reseñas

El frenesí rapsódico de Julia Wong

un vaso de leche fría

 

Por: Jhonny Pacheco Quispe

 

Desde los tiempos antiguos, la poiesis estaba destinada a aquellas personas dotadas de un talento divino con el que, según haya sido la grandeza de su espíritu, podía generar poemas inmortales o composiciones perecederas. Entre los que manifestaban el estro poético, se encontraban el aeda y el rapsoda que “cantaban” los antojos de Clío o Calíope. Mientras que el primero era el llamado “poseso”, que creaba un canto heroico a partir de los designios de las musas, mutatis mutandis, el rapsoda solo recogía y “recitaba” lo cantado, la tradición establecida, la realidad significada, por su predecesor. Para el tejedor de palabras, no había el halo celestial, sino la chanson corálica del caos burbujeante de la vida misma, lo terrenal. Entonces, la égida del rapsoda durante siglos ha sido nutrirse de la savia humana, la telaraña de la mundaneidad, por ello, al bardo que dirigía el canto con sus rapdos, se le defenestró a ser meramente un imitador de la convulsión social degradante, tanto de su talante como de sus oyentes y/o seguidores. Así, toda esta prosapia sin calma, se deja sentir en el libro intitulado Un vaso de leche fría para el rapsoda (Celacanto, 2016) que recoge lo primordial de la creación rapsódica y aristotélica, es decir, el referente mismo, siempre mudable, en el que se intenta sosegar el aura tremebunda de los creadores.

Uno de los primeros componentes que podemos escudriñar del poemario de Julia Wong es la connotación de la leche, el alimento prístino, sustancial y vital de la humanidad, pues nacemos en ella: la Vía Láctea. La leche nos muestra el retorno al inicio, a la génesis de la vida, a la lactancia y, por metonimia, a la madre. Tratar el calostro es relacionarlo con la imagen maternal, la que brinda calor y provee de vida. A partir de ello, notamos no solo una regeneración de la poesía, de la tradición, sino una recreación del mundo, pues lo que se anhela es que el rapsoda cante lo nuevo, lo de ahora, el albedrío: “Tan fría leche que nos refresque” (33). No es casual, por lo tanto, que el libro principie en sus dos primeros poemas, “Alacranes” y “El ocaso de los mistis”, con una restauración del presente del Emisor, en el que se imbrican amapolas, mistis, alacranes, perros, volcanes, el Perú. Empero, lo circundante que se halla en una tensión latente, recién dejará escapar su verdadero rostro, lo que es real, lo que no tiene nombre y no es asimilado por el ser humano, pero que está presente y es parte consustancial del devenir mismo: la muerte. Hay vestigios (“cráneos”, “cadáveres”) en los mencionados textos de este acontecer, elementos que se acentuarán en el siguiente poema, “Después del pesebre”, con un verso que espabila y retrotrae la atención: “Un buen chico recibe una quimioterapia / Un día más en el almanaque del planeta”. No hay vida sin muerte, no hay recreación del universo sin la destrucción, no hay leche fría para el rapsoda sin la ebullición de la materia.

Siguiendo con el análisis, en el libro de Wong, destacamos otro aspecto temático referente a la migración, en este caso, no solo temporal sino, además verbal. Si se principia a leer cada verso, el Lector participará y asistirá a una vasta cultura enriquecedora, aunque desconocida y siniestra. Así, nuestra imaginación se puede situar en un desierto cerca a los volcanes; tal vez en las faldas de los cerros escuchando a Nick Cave; esperando en un centro oncológico mientras se aprecia el mar; o circunscribirnos a regiones tan distantes pero tan cercanas como Chepén, Pacanga y Lima; incluso, entremezclar la historia de diferentes países porque, de algún modo, somos seres que devienen en un mismo hilo temporal, verbigracia, el gobierno de Velazco, el acoso del Kuomitang chino, el sufrimiento de las madres argentinas y rusas, la cultura Chavín, los pensamientos de Benjamin, y la situación social epidérmica y coral de un hombre llamado Juan, en la Parada. No obstante, la polifonía se extrema hasta un grado sumo cuando se insertan versos en alemán de “Rainer” (Rilke) sin ninguna traducción. Con esto, el Emisor nos expone que el numen poético ya no viene de lo etéreo, sino de la materialidad social, lo que hierve hasta evaporarse y convertirse en realidad, poesía incandescente para el rapsoda: “exprimí la vaca imposible de un lenguaje que invita a relacionar cultura, tiempo y disfunción: este vaso de leche fría” (33). Nuevamente hallamos lo lácteo, pues esto permitirá recrear y criar, interconectar, un contexto enmarañado de pedazos, restos apocados por la existencia y el transitar del vivir.

