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Jack Bauer, el hedonista de la acción

Por: Joe Iljimae

No hay que pensarlo dos veces para afirmar que 24 es una de las series de acción/drama más grandes de todos los tiempos. Y cuando digo “grande”, no solo me refiero a un sentido estético y multifuncional, sino también a un despliegue casi demencial de temporadas y capítulos que sobrepasan las más de doscientas horas de duración.

Desde su primera transmisión, 24 cosechó elogios de la crítica especializada y se granjeó el beneplácito total del público, generando picos de raiting poco vistos hasta entonces en la historia de las series de televisión. Pero ubiquémonos. Es necesario saber que durante la primera etapa de 24 la cultura audiovisual (en cuanto a series) era escasa, por no decir nula. La producción de series era un negocio arriesgado y conformaba parte de una fracción totalmente independiente del cine. Series como The X-Files, V, The Twilight Zone, Star Trek y un puñado más fueron raras excepciones que escapaban, por decirlo así, de la realidad.

Joel Surnow y Robert Cochran, creadores de 24, son parte de los pioneros que pusieron la primera piedra de la cultura audiovisual que domina hoy en día la ficción televisiva. El éxito de 24 impulsó de tal modo el universo de las series que al poco tiempo (y no sin mucha coincidencia) aparecieron genios de la talla de David Simon o David Chase que brindaron al público obras maestras como The Wire y The Sopranos.

El triunfo de 24 es, sin duda, uno de los acontecimientos más importantes de la industria televisiva. Durante sus nueve temporadas se hizo con más de 50 galardones internacionales –entre ellos 20 Premios Emmy y dos Globo de Oro– y mantuvo en vilo a la audiencia alcanzando cifras que traspasaron los diez millones de espectadores por emisión. Ante esto, es importante señalar que 24 se estrenó en noviembre del 2001, dos meses después de los ataques del 11 de septiembre en EEUU. Este lamentable acontecimiento vertebró parte de su éxito, pues 24 exuda un sentimiento patriotero, beligerante y paranoico de principio a fin, reflejando en cada una de sus temporadas sucesos y controversias de ataques terroristas que se efectuaron en la realidad y que, de alguna manera, tocaron fibra en algunos de los asuntos más polémicos de la sociedad occidental.   

¿Pero de qué trata 24? Para quienes no estén familiarizados con la serie, 24 se centra en los esfuerzos sobrehumanos que realiza CTU (Unidad Contra Terrorista) para proteger a los Estados Unidos de ataques terroristas que varían entre amenazas de “bombas nucleares, gases deletéreos, epidemias bacteriológicas” y consecutivos intentos de asesinato al Presidente, que se presentan en el transcurso de un frenético día en la vida del agente federal Jack Bauer. Cada capítulo de una hora narra, en tiempo real y en vertiginosa continuidad, las 24 horas de las idas y vueltas de Bauer y sus compañeros de CTU por librar a EEUU de conspiradores y fanáticos responsables de los acontecimientos del día. Para lograr su cometido, Jack Bauer tiene que cometer una serie de tropelías y romper, sin titubeo alguno, las leyes de la moral y el humanismo en pro de la justicia. Desde asesinatos a compañeros e intimidación al mismo Presidente hasta torturas despiadadas y secuestros a niños inocentes (por lo general, hijos de los terroristas), corren por el prontuario policial de Bauer, el agente federal más duro de la pantalla chica. Para Jack Bauer, “una vida no compensa la vida de millones de personas” y créele cuando dice que tuvo “que disparar a un viejo compañero porque intentó evitar que haga algo que debía hacer. No creas ni por un segundo que no haría lo mismo contigo”.

