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Voltaje emocional

Muchos lo intentan, pero son contados los que logran pasar de la actuación a la dirección (y viceversa), y de estos contados, poquísimos muestran algo más que cierta competencia en ambos terrenos.

 Esos pocos son gente tocada, poseedores de la gracia de no verse eclipsados por el reconocimiento obtenido en su profesión cinematográfica inicial. Antes de clasificarlos como actores y directores, lo que deberíamos hacer es reconocerlos como creadores inquietos que, como tales, se lo piensan más de diez veces –o no lo piensan demasiado– antes de llevar a cabo un proyecto.

 Pues bien, esto es lo que ocurre con el francés Guillaume Canet, a quien conocemos en su faceta de actor –harto más cumplidor que descollante– pero con los suficientes méritos para seguirle la ruta. Y esto porque en Canet percibimos un toque distinto, llamémosle carácter, o ímpetu, que te dejaba la sensación de que podía entregar más de lo que parecía a simple vista. No, no pienses que te hablo de un actor de medio pelo. Te hablo de un artista que no conseguía explotar su potencial por los más diversos motivos. Quizá debido a una película que no se le ajustaba del todo, seguramente por un personaje que le impedía exhibir su real dimensión actoral.

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Canet ha actuado en más de treinta películas. El gran público lo ubica por su participación en The Beach (2000), de Danny Boyle, y Jeux D’Enfants (2003) de Yann Samuell. Ha actuado en otras cintas tan comerciales como las nombradas, pero también en otras que no, lo que nos brinda la sospecha razonable de una constante búsqueda expresiva. Esta búsqueda le ha llevado también a dirigir cortometrajes desde los comienzos de su carrera actoral, y con todo el bagaje adquirido en esos ámbitos finalmente se animó a realizar largometrajes. Por este motivo, sus dos primeros largos Ne Le Dis A Personne (2006) y Les Petits Mouchoirs (2010), reflejaban bastante madurez e inteligencia, las que sin embargo no impidieron ciertas caídas formales.

Entre estas dos películas protagonizó Les Liens Du Sang (2008), bajo la batuta de Jacques Maillot, cinta a la que podríamos ubicar en la tradición del cine negro y el cine policial (polar, como le dicen en Francia), o una mixtura de ambas. Pues bien, digamos que no supera el apelativo de interesante, a razón de cierto apuro en el desarrollo de las acciones medulares de la historia, la que no solo se suscribía al antagonismo de los dos hermanos signados por una supuesta barrera entre el bien y el mal.

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Es así que pocos años después Canet vuelve a colocarse detrás de cámaras y nos trae una versión más desarrollada de esta película, pero ahora lo hace de la mano de James Gray, quien deja por un momento la dirección y reescribe el guión con Canet para ofrecernos la versión estadounidense de la original, pero sin perder la esencia setentera que la inspira. La presencia de Gray en el guión no es antojadiza sino estratégica. Qué mejor guionista que uno que conoce los secretos del cine negro y que en su faceta de director ha demostrado que es un capo en lo suyo, aun cuando haya tropezado con la olvidable The Yards (2000). Pues bien, la hechura de este guión podría verse de la siguiente manera: Canet pone el aliento, mientras que Gray la verosimilitud.

 Ahora, al menos para quien escribe, me queda claro que se trata de dos películas distintas. No hablemos de remake ni menos de versión gringa, aunque se la venda como tal y nos resulte imposible no caer en esta designación: lo cierto es que Blood Ties (2013) es una película que se defiende sola y que no necesita ser remitida a su versión original, ni menos aún compararla con ella.

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Canet –y los directores como él– le hacen bien al cine contemporáneo porque no son poseros ni elitistas, sino que forjan un buen producto y lo venden bien. No resulta gratuito que haya logrado convocar a Gray y también a Marion Cotillard, Clive Owen, Billy Crudup, Lily Taylor y el inacabable James Caan. Actores famosos y reconocidos, sin duda. Ni hablar de los secundarios, como el ex The Wire Domenik Lombardozzi y Noah Emmerich, quienes nos demuestran, una vez más, que el cine estadounidense es una fuente inagotable de buenos actores de reparto. Tan serio es Canet que bajo su dirección dejamos de pensar frívolamente en Mila Kunis y Zoe Saldana: somos atraídos por su explosivo carácter y no por sus ceñidos atuendos setenteros.

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Sí, estamos ante una historia de dos hermanos en apariencia antagónicos. El mayor, en el lado del mal; y el menor, en las huestes del bien y del orden.

Uno ladrón y asesino, y el otro un agente policial. El primero sale de la cárcel e intenta rehacer su vida con la ayuda de su hermano menor, pero por más que se esfuerza le es imposible ajustarse a una vida honrada y alejada de los pleitos. Mientras tanto, el hermanito ejemplar se vale de su poder para quedarse con la mujer y la hijita de un delincuente al que manda a la cárcel.

 Presenciamos una película sobre el resentimiento y la ausencia del perdón entre dos hermanos que se profesan un abierto desinterés y una admiración silente. En este punto yace la fuerza del presente trabajo de Canet. Supo sacarle el jugo a la tierna bestialidad de Owen y elevar el sublime patetismo de Crudup. Los desnuda en toda la magnificencia de sus miserias y entendemos, de esta cruda manera, quién es realmente más honesto y coherente con sus códigos de vida.

 En el tira y afloja de los hermanos, presenciamos la riqueza de esta más que llamativa película de Canet, película que no está libre de contados horrores estructurales, horrores que le impiden ser una obra maestra para los diletantes de la perfección. Sin embargo, esto es lo que menos importa puesto que aquí hay una intensidad salvaje que se agradece, al punto que empuja al espectador a desear intensamente ser parte de esta historia. Es decir, Blood Ties genera en quien la ve una impotencia, una incomodidad y un fastidio que pocas veces vemos en el cine de hoy, y que nos transportan a una forzada reflexión que nos cuestiona y que nos reconcilia con nosotros mismos.

 Siempre he sido de la idea de que el cine no solo se sostiene y justifica por sus obras maestras, sino también por esas películas que sin serlo, se quedan en uno por su voltaje emocional; y esta película de Canet está definitivamente entre ellas.

G. Ruiz Ortega

Publicado en Cinépata.

 

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