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Militantes de la estupidez

Por: Francisco Carrillo

 

Ya saben cuáles son los lemas más repetidos en los mítines de Trump, desde el «Hillary sucks, but not likeMónica» («Hillary apesta —la chupa—, pero no como Mónica») al «Trump that bitch» («Trumpea, machaca a esa perra»), «Build the wall! Build the wall!» («¡Construye el muro! ¡Construye el muro!»), o los más gráficos «Donald “Fuckin” Trump», («Donald Trump el más cabrón») o «Finally someone with balls» («Por fin alguien con cojones»), que corean sus seguidores en plan hinchada deportiva y se materializan en el merchandising de campaña. A nadie tampoco se le escapa que en ellos Trump lanza consignas falsas, razonamientos infantiles, abunda en bromas contra los musulmanes, los mexicanos, los gays, la mujeres «demasiado» liberadas, los pacifistas o los ecologistas, esquiva a los boicoteadores, insulta y amenaza, interpela al público y exhibe suyupismo pasado de moda para escenificar, en definitiva, uno de los géneros más antiguos de la vida pública estadounidense: el teatro de la estupidez.

Y es que desde los inicios de la joven nación han sido muchos los tratadistas que han abundado en su singular inclinación por la majadería, si bien esta no siempre se ha expresado con el grado de obscenidad al que asistimos en la era del ruido y la memecracia. De hecho, sus orígenes son de una cierta inocencia, si atendemos al juego de opuestos del que nacen los actuales militantes de la estupidez, aquel que históricamente ha dividido a los devotos de la ciencia y la creencia, los ilustrados frente a los seguidores de una fe que les alentó a internarse por territorios inhóspitos y temer a un dios iracundo. El ideario de los padres fundadores inauguraría una versión 1.0 de esta particular dicotomía, al situar al frente de sus desvelos la pugna entre lo espiritual y lo material, la naturaleza y la civilización urbana, inclinándose en ambos casos por lo primero. DeRalph A. Emerson a Henry D. Thoreau, Walt Whitman o Herman Melville, los «trascendentalistas» se suman al impulso romántico para derribar las paredes de un capitalismo que impide la comunión natural y el espiritual del hombre, la misma que encuentran en el lago de Walden al que se retira Thoreau o en los mares que recorre Ahab, sin pasar por alto el tedio ante la vida administrativa que inunda a Bartleby. Para todos ellos, el cálculo material, el vil negocio, aparece como la tentación mentecata y destructora de los grandes ideales a los que debía aspirar el país neonato. Emerson, quien ejerce de ideólogo del movimiento, lo expresa con claridad en una célebre conferencia, «The American Scholar», impartida en 1830 en la Universidad de Harvard:

Los jóvenes de mayor promesa que comienzan la vida en nuestras tierras, bañadas por el mar, respirando el viento puro de las montañas, mirando resplandecer en el cielo todas las estrellas de Dios, descubren que la tierra que pisan no está en armonía con ellos; la repugnancia que les inspira el principio que rige el mundo de los negocios los paraliza y les impide actuar, y se convierten en seres derrotados y rutinarios, o mueren de disgusto. Algunos se suicidan. ¿Cuál es el remedio? No lo ven todavía, y miles de jóvenes tan llenos de esperanza como ellos, y que ahora se disponen a iniciar la carrera, no ven que si el hombre individual planta sus pies indomablemente en sus propios instintos, y allí se sostiene, a la larga el gran mundo acudirá a él. […] Caminaremos sobre nuestros propios pies; trabajaremos con nuestras propias manos; expresaremos nuestros propios pensamientos.[…] Por primera vez existirá una nación de hombres, porque cada uno se sabrá inspirado por el Alma Divina que inspira igualmente a todos los hombres.

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Me fui al bosque porque quería vivir pausadamente, haciendo frente únicamente a lo esencial de la vida: ver si iba yo a aprender lo que tuviera que enseñarme sin que, llegado el momento de morir, me diera cuenta de que no había vivido. (Thoreau en Walden, 1854).

