectura de esas más de mil quinientas páginas. La existencia humana, la lucha moral y la presencia de Dios, fueron las runas que empecé a buscar, como un desesperado, en cada hoja de este incomparable proyecto novelístico.

No quiero entorpecer ni aligerar la posible relectura que se haga de Guerra y Paz; tampoco quiero pecar de spoiler (horrible anglicismo que rechazo) para los que aún no leen la novela. Solo quiero dejar algunas impresiones y apuntes de esta gran obra maestra que ha marcado una nueva ruta en mi vida.

En primer lugar, me voy a referir al uso magistral del lenguaje. Y no estoy hablando de un lenguaje retórico o ampuloso, tampoco de uno que dependa de tecnicismos o palabras rebuscadas, sino de un dominio total del lenguaje sencillo, directo y sin visos de ornamentos inservibles. A diferencia de la literatura francesa, la literatura rusa -y especialmente la de Tolstoi-, no sufre de un exceso de descripción o exposición de ambientes o atmosferas como lo hacían (de manera ejemplar) Flaubert o Balzac, por tomar solo dos ejemplos. Es todo lo contrario. En Guerra y Paz hay un increíble encadenamiento de acciones y sensaciones, exentas de ampulosidad lírica, guiados por una fuerza discursiva-psicológica que hace verosímil los movimientos de los personajes.

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En el mismo plano, también podemos encontrar estupendas bisagras que enganchan al lector contra su propia voluntad. Un ejemplo, para abrir la narración de la formación napoleónica, es este gran símil (¿disímil?) entre el solado y el marino:

“El soldado en marcha es tan limitado en sus medios de acción, se ve tan arrastrado por su regimiento como el marino por su navío. Para el uno será siempre el mismo puente, el mismo mástil, el mismo cable; para el otro, a pesar de las enormes distancias desconocidas y llenas de desgracias que franquea, siempre será los mismos compañeros, el mismo sargento mayor, el perro fiel de la compañía y el mismo jefe. El marino raras veces tiene la curiosidad de fijarse en las extensiones sobre la que navega su buque; pero el día de la batalla, el soldado, gracias a una aproximación ignota, inevitable, mira, escucha, pregunta, trata de comprender lo que pasa fuera del círculo de sus intereses habituales, pues sabe que se prepara para la muerte.”                          

O, para narrar la vida vagabunda y despreocupada de Nicolás Rostoff en el campo de batalla:

“La Biblia nos enseña que la felicidad del primer hombre antes de su caída, consistía en no tener que trabajar.”

Otro de los logros de la novela, es el perfil psicológico y físico en la evolución de cada uno de los personajes. Por ejemplo, la pequeña Natalia, que en un primer momento se presenta como una niña atrevida, consentida, extrovertida y hasta descortés, se transforma (como todo hombre de carne y hueso) en una mujer emotiva, susceptible, introvertida y obsequiosa. Pedro, el gran Pedro Bezújov, quien en un primer momento es un hombre anclado en la nada, pasa por una serie de mutaciones: francomasón, filántropo, libertino y sociólogo preocupado por su tiempo, con ideas de reformas extravagantes y sueños utópicos. De la misma manera, cada uno de los personajes se transfigura, según el rasgo psicológico con los que los va tiñendo su propio creador.

Uno de los episodios más notables de Guerra y Paz, es el diálogo que sostiene Pedro y Ossip Basdeieff, en cuanto a la existencia de Dios. Este es uno de los diálogos más importantes de la literatura universal. “No es la mente la que comprende a Dios, dice el viejo Ossip, es la vida la que le hace comprender”. Luego, más adelante dice: “Si no existiera (Dios), no hablaríamos. ¿De quién hablaste? ¿De quién renegaste? ¿Quién lo hubiese inventado si no existiera? ¿De dónde os ha venido a ti y a todo el mundo la idea de un ser incomprensible, omnipotente y eterno en sus atributos?… ¡Existe! ¡Pero comprenderle es imposible!   

Al igual que en Ana Karenina, León Tolstoi se refleja en uno de sus personajes, en el más atormentado y abrumado, el que se cuestiona a cada momento sobre su existencia en este mundo, el que observa de cerca los caminos del bien y del mal, y el cual, al final, se redime y encomienda en las acciones más nobles y sublimes de la vida y la moral. En la novela Tosltoi se personifica en Pedro Bezújov; en Ana Karenina, en el buen Levine Dmitrievich, quien al final, al igual que Tolstoi, se vuelve en una suerte de profeta de los pobres y se retira al campo para siempre.

No quiero terminar sin antes decir que dos de las escenas más impactantes son, para mí, la caza del lobo en las estepas rusas y el saqueo de Moscú por las hordas de mujiks y soldados franceses. La primera por su gran vitalidad y la humanización que hace de los animales, sobre todo de los perros, los cuales sienten, piensan y reclaman como hombres; y la segunda, por su calidad humana, social y descarnada de los hechos que presenta. En una de las páginas sobre el saqueo e incendio de Moscú, Tolstoi escribe:

“Una ciudad ocupada por el enemigo es como una muchacha que ha perdido su honra.”

Sin duda, Tolstoi es el mejor ejemplo de novelista que debería tomar todo escritor. Esa ambición desmesurada, esa gran paciencia para el trabajo, esa inmensa resistencia para sostener tantas vidas en un solo libro. Por eso yo recomiendo que lean al viejo conde, y tal vez, como el otro monstruo de la literatura rusa, Dostoievski, cuando terminen de leer su novela, salgan a la calle proclamando a gritos, que Tolstoi es dios y que por fin lo hemos encontrado.

 

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