reseñas

Estrella fugaz

En el panorama de la literatura peruana última, Jerónimo Pimentel ocupa un lugar destacado. A la fecha, al menos para quien escribe, le resulta complicado ubicarlo en una específica parcela literaria. Tengamos en cuenta que ha sido muy saludado como poeta (para no pocos, la voz mayor de su generación, o una de las mayores para no herir susceptibilidades entre nuestros pujantes poetas post 2000) y también como narrador, aunque como tal Pimentel recién viene construyendo una obra, compuesta por el relato La forma de los hombres que vendrán y la novela La ciudad más triste.

Entonces, no pierdo tiempo y califico a Pimentel simplemente como Escritor (en mayúscula). Esto es lo que sugería Francisco Umbral cuando había que clasificar a autores que dominaban distintos registros en el ejercicio de la escritura, además, y para reforzar la idea, en sus famosos diarios Andrés Trapiello también sugiere lo mismo. Hagamos caso, pues, a los que saben.

Ahora, qué pensar cuando nos topamos con el último libro de Pimentel, la novelita Estrella solitaria (FCE, 2016). Nos preguntamos si en verdad estamos ante un libro de Pimentel, sabiendo que su poética tanto en poesía como en narrativa ha transitado por los caminos de la sensibilidad reflexiva. Y más allá de ubicables y a la vez fugaces puntos temáticos sobre Melville provenientes de su novela anterior, nos encontramos con un Pimentel muy distinto del que leíamos, totalmente desatado en la escritura y con el único objetivo de contarnos una historia, por demás divertida, en la que nos aseguramos más de una carcajeada.

En la aparente falta de ambición de la novela, Pimentel nos presenta la historia de un par de personajes excesivamente peculiares. Veamos: tenemos al innominado narrador y al estrambótico Ignacio Vegas, suerte de parodia de sí mismo, que nos recuerda a un remoto Ignatius Reilly, pero al revés: famélico en comparación a IR y consumido por las drogas, el alcohol y las simplezas de la vida. Este par de personajes son la metáfora de la posería vital e intelectual en su más completo estado de gracia (en más de un tramo hablan de ellos mismos en tercera persona), dignos representantes de la juventud de inicios de siglo, con ganas de hacerlo todo pero nada a la vez. Pasan las horas escuchando música, hablando de sus decepciones amorosas, en las que el sexo es el eje temático de sus plenitudes y necesidades, y planeando proyectos narrativos jalados de los cabellos. Sin embargo, la obsesión de Ignacio por conocer a su ídolo, su homónimo para más señas, el cantante español Nacho Vegas, se convierte en lo único que podría dotar de sentido a su lisérgica realidad inmediata. Ambos emprenden dicho proyecto, viajarán a Argentina para conocer a Nacho en persona y la empresa les deparara más de una consecuencia no prevista.

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Como lo señalé en el párrafo precedente, podríamos estar ante un proyecto narrativo carente de ambición narrativa, en lo que, y desde una lectura lineal, no habría discusión para estar de acuerdo. Las peripecias del innominado narrador e Ignacio no dan para más, desde las primeras páginas tenemos la seguridad de que el punto final se halla a la vuelta de la esquina. La historia conocía sus límites seguramente desde su propia gestación. Pero en esos límites se cumple con divertir al lector (sé de la posible discusión que se armará, a más de un purista amargado le causa urticaria toparse con un texto divertido), además, no le afecta a nadie pasar un buen rato con estos sicalípticos y letraheridos ridículos.

Pero la novela, al menos para quien escribe, no se cierra en su punto final. Por el contrario, me ofrece más de una interrogante y una sola certeza. Vayamos primero con la certeza: Estrella solitaria es un testimonio de la destreza de Pimentel para cambiar de registro y que este no resienta lo ya conseguido en su obra literaria. Pero las interrogantes se me presentan de tal manera que las respuestas se disparan en no pocas ramas. Solo un par: ¿qué hubiera pasado si esta novela, o una de estas características, se publicaba en la década pasada? ¿Qué aires puede brindarle al actual curso de la narrativa peruana, dividida en abiertos y silencios estratégicos cuando nos toca hablar de las novelas de la llamada violencia política y la tan mentada narrativa del “yo”?

En lo personal, lamento, como lector, que la vertiente metaliteraria, que brilló durante un corto tiempo en el decenio anterior, no haya brindado los frutos que se esperaban de ella, siendo nuestra tradición tan rica, en poesía ante todo, que tranquilamente pudo garantizare a esta vertiente un crisol temático inacabable. También lamento la caída libre de la llamada vertiente vitalista, abordada desde la amargura y el efectismo rancio, con mayor razón cuando nuestra tradición narrativa realista ha sido muy generosa en títulos de los que nutrirse. Si hacemos memoria, en algunos blogs de la época se abordó esta característica que configuraba a la narrativa de entonces: vitalistas y metaliterarios. Le he dado vueltas a una potencial respuesta y la que se me presenta como la más idónea en estos instantes obedece a una casi evidente falta de oficio, madurez y actitud en sus exponentes. (Ojo, no hablamos de vertientes fáciles de abordar, quien lo piense así, mejor se ponga a leer antes de opinar pachotadas) Claro, lo del oficio y la madurez podría ser una excepción (es solo una sana especulación), pero lo que vi en esos años como ahora es precisamente una actitud hacia la escritura que no asume riesgos y que se refocila en discursos extraliterarios hoy en día repotenciados en las redes sociales. Cuando me refiero a actitud hablo de libertad. En su brevedad, Estrella solitaria se impone más allá de su historia, sus páginas nos entregan una festiva mezcla de literatura y vida canalizada por medio del humor, la parodia y el sarcasmo, o sea, bajo una mirada nada señorial, ni reverencial. A lo mejor esta novelita pudo hacer algo (muy en lo personal, creo que la rompía) en aquellos años en los que discutíamos sobre los vitalistas y metaliterarios, pero estemos atentos a lo que pueda hacer en el futuro a mediano plazo.

G. Ruiz Ortega

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