Rescate

Padre de sí mismo

Por: Marco Zanelli Berríos

Dice el escritor español Vila-Matas, en una columna escrita hace ocho años (y que no pierde frescura), que en Pierre Michon (Francia, 1945) se mezclan dos tipos de novelistas: el bárbaro y el intelectual. Dice, también, que el autor de Vidas minúsculas es, en el buen sentido, “un extraño”. Y, la verdad, no hay forma de estar en desacuerdo con Vila-Matas; sobre todo cuando se ha terminado de leer Rimbaud el hijo (Anagrama, 2006), libro breve que desde sus primeras líneas provoca extrañeza y que refleja, a lo largo de sus páginas, una sublimación de lo ilustrado y lo salvaje.

Pero vayamos al principio. Es decir, a esa sensación de asombro derivada de la indefinición genérica de este ¿ensayo?, ¿biografía?, ¿novela?, ¿prosas? que Michon hilvana con maestra sutileza. Un híbrido cuya principal virtud reside en su brillante estilo: oraciones helicoidales y densas, trabajadas con un lenguaje exquisito, en las que se ensamblan imágenes, metáforas, historias y especulaciones, y que dan como resultado una contundente unidad en la que no parece sobrar ni faltar una palabra. Dicho esto, catalogarlo como “alta literatura” es lo más cerca que se puede estar de la justicia poética.

pierre-michon-rimbaud-el-hijo-663111-MLA20487346933_112015-F

Ya libres de etiquetas, precisemos que en el centro de Rimbaud el hijo está, cómo no, la vida de Arthur Rimbaud, el genio de Charleville que llegó a ser precozmente “la poesía en persona” y que, también precozmente, se convirtió en sombra de su propia obra. De este modo, Michon recrea episodios de vital importancia para su biografiado; es decir, aquellos años mozos en los que la estrella nace, irrumpe y desaparece. A saber: la relación turbulenta del poeta con su madre (la “sufridora y perversa” Vitalie Cuif), su famosa aventura homoerótica con Paul Verlaine (que terminó en disparos y separación), su paso por un París simbolista y bohemio, y su probable desencuentro con el fotógrafo Carjat, quien perennizó su imagen luciferina y rebelde, con el corbatín torcido, que hoy todos conocemos.

Por supuesto, hasta aquí tenemos un libro más sobre Rimbaud, otro que se ocupa nuevamente sobre su genialidad prematura. Sin embargo, lo que lo hace descollante es la reflexión y las especulaciones (un elegante ejercicio intelectual, antes que un caprichoso devaneo) que se hace sobre la poesía rimbaudiana. Y es que el autor cavila sobre las figuras que cobraron una notable influencia en la obra del poeta (donde todo cuenta: desde la presencia de una madre agobiante y la ausencia de un padre leído hasta la autoridad de maestros menores como Izambard y Banville) y examina la imposibilidad que tiene el genio de sobrepasar sus propios límites.                                                                                   

¿Puede un hijo convertirse en su propio padre? ¿Qué le queda al genio cuando su propia genialidad termina por opacarlo? Retirarse, nos plantea Michon: “A lo mejor dejó de escribir porque no pudo convertirse en hijo de sus obras, es decir, aceptar su paternidad”. Ya lo decía, de nuevo, Vila-Matas: “lo correcto, pase lo que pase, es saber marcharse”.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s