No obstante, la imagen de la madre, dadora de vida, es contrastada con el sufrimiento, la desdicha, el sentir negativo, de perder un hijo: “Aquellas madres de junio, julio, setiembre y mayo / Buscan —entre sus pañuelos vaciados— hijos que escogieron no volver” (7). Una doble muerte, otra vez un vacío en sus entrañas: primero cuando alumbran al neonato; luego, al verlos morir. Por ello, los versos se tiñen de horror ante la presencia de lo real que les descubre y desgarra el velo de la realidad: “Ellos han preferido otro / banquete. Ellas lo intuyen y les lloran. / Perros de la calle rebuscan en medio de un jardín… / Como si alguien revolviera periódicos antiguos para encontrar / Una vida olvidada en medio de vísceras aún tibias” (7). Esta es una antinomia que conlleva a comprender la angustia de la mujer y a su espanto de ser madre, a la inhibición de su deseo sexual, así como al cansancio de la procreación que solo destilará un ser-para-la-muerte: “Las mujeres que se sientan en la oscuridad a la orilla del precipicio… / Los hombres ya no se interesan por ellas” (8); “Mis piernas ausentes de placer sexual replican como herrumbre corroída” (11); “HE AQUÍ EL SEPULCRO olvidado de los niños desparramados como flores” (11); “confiesa que ver nacer a su hija fue como / ensuciar de felicidad una canción” (19); “Nunca pidió nada que su útero no hubiera merecido” (20); “Nada es tan terrible como cuando el viento se propone robar a un niño” (19). En estos versos se puede colegir lo tempestuoso de la existencia, tan abrumadora y desestabilizante, que ni un vaso leche fría puede calmar el canto poseso del rapsoda ante lo que ha recogido en su decurso vivencial.

Lo interesante del libro, además, es el travelling en el cual nos zambulle el Emisor, la focalización de la vida trashumante de una mujer metaforizada en una cuñada, madre o la voz propia del yo. Así nos situamos a las orillas del nacimiento, “Intento respirar como si el cordón umbilical ya estuviera cortado” (9); las peripecias del vivir, “Luego Ronald se elevó como las garzas y yo me quedé mirando la carpeta / vacía” (17); los recuerdos de la madre, “tuvo hijos hirsutos / campesinos letrados que comían vidrio molido”; crecer y convertirse en generadoras de vida, “Y si parir era su oficio” (20); la desazón de la misma existencia, “Estoy parada, además, frente a la sombra que escogiste como mujer / la que llevó tu hija en el vientre. / Yo llevé la mía, de otra sombra / que nunca se hizo carne” (27). El desplazamiento o traslación de las imágenes se presentan como una película, donde las voces y cuadros se entrecruzan con la finalidad de evidenciarnos el dinamismo del perfil femenino; también, la fermentación y ebullición de su continua experimentación hasta desentronizar el collage de la red de significaciones, y dejarlos como legajos, parches, retazos, de una heterogeneidad sine qua non de la realidad misma. Aquí, la resonante fórmula de Beauvoir se aplica tal cual: “la mujer no nace, sino se hace” del vivir del enmarañamiento del acontecer.

No podemos obviar otra característica antitética de la escritura de Julia Wong: lo violento. Este aspecto se presenta en contraposición del anhelo pacifista que nos brinda la autora en la coda del libro: “la censura, la proscripción, la violencia, la incomprensión y la pasión son algunos de los medios que se han utilizado para censurar poetas y escritores… Hoy quiero ofrecer un vaso de leche fría para quién aún lea poesía o para quien la escriba… Tan fría leche que nos refresque” (33). Esta cita completa la poética, el asunto, en el que la autora nos ha hecho viajar, pues para encontrar la paz antes ha tenido que haber existido una destrucción, una vehemencia, que sinérgicamente lleva a la armonía y así de manera cíclica. En todo el poemario la muerte, los golpes, el fuego, la discriminación, y la intolerancia, es el combustible del caos, este movimiento centrípeto que fue cantado por aquellos rapsodas que trataban de explicar la génesis de la nada, el mundo.

De este modo, después de haber recorrido por los versos hipnóticos del cantor, creemos que Un vaso de leche fría para el rapsoda, pese al título no tan mayestático ni rimbombante, es un libro apreciable no solo por su contundencia y la crudeza de sus imágenes, sino por los cuestionamientos profundos que nos obliga a pensar este rapsoda frenético y racional, tanto que ni el líquido vital lo calma, pues la poesía es posesión, piedra daimónica que habita en la realidad, y aún más, en el rapdos, en la lengua, del poeta.

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