Así que partimos de una sensibilidad que reivindica la espiritualidad y la voluntad del individuo, una reflexión ideológica y estética que se extenderá de las costas de Nantucket al Río de la Plata, donde el Domingo F. Sarmiento de Civilización y barbarie (1845), el Joaquim de Sousa Andrade de «O inferno de Wall Street» (1879), el José Martí de las Escenas norteamericanas, el Rodó del Ariel (1900), el Vasconcelos de La raza cósmica (1925) o el Lorca de Poeta en Nueva York (1930) participan de un tópico, el de la inspiración telúrica frente al sucio materialismo, que también sería apropiado por una escisión  fundamentalista, de un cristianismo talibán, que desde las primeras décadas del siglo XIX irrumpió con fuerza en el sur y el medio oeste norteamericano. Y aquí es donde viene el giro al que asistimos boquiabiertos, pues al tiempo de los Emerson o Thoreau se produce una explosión de confesiones de nuevo cuño lanzadas a su particular conquista del oeste. Es lo que se conoce como el Second Great Awakening, el «Segundo gran despertar», en el que predicadores de toda laya se desplegarán sobre feligresías aisladas y bajo durísimas condiciones de vida, los requisitos idóneos, según Susan Jacoby,  para el triunfo de las interpretaciones bíblicas más extremas y sus conflictos elementales entre el bien y el mal, el pecado o la redención de las almas.

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There Will Be Blood, 2007. Imagen: Paramount Vantage / Miramax / Ghoulardi Film Company

Desde entonces, afirma Sydney Mead, se asiste a una progresiva escisión cultural y territorial que ha obligado a los norteamericanos a enfrentar la «dura elección […] entre ser inteligentes de acuerdo a los estándares que prevalecen en los centros intelectuales o ser religiosos de acuerdo a los estándares que prevalecen en sus denominaciones», en medio de la batalla entre los valores laicos y el irracionalismo militante, también a cargo de la educación de unas comunidades que, en muchos casos, se han opuesto a un sistema de enseñanza público que desmintiera la «literalidad» bíblica. El mapa de la fe pronto comenzaría adoptar una clara distribución geográfica y a traducirse en desequilibrios regionales, como que en 1840 la proporción de niños escolarizados en los Estados del norte sextuplicara a los del sur, de los que tan solo Carolina del Norte contaba con un sistema, con todas las deficiencias de su tiempo, público de educación. En el resto de colonias de lo que en la Guerra Civil sería la Confederación apenas existía una estructura educativa integradora, pues junto a la iglesia, la escuela configuraba la base ideológica de una sociedad desigual y esclavista.

Así que durante el s. XIX el conflicto norte-sur iría adoptando, además de un componente político y económico, un importante cariz cultural entre la élite de las ciudades del norte y la aristocracia terrateniente del sur, orgullosa, según Jacoby, «de su falta de interés por los desafíos intelectuales», y cuyos resentimientos se acrecentarán tras la guerra de Secesión (1861-1865), cuando un importante número de norteños, los llamados carpetbaggers, se asentarían en los devastados estados del sur. Las razones de la llegada hablaban de ayudar a la reconstrucción, aunque la población autóctona los vio como oportunistas en busca de tierras a bajo coste y puestos políticos, hasta el punto de que el fenómeno se situaría en la base del surgimiento del Ku Klux Klan, dentro de un contexto de violencia generalizada, corrupción y abusos de poder que Mark Twain tildó como la Gilded Age («la edad chapada en oro»), en que el cacareado despegue del país no podía ocultar sus desbalances sociales y territoriales, ni las consecuencias ideológicas del  hundimiento económico del sur.

