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Jazz y literatura: un cóctel azul

A continuación, Marco Zanelli Berríos, voraz lector y adicto al jazz, nos presenta la primera entrega de una serie de artículos que abordarán la relación entre en el jazz y la literatura. Aquí, el Ritmo.

1.

Literatura y música, se sabe, conversan más de las veces. En las primeras páginas de Teoría poética y estética, Paul Válery se aventuró a dejar por sentada esta remota relación con una confesión: “Pero estábamos nutridos de música, y nuestras cabezas literarias únicamente soñaban con obtener del lenguaje casi los mismos efectos que producían las causas puramente sonoras sobre nuestros entes nerviosos”.

De modo que palabra y sonido se retroalimentan todo el tiempo. Cuando se unen, son poesía. Para algunos autores, parte de una poética. “Sin ritmo no hay poesía”, escribió Octavio Paz en su célebre ensayo El arco y la lira. Sin ritmo, me atrevo a decir, la literatura está incompleta.

2.

En el jazz, el ritmo tiene distintas pieles. Pero todas, finalmente, están zurcidas por el mismo hilo: la improvisación o el famoso swing. Wynton Marsalis, uno de los mayores trompetistas contemporáneos, grafica de forma precisa este término en su libro Jazz: cómo la música puede cambiar tu vida: “Los ritmos que interpretaban mi padre y sus amigos cambiaban constantemente y eran como un alud de ideas que brotaban juntas y compaginaban bien. Luego descubrí que a eso se le llamaba swing”.

Esta suerte de libertad creativa, ajena al diletantismo y cultivada a partir del conocimiento profuso de la técnica y la tradición musical, provocó una fuerte influencia en el estilo de un sinnúmero de autores. Entre ellos, por supuesto, Federico García Lorca, quien, además de ser un admirador del flamenco y de sus raíces africanas, sintió una imborrable atracción por los ritmos tribales y sofisticados del jazz. Un encanto nacido durante su paso por Nueva York y que luego homenajearía con brillantez en El rey del Harlem, poema de su tour de force surrealista Poeta en Nueva York:

Tenía la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil.

Las muchachas americanas

llevaban niños y monedas en el vientre

y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.

Ellos son.

Ellos son los que beben el whisky de plata junto a los volcanes

y tragan pedacitos de corazón por las heladas montañas del oso.

Talk about trumpeting one's opinion.

De igual modo, el swing tendría un decisivo dominio en la generación beat. Este grupúsculo de poetas y escritores, con Jack Kerouac y Allen Ginsberg a la cabeza, halló en las melodías impredecibles del jazz un correlato de su rebeldía y su afecto por la espontaneidad. Por eso, buscaron inyectar estos ritmos en una forma de escritura que Kerouac denominaría “el bop prosody”: un estilo desprovisto de cadencias premeditadas, parecido a la “escritura automática” surreal y labrado como un largo monólogo. En En el camino, novela epígono de los beatnik, esta técnica y actitud vitalista se refleja en diversos pasajes, aunque ninguno con tanta claridad como este: “Por ese tiempo, en 1947, el bop iba como un loco que atravesaba los Estados Unidos. Los camaradas del sopladero Loop tocaban aunque estuvieran cansados, porque el bop se encontraba entre el tiempo de la ornitología con Charlie Parker y un nuevo período que empezaba con Miles Davis. Y yo me sentaba por ahí para escuchar el sonido de la noche (esto es lo que el bop representaba para todos nosotros); pensaba en mis amigos esparcidos por el país de extremo a extremo, y de cómo estábamos todos en un mismo patio enorme, moviéndonos en algo frenético y precipitado”.

No solo los beatnik se apropiarían del jazz como una manera de afrontar la escritura. Julio Cortázar, un autor que con el paso de los años se ha convertido en un inevitable lugar común cuando se quiere establecer la correspondencia entre jazz y literatura, también haría suyo este recurso que él decidió llamar “prosa take”, en alusión a las improvisaciones previas que los jazzman realizan antes de grabar sus jam session. Así, recrea la simultaneidad rítmica del jazz a través de un discurso sintáctico en el que no faltan las parrafadas cargadas de, según el crítico Saúl Yurkiévich, “jirones de imágenes, impulsos rapsódicos, ráfagas perceptivas”.

A sus alumnos de la Universidad de Berkeley, Cortázar les confesaría un detalle que condensa su poética y la de quienes han elegido al jazz como algo más que una necesidad estilística: “El elemento de creación permanente en el jazz, ese fluir de la invención interminable tan hermoso, me pareció una especie de lección y de ejemplo para la escritura: dar también a la escritura esa libertad, esa invención de no quedarse en lo estereotipado ni repetir partituras en forma de influencias o de ejemplos sino simplemente ir buscando nuevas a riesgo de equivocarse”.

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2 pensamientos en “Jazz y literatura: un cóctel azul

  1. Pingback: Jazz y literatura: personajes |

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