Creación/recomendaciones

“Los hermanos Poma”

Por: Joe Iljimae

A Dan Poma lo mató el Pepe. Lo mató de una cornada en las tripas después de perseguirlo seis metros picados por el camino central del establo más importante de Ñaña. Esa fue la primera y la última –y la más triste también– toreada de Poma en su escasa vida, pues al ver venir encima a aquella terrible montaña de carne olvidó por completo sus sueños toriles y se echó a correr como un gato asustado camino abajo, en dirección hacia el repecho. Diez segundos después, todo estaba cruelmente perdido. Cuando los Poma se enteraron del hecho, decidieron vengarse del toro.   

-Sabe a qué hemos venido, ¿verdad, Vallejo? –le dijo René Poma al dueño del toro. 

-El Pepe se escapó, no es culpa de nadie –contestó Vallejo encogiendo los hombros.   

-Habrá que asegurar mejor esos pernos –gruñó María Poma–. Podrían seguir destripando niños en el pueblo.

-Las tunas han crecido y el Pepe tiene mucha hambre –se defendió Vallejo–. Un bicho de su tamaño se zampa de cualquier jaula. Además, ¿qué hacen los niños en La Unión y no en la escuela?

-Todos se escapan de vez en cuando –dijo René–. Los niños sueñan con ser hombres y los hombres con ser niños.  

Vallejo lo atravesó con la mirada, quién se había creído ese imbécil para hablarle de ese modo.

-Sí, puede ser, pero no todos los niños sueñan con ser toreros…

-Pero es lo que más me gusta –exclamó Dan dibujando una verónica ante la embestida invisible del toro–: capear a los bravos del ruedo.

-Tendrás que ir a la escuela primero –respondió René mostrando una sonrisa–, después, si quieres, puedes enseñar los huevos ante un bicho de verdad.

-Yo no tengo miedo, ya soy un hombre.  

-Ya, pero ni siquiera eres más fuerte que yo –interrumpió María rascándose una ceja–. Y todavía no llegas ni a los quince.

-Ya voy por los catorce –respondió el herido torerito–, y el Pepe es más grande que tú… yo no le tengo ningún miedo.

-¡Ese toro es el demonio! –exclamó María.

-Ya lo creo –contestó Vallejo mostrando todos los surcos de su cara–. Por eso no pienso dejarlo morir… Es el mejor toro de Ñaña.  

-Voy a tener que matar al Pepe –amenazó René–; se ha llevado a mi hermano y ya no puedo traerlo de vuelta.

Vallejo desvió un momento sus ojos de la mirada de aquel hombre y los clavó en la pelea de dos pájaros negros. Ambos estaban trenzados, uno encima del otro, sobre el robusto brazo de un abeto.  “No están peleando”, se dijo, “están disfrutando de la vida”…

-Le pagaremos bien –exclamó María–, le pagaremos bien por el Pepe.

-No, no está en venta.

-¡Ha matado a mi hermano! –gruñó René.

-Esa no es mi culpa –respondió tranquilamente Vallejo–. El chico se metió a mi propiedad buscando al Pepe. Yo no lo obligué. El toro estaba suelto y embistió. Su hermano entró a mi casa; yo no entré en la suya. Su hermano molestó al toro y el toro se defendió…

Una gota golpeó el sombrero de Vallejo en aquel instante. Otra cayó, veloz, sobre la mejilla de René. Bajó despacio, lamiendo, y luego se desvaneció en el aire. René ni la sintió, estaba con la cabeza clavada en otra parte, enojado. Viejo de mierda, se decía, viejo hijo de puta… María fue la primera en sentir aquel picoteo de agua sobre el terreno hirviente de Ñaña. La tierra se tragaba las gotas con un frenesí de caballo, como si aquella borrasca aplacara su terrible sed. En el establo, las vacas empezaron a inquietarse por el chaparrón. La más vieja empezó a gemir como si la azotaran a palazos. Las demás, atentas y tímidas, comenzaron a imitarla. Algunas cabecitas asomaron los embolados cuernos por las vallas rectilíneas del corral. Otras, curioseaban moviendo el hocico y aleteando las oscuras cavernas de su trompa. Una vaquilla, la más traviesa, sacó todo el cráneo y observó, con sus ojos de pez, la jaula del macho. Ya lo había visto andar y algo en él la había cautivado. Quizás esos pelos largos y húmedos que se mecían entre sus piernas como un cetro, o tal vez, la fuerza con la que había embestido a Dan Poma arrojándolo como un trapo por los aires. Con sus ojos siempre plantados en la jaula mayor, la vaquilla gimió buscando una explicación al cosquilleo que braceaba por sus ubres. De pronto, como el soplido de un gran cuerno, se sintió el grito del Pepe. Bramó como un relámpago en medio del temporal. La vaquilla se estremeció de placer y René Poma también.