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Jack Bauer

Mario Vargas Llosa dice en su entusiasta columna sobre 24 que “el agente federal Jack Bauer no come ni bebe ni duerme, porque esas funciones orgánicas le harían perder tiempo en la misión que a él y a sus compañeros (…) les absorbe la vida”. En efecto, Bauer vive insomne y con una lucidez de hierro sin hacer otra cosa más que atar cabos, disparar y resolver las vicisitudes terroristas que sufre su país. Nada ni nadie puede anteponerse a su misión. Ni siquiera el mismo Presidente o sus propios sentimientos hacen menoscabo de su acción frente a la injusticia. Jack Bauer va despellejándose hasta llegar al núcleo de su objetivo principal, dejando tras su paso una estela de sangre, caos y muerte que, la mayor parte de las veces, lo afectan a él y a las personas que más quiere. Así, en 24 siempre gana el país a expensas de Jack Bauer, quien termina emocionalmente destrozado y perseguido por la misma gente que alguna vez salvó.

Kiefer Sutherland es el encargado de dar vida a Bauer con éxito absoluto. Pero no nos equivoquemos. No es Sutherland el genio que universaliza a Jack Bauer, sino el mismo perfil del personaje que se agranda y perfecciona temporada a temporada. Tranquilamente podríamos decir que Bauer es el que da vida a Sutherland y no al revés. Cualquier otro buen actor como Sutherland podría haber tomado el papel de Bauer y el resultado habría sido el mismo. Un Tom Cruise, un Jason Stathman, un Matt Damon, lo habrían hecho igual. Recordemos que Sutherland fue un actor de medio pelo que tuvo muchas oportunidades en el cine. Actuó en cintas como Stand by me, The lost Boys, Flat Liners sin pena ni gloria. Pero con 24 su carrera despegó y, gracias al personaje de Jack Bauer, encontró un papel a su medida. Sin ninguna duda, Kiefer Sutherland no podrá quitarse jamás de encima el magnífico personaje que, por suerte, le tocó encarnar.

Resulta penoso decirlo, pero en las nueve temporadas (y en la película Redemption, puente entre la sexta y séptima) de 24 Jack Bauer nunca tiene un final feliz. Cada vez que Bauer parece tener la felicidad en sus manos, alguien se lo arranca con violencia. En este punto es admirable el trabajo de los guionistas. Estos construyen, a lo largo de la serie, fuertes lazos emocionales entre los personajes (especialmente con Jack Bauer) para luego romperlos sin ningún asco, logrando así un quiebre interno en el espectador. Hay que destacar, sin mezquindad alguna, la genialidad de los guionistas para armar cajas chinas a lo largo de las temporadas. Cuando menos te lo esperas, sucede un imprevisto, una nueva amenaza, un equívoco que pone toda la operación patas arriba y empuja a Bauer a tomar decisiones más caóticas para entrar de lleno a otra acción desmesurada. De esta manera, en cada episodio se pueden advertir por lo menos cuatro o cinco amenazas terroristas que se van superponiendo a la amenaza original. Las cajas chinas ayudan a los guionistas a prolongar la acción durante las 24 horas sin dar respiro alguno al receptor y manteniendo la expectativa y la ansiedad. Como es lógico, hay capítulos más logrados que otros, pero en general, el conjunto gana por knock-out.     

A pesar de que Jack Bauer es un personaje redondo, no escapa de ciertos estereotipos que lo falsean por momentos. Sus pellejerías sentimentales con sus amantes y su excesivo “amor” por su familia a veces se vuelven casi intolerables, por no acusarlos de cursilones. Y sin embargo, estos altibajos en el perfil del personaje equilibran el desorden emocional de Bauer frente a situaciones donde priman la violencia y la ferocidad. Un balance sutil que armoniza el carácter de Bauer, sugiriendo con claridad que nadie puede ser tan bárbaro ni demasiado cándido.

Es cierto que por ratos Bauer sobrepasa los límites de la brutalidad y realiza proezas claramente inverosímiles (por poco y se pone a volar), pero no importa, nada importa gracias al vigor de persuasión y al hechizo que el papel de Bauer crea en el espectador quien, engolosinado por las grandezas y percances del personaje, pasa por alto estas exageraciones e hipérboles de la narración audiovisual y las acepta como algo natural y sobrecogedor.  

