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Luis López – Aliaga: “Toda literatura es literatura del yo”

La impresión que tenemos de la narrativa chilena actual, es quizá de las mejores. Conocemos lo que tenemos conocer de ella, o lo que nos llega de la misma por medio de sus más nombres más representativos. Por esta razón, nos alegra toparnos con una voz aún no muy ubicada entre los lectores peruanos. Me refiero a Luis López – Aliaga, de quien me bastó su novela La imaginación del padre para saber que estaba ante un narrador de otro lote, de esos que no solo se confirman con la orfebrería de la palabra, sino que transmiten en el tránsito de lo que nos cuentan. En esta entrevista conversamos con el autor de varios temas, como de su próxima novela que publicará en Perú, Geografía de las nubes, y de su labor como uno de los editores de Montacerdos.

 G. Ruiz Ortega

 

En tu novela La imaginación del padre notamos dos niveles de intención. Por un lado, acabar con la figura del padre, del abuelo. Y por otro, percibimos también un cariño, llámale amor hacia las figuras paternales del narrador.

Sí. Como tensión interna y arco dramático. Nada demasiado planificado en todo caso.

Adquirió forma mientras la ibas escribiendo.

Claro. La necesidad de poner las cosas en su lugar, de sacar la pus de una relación padre/hijo marcada por el trauma del exilio y el alcohol, lleva al narrador, en el camino, a recordar al otro padre, el cariñoso, el futbolero, el que veía las películas de Cantinflas y jugaba con sus perros, pequeños gestos que nivelan de algún modo la balanza. Ni el oprobio ni el panegírico sentimentaloide, esa sí se volvió una decisión consciente en algún momento.

Claro, por momentos la narración corre ese riesgo, del que hay estar alerta teniendo en cuenta que es una novela de la que brota mucha sensibilidad.

La memoria propende a la falsificación, a la autocomplacencia, al desborde sentimental y a veces también a la flojera, al trazo grueso. Entonces se requiere aplicar cierto rigor, la contención, el refrenamiento del que habla Watanabe. Desde el punto de vista de la construcción de personajes, tiene que ver con los matices, los detalles compensatorios,  la complejidad cromática.   

Obviamente, hablamos de una novela, o de una memoria disfrazada como tal. En su indefinición yace pues su riqueza. Su carácter híbrido te permite un libre tránsito por los registros.

Lo híbrido es signo y sino de esta novela. Lo mestizo, lo impuro. Tiene que ver, como dices, con el libre tránsito a través de las fronteras, con cierta subvercion contra los mapas y las categorizaciones oficiales.  ¿Es una novela o son memorias? ¿Es realidad o es ficción? ¿El narrador es chileno o es peruano? ¿Dónde están los límites?

Cansa, en realidad.

No me interesa responder estas preguntas en todo caso, me interesa su puesta en escena, la tensión sobre la cual se manifiesta el enunciado. 

¿No crees que a la fecha, resulta peregrino preguntarse por la cualidad genérica de los libros?

 Ni como autor ni como lector me pregunto, a priori, sobre esas categorías. Las instituciones del libro, incluyendo al mercado, siguen funcionando, sin embargo, entorno a las definiciones convencionales de los géneros literarios. Los premios literarios se definen de acuerdo a este criterio, por ejemplo;  y hay verdades institucionalizadas al respecto, como que la novela vende mucho más que los cuentos.

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La historia política peruana es indesligable de lo que nos cuentas en el libro. Hablamos del éxodo de no pocos políticos apristas, que huyeron a Chile a razón de la persecución de la que fueron víctimas durante la primera mitad del siglo pasado.

Otro arco dramático del relato. Una épica que devino en tragedia primero y en parodia después. El del exilio aprista en Chile, los años de proscripción y persecuciones, y el posterior ascenso al poder. Alan García haciendo realidad el precepto marxista de que la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa. Todo ese recorrido visto desde el punto de vista particular del narrador, ese yo que lleva mi nombre.

Tu abuelo y padre fueron perseguidos.

Mi abuelo y mi padre llegaron a Chile sin quererlo, huyendo, obligados. Mi abuelo volvió para morir en el Perú, mi padre se quedó en Chile para armar una familia. Ese es el detonante que pone en movimiento mi trama personal.

La tensión del desarraigo del narrador.

 Su herencia. Ni acá ni allá, es decir en ninguna parte. 

Lo que vemos también es que la relación del narrador con el Perú no solo se debe a su pasado familiar, sino también a los lazos que forma con su literatura, en su biografía como lector.

 El primer trabajo en Chile de mi abuelo, Luis López – Aliaga, fue en la editorial Ercilla, vendiendo libros. Luis Alberto Sánchez estaba a cargo de la editorial, y las dos familias, la de Sánchez y la de mi abuelo, vivieron juntas en la misma casa de la comuna de Ñuñoa, en la calle Huáscar.

Sobre este dato, ¿te lo contaron?

Mi padre en general hablaba muy poco con sus hijos.  Esa historia, como muchas otras del anecdotario familiar, la leí en un libro del propio Sánchez: Visto y vivido en Chile. Ahí cuenta sobre ese período del siglo pasado que va desde mediado de los años treinta a fines de los sesenta.

