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Mono meditando

Texto leído por José Carlos Yrigoyen en la presentación de Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) de Mario Montalbetti.

Libro publicado por la editorial mexicana Mangos de Hacha.

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Quiero comenzar esto con una licencia personal. Conocí a Mario Montalbetti hace unos veinte años, como suele conocerlo la mayoría de gente: leyéndolo. Yo estaba en la universidad y de manera un tanto suicida me había dedicado exclusivamente a leer poesía peruana, a escribir poesía, a intentar comprenderla en medio de mis asombros. Es de esa manera en que un día encontré la primera entrega de Hueso Húmero, un pequeño tomito verde que contenía dos cosas que me interesaron mucho: un comentario de Mirko Lauer acerca del primer libro de Mario, Perro negro. Calificaba a su autor como el poeta con mayor desenvoltura y despojamiento verbales desde Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza, lo que para mí, que los tenía a ambos como ídolos, significaba palabras mayores. Y como para corroborar esta afirmación, aquel número contenía un poema largo y decididamente distinto y sorprendente para lo que se hacía en la poesía peruana, que se llamaba Quasar y del que aprendí varios versos de memoria que citaba para mí solo en los momentos de soledad o aburrimiento.  De ahí pasaron algunos años para que lo pudiera conocer en vivo, en carne y hueso. Nos encontramos en su casa, y como ambos éramos igual de tímidos la conversación no fue lo que digamos muy fluida, pero me bastó ese breve encuentro para saber que se trataba de un hombre inusualmente inteligente, lo que no es común en los poetas peruanos. A diferencia de la mayoría de poetas que conocía y que conozco nunca intervino para envanecerse ni para imponer nada, sino para dar un rápido y agudo apunte, para desplegar un comentario de ponderado humor o para preguntar, con humildad extraña en un escritor ya reconocido, sobre la poesía joven, qué libros valían la pena, qué le podía recomendar. Después de eso he hablado con él en un puñado de ocasiones y mi impresión siempre ha sido la misma: un hombre que uno encuentra siempre desacralizándolo todo, símbolos, convenciones, palabras, nunca con soberbia, nunca desde ninguna altura autoimpuesta, sino con una ironía cálida y siempre reveladora que luego de despedirnos siempre he agradecido en secreto.

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Recuerdo un comentario de Mario Montalbetti sobre Kukín Flores. Y otro de Mario sobre Hinostroza. Me permito reinterpretarlos juntos aquí. Sobre Kukín Flores, para quienes no lo recuerden, es uno de los más memorables volantes del Boys, y de paso el jugador peruano que más admira Mario. Porque Mario, como la mayoría de mis compatriotas, tiene un masoquismo inherente que en su caso se traduce en ser hincha del Boys. Como sea, alguna vez me dijo que a diferencia de la mayoría de jugadores peruanos, que cuando se equivocaban era por el simple hecho de su mala calidad sobre la cancha, cuando Kukín se equivocaba uno se preguntaba qué es lo que había querido hacer, qué jugada maestra había planificado y la mala suerte, o un descuido, había negado a nuestros ojos. Me atrevo a decir que, con algunas diferencias, eso también me pasa cuando leo a Mario. Con otros poetas peruanos, que más que construir un lenguaje propio se dedican a construir versitos, cuando hay un momento de una turbiedad, de una retorcida oscuridad o insatisfacción, sabemos que se trata de una caída de arquitecto, de un error que no advirtió o que no supo cómo paliar. Con lo que hace Mario es distinto: cuando algo en su poesía no nos queda claro, sabemos que es una buena jugada que ha pasado ante nuestros ojos, pero que no hemos logrado desentrañar, cuya utilidad solo comprendemos cuando esta le ha servido para llegar al área y nos ha colocado a tiro de gol. Porque todos los poemas de Mario tienen esa virtud, propia de un Bochini o un Riquelme, de colocarnos a tiro de gol. No es como la de Cisneros o Hinostroza, pletóricos de tiros libres que llegan al fondo de las redes y que a nosotros solo nos queda admirar desde las gradas. Como Bochini, a Mario hacer el gol le parece un oficio que no es el suyo. Lo suyo es, luego de una jugada prodigiosa, dejar al lector frente al arco para que culmine el acto, para que cierre el ciclo. Tú ante el guardameta vencido, a cinco segundos de acabar el partido, y a ver qué haces.