Pero Jack Bauer no es personaje que mantiene su grandeza de manera rectilínea, sino es una figura que va desarrollándose a la par que avanza la serie. Y esto no es un mero capricho por parte de los guionistas, todo lo contrario, es una estratagema funcional que utilizan según los traumas que sufre en cada temporada. Así, el personaje va “formándose” junto con el espectador. Aquí es importante anotar que Bauer no crece, sino se hunde, se destruye, y justo en esto radica su gran madurez ficcional. A pesar de su estoico aguante en la adversidad, de su extraordinaria resistencia ante el sufrimiento, la personalidad moral de Bauer se disuelve, disocia, desintegra, dejando hecho trizas todo conato de humanidad. Desde la primera temporada, los guionistas se encargan de inyectar en Bauer una alta carga emocional de la cual tiene que recuperarse huyendo o, incluso, cayendo en el llanto. De este modo, una fugaz y dichosa lágrima (los llantos son la mayoría de las veces fugaces) encierra en Bauer un arco argumental de gran escala que lo humaniza por completo, quebrando fibras internas en el espectador.

Temporada a temporada Bauer va hundiéndose más, instaurando así una variopinta escala de personalidades que muta durante toda la serie. En definitiva, nunca veremos dos Jack Bauer iguales. El Bauer de la primera temporada, por ejemplo, es diametralmente distinto al Bauer de la segunda, cuarta, sexta u octava temporada. Y ni hablemos de la novena, en la cual este es casi una máquina asesina sin el menor atisbo de sensibilidad. Por momentos pareciera que mata por placer, lo cual pasma al televidente. 

Hay que tener claro que 24 juega con datos (en formato de diálogo) que tejen las personalidades tan cambiantes de los personajes. Las elipsis de temporada a temporada son rellenadas por estos datos que acusan el pasado y justifican las nuevas acciones realizadas por cada figura de la serie. De esta manera, nos enteramos de la historia no contada (en imágenes, desde luego) de Jack Bauer. Poco a poco se nos va revelando que Bauer, antes de llegar a CTU, trabajó como miembro del SWAT y en el Delta Force (unidad de élite del ejército) realizando operaciones brutales en los países balcánicos y en el suelo de la república de Chechenia. Nos enteramos que perdió a todos sus camaradas en Hac y tuvo que sacrificar a otros tantos en Belgrado para el éxito de su misión. Estos trabajos marcaron a Bauer y, por un tiempo, lo alejaron de su familia. En este punto es importante saber que, durante la primera temporada, varios agentes de CTU lo acusan de haber entregado a un puñado de sus compañeros a las autoridades (y de haber destruido sus carreras). Bauer se defiende diciendo que estos estaban traicionando a su país (vendiendo información a terroristas) y que, “por más respeto que haya tenido por ellos, merecían la cárcel”. 

En definitiva, Jack Bauer lo pierde y destroza todo. En la temporada seis, el ex ministro de defensa James Heller, le dice: “todo lo que tocas muere” (en clara referencia a la pérdida de su hija Audrey Raines a manos de los chinos). Y en efecto, está cruelmente condenado a destruir y a no ligarse a nada más que a su trabajo porque Bauer, pese a sus otras deficiencias, no es más que un vicioso de la acción. Lo que hace le hace vivir, lo que le justifica, no es la linealidad o la vida pacifica o sosegada, sino la adrenalina, el intercambio de balas, la sangre y el dolor. En otras palabras, Bauer vive para pelear. Él no vive por la acción, él vive para la acción. Las misiones peligrosas son fuego para Bauer, combustión que lo impulsa a vivir, a moverse, a sentirse vivo. A menudo cambia 24 horas de placer por años de sufrimiento y soledad. Por eso, a pesar de haberse “retirado”, siempre aprovecha la menor excusa para regresar al campo a intercambiar puñetes y balazos con los enemigos. Y es que a Bauer no lo mueve el sentido de justicia, sino la tendencia del placer. Es pues, un hedonista de la guerra, un hedonista que no cree en leyes, ni en Presidentes, ni en relaciones, ni en cualquier otro impedimento que se interponga en su ruidoso y feroz camino.  

Leí por ahí que alguien señalaba a Jack Bauer como un juguete anacrónico para una serie como 24. ¡Qué falta de responsabilidad y sentido de buen gusto! 24 le debe todo a Bauer. Y nosotros, los espectadores, también.  

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