Por eso es que tu novela suda libros.

 Todo está tamizado por los libros. En parte como compensación a los silencios de ese padre que, sin embargo, siempre mostró una actitud reverencial por los libros.

Una impresión sobre el padre, muy lejano en cuanto al trato emocional para con sus hijos.

 Aunque no hablaba de muchas cosas, sobre todo lo referido a las emociones,  sí se refería a menudo a una biblioteca mítica, la que perdió mi abuelo en uno de los tantos destierros. Después él, mi padre, armó en silencio su propia biblioteca, la que yo recuerdo de niño, marcada claramente por textos peruanos, de historia, literarios, de doctrina aprista.

La vida y los libros en una sola línea.

 Sí. No creo que, en mi caso al menos, exista una línea divisoria entre “pasado familiar” y literatura, entre “biografía como lector” y biografía a secas.

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Sé que eres guionista de series de televisión. Ahora, y quizá suene exagerado, mientras leía tu libro pensaba en esta máxima de Truffaut: “si elegí el cine y la literatura a los doce años, es porque preferí ver la vida a través de las películas y los libros”. Queda demostrado que los libros han forjado al narrador, le es imposible ver la vida sin los libros.

 Tal cual. Una relación intensa, no exenta de crisis y giros dramáticos. En algún momento de mi vida, por ejemplo, intenté rebelarme y quise quemar mis libros. Los que escribí y los que me rodeaban.

¿Debido a qué quisiste quemarlos?

Se habían ido acumulando en cada rincón de mi casa, me invadían, me pesaban. Durante el terremoto casi me matan.

Pero imagino que no lo hiciste al final.

Como no me atreví quemarlos –aún sentía el peso autoritario de mi padre- los metí en cajas, montones de cajas que se amontonaron en sucesivas bodegas, según la mudanza de turno. Pero de a poco se fueron liberando y aparecían, de pronto, sobre mi escritorio, en el velador, en el bidet. Eran libros viejos, que creía definitivamente perdidos. Fue entonces cuando surgió la necesidad de escribir “La imaginación del padre”. Una suerte reconciliación, la aceptación de un destino.

La imaginación del padre es lo que no pocos llaman hoy en día “narrativa del yo”. ¿Qué piensas de esta nominación?

Me causa gracia ver cómo, cada cierto tiempo, reflotan asuntos que se presentan como nuevos y que, en rigor, son tan viejos como la literatura misma.

Es que no existe narrativa del yo.

No soy un experto en el tema, pero no creo que exista narrativa del no-yo. Toda literatura es literatura del yo. Con todas las variantes de la simulación que uno se pueda imaginar.

Ocurre que hay que llamarla de algún modo, aunque no sea nada nueva.

 A mí me gusta la denominación de autofricción. Como roce y goce entorno a las partes pudendas de uno, juego que deviene, finalmente, en texto que se comparte. Un ejercicio onanista que, digamos, engendra hijos.

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Hace un par de meses, cuando conversamos, me contaste que ibas a publicar una novela por estos lares.

Se llama Geografía de las nubes y sale en estos días por Editorial Santuario. El protagonista es el poeta José Santos Chocano, figura surgida directamente de aquella biblioteca de mi infancia. Un imaginario que me ha perseguido mucho tiempo en su desborde novelesco, sus excesos, su leyenda negra. En La imaginación del padre, por ejemplo, relato el momento de su muerte, en 1934, asesinado con cuatro puñaladas arriba de un tranvía, en la avenida Pedro de Valdivia, en Santiago de Chile.

Chocano era un tipo múltiple en experiencias, por decirlo de alguna manera.

En Geografía de las nubes el foco está puesto en su relación con Rubén Darío. Es un viaje de Chocano a Nicaragua para encontrarse con el poeta mayor del modernismo, la figura que siempre lo eclipsó y a quien, a su manera, admiró y buscó durante toda su vida, sin encontrar nunca la reciprocidad que esperaba. Es, en más de algún sentido, la historia de una amistad fallida.

Viendo las cosas a la distancia, percibo que la narrativa chilena del nuevo siglo viene atravesando un muy buen momento.

Siempre se ven mejor las cosas desde fuera, con esa perspectiva. Es difícil –y quizás inútil- anticipar balances desde dentro, siendo parte de lo que se enjuicia.

De lo poco o mucho que vengo leyendo de ella, percibo una temática constante, o en todo caso una actitud. A diferencia de otras narrativas de esta parte del sur, que “escriben hacia adelante, buscando”, en los autores chilenos veo una vuelta a su inmediato pasado traumático, obligado puente a cruzar para recién reconfigurar la mirada. Noto pues una incomodidad en las voces narrativas chilenas, incomodidad que al final suma.

 Es verdad aquel regreso al pasado traumático, una temática escamoteada durante mucho tiempo en pos de una idea exitista del futuro. La generación de los hijos, los que vivieron la dictadura siendo niños, se tomó la palabra al momento de relatar el trauma.