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El Ku Klux Klan en Django Unchained, 2012. The Weinstein Company / Columbia Pictures

Tres décadas después del conflicto armado, José Martí, exiliado en Estados Unidos y una de las miradas más agudas del momento, fijaría su atención en la segmentación geográfica y cultural que aún hoy conforma una de las lecturas del país, los estados «red» y los «blue» que cada cuatro años enfrentan posturas:

Es de supina ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos, y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas; semejantes Estados Unidos son una ilusión, una superchería. De las covachas de Dakota, y la nación que por allá va alzándose, bárbara y viril, hay todo un mundo a las ciudades del Este, arrellanadas, privilegiadas, encastadas, sensuales, injustas. Hay un mundo […] del pueblo limpio e interesado del Norte a la tienda de holgazanes sentados en el coro de barriles de los pueblos coléricos, paupérrimos, descastados, agrios, grises del Sur. […] En los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión se aflojan, en vez de resolverse los problemas de la humanidad se reproducen, en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades, la dividen y enconan, en vez de robustecerse la democracia, y salvarse del odio y la miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. («La verdad sobre los Estados Unidos», 1894).

Desde nuestro presente, sería interesante preguntarse si la violencia desatada durante la guerra civil no se ha reciclado en formas contemporáneas de interpretar la lucha entre la ciencia y la creencia, o si el ascenso de figuras políticas cada vez más escoradas hacia el mesianismo voluntarista, de Ronald Reagan a George W. Bush o Donald Trump (pasando por Sarah Palin), no responde al rearme ideológico de las posiciones fundamentalistas, con repuntes como los que protagonizó el Tea Party. Hablamos de movimientos de colonización del Partido Republicano, que observa a advenedizos como Donald Trump o a personajes tan odiados por el aparato como Ted Cruz («si matas a Ted Cruz en el interior del Senado y el juicio transcurre en el Senado, nadie te inculpará», ironizó Lindsey Graham, senadora republicana por Carolina del Sur) liderar movimientos internos que, al estilo de la implosión evangelista, improvisan nuevas doctrinas y se inclinan aceleradamente hacia la violencia maniquea. Y, además, lo hacen reactivando una dinámica territorial que recuerda con demasiada obstinación a estas historias fundacionales, como un eterno retorno que en las últimas elecciones de 2012 adoptó la forma de un mapa viralizado, el de los resultados de demócratas y republicanos, que se asemejaba con sorprendente precisión al de unionistas y confederados:

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Imágenes: Gage Skidmore (izq.) y NOAA (dcha.), ambas (CC).

Del caso Scopes a Forrest Gump

En uno de los más recientes números de The Atlantic, dedicado a la estupidez,  David H. Freedman señala cómoen el debate público norteamericano toda la corrección política, los silencios y límites que normalmente operan sobre las cuestiones más espinosas saltan por los aires cuando se trata de la estulticia de los demás. Entre quienes se consideran educados la veda contra el estúpido permanece abierta, como si el verdadero campo de batalla transitara de una disputa ideológica a una psicológica, históricamente dramatizada en los más diversos escenarios.  

De hecho, antes de que el premio al «juicio del siglo» recayera en el caso O. J. Simpson, una de las más célebres teatralizaciones de este choque remitía al anterior «juicio del siglo», es decir, al caso Scopes o, como se le conoció en su tiempo, hablamos de 1925, el Scopes Monkey Trial (lo de «Monkey» se debe a que en él se juzgaba la enseñanza de la teoría de la evolución en las escuelas públicas). Todo comenzó cuando la recién fundadaAmerican Civil Liberties Union, con base en Nueva York, decidió impugnar la Butler Act, la ley aprobada en Tennessee para penalizar la enseñanza de la evolución, por medio de un juicio forzado. Para ello contaron con la ayuda de varios líderes locales de Dayton (TN), que atraídos por la publicidad que el caso podría reportar a su comunidad, decidieron ejercer como acusadores, mientras John Scopes, profesor de ciencias de la localidad, se ofreció como conejillo de indias. El cambalache se completó con William Jenning Bryan, candidato en tres legislaturas a la presidencia de Estados Unidos y uno de los más populares antievolucionistas en el papel de fiscal, y Clarence Darrow, abogado estrella del país y primer cruzado en favor de las libertades civiles, en el de la defensa, después de que Herbert G. Wells (sí, el autor de La guerra de los mundos) hubiera declinado la propuesta.

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Inherit the Wind, 1960. Imagen: Stanley Kramer Productions.