-Ya nos veremos –dijo.

-Ojalá no sea pronto –respondió el viejo cerrando el portón. Al punto, la hoja de lata exhibió un nombre: La Unión.

Los hermanos Poma se fueron camino abajo,  muy despacio, casi juntos. La Unión quedaba en la cumbre del cerro, al lado de las tunas y del gran paredón. Había que andar con mucho cuidado cuando llovía, pues el camino estaba plagado de piedras y minúsculos regueros de légamo; cualquiera podía salir rodando tras un insignificante resbalón. De arriba, de la punta, se podía ver todo el cinturón de adobe cercando Ñaña. Las casitas usaban el tezontle para la primera base, el resto se ajustaba a punta de yeso y champa. Cuando llovía, se podía ver hilitos de humo salir disparados por los espacios huecos de las chabolas. Algunas destilaban de sus paredes un líquido espeso que traspasaba su volumen y se regaba por sus contornos como si estuvieran sudando, otras, se derrumbaban poco a poco… A una de estas casitas ingresaron los hermanos Poma.

-Pon un poco de agua y sácate esa ropa –ordenó René–, no quiero que te enfermes.

-Espérame adentro –dijo María rascando la caja de fósforos–, ya nadie puede vernos.  

René entró al cuarto esquivando los mosquiteros divisorios de la pared mientras se decía, “viejo malparido, viejo de mierda”, se quitó los zapatos y el camisón mojado, “el toro se llevó al Dan, al pobre Dan”, se arrancó el pantalón y esperó, “pero lo vengaré, ya verás, lo vengaré… La mujer ingresó al cuarto con una taza humeante. El faldón calado se le había pegado bastante al cuerpo. René la observó con gusto.

-Toma esto –dijo ella–, está en su punto.

-Tú también lo estás –dijo René atrayéndola hacía él.

Al hombre le gustaba acariciarla por encima de su ropa, “qué delicia, así, mojadito, se siente más rico”, a ella le daba absolutamente igual.

-¿Qué haremos con el toro? -preguntó María, retirando la extraña mano del pezón.  

-Ya habrá tiempo para pensar en eso…

-¡Se ha llevado al Dan!

-Ya lo sé… Vamos a vengarnos de todas maneras.  

-¿Cuándo?

-Los toros son más valientes que los hombres, pero viven menos… Tenemos tiempo de sobra.

-¿Cuándo?

-Hay que vigilarlo, siempre.

René amasaba las grandes nalgas de la mujer mientras le hablaba. Ella sabía que su hermano la deseaba y eso la contentó. Tenía veinte años y había sido suya desde los trece. Era feliz, por supuesto. Pero ahora el Pepe había matado a Dan, a su pequeño hermanito, qué bien imitaba a Manolete y qué bonitas verónicas hacía con sus camisas, qué gran torero iba a ser, ¿no?…  

-Claro que sí. Pero primero el colegio y luego todo lo demás.

-Voy a superar a Manolete, voy a ganarle en las fintas –dijo Dan.

-Ya ve a dormir –interrumpió René–. Mañana tienes que ir a la escuela temprano. Luego no quieres levantarte y estás peor que una lapa.

-Anda duerme y cuidado con los toros… En los sueños también se puede salir corneado.  

-Ni en los sueños pueden alcanzarme…

-¿Te pasa algo, María?

-No, nada. Solo pensaba en Dan…  

-Vamos a matar a ese toro –dijo René apretándola contra su sexo–. Te lo juro.
Entonces ella sintió que su vestido salía volando de un zarpazo y, como las otras veces, eso la excitó.

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Días después empezaron a seguir al toro. Lo espiaban en cada uno de sus movimientos, se aprendieron de memoria cada uno de sus vicios. A veces iban juntos, otras, por separado. El viejo Vallejo los descubrió en diversas oportunidades, pero nunca les hizo caso. Un mes después, compró dos perros, dos bestias enormes que dejó sueltas por todo el corralón. El Pepe mató a uno, y al otro, lo dejó cojo y amariconado. Los Poma intentaron negociar una y otra vez con el viejo, pero siempre terminaban con el portón en las narices. La cosa resultó más difícil de lo que esperaban, pues el Pepe era muy estimado como semental y luchador y era objeto de gran cuidado por el viejo y su familia. Los ganaderos de otros lados venían con sus vacas para que sean pisadas por el toro, pagando sumas increíbles y satisfactorias para los dueños de La Unión. Sin embargo, los hermanos Poma no se dieron por vencidos. Lo siguieron por tres años, observando todos sus desplazamientos, esperando pacientemente la ocasión de darle muerte en alguno de sus descuidos. Pero para el Pepe no existían los descuidos. Aparte de ser un malicioso, era el toro más mimado de Ñaña.