Sin duda, aunque también se corra el riesgo de apelar a la fórmula.

 Ese es el riesgo. Volverse monotemáticos, reiterativos. Hay síntomas de una suerte de hegemonía que impide visibilizar otros temas, otras miradas, y que suele asumir la odiosa postura pública de la  superioridad literaria y moral.

Lo que dices sobre la hegemonía, a saber, se ve también por aquí en cuanto a la narrativa de la violencia política. Es cuestión de mirar más allá para ver la variedad.

Son ciclos, creo. Pero siempre será más sana y más entretenida la pluralidad, lo múltiple, lo incierto, lo contradictorio, incluso. Ojalá eso aflorara y se pudiera ver también de lejos.

Este momento de la narrativa chilena no es ajeno a la aparición de una movida editorial independiente. ¿Cuánto ha jugado ella en esta eclosión narrativa?

Las editoriales independientes han venido a remecer y revivir un ambiente que languidecía. Precisamente por una dinámica –la de las trasnacionales- que solo era capaz de reiterar hasta el bostezo nombres, temas y formas narrativas.

Inyección vital.

 La eclosión de editoriales independientes abrió el abanico y las trasnacionales no han tenido más alternativa que acusar recibo. El resultado es la reconfortante ampliación del terreno de juego, la circulación casi ilimitada de autores, especialmente jóvenes.

Pero eso trae riesgos sobre la calidad de lo que se publica, cantidad no necesariamente calidad.

 Claro. Los criterios de validación se han vuelto mucho más laxos, lo que supone el riesgo de que todo –lo bueno y lo malo- valga más o menos lo mismo. El desafío es entonces apostar por el rigor, por el trabajo serio y bien hecho. Tanto en el campo de la escritura como en el de la edición.

También eres uno de los editores de Montacerdos. ¿Cuáles son los criterios que pesan al momento de publicar a un autor? Veo el catálogo de la editorial y es sumamente bueno.

Tenemos algunas normas internas que definimos desde el comienzo de nuestro proyecto editorial. Una de ellas es la de no hablar mucho (públicamente) sobre lo que queremos hacer, sino hacerlo. Que nuestros libros hablen por sí solos, que sean ellos nuestro manifiesto.

O sea, el manifiesto: el lector que edita. 

Sí. Tenemos un  criterio básico: que el libro que publicamos nos entusiasme a todos los socios. Montacerdos nace de largas conversaciones con Diego Zúñiga y Juan Manuel Silva, amigos,  lectores voraces y grandes escritores (después se incorporó Claudio Barandica). Las conversaciones eran sobre de los libros que nos gustaban, de lo absurdo que nos  parecía que no circularan en Chile los textos de  Mariana Enríquez o Federico Falco, por ejemplo. Y también de la necesidad de que autores chilenos inéditos, como Romina Reyes o Esteban Catalán o Simón Soto, tuvieran el trato que se merecían a nivel de edición,  difusión y distribución de sus textos.

Lo que dices, me indica que salen a buscar, no esperan a que les envíen los textos.

En general hemos ido nosotros en busca de los títulos y autores que nos interesan, y hemos tenido la suerte de encontrarnos con la buena disposición de ellos, a quienes, más que otra cosa, consideramos amigos y aliados del proyecto editorial. En ese sentido hemos podido armar los libros definitivos después de un trabajo de edición en el que ha primado la cooperación y la confianza mutua.

¿Solo van a publicar ficción?

 En 2015 abrimos una colección de no ficción con Marginalia, de E.A. Poe, traducido por Leonardo Villarroel, y ·Los significados de la comedia, de Wylie Sypher, traducido por el profesor Luis Vaisman. Es una colección de pequeño formato que ha tenido muy buena recepción entre el público. Ahora estamos sumándole Música prosaica, de Marcelo Cohen, cuatro ensayos notables sobre el oficio del traductor.

He visto que van a publicar el relato “Montacerdos” de Cronwell Jara.

 Lo de Cronwell Jara tiene una historia más larga. En esas conversaciones iniciales entre los socios, buscando un nombre para la editorial, surgió el de “Montacerdos”. El relato de Cronwell Jara nos deslumbraba a todos desde hace mucho tiempo, una pequeña joya algo perdida, un clásico latinoamericano de difusión limitada,  que de alguna manera definía lo que queríamos hacer como editorial. Sin conocer al autor, sin decirle siquiera, tomamos prestado su nombre. Como homenaje, pero también como proyección y desafío. Solo después, cuando viajé a Lima para la FIL, conocí a Cronwell Jara y, por suerte, él entendió y agradeció el homenaje. Y ahí afinamos lo que, a esas alturas, resultaba ya una necesidad ineludible, casi una obviedad: publicar “Montacerdos” por Montacerdos.

¿Para cuándo está proyectada la publicación?

El libro está apareciendo por estos días y es una edición especial, fuera de colección, casi una tarjeta de presentación de lo que somos: el libro viene con tres breves textos entorno al relato, escritos por los socios fundadores. Y, claro, es también la materialización de nuestro homenaje a Cronwell Jara.   

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