La escenografía estaba montada y el público no defraudó. Las sesiones, con más de mil asistentes que apostillaban con un «amén» las frases de W. Jenning, serían seguidas con gran expectación por medios de todo el mundo y retransmitidas en sus sesiones finales por la WNG Radio, que sin embargo no llegaría a recoger el alegato final de la acusación ni su explícito rechazo a los avances modernos, especialmente desprestigiados tras los efectos de la I Guerra Mundial:

El hombre solía sentirse satisfecho con masacrar a sus semejantes en un único plano: la superficie de la tierra. La ciencia le ha enseñado a sumergirse en el agua y disparar desde abajo o ascender hasta las nubes y disparar desde arriba, convirtiendo el campo de batalla en tres veces más sangriento de lo que era antes; pero la ciencia no enseña a amar fraternalmente. La ciencia ha convertido la guerra en algo tan infernal que la civilización está a punto de suicidarse; y ahora se nos dice que se han descubierto nuevos instrumentos de destrucción que harán de las crueldades vistas de la última guerra algo trivial en comparación con las crueldades de las guerras que vendrán. Si la civilización ha de ser salvada de la destrucción que amenaza con provocar la inteligencia no consagrada al amor, esto solo sucederá a través del código moral del manso y humilde Nazareno. Sus enseñanzas, y únicamente sus enseñanzas, pueden resolver los problemas que ofenden al corazón y dejan al mundo perplejo.

Aunque el jurado impusiera una multa de cien dólares a Scopes, finalmente anulada, y la ley no se volviera a aplicar, el caso daría lugar a todo tipo de canciones, chistes, tiras cómicas, obras de teatro y una película, Inherit the Wind (1960), con Spencer Tracy y Gene Kelly en sus papeles estelares, que a la vez que reflejaba los hechos de Dayton ya se proyectaba como una crítica contra la cruzada que en los años cincuenta había desatado el senador McCarthy, primer espada de una auténtica «caza de brujas» contra la élite intelectual y su tentación de cuestionar el programa ideológico de Washington. A esos años de  persecución ideológica amparada en la paranoia anticomunista responden otras obras, como las Brujas de Salem (1953) de Arthur Miller, o el clásico de Richard Hofstadter Anti-intellectualism in American Life, ganador en 1963 del premio Pulitzer, en el que analiza uno de los fenómenos más incardinados en la cultura nacional estadounidense.

Como en el juicio a Scopes, las sesiones del Comité de Actividades Antiestadounidenses serían ampliamente seguidas, tanto por los agresivos interrogatorios de McCarthy, convertido en un bully profesional, como por la pléyade de estrellas involucradas, desde «los diez de Hollywood» de quienes da buena cuenta la reciente Trumbo (J. Roach, 2015), a la plataforma antimacartista de la Comisión de la primera enmienda encabezada porHumphrey Bogart, Katharine Hepburn, Groucho Marx o Frank Sinatra, que encontrará su némesis en Ronald Reagan, Gary Cooper o Walt Disney, los rutilantes delatores.

Congregaciones evangélicas, segundos despertares, testigos de Jehová, sectas que proliferan bajo el flower power, cienciólogos, comunas de iluminados, amish, mormones, gurús de la autoayuda y sus extravaganzas capilares, deJoel Osteen a Jan Crouch… los reciclajes de la guerra entre la razón y la creencia han supuesto una fuente inagotable de malentendidos y espectáculo. A ello colabora un origen nacional que sienta las bases de este desacuerdo, pero también estructuras de desigualdad que no han permitido una integración social ni racial efectiva, con grandes sectores ajenos a un sistema educativo de calidades mínimas. Que exista un generalizado resentimiento de clase contra las personas educadas, a la vez que una inocultable arrogancia intelectual de quienes pueden mostrar su título, se debe tanto a una historia de agravios regionales como a un desarrollo nacional que no ha sabido, o no ha querido, universalizar el acceso al conocimiento, todavía un objeto elitista.