chirif montalbetti yrigoyen

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Hablar de la poesía de Mario Montalbetti es hablar una vocación por la ruptura. Una primera ruptura externa, cuando en 1978 apareció su primer libro, Perro negro, y opuso a la tendencia conversacional contestataria y confesional imperante una poética cuestionadora de la palabra y los significados, caracterizada por un lúcido y lúdico cinismo. Desde el saque el proyecto de Montalbetti fue considerado como inclasificable dentro del panorama lírico peruano, temido como un elemento tan renovador como incómodo para una crítica acostumbrada a encasillar a los poetas con dos o tres etiquetas que siempre resultaron insuficientes o embarazosas en este caso. La segunda ruptura es interna e incesante: Montalbetti es un autor inconforme con sus hallazgos –por muy sólidos que nos parezcan a sus lectores- porque su propia visión de la poesía lo impele a buscar y desescombrar los caminos que advierte inexplorados. Este desbroce es una apuesta mayor en la que usualmente tiene un éxito que nunca significa una meta. Parafraseando a Blanca Varela, el premio por la carrera siempre es otra carrera. Y cada carrera, una nueva ruptura.

Por todo ello Montalbetti, más que una bibliografía, tiene un historial de riesgos y asedios que son muestra de su horror a la estandarización, al verso rutinario, al regodeo en lo conquistado: ahí está Cinco segundos de horizonte y su búsqueda de epifanías mediante los objetos y símbolos más cotidianos que mutan, se enriquecen o desaparecen mediante lo precario y cameleónico de sus significados; ahí el verso fragmentado y sincopado de Ocho cuartetas en contra del caballo de paso peruano, casi un homenaje a los Nudos de Ronald Laing; ahí Apolo Cupisnique, ese libro que parece transitar ya no en el límite del lenguaje sino del silencio, si es que entendemos silencio como la imposibilidad de ir más allá de lo que el camino indica: como dice Montalbetti en uno de sus poemas “Resolví entonces hacer lo siguiente: primero, explicar la razón de mi silencio (que ahora ya la saben: todo lo que escribo ahora se parece demasiado a lo que he escrito antes)”. Pues bien: este nuevo conjunto de poemas, Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) es la prueba de que ha llegado nuevamente  “el momento de apartarse del camino una y otra vez”.

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No he querido que este comentario sea una relación de los poemas de este libro y mi opinión sobre ellos. Pero igual no me resisto a comentar rápidamente tres: el que abre es un poema notable, Arábica, escrito con el deseo de revelar desde un determinado centro los engañosos contornos de la realidad y de lo que la nombra. Un centro del que no se puede escapar, que está desestabilizado, todo oscila dentro de él;  y sin embargo, permanecer ahí es el único recurso para describir e identificar las cosas de un añorado afuera que quizá no existe. Muy logrado es también el texto que le sigue, Sabogal, que nos recuerda la importancia del humor en la poesía montalbettiana, equívocamente considerada por algunos como fría y cerebral, cuando desde sus primeros escarceos se ha distinguido por una ironía agresiva que no solo interpela a los protagonistas de sus textos, sino también al mismo lenguaje, incluso en poemas sentidos y cómplices como los clásicos  Pequeño ciclo lírico sobre el amor filial o Una realidad que subyace a todo lo que se ha venido señalando. 

Pero de todos los poemas que componen este libro, destaca especialmente Vietnam, quizá el mayor logro expresivo de Montalbetti desde su consagratorio Quasar (1979). Irreverente y fúnebre, es el testimonio de la búsqueda de algo que fluya lejos de los hombres, lejos de sus leyes, y por lo tanto apartado del lenguaje y del tiempo, que aquí parecen confundirse y normar las mismas fuerzas destructoras y conciliadoras.

Estamos ante un libro fresco y vibrante, y por lo mismo insólito dentro de nuestra mustia poesía actual.

 

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