-¡Nunca lo sueltan! –se quejaba María–. ¿Ahora qué vamos hacer?

-Esperar… ya caerá.

Y, como casi todas las cosas en la vida, cayó. Al cabo de unos años, Vallejo decidió enviarlo al Matadero Central de Chosica. El toro ya estaba bastante viejo y sus berrinches eran iguales a los de un abuelo en ascuas. Las últimas camadas habían salido malas y estaba a punto de quedarse ciego. Ya había matado a seis vacas en los últimos dos meses, confundiéndolas con padrillos nuevos. Al enterarse de todo esto, los Poma fueron a negociar con Vallejo. Era su oportunidad, por fin podrían vengar a su hermano, al pobre Dan, tan bueno él, torerito…, pero Vallejo se negó, ustedes jamás tocarán al toro, incestuosos, pecadores de mierda, los apuntó con el dedo, asqueado, y no se acerquen más por acá, impíos, el Pepe mugió desde adentro, ya no tenía la misma voz de trueno, ahora soltaba el gritillo de una foca hambrienta, ya me encargaré de avisar al pastor de todas sus cochinadas, le contaré todo, sucios, un gallinazo volaba dibujando una gigantesca esfera en el aire, observaba de reojo la espalda del gran toro, sinvergüenzas, lárguense de mi casa antes de que los saque a palazos. Pero los Poma solo querían al toro y habían esperado bastante y podrían esperar otro poco más. Y eso hicieron. Se guardaron bien y cuando por fin vieron salir al camión de La Unión, lo persiguieron hasta la entrada del camal.  

-Llegó el momento –dijo René.

-Solo traje una mochila –contestó su hermana.

-Es suficiente.

Los Poma entraron al matadero y buscaron al toro en el hangar de loza. Lo encontraron todavía con vida, cosa que los excitó. René se abrió paso entre los carniceros y pidió permiso para matar al animal. Ellos pagarían la molestia, tenían suficiente dinero, algunos solcitos ahorrados, su capital… Los matarifes aceptaron, pobres desquiciados, pensaron. María entregó unos billetes al dueño del camal y cogió la pica. Los hombres habían enganchado al Pepe en una hilera de piedra y lo sostenían con una charnela de bronce. Una cadena ajustaba el hocico para evitar que muerda y dos sogas ceñían las patas. Había regatos de sangre por todos lados. Inmundicia. Mierda. René saltó al macadán y acarició la testuz del toro. Hasta aquí llegaste torito, le dijo, por fin podemos hablarnos como Dios manda. María lo observaba desde un extremo, los ojos brillantes. De pronto, René sacó un cuchillo y lo midió en el aire. Luego, lo guardó; no necesitaba más herramientas que sus propias manos… Empezó, primero, por arrancarle los ojos de tajo, escarbando y forzando al toro a empujar con los hombros. Eso no le costó mucho. La bestia se sacudía llorando sangre y botando espuma por sus comisuras. René se limpió las manos y escupió en las órbitas desnudas del toro. Luego, le hizo una señal a su hermana. María se acercó con la pica, midiendo al animal y, cuando lo tuvo a vista, le clavó el acero en los riñones. La bestia soltó un grito gutural que se le apagó enseguida. Por su lado, René pugnaba por hundir su puñal en la espina dorsal del bicho. A cada pinchazo el toro se estremecía sacudiendo toda la jaula. María seguía picando: en los muslos, en la oreja, en el cuello. René buscaba rasgar las vértebras del animal, cosa que le costaba, ya que era un coloso fuerte y brutal, eh, eres duro, torito… Cuando por fin lo tuvo muerto, René descuajó la verga del toro y se la entregó a su hermana. Al salir del camal, María hizo una hoguera en la orilla de la carretera, coció el bálano y las dos glándulas, sujetas a la pica como una brocheta de pulpo y, cuando estuvo en su punto, se las comió. Después, René la alcanzó y con gesto paternal le acarició el vientre. Juntos dieron la espalda al matadero, ajustaron sus cosas, y se marcharon sin mirar atrás. 

-Se llamará como su tío –dijo María dándose unas palmaditas en la panza.

-Sí –contestó René–, así será.  

Cuento finalista del Premio Copé de Cuento 2014. Formará parte del segundo cuentario del autor, Los relatos que no envié, de próxima aparición.

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5 pensamientos en ““Los hermanos Poma”

  1. Soy un simple lector, pero quiciera darte mi quizas pobre opinion sobre tu cuento: Resulta que desde que empeze a leerlo, me enganche en la historia, no pude soltarlo hasta el final, pero me quede con las ganas de seguir leyendo, como que lo terminaste por acabarlo rapido. No se, quizas tu cuento en mi mente se alargo, y lograr despertar la imaginacion del lector me parece formidable, bravo

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