Hemos incluido fotogramas y mencionado películas que exploran el territorio en disputa de la estupidez, aunque ninguna se sitúa al nivel de Forrest Gump (R. Zemekis, 1994), no solo por su singular protagonista ni por su cacofonía con  Donald Trump, sino por los contradictorios subtextos que maneja. Por una parte, el filme parecería una impugnación del american way of life, además de una recreación de los peores estigmas que pesan sobre el sur: Gump nace en un pequeño pueblo de Alabama, es descendiente de un general confederado y líder del Ku Klux Klan, su madre se prostituye y su mejor amiga sufre abusos sexuales de su padre. Pero a pesar de sus taras físicas y psicológicas, y de una fría caracterización inicial que solo resalta su capacidad para seguir órdenes y correr, triunfa a cada paso. El primer mensaje parecería entonces cuestionar el mito del sueño americano o del hombre hecho a sí mismo, sustituidos por un «cuanto más idiota, más éxito alcanzas».

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Forrest Gump, 1994. Imagen: Paramount Pictures.

Sin embargo, según avanza la película nuestro protagonista gana en matices y se impone un tono melodramático que comienza a sugerir otra lectura, la que finalmente predominó sobre la cinta e hizo de esta un monumento a la ñoñez, y es que el éxito de Gump surge como el merecido premio a un corazón noble y una voluntad a prueba de hierro. Así que el mismo espectador que podría ofenderse por una caricatura tan grotesca de los «valores americanos», también puede sentirse reconfortado ante lo que se interpretaría como un elogio a la simpleza.

Si la salud mental de Ronald Reagan, quien, como diría Christopher Hitchens, era «as dumb as a stump» («tan tonto como un tocón de árbol») fue seriamente cuestionada durante su mandato, o George W. Bush venció en 2000 al sofisticado Al Gore porque, aunque fuera abstemio, querrías tomarte unas cervezas con él, o la mejor virtud de Sarah Palin era representar a la típica «hockey mum», Donald «Fuckin» Trump ejerce de tipo con huevos, de vaquero que entra al saloon pegando una patada en la puerta, una versión si cabe más bizarra de lo que se venía cociendo en diversos sectores de la sociedad norteamericana.

En sus mítines se infiltran, como quienes van a un safari, periodistas y escritores que documentan los sucesos de lo que, sugerirían, responde a una realidad alterna o lejana, aunque más bien parecería calcadita a un programa de Jerry Springer o de Cops, quizás con unos grados más de hiperrealismo. Uno de ellos, Dave Eggers, apunta en su artículo para The Guardian una de las claves para entender al personaje y su audiencia, más atraída por la catarsis con el líder que por sus palabras o sus posiciones políticas concretas: «Si mañana dijera que son los canadienses, y no los mexicanos, los violadores y vendedores de drogas y que el muro debería construirse en esa frontera, nadie pestañearía, sus porcentajes de aceptación no variarían, porque no hay posturas ni principios que les importen. Solo está el hombre, el nombre, la marca, la personalidad que han visto en la televisión». El argumento explica la célebre frase del propio Donald, cuando el pasado enero dijo aquello de que «Podría matar a alguien y no perdería ni un solo voto».

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Imagen: Trump Productions / Mark Burnett Productions.

Sus catorce temporadas al frente de The Apprentice, el popular reality show donde los concursantes ponían a prueba sus habilidades para los negocios, permitieron que Trump no solo cultivara una imagen de triunfo que va más allá de lo que dice o hace, sino el manejo de un liderazgo carismático emparentado con esta larga tradición de fundamentalismo político-religioso y su discurso a la defensiva. Trump gesticula, exagera, hace bromas de cosas serias, pasa por encima de cualquier dato factual, se contradice y elabora teorías ridículas pero, sobre todo, «te habla» como si fuera el vecino de arriba y no tuviera mayor responsabilidad sobre lo que dice que el vecino de arriba. Y su electorado, que como cualquier electorado, transita entre el plató televisivo y la escena política, actúa como si todo ocurriera en el altar catódico y en cualquier momento pudiera ponerse a llorar o a hacer zapping. El muñeco, a fin de cuentas, es intercambiable, lo más dudoso es que decaiga la larga tradición de la estulticia, ¿qué seríamos sin ella?

Texto e imágenes, de Jot Down

 

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